Algo se ha perdido irremediablemente en nuestras tradiciones. A la larga lista donde aparece la botella de leche de vidrio, el teléfono público negro, los fósforos de cera y los adoquines de madera, hace poco más de una década se agregó el boleto de colectivo.
Y no por haber desaparecido, sino más bien por haber sido reemplazado por esos asépticos papelitos que se borran en poco tiempo y donde la búsqueda del capicúa es casi imposible.
Más allá de toda consideración, la frase del título está incorporada a la cotidianeidad porteña. Puede cambiar la cifra y el tipo de boleto, pero el resto sigue igual. Este trabajo pretende acercar al lector una pequeña historia del boleto en nuestro medio, y las características de algunos personajes vinculados al mentado papelito, desde el tranvía a caballo hasta el ómnibus actual.
Se omite con total premeditación al boleto ferroviario, por dos razones:
Primero, porque hay especialistas que están en mejores condiciones que nosotros para contar su historia; segundo, porque se duplicaría la extensión de esta nota. No obstante, agregamos a la lista de pérdidas al boleto tipo Edmondson, aquel tradicional cartoncito, también fugado por las vías del progreso.
El boleto no ferroviario más antiguo del que tenemos noticias pertenece a La Bella Ensenadera, servicio de galera entre Ensenada y Buenos Aires. La fecha de expedición es el 12 de agosto de 1867; figuran además el importe y los datos de la pasajera.
Pasaje de La Bella Ensenadera, 1867. Col. Roberto Guillaume (rep. blanco y negro), en Travesías de antaño por caminos reales, postas y mensajerías. Carlos A. Moncaut, Ed. El Aljibe; City Bell, 1993.
BOLETOS SOBRE RIELES
En febrero de 1870 se inauguraron los primeros servicios urbanos de tranvía a caballo en Buenos Aires: El Tramway 11 de Septiembre, de los hermanos Méndez, y el Tramway Central, de Julio y Federico Lacroze. Se cuenta que el primero no expedía boletos inicialmente y para recibir el importe de los viajes colocó alcancías en sus coches. Más adelante hablaremos de algunas pequeñas estafas, pero convengamos que las "avivadas" ya existían: aparte de monedas, se depositaban chapitas, botones y diversos objetos que completaban una recaudación heterogénea
Por su parte, la empresa de los Lacroze tuvo boletos desde su inauguración. Poco después utilizaba fichas metálicas, pero este sistema tampoco aseguró un control efectivo
Pronto se adoptó el boleto de talonario, sistema que también usaron las empresas que se fueron creando durante los siguientes 25 años. Algunos de estos boletos se imprimían en el país en forma muy elemental, en papel blanco con tinta negra. Pero mayormente las empresas encargaban los talonarios a imprentas de Europa, sobre todo Bélgica e Inglaterra. Estaban impresos en papel barrilete, casi siempre a color y con esmerado diseño artesanal. En la segunda década del siglo XX ya se imprimían boletos en el país.
MAYORALES, GUARDAS Y BOLETERO ARGENTINO
El auxiliar del cochero en los tranvías a caballo era el mayoral. Este personaje singular se ocupó de la venta de boletos hasta la llegada del tranvía eléctrico. Con la electrificación, el cochero pasó a ser motorman y el mayoral se transformó en guarda.
Era la autoridad en el tranvía. Daba las órdenes de partida y detención del vehículo, entregaba los boletos y cobraba el pasaje. Además, era un tratado viviente sobre viajes en la ciudad: Si alguna persona le consultaba siempre estaba dispuesto a desglosar minuciosamente todas las posibilidades que ofrecía la red de transportes para que el viajero llegara a destino.
Tenía, además, otras funciones, como ayudar a subir a las señoras mayores, bajar ante un paso a nivel para autorizar el cruce luego de una inspección ocular, y cuidar que los pungas no se hicieran el agosto en "su" tranvía. Un poeta lunfa por excelencia pinta en dos versos esta característica:
"Era un bondi de línea requemada
y guarda batidor, cara de rope…"
Con los primeros talonarios, el mayoral se humedecía los dedos con saliva para cortar el boleto. En una época en que la tuberculosis hacía estragos y luego de la epidemia de fiebre amarilla que diezmó a la ciudad en 1871, este procedimiento hacía sospechoso al empleado de transmitir enfermedades. Comenzando el siglo XX se implementó la utilización de máquinas especiales para evitar el poco higiénico sistema. Había nacido el boleto de rollo.
