Leyendas de Corrientes La Leyenda - se ha dicho - es el eslabón que une la prehistoria con la Historia misma. Y en verdad, la historia del hombre en su período nebuloso no es más que una sucesión de leyendas. Cada vez que el ser humano se encontró ante enigmas indescifrables o simplemente ante hechos inexplicables, buscó en la fantasía el origen y desenlace del enigma, de acuerdo a su sensibilidad, psicología y mentalidad. La mente tiene la facultad de reaccionar en idéntica forma ante lo incognoscible. Por eso la leyenda, que es la reacción del hombre ante lo inexplicable, tiene semejanzas en distintas latitudes. La universalidad de muchas leyendas tienen en esto, y en la unidad del género humano, su lógica explicación. Y como abarca todos los aspectos de la vida: amor, luchas, muerte, origen, fin, etc., constituye un valioso auxiliar de la Historia. Joaquín V. González ha dicho que la leyenda, desentraña muchos aspectos del espíritu humano que la Historia no pudo descubrir. Representa también, como todos los impulsos míticos, el esfuerzo del hombre por elevarse a los sobrenatural, magnificando hechos reales o fantásticos, para crear una vida distinta de la vida material, tan pobre en espíritu y poesía. El origen de la tierra Cuentan que en el principio existía sólo Ñanderú, el dios creador, que se había hecho a sí mismo. Lo primero que creó fue el lenguaje, las palabras y a otros dioses para que lo hablaran: cuatro parejas que iban a tener hijos también dioses. Ñanderú tenía un bastón, y quiso que la punta engordara, de allí salió la Tierra. Para que la tierra no se moviera demasiado creó cinco palmeras inmortales, que se ubicaron en el Centro, el Este, el Oeste, el Norte y en el Sur. Al cielo lo apoyó en cuatro columnas de madera iguales a su bastón. Luego creó animales y plantas, como el Colibrí, la Víbora y la Cigarra. Primero cubrió a la tierra con una selva continua. Pero luego agregó campos, con árboles y a la Langosta, que en donde apoyaba su cola desaparecían los árboles y crecía pasto, creándose llanuras. Terminado esto llegó la Perdiz que ocupó dicho lugar. Luego Ñanderú creó al Tatú que vivía debajo de la tierra. Le siguió la Lechuza, dueña de la oscuridad. Pronto aparecieron otros animales, los hombres y mujeres. Hecho esto el Dios Creador volvió al Cielo y dejó a cargo de la Tierra a los otros dioses. Como algunas personas eran buenas y otras malas, los dioses hicieron cambios, por esta razón mandaron un diluvio. La gente buena subió al cielo y los restantes se convirtieron en: ranas, peces, etc. Luego Ñanderú pidió a uno de sus hijos, Jakaira, que hiciera de nuevo a la tierra, éste asignó esa tarea a su hijo Pa-pa Mirí. Éste amasó a la Tierra, la llenó de árboles y nuevos animales y plantas. Hizo ríos, arroyos y piedras. Un día lo llamó su madre y dejó las cosas como estaban, formándose las montañas, restos de tierra y piedras. El primer fuego llega al hombre Pa-pa Mirí pensaba que el hombre necesitaba fuego, que hasta ese momento no lo conocían. Pero era un elemento que estaba en mano de los Futuros Cuervos que vivían en una montaña, eran muy poderosos, se alimentaban de hombres y no querían brindar el fuego a otros seres. Para obtener el fuego, Pa-pa Mirí llamó a Cururú, el Sapo, éste le explicó su plan en el oído, porque los Futuros Cuervos tenían buena audición. Juntos fueron a la montaña donde vivían los come gente. Pa-pa Mirí se tiró al suelo, para parecer un muerto y el Sapo se escondió. Los Futuros Cuervos vieron a Pa-pa Mirí como alimento y lo cocinaron, pero éste no se quemaba porque era un Dios. Cuando se alejaron las criaturas el dios tiró brasas al Sapo, que luego de varios intentos fallidos las pudo recoger con su lengua, hecho esto escaparon. Pa-pa Mirí con la braza encendió una flecha que arrojó al bejuco subterráneo, una planta. Entonces las personas podían cortar un pedazo de bejuco, hacerle un agujero, meter la punta de una flecha y hacerla dar vueltas originándose una leve llama. Desde entonces los guaraníes hicieron fuego de ese modo. Pa-pa Mirí convirtió a los Futuros Cuervos en cuervos o jotes para que no hicieran nuevos males. Los guaraníes les dicen Urubú. Madi-ó Esto debió haber pasado hace mucho, muchísimo tiempo. Antes de que los