Cita :A 40 años de la llegada del hombre a la Luna, testimonios de los protagonistas, fotos inéditas y un texto de Norman Mailer sobre la misión que definió nuestra era
Momento cumbre. Buzz Aldrin camina en el suelo lunar. En 1969, la llegada al satélite conmovió al mundo
El espacio. Septiembre de 1963: el presidente John F. Kennedy y el vicepresidente Lyndon Johnson, en Alabama, interesados en impulsar la expansión norteamericana más allá de la atmósfera
Los astronautas Freeman, Aldrin y Bassett experimetnan la 'gravedad cero', en la NASA
En camino. El lanzamiento de la Apolo 11, el 16 de julio de 1969
Hombre clave. El Dr. Wernher von Braun, uno de los protagonistas del proyecto Apolo
El gran libro
Una de las imágenes más impactantes del alunizaje
El recibimiento de los astronautas en Nueva York, agosto de 1969
El escritor. Norman Mailer en la foto que publicó la revista Life, cuando comenzó la serie de textos que el escritor realizó sobre la hazaña espacial
Uno de los manuscritos de Norman Mailer
Sí, la Luna estaba ante ellos, tan visible, por fin, como la tierra del horizonte en las noches de media luz interminable de un verano norteño, el satélite de la Tierra, cuerpo sumamente misterioso, único en el sistema solar, una Luna cuyas propiedades y dimensiones resistían todas las categorías de clasificación entre planeta y satélite, esa Luna cuyos orígenes seguían siendo un misterio, cuyas facciones lunares fueron formadas..., nadie podía demostrar con certidumbre cómo habían sido formadas; bajo ellos, la Luna yacía desnuda en su multiplicidad de diseño. Ya fuera prueba muerta de las fuerzas que actúan en los cielos, o alguna cosa no del todo muerta todavía, lo cierto es que allá, bajo ellos, giraba algún mundo oscurecido de azul y gris plateado, con color sutil en sus bordes y cráteres luminosos a la vista. Era un espectáculo sumamente extraño, extraño como una presencia sobrenatural, extraño como una costa extraña y desierta que surgiese a través de un sueño de cielo y cristalina superficie de aguas. ¿Cómo remar? ¿Cómo respirar? La costa azul y desierta se aproximaba a través del espacio impalpable, catedrales de luz se inclinaban en torno al borde de su curva.
¡Qué tierra se ofrecía ahora a sus investigaciones! Si estaba muerta, era una mente con dimensiones. Era un cuerpo celestial que mostraba todos los indicios de haber perecido en alguna angustia del cosmos, alguna angustia de apocalipsis, un rostro tan cruelmente puntuado como un acné habría dejado a un hombre cuya piel hubiese muerto permaneciendo vivo el corazón. ¡Qué superficie de lavas y cortezas, de granos en la popa y capullos en angustia congelada! ¡Qué escala de extinciones! ¡Qué misterio de líneas y radios y hendeduras que iban de los bordes de un cráter quemado a otro! La Luna era como una vieja máquina de calcular enloquecida y anticuada, con una maraña de alambres todos quemados, un mudo campo de batalla de golpes y heridas y contusiones e impactos de todos los cuerpos voladores o viajeros, o partículas o radiaciones del sistema solar y de más allá incluso. La Luna hablaba de agujeros, torturas, cicatrices, quemaduras y fusiones de magma hirviente.
