Protección al menor
Sólo basta leer un diario, cualquier día, para que entre sus páginas aparezca un caso de abuso sexual de un menor. Los abusadores inquietan: un profesor de música o de lengua, el entrenador de fútbol de un equipo infantil, un organizador de campamentos o de viajes de egresados, un psicólogo, el pediatra de confianza, un cura, el mismísimo padre o un desconocido con el que el chico se conectó por internet. Los ejemplos abundan en los sectores más humildes, pero cada vez más casos salen a la luz en colegios privados y en familias de clase media y alta. En 2002, Telenoche Investiga puso al aire el testimonio de dos chicos que aseguraban que el sacerdote Julio César Grassi había abusado de ellos mientras los alojaba en su Fundación “Felices los niños”. En 2008, se conoció una denuncia contra el productor televisivo Lucas Montero –hijo del periodista Carlos Montero– por el supuesto abuso de al menos dos nenas de entre 5 y 7 años que asistían al jardín de infantes Blooming Kindergarten, de La Horqueta, San Isidro, al que también concurría su hija. El año pasado, además, el reconocido psicólogo especialista en tratar casos de abuso, Jorge Corsi, pasó de ser un profesional respetado a estar señalado públicamente por corrupción de menores agravada, y pasó seis meses detenido.
Recientemente, Ricardo Piazza, hermano mayor del modisto Roberto Piazza, fue acusado de abusar de su propio hijo durante diez años y también quedó detenido. Hay ejemplos que ocurren lejos pero que, de tan escalofriantes y perversos, generan repercusión mundial. Como la historia de Natascha Kampusch, la joven austríaca secuestrada en 1998, cuando tenía 10 años, y abusada por su captor hasta que pudo escapar en 2006 y él se suicidó. O el de Josef Fritzl, más conocido como el “Monstruo de Amstetten”, un hombre que encerró a su propia hija en un calabozo subterráneo de su casa, la violó durante 24 años y tuvo seis hijos con ella. Pero también existen otros casos menos publicitados, aunque igualmente aberrantes; informaciones que aparecen y desaparecen de las páginas, dejando la perturbadora certeza de que el abuso de menores no respeta edad, clase social, nacionalidad, profesión ni parentesco.
Según cifras de UNICEF, 228 chicos por hora son víctimas de abuso y se estima que la cifra es parcial debido a que la mayoría de las víctimas nunca llega a la denuncia por vergüenza o por miedo. La Organización Mundial de la Salud calculó que, anualmente, alrededor de 73 millones de niños y 150 millones de niñas menores de 18 años sufren algún tipo de violencia sexual en el mundo y que más del 20% de las personas que alcanza la vida adulta lo experimentó de alguna forma. El silencio y el ocultamiento social se mantienen aunque crecen los casos, las denuncias y las coberturas periodísticas. ¿Por qué las víctimas siguen eligiendo el silencio?
“Desde todas las historias y sociedades siempre han existido hechos que se han intentado disimular; temas tabúes de lo que no se debería hablar, pero que la desesperación, impotencia y amargura de muchas personas han hecho que salgan a la luz –sostiene la licenciada Carina Scaglia, socióloga y presidenta de la ONG Siembrasoles –. Estos hechos suceden cada vez con mayor frecuencia. Por vergüenza, por no saber qué hacer, por tratar de negar lo ocurrido o por el que dirán, se intenta callar situaciones dolorosas.¿Por qué sucede? ¿Será que muchos han intentado desenmascarar al perverso abusador sin encontrar eco o respuestas en la Justicia? ¿O será que somos demasiado hipócritas y desmemoriados? Muchos son los interrogantes a la hora de hablar del abuso sexual infantil. En el caso del niño, cuando se decide a contar lo que le pasa, pareciera estar en el banquillo de los acusados, hablando de espaldas en programas de televisión, recorriendo cada resquicio de la Justicia para contar su verdad. Debemos entender que es muy difícil para él. Por eso el Estado debe incentivar y garantizar medidas de prevención y protección frente al abuso sexual infantil. De otro modo, no podremos avanzar en este doloroso tema”.