guaraníes emprendieran su largo viaje hacia el Sur, desde el corazón de las selvas sudamericanas. Mandi-ó era una nenita fea, alta, flaca y delgada. Tenía manos muy grandes con dedos muy largos. No jugueteaba con los otros chicos. Se quedaba ahí, paradita, mirando como si quisiera hacerlo. Pero no participaba. Mientras tanto, los demás correteaban por la selva. -Mandi-ó, algún día vas a echar raíces- la regañaba su mamá. Y su papá la retaba por que no acompañaba a su mamá cuando ésta salía en busca de frutos silvestres. Porque en aquellos tiempos remotos la gente no conocía la agricultura y sufría terribles hambrunas: solo se alimentaba con los productos de la caza y de la pesca ( tareas a cargo de los hombres) y con los frutos de la selva que las mujeres recogían con la ayuda de sus hijos. Pero Mandi-ó, siempre triste y avergonzada por su fealdad, se negaba a acompañar a su mamá y a sus hermanitos en esas salidas, en la que los chicos no solo ayudaban sino que, además, recorrían la selva y se deslumbraban con todo lo que veían, como cualquier chico del mundo. Mandi-ó se quedaba paradita, a la entrada de la tekoá, la aldea que su padre había construido, en un claro de la selva, junto con los otros hombres de la comunidad. No se atrevía a seguir a los suyos, como si les tuviera miedo a la espesura. Entonces Tupá, el Dios de los guaraníes, se apiadó de ella. En sueños le dijo lo que debía hacer: en adelante, la niña sería importantísima para toda su gente, porque les iba a enseñar a alimentarse mejor. Sólo era preciso que algún rayo incendiara un sector de la selva, con lo que se haría un claro en el cerrado boscaje y cuando, el terreno quedara despejado, ella debía dirigirse allí, sin miedo, para cavar un hoyo y meter en él sus piecitos. Eso sí: debía pedirles a sus hermanitos que la buscaran al día siguiente. Y así fue como lo hicieron. ¿Qué encontraron?. Cuando todos salieron en busca de Mandi-ó, en el centro del claro vieron una planta desconocida hasta entonces: un arbusto muy verde, de casi dos metros de altura, con grandes hojas en forma de manos y dedos larguísimos. Cavaron para desenterrar los pies de la niña; y en su lugar sólo encontraron gruesos tubérculos. Era la mandioca, planta originaria de esas tierras, cuyo cultivo se comenzó a realizar en claros abiertos a propósito, con hacha y fuego. Desde entonces, los tubérculos de la mandioca fueron utilísimos porque la Mandi-ó o la mandioca acompañó a los guaraníes en su larga migración hacia el Sur, asegurándoles siempre el alimento. Mientras tanto, la misma planta viajó con los tupíes hacia el norte, cruzó el caudaloso Amazonas y, ya en la meseta de las Guayanas, fue adoptada por los caribes quienes la llevaron a las Antillas con el nombre de yuca. Desde entonces, la yuca o mandioca alimenta a millones de americanos, a quienes brinda la fariña, la tapioca y el sabroso pan de cazabe. El Yaguareté El Yaguareté Abá, para la creencia popular, es un indio que, por arte de brujería, se transforma en un tigre más feroz que el tigre común. A medida que los indios se fueron reduciendo a reservas lejanas, la creencia se ha ido olvidando. En general, son los viejos los que narran los relatos de Yaguareté-Abá. En esencia la transformación del Yaguareté-Abá por arte mágica es la misma del RUNATURUNCO. Lobizon Supersticion de origen europeo, según la cual el septimo hijo varon al llegar a la adolescencia se transforma en lobizón los martes y los viernes por la noche. para poder cumplir con este proceso se revuelca sobre algun elemento desintegrado, como por ejemplo arena, ceniza o la tumba de un cementerio. Al volver el día recupera la forma humana. para convertirse en animal debe cumplir ciertos ritos, como girar tres veces sobre su cuerpo. Una forma de romper el hechizo es bautizando al niño en siete iglesias distintas. También puede librarse si es bautizado con el nombre de Benito, y si el mayor de los siete hermanos es su padrino. Se lo representa como una mezcla de perro y cerdo, muy peludo y con grandes orejas, que recobra su fisonomia humana si alguien sin conocerlo lo hiere, o si un hombre lo muerde. Se cree que se alimenta de chicos no bautizados, excrementos y de desperdicios que encuentra en los basurales de las estancias. Se