Embestida, destripada, descuartizada, retorcida, golpeada, una tierra de desiertos en forma de círculos de 80 y hasta 130 kilómetros a través, una tierra de anillos montañosos, algunos más altos que el Himalaya, una tierra de recovecos huecos y cráteres interminables, cráteres dentro de cráteres, que, a su vez, residían dentro de otros cráteres que vivían en el borde montañoso de cráteres enormes, cráteres minúsculos y cráteres de 1,5 kilómetros de profundidad, cráteres tan grandes que el Gran Cañón del Colorado cabría en ellos, como un cráter dentro de un cráter: hay un cráter conocido por el nombre de Newton que tiene 140 kilómetros de anchura y casi 10.000 metros de profundidad; su borde se levanta hasta 4000 metros sobre todas las montañas circundantes, y hay cadenas de montañas tan altas y vastas que se llaman los Alpes y los Apeninos, o el Cáucaso y los Cárpatos. Había también hendeduras, rotondas aplanadas, cráteres fantasma sobre la llanura, cuya existencia se distinguía solamente por un anillo de colores más claros, como si la Luna, en vista de que todas las otras muertes están a su disposición, fuera también una placa fotográfica de explosiones, impactos y holocaustos llegados a ella de otros sitios. Se veían huecos excavados en el suelo lunar, y granos y resquicios y espumas de arrugas sobre las llanuras, cúpulas y conos huecos, montículos de cimas blancas o negras, terrazas amuralladas y cataratas de roca al azar, escupitajos de 150 kilómetros de roquedo, tacitas de huevos pasados por agua, mesas de montaña y rebordes, huecos de barro seco, guaridas de almejas, puntas, aperturas, astillas de malformaciones, cadenas de cráteres, largos y misteriosos tajos, largos como carreteras interminables desde un vasto cráter hasta el siguiente, cráteres oscuros y cráteres relucientes, cráteres relucientes como la fosforescencia en un mar iluminado por la Luna, y largas e inexplicables y misteriosas redes de radios: no se me ocurre mejor palabra o manera de comprender por qué esas líneas volaban a lo largo y ancho de la superficie, miles de líneas que salían de ciertos cráteres, líneas rectas y líneas oscilantes, líneas que se detenían de pronto y líneas que parecían saltar de pico a pico como un lápiz que pasa a lo ancho de una tabla sin cepillar, líneas que continuaban en forma de cien arañazos levísimos, y líneas anchas, anchas como pinceladas asestadas a través de los bordes de un viejo lienzo al óleo; luego, líneas que se entretejían saliendo y entrando por los valles; esas líneas, esos radios de cientos de kilómetros de longitud, hasta de miles de kilómetros de longitud, carecían de dimensiones verticales; no eran, en realidad, ni muescas ni hendeduras; poseían, simplemente, cierta propiedad especial sobre el suelo de la Luna, reflejaban la luz de manera distinta, como si fuera una especie diferente de suciedad y polvo lunares, una capa superior de polvo de alguna especie de mente u orden que hubiera visitado a la Luna después de desaparecer la mente primigenia de la Luna, alguna especie de jeroglífico para registrar la historia de la relación entre la Luna y la Tierra; sí, estudiar la Luna era suficiente para inducir en uno un curioso pensamiento, porque la Luna era un fenómeno, la Luna era una voz que no hablaba, una historia cuya extensión, completamente revelada, era, así y todo, incapaz de dar respuestas: toda propiedad de la Luna resultaba una prueba contraria a ideas anteriores sobre su propiedad. Sí, la Luna era un centrífugo del sueño, acelerando toda idea nueva hasta la incandescencia misma. Hay que contener el aliento cuando se mira la Luna. (...)
Todo el mundo se preparó para presenciar el gran final de la semana más grande desde el nacimiento de Jesucristo. (...) La nave espacial, tras haber dado la vuelta a la Luna e ido de nuevo en torno a su parte posterior, comenzaría el frenazo inicial para el descenso, quedando entonces interrumpidas las comunicaciones por radio. Una hora más tarde comenzaría a su vez la combustión final para el descenso final. Aquarius, carente de radar o giróscopo personal, carente incluso de refinamientos olfativos en su pobre nariz periodística, deambulaba por el centro de prensa, volvía a Dun Cove a ver la televisión, porque en el cuarto de la prensa no había televisión en color, y luego, aburrido de escuchar a los locutores y, finalmente, incapaz de presenciar el acontecimiento solo, volvió al salón de cine y se sentó allí, en compañía de un centenar de periodistas, a pasar la última media hora.
A través de la electricidad estática de los altavoces llegaban frases sueltas. "El águila está estupendamente, todo va bien", llegó a sus oídos, junto con datos sobre la altitud. "¡Todo listo para el aterrizaje, fin!". "De acuerdo, listo para el aterrizaje, 900 metros". "Estamos listos, todo a punto, listos, 600 metros". Así iban saliendo las palabras de los altavoces. A cosa de 384.000 kilómetros de distancia, después de 10 años de preparativos y entrenamientos, mil experimentos y un millón de piezas, 25.000 millones de dólares y un maremágnum de maquinaria, se preparaban para entrar por el embudo de un acontecimiento histórico cuya importancia podría llegar a igualar a la de la muerte, y los periodistas que interpretarían esta información para los lectores del mundo entero estaban ahora agitándose en cortés, aunque creciente, atención, entre las serenas y crípticas voces tecnológicas que llegaban zumbando de la televisión. ¿Es así también la experiencia de estar a punto de nacer? ¿Esperaba uno en una estancia moderna, entre extraños, mientras se iban anunciando números?: "Alma número 77-48-16, lista, pase a la zona CX, será concebida a las 16.04 horas".
