Grandes cagadas de la historia del hombre: Destrucción del Partenón
El Partenón, hoy
El Partenón no es ni el más grande de los templos griegos, ni el mejor conservado ni el más fotogénico. Sin embargo, se trata del templo griego más “currao” por la simple razón que, cuando se hizo, Atenas era una ciudad importantísima que tenía dinero a espuertas: no sólo los que le correspondía por sus impuestos, imperio marítimo, etc. sino porque los atenienses eran los encargados de “custodiar” el tesoro de la Liga de Delos. Por si no os lo imaginábais, se fundieron dicho tesoro en hacer un templo carísimo: compraron el mármol más caro, a los mejores arquitectos (Reformas Ictino & Calícrates) y a los mejores escultores (Saneamientos Fidias S.L.) de la época, que ya es decir mucho.
Total, que una de las acciones de desfalco más descaradas de la historia tuvo como fruto, allá por el 432 a.C., a este pedazo de montón de mármol. No voy a aburriros con detalles sobre por qué es tan especial, digamos sólo que su grandeza está en los detalles y el refinamiento, que provoca orgasmos mentales a todo apasionado del orden y las matemáticas y vosotros me creéis.
Las cagadas comienzan con el incendio del año 256 d.C. (hasta entonces el edificio estaba como nuevo) que destruyó la cubierta y afectó a toda la estructura. Los trabajos de restauración ya no fueron tan precisos ni tan perfectos como en tiempos de Pericles. Este detalle es impresionante, porque estamos hablando de los mismísimos romanos, que tan duchos eran en hacer acueductos, no fueron capaces de restaurar los refinamientos del Partenón. A pesar de eso el edificio se mantenía con una magnífica salud, por lo que esta es una cagada menor.
La imposición del cristianismo en todo el Imperio Romano tuvo como consecuencia la primera gran cagada: se le puso un crucecita encima, se le añadió un ábside y se dijo que Atenea era realmente la virgen María y todos tan contentos. ¡Ah! Se me olvidaba: se destruyeron la mayoría de las metopas esculpidas por Fidias y se decapitó a parte de las estatuas de los frontones (ya sabéis, eran demasiado profanas). La estructura del edificio, sin embargo, se mantenía intacta y fue un popular centro de peregrinaje durante la alta Edad Media. Más tarde pasó a manos de los francos y, en 1460, Atenas fue tomada por el Imperio Otomano y el Partenón convertido en mezquita.
Los otomanos ostentan el honor de haber cometido una de las mayores cagadas de la historia del hombre. Durante la guerra con los venecianos no se les ocurrió otra cosa que convertir al Partenón en su polvorín (visible desde kilómetros a la redonda y en la cima de una peña: blanco perfecto). Esta muestra de estupidez absoluta fue coronada con la participación de los propios venecianos, que lanzaron una bomba el 26 de septiembre de 1687 con gran puntería, haciendo saltar por los aires todo el edificio (total para nada, porque no se hicieron con la ciudad).
El vandalismo y el saqueo hicieron desaparecer poco a poco las estatuas y los frisos que aún sobrevivían desperdigados. Casi hay que agradecer a Lord Elgin que se llevara todo lo que pudo a Londres, porque los restos desaparecían inexorablemente (que quede claro que en absoluto justifico la actual dispersión de los frisos entre Londres, París y Atenas).
Finalmente, a mediados del siglo XIX comenzó la larga serie de restauraciones de la Acrópolis que le han dado el aspecto de ruina restaurada que vemos hoy, si bien se estima que faltan 10 años para que dejemos de ver andamios y grúas. A pesar del lamentable estado en el que ha quedado, el poder evocador del Partenón se mantiene y nos recuerda que el ser humano es capaz de los más exquisitos refinamientos y de las más estúpidas ideas.
El Partenón, hoy
El Partenón no es ni el más grande de los templos griegos, ni el mejor conservado ni el más fotogénico. Sin embargo, se trata del templo griego más “currao” por la simple razón que, cuando se hizo, Atenas era una ciudad importantísima que tenía dinero a espuertas: no sólo los que le correspondía por sus impuestos, imperio marítimo, etc. sino porque los atenienses eran los encargados de “custodiar” el tesoro de la Liga de Delos. Por si no os lo imaginábais, se fundieron dicho tesoro en hacer un templo carísimo: compraron el mármol más caro, a los mejores arquitectos (Reformas Ictino & Calícrates) y a los mejores escultores (Saneamientos Fidias S.L.) de la época, que ya es decir mucho.
Total, que una de las acciones de desfalco más descaradas de la historia tuvo como fruto, allá por el 432 a.C., a este pedazo de montón de mármol. No voy a aburriros con detalles sobre por qué es tan especial, digamos sólo que su grandeza está en los detalles y el refinamiento, que provoca orgasmos mentales a todo apasionado del orden y las matemáticas y vosotros me creéis.
Las cagadas comienzan con el incendio del año 256 d.C. (hasta entonces el edificio estaba como nuevo) que destruyó la cubierta y afectó a toda la estructura. Los trabajos de restauración ya no fueron tan precisos ni tan perfectos como en tiempos de Pericles. Este detalle es impresionante, porque estamos hablando de los mismísimos romanos, que tan duchos eran en hacer acueductos, no fueron capaces de restaurar los refinamientos del Partenón. A pesar de eso el edificio se mantenía con una magnífica salud, por lo que esta es una cagada menor.
La imposición del cristianismo en todo el Imperio Romano tuvo como consecuencia la primera gran cagada: se le puso un crucecita encima, se le añadió un ábside y se dijo que Atenea era realmente la virgen María y todos tan contentos. ¡Ah! Se me olvidaba: se destruyeron la mayoría de las metopas esculpidas por Fidias y se decapitó a parte de las estatuas de los frontones (ya sabéis, eran demasiado profanas). La estructura del edificio, sin embargo, se mantenía intacta y fue un popular centro de peregrinaje durante la alta Edad Media. Más tarde pasó a manos de los francos y, en 1460, Atenas fue tomada por el Imperio Otomano y el Partenón convertido en mezquita.
Los otomanos ostentan el honor de haber cometido una de las mayores cagadas de la historia del hombre. Durante la guerra con los venecianos no se les ocurrió otra cosa que convertir al Partenón en su polvorín (visible desde kilómetros a la redonda y en la cima de una peña: blanco perfecto). Esta muestra de estupidez absoluta fue coronada con la participación de los propios venecianos, que lanzaron una bomba el 26 de septiembre de 1687 con gran puntería, haciendo saltar por los aires todo el edificio (total para nada, porque no se hicieron con la ciudad).
El vandalismo y el saqueo hicieron desaparecer poco a poco las estatuas y los frisos que aún sobrevivían desperdigados. Casi hay que agradecer a Lord Elgin que se llevara todo lo que pudo a Londres, porque los restos desaparecían inexorablemente (que quede claro que en absoluto justifico la actual dispersión de los frisos entre Londres, París y Atenas).
Finalmente, a mediados del siglo XIX comenzó la larga serie de restauraciones de la Acrópolis que le han dado el aspecto de ruina restaurada que vemos hoy, si bien se estima que faltan 10 años para que dejemos de ver andamios y grúas. A pesar del lamentable estado en el que ha quedado, el poder evocador del Partenón se mantiene y nos recuerda que el ser humano es capaz de los más exquisitos refinamientos y de las más estúpidas ideas.
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