Para la licenciada Fabiana Porracín, psicóloga y antropóloga de la UBA, el tema es complejo: “La problemática a la que nos enfrentamos en el momento de hablar con los hijos acerca del abuso enfrenta una paradoja desde su inicio. Está comprobado que un altísimo porcentaje de los progenitores son precisamente los actores o cómplices de ese abuso, sea por acción o por omisión. Instituciones, profesionales, demás familiares, amigos y vecinos de ese niño que no cuenta en el seno de su familia con la protección y cuidado que requiere deben dedicar y aportar lo que sea posible para su cuidado por el estado de total indefensión en que ese chico se encuentra. Pero los chicos necesitan aprender de sus padres qué cosas suceden en la realidad y, mucho más, deben estar al tanto de aquellos hechos que podrían perjudicarlos. Todo chico tiene derecho a saber de qué y cómo debe cuidarse cuando papá y mamá no están. Se debe explicar qué está bien y qué está mal en relación al trato que merecen recibir, cómo puede un adulto aproximarse a ellos, qué no puede hacer jamás. Se debe informarles de las situaciones en las que tienen que estar precavidos, y se les debe hablar de forma clara, concreta, concisa, con términos simples, accesibles para el chico, transmitiendo la idea de aquello que bajo ningún concepto debe tolerarse, permitirse y enseñándoles que es algo que debe ser denunciado, le suceda al chico o a un amiguito. Y el tema debe transmitirse tal como se los educa para el resto de los peligros, en el marco de un diálogo, comunicación y educación que esté en función de enseñarles el autocuidado”, instruye Porracín.
¿SE PUEDE PREVENIR? Para la licenciada Eva Rotenberg, psicoanalista, directora de Escuela para Padres y autora del libro Hijos difíciles, padres desorientados. Padres difíciles, hijos desorientados (Lugar Editorial), la comunicación es vital a la hora de evitar los casos de abuso. Y estar alertas es la única forma de detectarlo. “Previamente a hablar del tema debe existir una fuerte conexión afectiva entre padres e hijos. Eso es lo primordial porque hoy los chicos se sienten solos: sus padres viajan o trabajan todo el día y ellos realizan múltiples actividades fuera de la casa. Entonces el abusador arma un vínculo con el chico; una relación basada en el afecto y capta a aquellos que muestran una gran carencia. Y éstos, al necesitar atención y vínculos fuertes, comienzan a ser seducidos. El chico no sabe lo que le va a pasar, es ingenuo: busca cariño, no sexo. El abusador lo hace sentir un elegido, un ser especial –explica Rotenberg y aconseja comenzar a plantear la cuestión tempranamente–. El ingreso al jardín es un buen momento. Hay que explicarles que su cuerpo es sólo suyo, que no deben dejar que nadie los toque ni acaricie y que si sienten que alguien los mima de un modo extraño tienen que contarlo. Además, deben saber que nadie les puede sacar o hacerles quitar la ropa interior, ni tocar sus partes íntimas. Se les puede decir que hay gente mala, que no se puede ir con cualquier persona a lugares alejados, y que no están obligados a hacer nada que los incomode. Los niños deben saber decir que no y pedir ayuda. De nada valen los sermones ni los retos; se debe dejar en claro que nunca deben tener vergüenza de recurrir a sus padres. No se les debe explicar concretamente qué es el abuso, porque es abusivo hablar de sexualidad adulta con un nene. A veces los padres piensan que deben ser explícitos, pero en realidad no es así: los chicos no entienden de genitalidad”. Reconoce que el caso Corsi generó algunos inconvenientes para los terapeutas, porque los padres comenzaron a dudar de llevar a sus chicos a la terapia por temor. Sin embargo, la especialista recomienda priorizar la integridad de los chicos: “El tratamiento es muy importante. Y para detectar posibles abusos es vital que los padres estén atentos a cualquier cambio de conducta de sus hijos”, señala.