Y así las cosas se oyó la voz. Y la Luna estaba cada vez más cerca. (...)
-Luces encendidas, dos y medio, abajo, adelante, adelante, bien, 12 metros, 0,70 metros, abajo, recogemos un poco de polvo, 9 metros, 0,70 metros, abajo, leve sombra, 1,20 metros adelante, 1,20 metros adelante, desviación ligera a la derecha, 1,80 metros..., abajo.
Otra voz dijo:
-Treinta segundos.
¿Serían treinta segundos de combustible? Una leve agitación expectante se cernía sobre el auditorio.
-Desviación hacia la derecha. Luz de contacto. Vale -dijo la voz, tan serena como antes-, para el motor. Los mandos ahora automáticos, el control del motor de descenso desconectado. El brazo del motor desconectado. 413 en funcionamiento.
Se oyó un grito medio de júbilo, medio de confusión. ¿Habían alunizado?
Habló el Centro de Comunicaciones:
-Aguila, oímos que estás abajo.
Pero era una pregunta.
-Houston, aquí la base de la Tranquilidad. El águila ha aterrizado.
Era la voz de Armstrong, la voz serena del muchacho más estupendo del pueblo, el que lo saca a uno del mar cuando se está ahogando y se aleja corriendo antes de que pueda uno ofrecerle una recompensa. El águila ha aterrizado: lo oyó la prensa. Todos prorrumpieron en aplausos. Era ese tipo de aplausos que se solían oír en los cines abarrotados de gente de los años treinta, cuando la película llegaba al final y se oía al médico decirle a la estrella que sobreviviría a la operación. Entonces se inició un pequeño caos: algunos de los periodistas salieron corriendo del cuarto. ¿Tratarían de hacer creer que tenían que telefonear a la redacción? Otros se hablaban casi incoherentemente, y otros seguían escuchando el altavoz, que continuaba al servicio de la tecnología. (...)
Aquarius descubrió que se sentía feliz. Había ya un hombre en la Luna. Había dos hombres en la Luna. Era una sensación nueva, absolutamente carente de foco por lo que a él se refería. Aunque sentía como un leve endurecimiento en la superficie de esta sensación, como una costra de piel emocional que se formaba como consecuencia de su deseo de admirar a unos héroes a quienes no acababa de encontrar admirables del todo, sabía, a pesar de todo, que esta experiencia lo había dislocado tan profundamente como cuando oyó, en la sala de espera de padres del hospital, que su primer hijo había nacido. "¡Qué cosas!", había dicho entonces; ¡qué dato nuevo!, verdadero como la presencia de lo inmanente y, sin embargo, sin localizar en absoluto, todavía no, todavía sin localizar en la cómoda residencia de los datos verdaderos y reales de la vida del cerebro. (...)
Según el programa, aquella noche, bastante después de las doce, iba a comenzar el paseo lunar, por lo que mucha gente se había puesto de acuerdo para ver la cosa juntos. Pero los astronautas, lo que no es de extrañar, no estaban de humor para dormir; por eso la hora del paseo lunar fue cambiada y se convino que sería a las ocho de la tarde. A pesar de todo, esta vez los astronautas llegaron con retraso.
Esperando en el salón de cine, los periodistas se encontraban en un curioso estado de celebración mezclada de irritación. Era difícil, realmente, no sentirse víctimas de una tomadura de pelo. Ellos eran periodistas, no críticos de cine, y esta noche iban a tomar notas sobre acontecimientos que transcurrirían en una pantalla cinematográfica. Claro es que por fin tendrían ante los ojos el gran final de días de un trabajo periodístico sumamente difícil, pero en cierto modo era como si el sistema nervioso de uno hubiera sido confiscado y la última sacudida de un ataque de nervios fuera a tener lugar en una alcoba ajena.
