InicioInfoLa gripe nuclear



La gripe porcina afectaba hace menos de un mes a algo más de 17 mil personas de una población mundial de 6,700 millones. Estadísticamente resulta un caso cada 385,000 personas afectadas. Y habiendo producido 115 casos mortales en todo el mundo, éstos lo son en la proporción de un caso cada casi 60 millones.

En cambio, la ''gripe nuclear'' alcanzaría un grado 6 de pandemia escalofriante si estallase una guerra atómica que pusiera en marcha --irrevocablemente-- un proceso de destrucción de toda vida en el planeta. Y sabemos que una guerra nuclear, aun las que se quieran definir como ''localizadas'', se expandirá tanto como se hallen instalados y prestos al despegue y con destino a miles de kilómetros los misiles portadores de cargas nucleares esparcidos en la geografía mundial.

Son cerca de 27 mil las cabezas nucleares existentes (muchísimo más poderosas que las de Hiroshima y Nagasaki) según el Organismo Internacional de Energía Atómica (OIEA). Estados Unidos (10 mil ojivas, 2 mil 200 operacionales) y Rusia (14 mil ojivas, 4 mil 232 operacionales) constituyen el arsenal nuclear de mayor magnitud en la Tierra.

El ''mundo sin armas nucleares'' proclamado por Obama en Praga es probable que marque el inicio de un plan de desarme nuclear en acuerdo con Rusia y otros países poseedores del arma de destrucción masiva.

El egipcio Mohamed El Baradei, director de la OIEA y Nobel de la paz 2005, estima que es de urgente gestión que el tratado de no proliferación nuclear (TNP) se actualice, porque deben eliminarse las cabezas nucleares y porque ''cualquier país con capacidad de enriquecer uranio puede tener la bomba en cuestión de meses''. El tratado de reducción de armas nucleares (START) se vence en diciembre próximo y ese plazo debe movilizar una nueva concepción del mismo que resulte beneficiosa en términos de servicios a la humanidad, permanentemente amenazada por la ''gripe nuclear''. Tanta es la preocupación de El Baradei, que viene proponiendo un mecanismo de control multinacional de todas las plantas de enriquecimiento de uranio y prohibir las pruebas nucleares (que son las que permiten perfeccionar armas) y la generación de material fisionable para armas de destrucción masiva. Sumados a los cinco integrantes del ''Club nuclear de la muerte'' (EEUU, Rusia, Gran Bretaña, Francia y China) que a la vez son los únicos integrantes con asiento permanente en el Consejo de Seguridad de la ONU --y ejercen la irritante prerrogativa del veto a sus resoluciones-- existen otros países de capacidad nuclear ofensiva: India, Pakistán e Israel, a los que podría agregarse Corea del Norte e Irán.

Siguen palabras de Carl Sagan, el científico estadounidense fallecido hace unos años, del libro compartido con otros científicos (El frío y las tinieblas. El mundo después de una guerra nuclear, Alianza Editorial, 1984): ``Ya no es cierto que una guerra nuclear sólo deja secuelas en los países beligerantes. En los trópicos, por ejemplo, los ecosistemas son más vulnerables a las oscilaciones de temperatura que otras latitudes. La agricultura, al menos en el hemisferio norte, que produce la mayor cantidad de grano que se exporta en el planeta, podría ser destruida incluso por una guerra nuclear ``pequeña''... Parece mucho más probable que para la guerra nuclear no existan santuarios sobre la Tierra''.

Más adelante Sagan precisa con datos escalofriantes: ``Los sobrevivientes (de una guerra nuclear) además de ser mucho más vulnerables a las enfermedades carecerán de servicios médicos. La mayoría de las aves y otros depredadores de insectos habrán sucumbido por el frío, la oscuridad y la radiación; debido a esto y a su mayor resistencia a los ataques ambientales, los insectos proliferarán enormemente y podrán transportar microorganismos a los que la radiación habrá hecho en algunos casos más virulentos; finalmente, cientos o miles de millones de cadáveres empezarán a corromperse después de la glaciación''.

Semejante apreciación nos alerta sobre esta amenaza de pandemia nuclear, en la que todos somos víctimas potenciales de los arsenales nucleares. La OMS, que se ha ocupado prontamente de la gripe porcina, se pronunció en 1983: ''El número de víctimas inmediatas por explosiones, radiación e incendios subsiguientes en un conflicto a gran escala con ataques a ciudades va desde cientos de millones a 1,100 millones de personas. Un número comparable, tal vez otros 1,100 millones, sufriría lesiones graves que necesitarían de asistencia médica inmediata (que normalmente sería inexistente)'', según Sagan en el libro mencionado.

Será de enorme interés para la humanidad que la proclama de Obama de un mundo libre de armas nucleares halle concreción en el menor plazo posible y que para ello todos los países y sus pueblos (víctimas potenciales) reaccionemos a tiempo, ejerciendo el derecho a la vida, a la salud, a la seguridad y a la soberanía. Como con la gripe porcina, que ha mostrado ejemplarmente cómo se puede y se debe actuar en emergencias planetarias. Porque esta pandemia nuclear puede originarse desde cuatro vertientes: por la decisión irracional de un estadista de un país poseedor de armas nucleares (Bush no descartó su utilización al igual que Chirac, ex presidente de Francia); por accidente (el trágico vuelo abortado del Challenger, en EEUU, pese a los avanzadísimos sistemas tecnológicos disponibles); por error humano en la interpretación de los códigos que aquietan la furia atómica (Chernobil) o por el accionar del terrorismo internacional (demostró su capacidad ofensiva en las torres gemelas y en el Pentágono, nada menos) con acceso posible a tales armas. Cuatro vertientes para la "gripe nuclear".

By CARLOS DUGUECH


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