Enrique Symns: Artículos en el diario Critica. La impunidad psiquiátrica El abordaje institucional es represivo. No hay estadísticas que avalen que los consumidores son depravados o víctimas mortales. Por Enrique Symns. A partir de los sucesos trágicos de los denominados “balcones asesinos”, que involucraron de distinta manera a Alberto Olmedo y a Carlos Monzón con el abuso de cocaína, el consumo de esa sustancia recibió un espaldarazo publicitario que borró de un plumazo y para siempre su invisibilidad. El periodismo terrorista se encargó de convertir a los consumidores en depravados peligrosos o en víctimas de una enfermedad mortal. Esas campañas nunca pudieron expresarse en estadísticas. Nadie muere por el consumo de cocaína a través de la nariz. Es más, fue Luca Prodan quien cierta vez me definió la peor cualidad de la merca: “La heroína por lo menos te mata -me dijo-; la cocaína te acompaña hasta la muerte.” Posteriormente, desde el escenario de la fama hubo dos personajes célebres que encarnaron de diferente manera al personaje del consumidor. Diego Maradona, desde que fue atrapado en una redada consumiendo cocaína, encarnó reiteradas veces al arrepentido y asumió el rol del enfermo en cuanta oportunidad tuvo. Charly García, por el contrario, hizo pública su adicción y nunca asumió el rol de adicto haciéndose cargo de su elección disidente. Llegó a declarar en un recital: “Muchachos, dejen las drogas, déjenmelas todas a mí”. La primera vez, hace más de una década, que Charly García fue encerrado en un chaleco de fuerza y conducido al manicomio, fue por orden expresa de su propia madre. A partir de ese suceso, Charly al referirse a ella decía: “Es la madre de mi hermana.” Pero en los últimos años fueron aumentando sus maratones de consumo involucrándose en situaciones cada vez más violentas y casi delictivas facilitando de esa manera el acoso institucional que finalmente lo convirtió en su prisionero. Hace unos días fue su hijo (que siente un sospechoso cariño por el padre) quien declaró: “Por mi papá soy capaz de convertirme en bombero”, insinuando sin percatarse que los fuegos de su padre deberían ser extinguidos. Igualmente, más allá de los desmanes y atropellos que suele producir, cuando por la televisión escucho a los siquiatras que hablan de Charly, transformándolo simplemente en un “paciente”, no puedo evitar un gesto de repugnancia intelectual ante ese avasallamiento degradante que significa siempre la internación hospitalaria. Una herencia bastante abominable que los estados pastoriles impusieron en algunas comunidades occidentales consiste en la creencia hoy bastante afianzada de que el Estado debe hacerse cargo de la salud de sus habitantes imponiéndoles prohibiciones respecto al consumo de ciertas sustancias e incluso castigando con reclusión las conductas extremas. Hoy resulta inadmisible aceptar el diagnóstico que la psiquiatría realizó sobre la peligrosidad de Antonín Artaud, una de las mentes más brillantes y complejas del surrealismo, para encerrarlo en un manicomio. La gnoseografía siquiátrica -además de pornográfica en su descripción de los estados alterados de la conciencia- desnuda en el proceder institucional su vocación profundamente policial y represiva. Hace unos meses, un famoso rocker, anunció: “Volvió la cocaína”, refiriéndose efectivamente a un resurgimiento de la utilización del polvillo entre los habitantes del salón VIP del rock, el teatro y el periodismo. En la calle, tal retorno resulta imposible ya que se mantiene el precio internacional de 20 dólares el gramo (60 pesos) y resulta prohibitivo para las masas. Mejor no saber qué es lo que consume la gente cuando a las tres de la mañana compra un papelillo a 20 pesos. En cuanto a la peligrosidad del abuso de cocaína, éste puede resumirse en dos declaraciones. Un famoso actor de Hollywood, al que le comentaron la adicción que generaba el consumo respondió asombrado: “¿Adicción? De qué me hablás, hace 18 años que la consumo y nunca sentí tal cosa”. Mejor es la respuesta de Antonio Escohotado: “Yo no tomo cocaína. Soy como un tiburón, necesito estar siempre en movimiento y la cocaína es como la televisión”. http://www.criticadigital.com/index.php?secc=nota&nid=8929 El silencio de los corderos Schopenhauer fue quien planteó con más firmeza la pregunta sobre el significado de “la multitud” y lo multitudinario. La multitud no es nadie. En la multitud no hay nadie. La multitud ni siquiera habla, es hablada. Y por tanto lo que hay dentro de ella es una nada ruidosa. Estoy convencido de que los hombres no somos semejantes. Somos tan diferentes como lo son nuestras huellas digitales o nuestro ADN. Cualquiera de los discursos sociales que nos convoque a la semejanza será sospechosamente manipulador y en algunos casos, fascista. Lo que resulta evidente es que en los oscuros tiempos en los que prevalece lo multitudinario, la individualidad se extingue y las voces del misterio se ocultan en la oscuridad que generan las creencias masivas. Hace unos años lo anunció el filósofo Theodorov: “Nunca como hoy la palabra estuvo tan prohibida”· En el transcurso de esta década, escuché en todas las conversaciones que me merodeaban un signo desesperante: todo lo que se hablaba era una descarada publicidad del silencio. Hablar es empezar de nuevo, es subvertir lo que dijimos ayer. Lo que escuché, en cambio, era un silencio aterrador, cómplice de un complot globalizador. En el presente, casi todas las conversaciones que escucho sólo denuncian su miedo a hablar. Nadie dice nada. O todos se apuran para manifestarse arrepentidos. Es la más compleja conjura de los necios que puede describirse. Los argentinos nos hemos convertido en diseños ejemplares del hombre “sujetado” que describió Hobbes. Pensar se parece más a saber preguntar que a responder memoriosamente lo que ya sabes. Si tienes tu respuesta, entonces no estás pensando. Michel Houellebeck coloca una frase asombrosa en el comienzo de uno de sus libros, una frase que ilumina el abismo de la ignorancia que nos aprisiona. Dice: “¿Qué es lo primero que hace una rata inteligente cuando se despierta?… Husmea”. Cuando dejas de husmear, te transformas en un militante de tus creencias. Estoy convencido de que fuera de Engels y de Trotsky, la izquierda jamás pensó. El pensador no busca soluciones. Sabe que no las hay. El marxismo y, sobre todo, el trotskismo, fueron religiones que intentaron “salvar al hombre”. La militancia fue siempre una palabra muy sospechosa: el verbo militar coincide con el sustantivo militar. Pero ese silencio vergonzante no se ubica solamente en la geografía del discurso de la clase media. Está expresada con mayor vigor en las poesías y en las canciones del rock nacional. Hasta fines del siglo pasado, no era tan visible como hoy el rumbo que ha tomado la poesía y las letras del rock. Los grandes poetas y los grandes letristas del rock (Charles Bukowski, Raymond Carver, Roberto Bolaño, Lou Reed, Leonard Cohen, Tom Waits) usan sus estrofas para narrar las vicisitudes del mundo. No están persiguiendo ciertas rimas o ciertos hallazgos gramaticales. En sus letras el mundo nos surge. Hasta se siente el aroma de esa desdicha en que consiste existir, las calles del mundo se sienten visitadas por esas voces. Ninguno de esos tipos que mencioné parece estar alojado en el salón de vanidades de los triunfadores. Si no vas a contarme nada, no me hables. No me interesan los frívolos vericuetos de tu alma ni los emocionados reclamos de una vida mejor. ¿Cuándo comenzamos a percibir la inmunda borrachera de letras que convocaban a la argentinidad y al festejo de la muerte del alma? ¿Fue solamente responsabilidad de Santaolalla y su aclamada capacidad de transformar un disco inteligente en una hamburguesa exitosa? ¿Nos dimos cuenta al sentir náuseas cuando nos embadurnábamos con esa melaza musical