No es fácil comprender la psicología del periodista: van corriendo de un lado para otro como sabandijas; Dios tiene confianza en ellos. A lo largo de los años van formándose una extraordinaria capacidad para localizar el lugar donde ocurrirá la próxima victoria. Si alguien da una conferencia de prensa y al final de ella no se ve rodeado de reporteros, no tiene por qué preguntarse cómo van sus cosas, porque los reporteros se lo han dado ya a entender. Por esta razón, los periodistas tienen fama de ser ellos quienes encauzan el rumbo de las cosas, y es que realmente son las únicas antenas en la concatenación de los sucesos, los tentáculos que nos indican el ritmo de la historia según va discurriendo. A pesar de todo, no hay realidad psicológica como la idea que cada uno tiene de sí mismo. Incluso cuando un escritor ha perdido lo mejor de su talento, dando, año tras año, datos que han perdido ya sus matices, es decir, escribiendo artículos de periódico, así y todo sigue teniendo una idea de sí mismo: que su atención personal puede ser vital para informar correctamente sobre un suceso determinado. Ahora bien, metamos a 500 periodistas en un cuarto para que informen sobre la fase final de un acontecimiento "cuya importancia es equivalente a la del momento de la evolución en que la vida acuática emergió a tierra", y pongamos ante ellos una pantalla cinematográfica y una transmisión televisada en la mencionada pantalla, que no solamente es el primer intento de comunicación desde un satélite situado a más de 300.000 kilómetros de distancia, sino que también, y de esto pueden estar ustedes seguros, está completamente desenfocada. Los periodistas se ponen gafas para no perderse la letra pequeña, pero una pantalla desenfocada añade una herida nueva a la llaga de la herida anterior. Algo en ellos se volvió del revés: observando la Luna en la pantalla eran como universitarios un viernes por la noche en el cine de la ciudad: no se podía predecir de qué se reirán la próxima vez, pero su sentido de lo absurdo era rápido y violento. (...)
De pronto se oyó la voz de Armstrong:
-Okay, Houston, ya estoy en el pórtico.
El auditorio prorrumpió en aplausos. Había también burla, como si la caballería hubiese llegado, al galope, a lo largo del hondón lunar.
Pasaron unos pocos minutos. La impaciencia se cernía en el aire. Luego se oyó un sonoro vítor al aparecer una escena en la pantalla. Era una escena cabeza abajo, cegadora por el contraste e incomprensiblemente el mismo caleidoscopio de luz y sombra que ven los niños en el primer momento, justo antes de que les llegue a los ojos el nitrato de plata. Luego se vieron reajustes y movimientos en la imagen, una enorme nube negra que acabó concretándose en la forma de Armstrong bajando por la escala, una confusión de objetos, una vaga e informe visión de un troglodita con una tremenda giba en la espalda, y voces, Armstrong, Aldrin y el Centro de Comunicaciones, dando detalles de la bajada por la escala. Armstrong apareció en tierra. Nadie le oyó bien del todo decir:
-Este es un pequeño paso para un hombre, pero una zancada gigantesca para la humanidad.
Ni tampoco le vio nadie dar el paso en cuestión. La imagen televisada que apareció en la pantalla era bella, pero seguía siendo tan maravillosamente abstracta como las ramas de un árbol o como un cuadro de Franz Kline a base de vigas negras contra un fondo blanco. A pesar de todo, se oyeron vítores y como una oleada de extraordinaria percepción y conciencia. Era como si el auditorio sintiera una compenetración inesperada con lo sepulcral, como si un horrible estuviera descendiendo, paso a paso, latido de corazón a decreciente latido de corazón, hacia el reino del mismo rey de la muerte, y estuviera informando, poco a poco, de lo que sus sentidos le revelaban. Había desaparecido el ambiente de irritación, y Armstrong ahora estaba describiendo la sustancia fina y como polvo que cubría la superficie:
-Veo las huellas de mis botas y los pasos en las partículas finas como arena.
Durante estos primeros minutos, cada revelación iba a ser un milagro. Habría sido más extraordinario oír que la Luna no acusaba los pasos en forma de huella en su fino polvo, o que el polvo era fosforescente, pero también era milagroso que la reacción del polvo lunar fuese igual a la del polvo terráqueo. Ya había, pues, respuesta a una pregunta. Si la respuesta era corriente, por lo menos era una pregunta menos que quedaba en los espacios solitarios de la mente humana. Aquarius tuvo un momento de atisbo en el espacio exterior, creciente como el charco más y más grande de una pregunta sin respuesta. ¿Era ése el poder que acechaba detrás de la fuerza que en este siglo había dado la victoria a la tecnología? ¿Que la tecnología, por lo menos, era una fuerza que intentaba obtener respuestas a preguntas que pasaban por no tener respuesta posible?
La imagen se volvía más y más descifrable. Alejándose de la escala con un paso vacilante y como saltarín, no muy distinto de los primeros inciertos pasos de una ternera recién nacida, Armstrong llamó al Centro de Mandos:
-Se puede andar perfectamente.