Para la licenciada Elvira Berardi, psicóloga clínica y directora del Programa de Ayuda para Niños Abusados Sexualmente (A.N.A.S.), conviene aprovechar la cobertura que dan los medios a los distintos casos, como un disparador para instalar el tema en casa. “Muchos chicos llegaron a mi consultorio gracias a que se quebraron frente al noticiero y reconocieron que a ellos les había pasado algo similar. Pero antes de educar para la prevención del abuso hay que empezar por darles una educación sexual abierta, clara y coherente –manifiesta Berardi al tiempo que denota la existencia de múltiples errores a la hora del planteo–. A los chicos no se los deja explorar su propio cuerpo. Todavía tenemos una fuerte carga religiosa que genera tabúes y a partir de ellos, silencios. Claro que también es fundamental no atorarlos con conocimientos que no están en edad de metabolizar, porque tampoco se los debe obsesionar con la sexualidad, sino transmitirles que es algo positivo si existen cuidados propios y ajenos. Todavía existen familias sexofóbicas basadas en una educación represiva que generan más problemas que soluciones. Lo importante es la buena relación entre padres e hijos, y enseñarle al chico que no debe ser tocado por adultos. El problema, sin embargo, se da cuando los abusos provienen de los propios padres. Tuve casos de madres que manoseaban a sus hijos de manera inapropiada; y de padres recién separados que, cuando se llevan a sus hijos el fin de semana, abusaban de ellos. Pero el peor enemigo de este tipo de casos es el miedo, por eso lo mejor es abrir los ojos. Y sobre todo generar un ida y vuelta apropiado con los hijos”.
LA LEY DEL MAS FUERTE. El adulto que abusa de un niño sabe que cuenta con poder para manipular y aprovecharse de su víctima. Y que ella, además de sentirse y saberse en inferioridad de condiciones, está aterrada. No obstante, los especialistas aseguran que aunque el chico mantenga en silencio lo que está viviendo, los signos del abuso se hacen visibles en cambios de conductas muy evidentes (ver recuadro). Si bien en la Argentina aún no existe una legislación unificada vinculada a los delitos sexuales, a fines del año pasado el Senado aprobó la creación de un Registro Nacional de Identificación Genética de Abusadores, un proyecto que espera la votación de Diputados para convertirse en ley. Cuando finalmente se implemente, la norma deberá garantizar la existencia de un registro que almacene y sistematice la información genética asociada a muestras o evidencias biológicas obtenida en el curso de una investigación criminal y de toda persona condenada con sentencia firme por delitos sexuales. En Estados Unidos, una ley fue más lejos: el 31 de octubre de 1994 el Estado de Nueva Jersey aprobó un Registro de Protección a la Comunidad que brinda información personal –como domicilio, tipo y lugar de trabajo y actividades extra– sobre delincuentes sexuales peligrosos puestos en libertad. La normativa se conoce también como La ley Megan, porque fue sancionada luego de la violación y asesinato de Megan Kanka, una nena de 7 años que fue estrangulada por un vecino de 35 años que había recuperado la libertad luego de dos condenas por abuso sexual contra menores.
El terreno virtual, sin embargo, también es un peligro real. Se sabe que uno de los lugares elegidos por los delincuentes para cometer delitos sexuales es internet, por la facilidad para establecer contacto con menores. Marcela Czarni, presidenta de Asociación Civil Chicos.net alerta: “Los chicos son curiosos y hay que prevenirlos de lo que puede encubrir el anonimato de la virtualidad. Pero eso no tiene que ver sólo con las nuevas tecnologías, sino con la educación en general: tienen que aprender a cuidarse a sí mismos y a los demás. El problema más grave es que nadie toma conciencia: los chicos por ingenuos, los adolescentes por rebeldes y los adultos porque no tienen mucha idea sobre todo lo que se puede hacer con las nuevas tecnologías. Por eso, recomendamos que los padres traten de utilizar cada vez más los recursos que usan sus hijos. Así como en el mundo real, en el ciberespacio tiene que haber pautas y límites basados en el cuidado, el respeto, la integridad, el peligro. Este es el desafío: comprender sin necesidad de ser un experto tecnológico, ir más allá de las habilidades técnicas para acercarse al significado de las modalidades de vínculo y trabajar desde ese enfoque la prevención”. La especialista, que impulsa programas de educación sexual integral y cuidado de personas, recomienda, cuando sea posible, ver qué es lo que hacen los chicos cuando se conectan y quiénes son sus amigos, así como se les pregunta cómo les fue en la escuela, qué deberes tienen y qué hicieron en el recreo. “La virtualidad es un mundo tan verdadero como el real, repleto de gente de carne y hueso”, concluye.