de Bersuit, Los Piojos o La Renga ubicada a miles años luz del más talentoso disco jamás escuchado en castellano: Artaud, de Luis Alberto Spinetta? Dos enfermedades acosan a los compositores argentinos: la mediocridad de todas sus composiciones y la carencia irremediable de talento para componer discos conceptuales, escapado de esa celda de cancioncillas exitosas en la que se encuentran aprisionados. Sin embargo, muchos de nosotros seguimos aguardando el advenimiento de los poetas. La aparición violenta y lacerante de una voz que surja de los abismos para resignificarnos. Mientras tanto, nos encontramos sumergidos en esta empalagosa ciénaga de música repulsiva. http://www.criticadigital.com/impresa/index.php?secc=nota&nid=11987 El fantasma del violador Resulta por lo menos sospechoso que una tragedia tan frecuente y traumática como es la violación (cada 60 segundos es atacada una mujer en el mundo) carezca de narrativa. Resulta por lo menos sospechoso que una tragedia tan frecuente y traumática como es la violación (cada 60 segundos es atacada una mujer en el mundo) carezca de narrativa. Que yo sepa, no existe en Latinoamérica ningún ensayo que cuente las vicisitudes de las víctimas, el proceder del depredador y las consecuencias existenciales posteriores tanto para la víctima como para el victimario. Con respecto a los Estados Unidos y el resto de los países integrantes del Primer Mundo, encontré un libro titulado Estudio sobre 200 casos de violación en Filadelfia. Los ataques sexuales a niños en Bélgica, del Dr. Besancon, y una variada gama de estudios psicológicos plagados de abstracciones, muy aburridos y carentes de toda utilidad. En varias oportunidades presenté proyectos sobre el tema a importantes editoriales de Chile y la Argentina sin conseguir despertar su interés. Estoy tentado de afirmar que ese silencio narrativo está sustentado y vigilado por una oscura voluntad abismal de los poderes con la finalidad de mantener cierto statu quo en el discurso público sobre “la normalidad del deseo”. Si hay algo que no tiene nada que ver con la normalidad, es la sexualidad humana y basta echarle una ojeada al Diccionario de la parafilia, del Dr. Yhon Money, para comprender que el culto al coito vaginal es solamente una publicidad anticuada del matrimonio heterosexual. El cantante canadiense Leonard Cohen lo expresa mejor “El hombre y la mujer, juntos, son un artefacto demasiado anticuado”. El mayor fraude epistemológico consistió en acreditarle al violador cierta patología, ciertos rasgos caracteropáticos. En todas las guerras de todas las latitudes, las mujeres son violadas salvajemente por soldados que son padres de familia o jóvenes universitarios. En los apagones masivos de energía eléctrica que suelen acaecer en grandes ciudades como Nueva York o San Pablo, docenas de transeúntes femeninas son manoseadas, abusadas y hasta violadas por empleados públicos, obreros y estudiantes. No hay un identikit del depredador ocasional. Los sistemas utilizados por los abusadores son múltiples. Las noticias sólo dan testimonio de los ataques concretados bajo la amenaza de un arma o la violencia física. Pero hay violadores que utilizan la seducción para atraer a sus víctimas hacia el sitio donde serán sometidas. Las formas de amedrentamiento son variadas, se utiliza la extorsión y el chantaje, el uso de drogas y hasta el casamiento. No es cierto que la mayoría de los violadores hayan sido abusados de niños, los hay también que tuvieron una infancia aparentemente normal. Los hay seriales y ocasionales, oportunistas y sistematizadores, hay quienes incluso no son conscientes de haber cometido una violación y hasta acusan a sus víctimas de haberlos provocado. Más allá de las disposiciones legales o los discursos médicos, una amplia mayoría de adultos varones no suele considerar como abuso el contacto sexual con las niñas de entre 12 y 15 años que han desarrollado un cuerpo