caracteriza por el fulgor de la mirada (echa fuego por los ojos). Es inmune a las armas de fuego, y solo se lo puede herir con un arma blanca. En presencia de su propia sangre recobra la forma humana, pero se convierte en enemigo mortal de quien descubrió su secreto y no se detiene hasta matarlo. El lobizon ataca y puede traspasar el mal. No lo transmite mordiendo, sino pasando entre las piernas de alguien. A partir de allí la victima se convierte en lobizon, y el anterior escapa al maleficio. Si bien tiene forma perruna, los demás perros le ladran constantemente, si bien no atinan a morderle. Es conocido también como Lobishomen (lobo-hombre, Brasil y Portugal) y representado como una criatura mítica que merodea por los campos en las noches de luna llena, sobre todo si éstas caen en viernes. Asalta por detrás a los viajeros o penetra en las casas en busca de niños. Luego de capturar a sus víctimas les chupa la sangre. En Argentina la costumbre de que su hermano mayor sea el padrino, se cambió luego por el padrinazgo presidencial. Se sabe a traves de relatos orales, ya que los archivos se quemaron a mediados de siglo, que en 1907 se realizó el primer bautismo con padrinazgo presidencial para revertir el maleficio, en la localidad de Coronel Pringles. Un inmigrante ruso padre de un séptimo hijo varón importó una tradición que cumplían riurosamente los zares. En 1973 el presidente Perón legalizó a través del decreto 848 una costumbre que ya se había generalizado en la práctica. Según el decreto los padres pueden optar por el padrinazgo moral (ya que raramente concurren) del Presidente de la Nación. Asimismo, los integrantes de la División de Padrinazgos de la Casa de Gobierno se encargarán de hacerle llegar una medallita de oro y un diploma conmemorativo. También tendrán una beca para sus estudios primarios y secundarios. El decreto aclara que el padrinazgo no crea derechos ni beneficios de naturaleza alguna en favor del ahijado ni de sus parientes. Actualmente hay en Argentina un promedio de 300 padrinazgos anuales, de los cuales sólo el 30 por ciento corresponde a mujeres. EL ARA IYAPÍ Todos los aborígenes tienen especial aversión por el murciélago. Los chiriguanos le llaman mbopi y los tobas y mocobíes "sanhihuej". El murciélago representa el Ara Ipayi o fin del mundo. Por eso se le encuentra estilizado en las alfarerías de los diversos grupos étnicos de la nación Guaraní, junto con el buho que es su enemigo y de quien depende tenga o no éxito en su empresa. . . Es creencia que algún día aparecerá el Andirá Guazú (Murciélago grande) y comerá a todos los seres vivientes de la tierra, terminando así la vida en todos los órdenes. Para que esto sea posible será necesario una enorme cantidad de "andirás " chicos, sin los cuales no puede nacer el Andirá Grande que pondrá punto final a la vida. No se sabe cuándo podrá acontecer esto, por cuanto Ebliuá (Dios), les puso por enemigos el buho y la lechuza (ñacurutú y urucureá), que persiguen a los murciélagos y los matan, evitando la multiplicación convencional que determinaría el nacimiento del Murciélago. Grande. Llegará, empero, un día, en que el buho y la lechuza, sea por debilidad, incapacidad o muerte, no podrán detener los murciélagos chicos en su proliferación, y entonces acaecerá el advenimiento del Andirá Grande que impondrá el Ara Iyapi o sea el Fin del mundo. Mburucuya Aconteció esto en las cálidas tierras de Tupí, hace muchísimos años. Tupán no había creado todavía en aquel entonces ni el guayacán, ni el curupay, ni el canambí, ni muchas otras plantas prodigiosas, obra de sus milagros... Había sobre la costa del Paraná una tribu feliz, muy feliz... Su cacique se llamaba Irnndi y la vida era una bendición de paz y felicidad. Para dicha mayor Irnndi tenía una hija cuyos ojos rivalizaban en esplendor con el Sol, a quien adoraba y adoraba su gente. Como era tradicional, antes de morir, Irnndi expresó que era su voluntad que su hija Isapi (rocío) se casara con el cacique Acaviray... Y aquí comenzó la tragedia. Isapi no amaba y no podía amar a ese hombre inhumano con su gente, sensual y desenfrenado... . Y cuando su padre murió, antes que Acaviray pudiera tomarla, huyó por el bosque, resuelta a morir antes que caer en sus