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Saludos.
Sólo basta leer un diario, cualquier día, para que entre sus páginas aparezca un caso de abuso sexual de un menor. Los abusadores inquietan: un profesor de música o de lengua, el entrenador de fútbol de un equipo infantil, un organizador de campamentos o de viajes de egresados, un psicólogo, el pediatra de confianza, un cura, el mismísimo padre o un desconocido con el que el chico se conectó por internet. Los ejemplos abundan en los sectores más humildes, pero cada vez más casos salen a la luz en colegios privados y en familias de clase media y alta. En 2002, Telenoche Investiga puso al aire el testimonio de dos chicos que aseguraban que el sacerdote Julio César Grassi había abusado de ellos mientras los alojaba en su Fundación “Felices los niños”. En 2008, se conoció una denuncia contra el productor televisivo Lucas Montero –hijo del periodista Carlos Montero– por el supuesto abuso de al menos dos nenas de entre 5 y 7 años que asistían al jardín de infantes Blooming Kindergarten, de La Horqueta, San Isidro, al que también concurría su hija. El año pasado, además, el reconocido psicólogo especialista en tratar casos de abuso, Jorge Corsi, pasó de ser un profesional respetado a estar señalado públicamente por corrupción de menores agravada, y pasó seis meses detenido.
Recientemente, Ricardo Piazza, hermano mayor del modisto Roberto Piazza, fue acusado de abusar de su propio hijo durante diez años y también quedó detenido. Hay ejemplos que ocurren lejos pero que, de tan escalofriantes y perversos, generan repercusión mundial. Como la historia de Natascha Kampusch, la joven austríaca secuestrada en 1998, cuando tenía 10 años, y abusada por su captor hasta que pudo escapar en 2006 y él se suicidó. O el de Josef Fritzl, más conocido como el “Monstruo de Amstetten”, un hombre que encerró a su propia hija en un calabozo subterráneo de su casa, la violó durante 24 años y tuvo seis hijos con ella. Pero también existen otros casos menos publicitados, aunque igualmente aberrantes; informaciones que aparecen y desaparecen de las páginas, dejando la perturbadora certeza de que el abuso de menores no respeta edad, clase social, nacionalidad, profesión ni parentesco.
Según cifras de UNICEF, 228 chicos por hora son víctimas de abuso y se estima que la cifra es parcial debido a que la mayoría de las víctimas nunca llega a la denuncia por vergüenza o por miedo. La Organización Mundial de la Salud calculó que, anualmente, alrededor de 73 millones de niños y 150 millones de niñas menores de 18 años sufren algún tipo de violencia sexual en el mundo y que más del 20% de las personas que alcanza la vida adulta lo experimentó de alguna forma. El silencio y el ocultamiento social se mantienen aunque crecen los casos, las denuncias y las coberturas periodísticas. ¿Por qué las víctimas siguen eligiendo el silencio?
“Desde todas las historias y sociedades siempre han existido hechos que se han intentado disimular; temas tabúes de lo que no se debería hablar, pero que la desesperación, impotencia y amargura de muchas personas han hecho que salgan a la luz –sostiene la licenciada Carina Scaglia, socióloga y presidenta de la ONG Siembrasoles –. Estos hechos suceden cada vez con mayor frecuencia. Por vergüenza, por no saber qué hacer, por tratar de negar lo ocurrido o por el que dirán, se intenta callar situaciones dolorosas.¿Por qué sucede? ¿Será que muchos han intentado desenmascarar al perverso abusador sin encontrar eco o respuestas en la Justicia? ¿O será que somos demasiado hipócritas y desmemoriados? Muchos son los interrogantes a la hora de hablar del abuso sexual infantil. En el caso del niño, cuando se decide a contar lo que le pasa, pareciera estar en el banquillo de los acusados, hablando de espaldas en programas de televisión, recorriendo cada resquicio de la Justicia para contar su verdad. Debemos entender que es muy difícil para él. Por eso el Estado debe incentivar y garantizar medidas de prevención y protección frente al abuso sexual infantil. De otro modo, no podremos avanzar en este doloroso tema”.