"Los señores Pedemonte y Cía., inventores de un aparato denominado Boletero Argentino, para expender boletos de tranvía, se presentaron a la Intendencia pidiendo que el uso de aquel se hiciera obligatorio. La Dirección Sanitaria (…) se ha manifestado en sentido favorable al invento, que, a su juicio, reúne las condiciones de profilaxis que prescribe la ordenanza relativa a la tuberculosis."
En 1906 la Municipalidad dispuso la utilización de máquinas boleteras, en las que el rollo dejaba asomar como una lengüeta el boleto, que se apoyaba en una planchuela delgada de borde filoso para cortarlo. En un extremo tenían adosada una correa en forma de lazo, por donde el guarda pasaba una mano, quedando el artefacto colgado de su muñeca.
EL CHANCHO DEGÜELLA AL CHIVO
El inspector, ese señor con fama de ogro que ambula entre los asientos controlando los boletos, fue descripto en la época de los tranvías por Baldomero Fernández Moreno: "Cuando los guardas presienten alguno de ellos, se azoran por completo y palidecen en el valle movedizo de la plataforma. Por lo general, toman el tranvía al vuelo, en mitad de la cuadra, y empiezan a exigir al boletero una cuenta minuciosa de moneditas, con una contabilidad de casilleros y rayas, que hay que hacer en el aire, con los dedos rígidos de frío, con unos lápices enanos, mientras el tranvía trota torpemente por los adoquines. La mayoría de ellos son fornidos, pletóricos, saludables."
Ahora bien: ¿De dónde proviene este temor en los guardas? La función del inspector surgió de una necesidad: salir al cruce de la conducta manifestada por algunos mayorales de tranvía, que recogían los boletos usados y los revendían para beneficio propio, llegando a veces a superar con esta actividad lo percibido por su propio salario. Esta maniobra se denominaba degüello.
Antes de la llegada de los inspectores, las empresas tranviarias ensayaron varias medidas tendientes a evitar estas estafas. Se diseñó una boletera con timbre, que sonaba al tirar del rollo. El pasajero no debía aceptar ningún boleto que no hubiese "sonado" al ser cortado. Pero, en una ciudad por entonces más aldeana, la continuidad de los viajes creaba cierta relación de complicidad entre pasajeros y mayorales que esterilizaba estos intentos empresarios
En las líneas privadas de colectivos el boleto apareció el 1 de noviembre de 1943. La línea 25 tomó la iniciativa, con boleteras de dos pisos y diez bocas. Se usaban nueve boletos, uno para cada sección
Las tarifas diferenciadas para estudiantes tienen validez en determinados horarios. Los chicos de escuela primaria deben presentar la constancia de alumno regular para viajar, aunque generalmente, con su típico guardapolvo blanco, no requieren mayor identificación. En cambio, estudiantes secundarios y docentes deben tramitar credenciales en la administración de la línea en la que viajan cotidianamente. Estas credenciales caducan anualmente.
Los sucesivos aumentos de tarifa, desde 1949, obligaban a realizar la engorrosa tarea de adaptación de los molinetes para aceptar monedas de distintos valores. Por eso, el 6 de enero de 1962 se adoptó el sistema de fichas (mal llamadas cospeles, ya que cospel es la matriz sin acuñar). Ante la especulación de los pasajeros, que poco antes de un aumento compraban fichas en cantidad, éstas sufrieron algunos cambios de medidas.
En noviembre de 1988 comenzó a ensayarse el sistema de tarjeta magnética, como prueba piloto, en la estación Ministro Carranza de la línea D, pero recién el 16 de setiembre de 2000, en la línea E, debutó la tarjeta Subtepass, que radió progresivamente a las fichas. Originalmente grises, las tarjetas sirvieron de soporte para publicidad, descuentos y promociones desde 2001, dándole un valor agregado al pasajero y un ingreso extra a la empresa
Con otro criterio comercial y buscando optimizar la operativa, Subtepass se expendió conteniendo 1, 2, 5, 10, 20 y 30 viajes, y en diciembre de 2001 apareció Subtecard, tarjeta recargable con el mismo formato pero de plástico.
Eigenmann también tuvo la idea de colocar una adivinanza en el dorso de los boletos, que se contestaría en el boleto posterior, "de manera que para enterarse -de la solución- el pasajero tendría que preguntarle a quien sube después que él. La gente se comunicaría durante el viaje a través del boleto."
Aunque esta variante no se cristalizó, más adelante se incluyeron mensajes para optimizar el servicio ("paguemos con el importe exacto", por ejemplo) y otros tendientes a la prevención de enfermedades como el SIDA y el cólera.
Bueno no quiero q se aburran leyendo tanto va a ver una segunda parte si veo que le intereso a alguien ..saludoss