manos. Anduvo muchos días y muchas noches, hasta que sus fuerzas se agotaron y cayó rendida en la selva. Mientras la fiebre la consumía veía pasar en sueños las aguas del Paraná, al alcance de sus manos, deslizándose suaves y rumorosas, para darle en sus hilos cristalinos el precioso líquido para apagar su sed. Y ella bebía.. .bebía. .. hasta que las sombras de la inconsciencia más completa se apoderaron de su frágil y delicado ser. Quiso Tupán que un sacerdote que vivía con sus indios en las inmediaciones, la encontrara en la selva moribunda. Calmó su sed, sació su hambre y la llevó a su Misión. Ahí Mburucuyá aprendió la lengua de aquel hombre blanco, y de sus palabras dulces, conoció al Dios cristiano, infinitamente bueno, todo amor y misericordia. Nunca había soñado con un Dios tan bueno y grande que brindó hasta su sangre para salvar a los hombres. Que no conoce ni el odio, ni la venganza, ni la maldad. ¡ Un Dios que llama a los hombres para salvarlos ! ! Que los ama!... ! Oh; infinito misterio de las cosas! ¡Nunca lo había soñado, nunca ¡. . . Los indios convertidos que no conocían su nombre la llamaron Mburucuyá. En el silencio de las noches ella prometió a ese Dios bueno ofrendar algo en su honor. Y lo propuso al misionero: ir a la tribu que fue de su padre y ofrecerle en la Cruz el camino de la salvación. Y así lo hicieron. Caminaron largos días por la selva y sendas noches. Mburucuyá iba eufórica a cumplir con aquel deber de gratitud. . . Llegaron por fin, y ella, la Isapi, la hija del cacique Irundi, explicó el alcance de la visita y el mensaje de Amor en nombre de Aquel ser infinitamente bueno, que había llenado de amor su corazón. Acaviray, el taimado, escuchó atento a la desertora y, finalmente, con toda frialdad y cinismo, ordenó el lanceamiento de ambos. Misionero y sierva cayeron bajo las flechas arteras en la quietud de la selva, y la cortina de la noche se extendió sobre un drama más... Pero al día siguiente en el preciso lugar de la ejecución había brotado una planta nueva. Era el Mburucuyá. Su flor era una cruz y Dios puso en ella los atributos de. su pasión: los tres clavos que horadaron sus manos y pies, la corona de espinas que ciñó su frente; las cinco llagas de luz y en el corazón de su corola, una a una las gotas de su sangre preciosa. Y fué desde entonces la eterna Mburucuyá, símbolo del sacrificio por amor a su Dios... . Y Acaviray, al morir, se convirtió en pájaro agorero del mal, cuyo graznido anuncia el odio, y anda por los montes sin. reposo, despreciado de todos, llevando aún en sus ojos sanguinolentos todo el rencor que lo incitó al crimen... Es el cuervo o pitá cumpliendo su condena interminable. en la soledad de los bosques umbríos por los siglos de los siglos. Laflor del Irupé Esta hermosa leyenda guaraní viene de los vocablos “i” que significa (agua) “ru” que significa (el que trae) y “pe” que significa (plato). O sea Plato que lleva el agua. Se la conoce con el nombre de Victoria Regia, y constituye una de las flores más curiosas de nuestra flora. Con los granos de su fruto, los indígenas elaboran un pan muy exquisito. Yasí Ratá (estrella) había nacido con un pequeño mal incurable; amaba los astros. Desde pequeña quería la Luna y vivía para ella. Cuando ésta no aparecía en el cielo, Yasí lloraba insomne las noches enteras. Y cuando el pálido satélite surcaba raudo la inmensidad cubierta de estrellas, la enamorada se vestía con las mejores galas, y pasaba la noche entera en celeste idilio con el astro. Entonces era hermosísima y la Luna le daba a su rostro un halo sobrenatural. Así los dos enfermos se amaron mucho tiempo. Hasta que un día Yasí desesperada de vivir tan lejos de su celestial amante, decidió ir en su busca. Subió a uno de los árboles más altos y desde él tendió los brazos para que el astro la recogiera. Pero fue inútil. Entonces bajó y trepó a la cima más alta de la montaña y allí esperó el paso de la Luna, pero también fue en vano. Descorazonada y vencida volvió al valle y allí camino largo tiempo, sus pies desgarrados por las piedras y las espinas, manaban abundante sangre. En su marcha llegó a un lago de aguas límpidas. Se miró en ellas y vio su imagen reflejada al lado de la Luna. ¡Era el milagro!. Sin vacilar se arrojó a sus