Para la licenciada Fabiana Porracín, psicóloga y antropóloga de la UBA, el tema es complejo: “La problemática a la que nos enfrentamos en el momento de hablar con los hijos acerca del abuso enfrenta una paradoja desde su inicio. Está comprobado que un altísimo porcentaje de los progenitores son precisamente los actores o cómplices de ese abuso, sea por acción o por omisión. Instituciones, profesionales, demás familiares, amigos y vecinos de ese niño que no cuenta en el seno de su familia con la protección y cuidado que requiere deben dedicar y aportar lo que sea posible para su cuidado por el estado de total indefensión en que ese chico se encuentra. Pero los chicos necesitan aprender de sus padres qué cosas suceden en la realidad y, mucho más, deben estar al tanto de aquellos hechos que podrían perjudicarlos. Todo chico tiene derecho a saber de qué y cómo debe cuidarse cuando papá y mamá no están. Se debe explicar qué está bien y qué está mal en relación al trato que merecen recibir, cómo puede un adulto aproximarse a ellos, qué no puede hacer jamás. Se debe informarles de las situaciones en las que tienen que estar precavidos, y se les debe hablar de forma clara, concreta, concisa, con términos simples, accesibles para el chico, transmitiendo la idea de aquello que bajo ningún concepto debe tolerarse, permitirse y enseñándoles que es algo que debe ser denunciado, le suceda al chico o a un amiguito. Y el tema debe transmitirse tal como se los educa para el resto de los peligros, en el marco de un diálogo, comunicación y educación que esté en función de enseñarles el autocuidado”, instruye Porracín.
¿SE PUEDE PREVENIR? Para la licenciada Eva Rotenberg, psicoanalista, directora de Escuela para Padres y autora del libro Hijos difíciles, padres desorientados. Padres difíciles, hijos desorientados (Lugar Editorial), la comunicación es vital a la hora de evitar los casos de abuso. Y estar alertas es la única forma de detectarlo. “Previamente a hablar del tema debe existir una fuerte conexión afectiva entre padres e hijos. Eso es lo primordial porque hoy los chicos se sienten solos: sus padres viajan o trabajan todo el día y ellos realizan múltiples actividades fuera de la casa. Entonces el abusador arma un vínculo con el chico; una relación basada en el afecto y capta a aquellos que muestran una gran carencia. Y éstos, al necesitar atención y vínculos fuertes, comienzan a ser seducidos. El chico no sabe lo que le va a pasar, es ingenuo: busca cariño, no sexo. El abusador lo hace sentir un elegido, un ser especial –explica Rotenberg y aconseja comenzar a plantear la cuestión tempranamente–. El ingreso al jardín es un buen momento. Hay que explicarles que su cuerpo es sólo suyo, que no deben dejar que nadie los toque ni acaricie y que si sienten que alguien los mima de un modo extraño tienen que contarlo. Además, deben saber que nadie les puede sacar o hacerles quitar la ropa interior, ni tocar sus partes íntimas. Se les puede decir que hay gente mala, que no se puede ir con cualquier persona a lugares alejados, y que no están obligados a hacer nada que los incomode. Los niños deben saber decir que no y pedir ayuda. De nada valen los sermones ni los retos; se debe dejar en claro que nunca deben tener vergüenza de recurrir a sus padres. No se les debe explicar concretamente qué es el abuso, porque es abusivo hablar de sexualidad adulta con un nene. A veces los padres piensan que deben ser explícitos, pero en realidad no es así: los chicos no entienden de genitalidad”. Reconoce que el caso Corsi generó algunos inconvenientes para los terapeutas, porque los padres comenzaron a dudar de llevar a sus chicos a la terapia por temor. Sin embargo, la especialista recomienda priorizar la integridad de los chicos: “El tratamiento es muy importante. Y para detectar posibles abusos es vital que los padres estén atentos a cualquier cambio de conducta de sus hijos”, señala.