Pero como si aquélla fuera una libertad que no convenía permitirse con los sentimientos de la Luna, volvió a saltitos a la escala.
Las actividades proseguían. Había que tomar fotografías, describir el aspecto de las rocas, el carácter de la luz solar. Una de las primeras tareas de Armstrong era coger un espécimen de roca y metérselo en el bolsillo. Así, si ocurría algo imprevisto, si emergía de un cráter el yak inmencionable o el abominable hombre de las nieves, si el suelo comenzaba a temblar, si, por la razón que fuese, tenían que regresar a la sección y despegar súbitamente, por lo menos volverían a la Tierra con un pedazo de roca, y menos es nada. Esta primera muestra de piedra y polvo lunares recibió el nombre de "muestra de emergencias" y era una de las primeras tareas de Armstrong, pero éste parecía haberla olvidado. El Centro de Comunicaciones se la recordó sutilmente, lo que también hizo Aldrin. Se volvió a oír la voz del Centro de Comunicaciones:
-Neil, aquí Houston, ¿te precaviste con la muestra de emergencia?
-Okay -dijo Armstrong-, voy a hacerlo en cuanto termine esta serie de fotografías.
Aldrin probablemente no había oído.
-Bueno -llamó-, ¿vas a recoger la muestra de emergencia ahora, Neil?
-De acuerdo -cortó Armstrong.
Su irritabilidad era tan evidente que el auditorio rompió a reír.
(...) Risotadas entre el auditorio. Cuando se izó la bandera norteamericana en la Luna, los periodistas aplaudieron. El aplauso continuó, se hizo más fuerte; pronto se pondrían todos en pie para tributar a la imagen de la bandera una ovación en toda regla. Era, quizá, una manera de pedir perdón por las risas anteriores y por la risa que todos sabían no tardaría en resonar de nuevo, pero la experiencia, así y todo, era importante. Una sociedad reductiva estaba contemplando lo irreducible. Pero lo irreducible estaba siendo presentado de manera técnicamente imperfecta. Y de eso sí que podían reírse. Y se volvieron a reír una y otra vez. Hubo momentos en que Armstrong y Aldrin podrían haber sido ni más ni menos que Stan Laurel y Oliver Hardy vestidos de astronautas. (...)
Bueno, pues ya estaba izada la bandera. Habló el Centro de Comunicaciones pidiendo a los astronautas que se pusieran firmes ante la cámara y anunciando a continuación que el presidente de Estados Unidos quería decir unas palabras.
Armstrong: -Eso sería un honor para nosotros.
Director del Centro de Operaciones: -Adelante, señor presidente. Aquí Houston, empiece. (...)
El presidente Nixon: -Neil y Buzz, estoy hablándoos por teléfono desde la Sala Oval de la Casa Blanca. Y esta llamada es, ciertamente, la más histórica que se ha hecho jamás.
Risotadas entre el auditorio. ¡La llamada telefónica más cara que se había hecho jamás! Estentóreos aplausos.
El presidente Nixon: -No encuentro palabras para expresar lo orgullosos que nos sentimos todos de vosotros. Para todos los norteamericanos, éste tiene que ser el día más grande de su vida. Y para la gente del mundo entero, porque estoy convencido de que también ellos se unen a los norteamericanos ante una proeza tan grande. Y es que por lo que habéis realizado los cielos han pasado a formar parte del mundo humano. Y al hablarnos vosotros ahora desde el Mar de la Tranquilidad nos dais inspiración para redoblar nuestros esfuerzos por traer la paz y la tranquilidad a la Tierra. Durante un momento inapreciable de la historia del hombre, todos los habitantes de este mundo son verdaderamente un solo pueblo. Están unidos por el orgullo que les da lo que habéis hecho. Y están unidos en el deseo de que volváis sanos y salvos a la Tierra. (...)
-Gracias, señor presidente -respondió Armstrong con voz no del todo impávida.
¡Qué momento para Richard Nixon si las primeras lágrimas jamás vertidas en la Luna fuesen consecuencia de sus palabras!
-Es un gran honor y un gran privilegio -prosiguió Armstrong- ser representantes no sólo de Estados Unidos, sino también de los amantes de la paz del mundo entero.
Cuando hubo terminado saludó.