brazos, pero la imagen se desvaneció y las aguas se cerraron sobre ella cubriendo para siempre su imposible sueño. Tupá, compadecido de aquel gran amor, la transformó en Irupé con hojas de forma de un disco lunar y que mira hacia lo alto en procura de su amado ideal. De noche cierra sus pétalos cubriendo las manchas de sangre de sus heridas, pero cuando la Luna aparece, las abre, y todavía platica con ella. El Guairá Guayrá era un indio bueno. Tenía especial predilección por las" igás" (canoas) y dedicaba todo su tiempo a la fabricación de esas embarcaciones. De sus manos salían canoas admirables que' despertaban la admiración y envidia de los demás. Un día concluyó la que él consideraba más perfecta de su ingenio inquieto y creador. Ufano, decidióse dar con ella un paseo por el Paraná. Y así, gallardamente se deslizó por las mansas aguas del río dejando vagar sus pensamientos al azar. Anduvo extasiándose varias horas con el pintoresco paisaje que le ofrecían las orillas que encerraban todas las gamas del encantamiento que la Naturaleza y Dios pueden ofrecer al hombre, y cuando estaba próximo a hacerse la noche, quiso volver río arriba para regresar a su choza. A pesar de la aparente mansedumbre de las aguas, notó que la corriente le impedía remontar el trayecto recorrido. Comenzó a inquietarse, y duplicando su esfuerzo y su habilidad, intentó vencer la resistencia del agua. Inútilmente. No conseguía avanzar ni un palmo. Presintió algo fatal y tornó a hacer supremos esfuerzos por zafarse de aquella dramática situación. Entonces comenzó a anochecer súbitamente y una tormenta furiosa atronó el espacio. Taú, el genio de las tormentas y acólito de Añang lo. había atrapado. Mientras oía las palabras de Taú, Guayrá luchaba desesperadamente gastando sus últimas energías. Se embravecieron los vientos y las lluvias, y abatido Guayrá se dejó llevar por la corriente. La gallarda embarcación no resistió la furia de las aguas y bajo un relámpago cegador se abatió en ellas. Guayrá luchó un instante solo, pero de pronto, dando un salto espectacular, se hundió para siempre en aquel mar proceloso. . . Consumada su obra, Taú se rió estrepitosamente, y su risa diabólica se prolongó largo tiempo en la noche. Volvieron las aguas a tranquilizarse y se despejó el cielo. Pero en aquel lugar las aguas formaron un salto turbio, símbolo de la tragedia, y que los guara des conocen con el nombre de Salto d: Guayrá. El Coendú Era el: hijo de un cacique cainguá. De niño era bueno, ,pero de pronto su carácter se tornó irascible y malvado. La hechicera sentenció que" una araña le había picado en el costado izquierdo envenenándole el corazón". Entretanto las crueldades del niño superaban todos los límites de la tolerancia. :Miriñay, el consejero, previno que el Dios de la selva no dejaría impune tantas víctimas inocentes y que se vengaría en la gente de su tribu. Quería, pues, convencerlo de las consecuencias de su maldad. Pero mientras se acercaba, Coendú, temiendo ser atacado, le disparó sus flechas envenenadas y lo hirió de muerte. Sorprendido de su propia acción, vaciló mi instante, luego echó a correr perdiéndose en la espesura. Las sombras de la noche lo sorprendieron fugitivo. Sudoroso y fatigado se acurrucó contra un árbol, mientras un sentimiento extraño se iba apoderando de su ser. Y por primera vez su cuerpo tembló de arrepentimiento, pensando en todas las inocentes víctimas de sus flechas envenenadas. "Las primeras luces del alba lo sorprendieron en la misma posición, encogido, agarrotado de terror". Quiso separarse del árbol pero no pudo; una alfombra de zarzas se había adherido a sus carnes. Recordó las palabras de Miriñay y comprendió que era el castigo del Dios de la selva. De pronto, sus pies se convirtieron en patas pequeñísimas y sus manos en alas toscas y cortas. Su cuerpo encogido se llenó de espinas. "Cuando apareció el Sol, Coendú, arrastrando su manto verdoso, fue a internarse en lo más oscuro de la maraña. Una fuerza misteriosa lo empujaba a la penitencia... Y aun hoy, después de tantos años, apartado siempre de los otros habitantes de la selva misionera, el coendú, arrepentido de sus maldades, permanece largas horas del día de espaldas a la luz del Sol, sentado "obre sus patas traseras