Para la licenciada Elvira Berardi, psicóloga clínica y directora del Programa de Ayuda para Niños Abusados Sexualmente (A.N.A.S.), conviene aprovechar la cobertura que dan los medios a los distintos casos, como un disparador para instalar el tema en casa. “Muchos chicos llegaron a mi consultorio gracias a que se quebraron frente al noticiero y reconocieron que a ellos les había pasado algo similar. Pero antes de educar para la prevención del abuso hay que empezar por darles una educación sexual abierta, clara y coherente –manifiesta Berardi al tiempo que denota la existencia de múltiples errores a la hora del planteo–. A los chicos no se los deja explorar su propio cuerpo. Todavía tenemos una fuerte carga religiosa que genera tabúes y a partir de ellos, silencios. Claro que también es fundamental no atorarlos con conocimientos que no están en edad de metabolizar, porque tampoco se los debe obsesionar con la sexualidad, sino transmitirles que es algo positivo si existen cuidados propios y ajenos. Todavía existen familias sexofóbicas basadas en una educación represiva que generan más problemas que soluciones. Lo importante es la buena relación entre padres e hijos, y enseñarle al chico que no debe ser tocado por adultos. El problema, sin embargo, se da cuando los abusos provienen de los propios padres. Tuve casos de madres que manoseaban a sus hijos de manera inapropiada; y de padres recién separados que, cuando se llevan a sus hijos el fin de semana, abusaban de ellos. Pero el peor enemigo de este tipo de casos es el miedo, por eso lo mejor es abrir los ojos. Y sobre todo generar un ida y vuelta apropiado con los hijos”.
LA LEY DEL MAS FUERTE. El adulto que abusa de un niño sabe que cuenta con poder para manipular y aprovecharse de su víctima. Y que ella, además de sentirse y saberse en inferioridad de condiciones, está aterrada. No obstante, los especialistas aseguran que aunque el chico mantenga en silencio lo que está viviendo, los signos del abuso se hacen visibles en cambios de conductas muy evidentes (ver recuadro). Si bien en la Argentina aún no existe una legislación unificada vinculada a los delitos sexuales, a fines del año pasado el Senado aprobó la creación de un Registro Nacional de Identificación Genética de Abusadores, un proyecto que espera la votación de Diputados para convertirse en ley. Cuando finalmente se implemente, la norma deberá garantizar la existencia de un registro que almacene y sistematice la información genética asociada a muestras o evidencias biológicas obtenida en el curso de una investigación criminal y de toda persona condenada con sentencia firme por delitos sexuales. En Estados Unidos, una ley fue más lejos: el 31 de octubre de 1994 el Estado de Nueva Jersey aprobó un Registro de Protección a la Comunidad que brinda información personal –como domicilio, tipo y lugar de trabajo y actividades extra– sobre delincuentes sexuales peligrosos puestos en libertad. La normativa se conoce también como La ley Megan, porque fue sancionada luego de la violación y asesinato de Megan Kanka, una nena de 7 años que fue estrangulada por un vecino de 35 años que había recuperado la libertad luego de dos condenas por abuso sexual contra menores.
El terreno virtual, sin embargo, también es un peligro real. Se sabe que uno de los lugares elegidos por los delincuentes para cometer delitos sexuales es internet, por la facilidad para establecer contacto con menores. Marcela Czarni, presidenta de Asociación Civil Chicos.net alerta: “Los chicos son curiosos y hay que prevenirlos de lo que puede encubrir el anonimato de la virtualidad. Pero eso no tiene que ver sólo con las nuevas tecnologías, sino con la educación en general: tienen que aprender a cuidarse a sí mismos y a los demás. El problema más grave es que nadie toma conciencia: los chicos por ingenuos, los adolescentes por rebeldes y los adultos porque no tienen mucha idea sobre todo lo que se puede hacer con las nuevas tecnologías. Por eso, recomendamos que los padres traten de utilizar cada vez más los recursos que usan sus hijos. Así como en el mundo real, en el ciberespacio tiene que haber pautas y límites basados en el cuidado, el respeto, la integridad, el peligro. Este es el desafío: comprender sin necesidad de ser un experto tecnológico, ir más allá de las habilidades técnicas para acercarse al significado de las modalidades de vínculo y trabajar desde ese enfoque la prevención”. La especialista, que impulsa programas de educación sexual integral y cuidado de personas, recomienda, cuando sea posible, ver qué es lo que hacen los chicos cuando se conectan y quiénes son sus amigos, así como se les pregunta cómo les fue en la escuela, qué deberes tienen y qué hicieron en el recreo. “La virtualidad es un mundo tan verdadero como el real, repleto de gente de carne y hueso”, concluye.
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Saludos.