Norman Mailer
El gran libro
Adaptado de Un fuego en la Luna, de Norman Mailer, el nuevo libro de Taschen tiene una edición limitada de 1969 ejemplares, en dos ediciones. Ambas poseen una fotografía enmarcada en polimetilmetacrilato ( plexiglás ) firmada por Buzz Aldrin. En algunos se incluye una pieza certificada de meteorito lunar. ¿El precio? 750 euros. A la Argentina llegará a fines de julio
Fuente
Cita :¿Cómo fue cambiando la visión de los astronautas sobre lo ocurrido? Hace 20 años, Michael Collins hablaba de la adrenalina de lanzarse al espacio. Hoy, Buzz Aldrin rapea por internet
En tapa. Así se publicó la nota en 1988
Siempre joven. Aldrin, entre sus grandes recuerdos y su gusto por explorar la Web
Dos décadas atrás
En 1988, LNR entrevistó a Michael Collins, uno de los tres tripulantes de la Apolo XI. Aquí se publica un extracto
Adrenalina. Esta es la palabra clave, según Michael Collins. "Si usted se las arregla para controlar su adrenalina, aun en los momentos más dramáticos, entonces tiene buenas posibilidades de éxito en el oficio de astronauta."
Collins aprendió a manejar su adrenalina derribando cazas enemigos en la guerra de Corea y, a principios de los años sesenta, como piloto de pruebas del X-15, el avión experimental más veloz de la época. En 1963 fue aceptado por la NASA como candidato a astronauta, y entre sus nuevos compañeros reconoció a otros dos veteranos de Corea. Uno se llamaba Edwin Aldrin y tenía, como él, grado de coronel de la Fuerza Aérea; el otro era un piloto que venía de la marina, de aspecto solitario y muy pocas palabras, del cual recordaba sólo su primer hombre, Neil, pero no su apellido. Era Neil Armstrong.
[...] Un astronauta que gira alrededor de la Tierra, aprendió el entonces coronel Collins, ve salir el Sol 16 veces en un mismo día y lo ve ponerse otras tantas. Arriba de la atmósfera terrestre no hay un solo arco iris igual a otro: los colores son ocho en lugar de siete, y van cambiando de intensidad a medida que la nave avanza en su órbita. [...] "En ese mundo nuevo -recuerda Collins- los números eran más contundentes que los adjetivos o que un relato de mil palabras. Cuando uno abandona el planeta, términos como lejano, noche, almuerzo y hogar cobran un significado bastante relativo."
El 20 de julio de 1966 Collins temió, por un segundo, que su truco para frenar la adrenalina hubiera fallado. Sólo que esta vez eran torrentes de adrenalina. Junto con su compañero John Young fue lanzado al espacio a bordo de la Géminis X. [...] "Mi pulso había enloquecido -cuenta- y comprendí que los entrenamientos jamás anticipan todo lo que uno siente el día de la verdad." [...] Cuarenta y ocho horas después de estar en órbita, Collins se convirtió en el tercer astronauta de la historia en caminar en el espacio. [...] Pero la historia de la conquista espacial no lo recuerda por aquella aventura, sino por otra mucho más espectacular: la llegada del primer hombre a la Luna, el 20 de julio de 1969, a bordo de la Apolo XI. Mientras sus antiguos camaradas de Corea Neil Armstrong y Edwin Aldrin bajaban en el mar de la Tranquilidad y eran vistos por 1200 millones de espectadores en la Tierra, Collins giraba alrededor de la Luna en la nave Columbia.
"Cuando Neil pronunció sus famosas palabras, un pequeño paso para el hombre y un gran salto para la humanidad, yo fui el único que no pudo escucharlo -recuerda-; en ese momento estaba recorriendo la órbita por el lado oculto de la Luna y mi radio no podía recibirlos ni a ellos ni a la Tierra. Creo que desde los tiempos de Adán nadie se había quedado tan solo."
[...] -¿Usted nunca tuvo remordimientos por haber llegado hasta allá arriba y no poder bajar?
-Nunca. Siempre me consideré un tipo afortunado, alguien al que le dieron la oportunidad justa en el momento justo. Muchos piensan que mis únicos referentes eran Neil y Buzz, y se equivocan. No saben que había 30 astronautas esperando por mi asiento, pero me eligieron a mí, a Mike Collins. La gente olvida que había miles de técnicos, ingenieros, médicos, pilotos [...]. Nosotros tres éramos sólo la cara visible de la misión.
-Los héroes.
-No se confunda. Soy un tipo de suerte, no un héroe. Uno se pasa la mitad de la vida creyendo que no está preparado para hacer lo que más le gusta y la otra mitad convencido de que ya es tarde para intentarlo. Yo estaba preparado y además me llamaron. ¿Cree que además necesito caminar sobre la Luna para sentirme feliz?