y con la cara entre manos, haciendo penitencia". El Timbó El timbó es un árbol corpulento de hermosa forma, cuya parte superior se parece a una sombrilla abierta. Su madera es muy consistente y tiene la particularidad de no agrietarse ni astillarse. Su fruto es una baya negra, muy semejante a una oreja humana. Por eso los guaraníes le llaman cambá nambí ( oreja negra) . Este árbol tiene una hermosa leyenda. Se dice que un cacique famoso llamado Saguáa, adoraba a su hija bella como el sol, llamada Tacuarée. Vivía por ella y para ella. Pero he aquí que un día Tacuarée se enamora de un cacique de una tribu lejana. Llevada por ese amor irresistible abandona a su padre para unirse al hombre amado. Sagnáa, desesperado, sale a buscada. Anda días y días entre la selva afrontando miles de peligros. Nada le arredra. Quiere encontrar a su hija amada. En el delirio de la desesperación cree escuchar sus pasos en la selva y aplica sus oídos sobre la tierra. Ese oído capaz de escuchar los más recónditos murmullos de la selva y descifrarlos. Pero nada puede escuchar y sigue andando y apoyando su oído a la tierra, con la esperanza postrera de oír los pasos de Tacuarée. Cuando ya sus fuerzas están agotadas, cae rendido, presa de una fiebre mortal. Y muere con el oído pegado a la tierra.. . Mucho tiempo después, dos hombres de su tribu lo encuentran, pero cuando quieren levantar su cuerpo, notan que tiene una oreja. unida a la tierra donde ha echado. raíces. Para arrancar el cuerpo deben cercenar la oreja; pero ésta ha echado raíces y da origen a una nueva planta que crece y se levanta majestuosa en la selva, y todas las primaveras brinda unas bayas negras en forma de oreja humana, recordando las orejas de indio. Es el timbó (cambá nambí) que simboliza el amor paternal. El Maíz No podía faltar la leyenda en esta planta americana por excelencia. El maíz (abatí), ha sido considerado siempre por los indígenas como una bendición del cielo. Hay varias versiones de esta leyenda, pero consignamos la más popular, que consideramos verdadera por haberla oído también de labios de los indígenas del Pilcomayo. Fue en aquellos momentos cruciales en que no se sabe si es posible sobrevivir o perecer. Todo parecía indicar que ocurriría esto último, pues durante largos meses no asomaba una nube en la comba celeste. Los ríos se secaban, se marchitaban los árboles, los animales morían de sed... Tolvaneras irresistibles barrían los campos desolados. El pueblo, paciente al principio desesperaba, enloquecía... Todas las rogativas -habían resultado estériles. Entonces el "rubichá" (Jefe de la tribu), en una sostenida cábala con los genios del cielo, develó el secreto: -Tupá está enojado con' sus hijos y por eso los castiga con el hambre, la sed y la muerte si no vuelven los ojos a EL... El pueblo entero se arrepintió y cayó de rodillas, jurando amor y respeto a sus leyes. Pero el Rubichá continuó: -Eso no basta. Para aplacar la ira de Tupá, es necesario sacrificar la vida de uno de sus hijos. Entonces, entre los circunstantes salió un guerrero joven y apuesto que exclamó con firmeza: -Yo me ofrezco al sacrificio... Lloraron los suyos y lloró el pueblo de emoción y dolor. Pero el joven mantuvo su decisión inquebrantable. El rubichá, dolorido, no tuvo otro recurso que aceptar el sacrificio de aquel joven, cuya vida podría ser tan útil. Caminaron hasta un sitio despoblado de árboles, cavaron una fosa y en ella tomó el joven su voluntaria sepultura. La tierra, fuertemete apisonada lo cubrió totalmente, dejando sólo fuera la nariz del infortunado. A los pocos instantes asomó una tormenta en el horizonte, que vertiginosamente descendió sobre la selva. El viento y los relámpagos sembraron el pánico entre los hombres. Luego comenzó a llover. Una lluvia abundante, dulce, que duró toda la noche. !El milagro se había cumplido!... Al día siguiente la tribu se dirigió al lugar del sacrificio para testimoniar su gratitud. Pero en el mismo lugar, donde el día antes asomara la nariz, había brotado una planta de largas hojas verdes entre las que asomaban espigas con granos de oro. Era el maíz, y le llamaron "abati ", que. quiere decir "Nariz de indio". Segunda Parte Tercera Parte
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