Por Héctor D´Amico
40 veranos despues
Buzz Aldrin a los 79. El segundo hombre en pisar suelo lunar habla de la historia y del futuro
Hace cuarenta veranos, el mundo se vio conmocionado al verlo a usted caminando en la Luna. ¿Hemos hecho algún progreso desde el vuelo de la Apollo XI?
-¿Se refiere al programa del transbordador, que está por terminar? Hemos estado concentrándonos en el transbordador, en la estación espacial y en crear las bases para volver a la Luna. Lo preocupante es que, durante todo este tiempo, Rusia se ha estado concentrando en Fobos, una luna de Marte; muchos acabamos de darnos cuenta de lo significativo que sería eso como paso hacia Marte.
-¿Piensa que Marte tiene más para ofrecer?
-Sí, mucho más. Es mucho más terrestre. Tiene una delgada atmósfera y un ciclo día/noche que es muy similar al nuestro. Tiene estaciones. Quizá Rusia sigue pensando en la posibilidad de que las lunas de Marte tengan acceso a hielo o agua.
-¿Se acabaron los tiempos de la preeminencia estadounidense en el espacio?
-Sí.
-Usted fue la segunda persona que pisó la Luna, después de Neil Armstrong. ¿Eso le molestó?
-No, en aquel momento no buscaba más laureles.
-Usted comulgó en la superficie lunar. ¿Sigue yendo a la iglesia?
-No. Paso los domingos por la mañana, en una reunión de recuperación en Pacific Palisades.
-¿El nombre de soltera de su madre fue realmente Marion Moon (moon, en inglés, es "luna" )?
-Sí. Pero no pensé que la NASA necesitara saber eso. Alguien podía pensar que estaba tratando de conseguir un trato especial porque mis ancestros tenían el nombre Moon. Y eso es un chiste.
-¿Le parece extraño que estemos celebrando el 40° aniversario tanto de la primera caminata en la Luna como de Woodstock?
-No creo que yo vaya a ir a Woodstock.
-¿Qué tipo de música le gusta?
-Acabo de hacer una sesión de rap con Snoop Dogg y una composición de rap llamada Rocket Experience ("Experiencia de cohete" ). Va a ser un video on-line. El sitio de la Red es funnyordie.com.
-¿Realmente canta en el video?
-Relato. No es cantar, es rapear.
-¿Qué edad tiene ahora?
-Mañana, el día del aniversario del alunizaje, tendré exactamente 79 años y medio. Es lindo estar de este lado de las aguas turbulentas.
Por Deborah Solomon
(NYT)
(Traducción: Gabriel Zadunaisky)
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Cita :Llegó a la Luna en 1972. Desde entonces, nadie más puso un pie en el satélite. Eugene Cernan reivindica el entusiasmo por la exploración espacial
Eugene Cernan
Nos vamos como vinimos y, si Dios quiere, como volveremos, con paz y esperanza para toda la humanidad». Esas fueron las últimas palabras que proclamó Eugene Cernan sobre la superficie de la Luna el 14 de diciembre de 1972, antes de subir la escalerilla de la nave Apolo XVII y emprender el regreso a casa. Hasta hoy, ninguna persona ha vuelto a dejar su huella sobre el satélite terrestre.
-¿Por qué nadie ha vuelto a la Luna en tanto tiempo?
-Hay muchos motivos, sobre todo económicos y geopolíticos, pero volveremos, no lo dude. Y de allí viajaremos a Marte.
-El espacio ya no entusiasma a la gente tanto como antes...
-Sin duda. Lo más triste del programa espacial de hoy es que casi nadie conoce a los tripulantes de la Estación Espacial. Es una pena, ya que el trabajo científico que hacen es muy importante, y son hombres y mujeres brillantes, con gran talento. Pero no es emocionante, porque la ciencia sólo es emocionante cuando descubres algo. En el pasado, todo el mundo sabía quién era Yuri Gagarin o Neil Armstrong, porque viajaron a sitios donde nadie había estado en el pasado, a lugares que hasta entonces no eran más que un sueño.
-Algunos creen que explorar el espacio es un despilfarro.
-Esos escépticos no tienen ni idea de lo que realmente cuesta viajar al espacio. El hecho es que cuesta menos de un penique de cada dólar que paga un estadounidense con sus impuestos. Y los beneficios que se consiguen con esa inversión son inmensos. Cuando hoy entramos en cualquier hospital, buena parte de la tecnología que existe tiene sus raíces en la exploración espacial que hicimos hace 40 años. Los ordenadores, los teléfonos móviles y tantas cosas de las que disfrutamos hoy serían imposibles sin los avances tecnológicos logrados gracias a la exploración espacial.
-¿Cree que Obama dará a la exploración espacial el empujón que necesita?
-No está clara la dirección que quiere tomar, pero con él o a pesar de él, estoy convencido de que volveremos a la Luna, y de allí viajaremos a Marte. El problema es que los políticos generalmente sólo piensan en las próximas elecciones, y el programa espacial necesita una planificación a largo plazo.
-Aún hay gente que duda de que ustedes realmente hayan pisado la Luna...
-Eso solía molestarme, pero ya me da igual. La verdad se defiende por sí sola, y a mí nadie podrá quitarme el recuerdo de los pasos que di en la Luna.
Por Pablo Jauregui
(EL MUNDO)
¿Qué hará Obama?
Luego del trágico accidente del transbordador Columbia, en 2003, el entonces presidente norteamericano, George W. Bush, decidió jubilar a los shuttles a partir del 2010, terminar de construir la Estación Espacial Internacional para el mismo año, desarrollar la cápsula Orion (que hospedaría hasta seis astronautas) y los cohetes Ares I y V (responsables de elevar y transportar cápsula y materiales) para 2015, volver a la Luna en 2020 y explorar Marte poco después.
Desde su campaña a la presidencia, Barack Obama criticó a Bush, y la idea de la brecha de vuelos espaciales entre 2010 y 2015. Estados Unidos todavía necesita enviar gente y provisiones a la Estación Espacial, y a la NASA no le queda otra opción que mandar a sus pilotos en naves de su antiguo enemigo en la Guerra Fría: Rusia.
Al llegar a la Casa Blanca, Obama propuso cambiar la dirigencia de la NASA (incluyó a Charles Bolden), y creó un panel independiente de expertos para analizar los costos y beneficios de los programas de vuelo espacial tripulado.
Muchos especialistas, como Buzz Aldrin, desconfían de la capacidad del panel de seleccionar el mejor plan. Por otra parte, está la crisis financiera global, que obligó a la administración de Obama a inyectar billones de dólares para reactivar la economía, llevando el endeudamiento público norteamericano a los niveles más altos de su historia. Si se suma el gran déficit que dejó Bush, exacerbado por dos guerras, se llega a una fuerte presión para reducir el gasto público.
El presupuesto de la NASA, que se reducirá en 2013, no queda fuera de este recorte. Pero también es cierto que en sus promesas de campaña Obama se declaró entusiasmado con la exploración espacial. ¿La impulsará?
A. Fontevecchia
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Cita :El fotógrafo Marcos Zimmermann guardó con orgullo las imágenes que tomó frente a la TV aquel día inolvidable
Hasta mi adolescencia, la Luna estuvo relacionada con muchas cosas extremas en mi vida. La primera de ellas fue cuando apenas tenía seis años y mi primo Martín Onetto me dijo una noche en el jardín de mi casa:
-¿Ves esas estrellas que parecen diminutas en el cielo...? Bueno, en realidad son mucho más grandes que la Tierra. Y heladas, ¡como la Luna! Además, Papá Noel no existe: ¡son tus padres!
Aquellos fueron mis dos primeros desencantos. Después siguieron tantos otros, que se reproducen hasta hoy en mi vida. Pero en mi generación la Luna estuvo siempre relacionada con la poesía de Whitman, con los momentos de amor, con las travesías por el Río de la Plata y la preocupación por sus mareas, o con el terror que nos producía aquella imagen de la Luna previa al ojo acuchillado de Buñuel en Un perro andaluz .
No recuerdo si el 20 de julio de 1969 hacía frío o no, si era una noche tibia o helada. Lo que sí recuerdo es que hubo un instante en el cual todos contuvimos el aliento, tal como lo contuvimos muchas veces, después, por otros hechos menos heroicos de los Estados Unidos. Mi familia entera se reunió frente a un televisor Sadic de madera, servimos té y todos vimos cómo Neil Armstrong tenía miedo de dar ese paso y saltar a la Luna. Recuerdo ese momento de duda, sus palabras, el toc-toc de su corazón. Entonces yo hice lo que siempre hice: fotografié ese momento.
Aquella fue mi primera vez en la Luna.
Marcos Zimmermann
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