turgente o atractivo. “Lolita”, ese diseño “Nabokov”, habita en las fantasías masturbatorias de millones de adultos en todo el mundo. La “colegiala” es un estereotipo de ese deseo. Henry Miller en Pesadilla de aire acondicionado lo describe así: “El uniforme diseñado para las colegialas es una publicidad descarada del cuerpo de las adolescentes y púberes vírgenes ofrecidas bajo ese disfraz como viejas putas calientes”. Muchas de mis amigas y novias, en alguna oportunidad, me han contado de violaciones sufridas en la niñez o adolescencia. Puedo dar testimonio del dolor que esos relatos producen en quien los escucha. En una zona penumbral y siniestra de mi conciencia la figura anónima del violador me ha sido transferida. Ese fantasma que habita en los recuerdos de la mujer atacada se introduce en la memoria de quien escuche con atención. El fantasma del violador se mantiene vivo para siempre como si su presencia hubiese sido grabada a fuego en la carne de la víctima. Los testimonios de muchas prostitutas o simples amas de casa violadas en la niñez indican que el trauma y la lesión mental es menos intensa y deformante de la conducta si fueron atacadas por un desconocido en lugar de una persona cercana. La mayor cantidad de abusos sexuales a niños se produce en el propio hogar. En el barrio son acosados por los vecinos o los padres, abuelas y hermanos de alguna amiguita. En el colegio son corrompidos y abusados por maestros, curas y hasta psicólogos. Hay dos hechos que se ponen en evidencia en el deseo pedófilo y que la sociedad se niega a aceptar: los niños son eróticamente atractivos y en algunos casos seductores. Quien los somete se aprovecha habitualmente del tabú que trata de protegerlos enmascarando su sexualidad. La otra evidencia es más compleja y siniestra: la fantasía de la violación sexual habita en casi todas las mentes masculinas. Ese deseo en ocasiones duerme domesticado e inofensivo hasta que algún suceso fortuito, alguna jubilación imprevista de la ética o el reconocimiento repentino de una vida sexual insatisfecha detonan el despertar de la pulsión y un nuevo monstruo se sube al escenario de la violencia. http://www.criticadigital.com/index.php?secc=nota&nid=13187 Cuentos de rock y trompadas Pasó por Manal, La Pesada del Rock and Roll y Pappo’s Blues. Antes conoció desde adentro La Cueva de Pueyrredón y Juncal, espacio mítico de la fundación del rock nacional. En esta entrevista el bajista no sólo habla –y reparte parejo– de música y de músicos. Habla de calle, de barrio, de piñas y echa una nueva mirada sobre aquel episodio de octubre de 1972, cuando el Luna Park fue escenario de una gresca maravillosa entre policías y rockeros. La vera historia del “rompan todo”. El 20 de octubre de 1972, en el Luna Park, se realizó un legendario e inolvidable concierto de rock. Tocaban las bandas más importantes de la época: La Pesada del Rock and Roll, Pescado Rabioso, Aquelarre, Color Humano, Litto Nebbia y Pappo’s Blues. –El finado Tito Lectoure era una amenaza para el rock –recuerda Medina–; el rock no le cabía para nada. Esa tarde nos fuimos al cine con el batero Isa Portugheis a ver creo que una cinta con Hackman y Pacino. Era un día redondo: íbamos a cobrar doble cachet por el recital y por la transmisión televisiva de Canal Once. Así que estábamos bien, temprano nos fuimos para el Luna. Aunque no había pruebas de sonido maratónicas como ahora, queríamos calentarnos un poco. En aquella prehistoria no sólo no existía la prueba de sonido, tampoco había vallas de contención, ni seguridad de escenario, ni camarines, ni catering. Desde temprano Lectoure estuvo acosando a los músicos. Las plateas eran muy caras. El espacio del Luna no era como el actual. Las plateas eran las bajas y lo que podría llamarse la zona del ring side. Las populares estaban arriba muy lejos del escenario. Así que los músicos se vieron obligados a tocar rodeados de butacas vacías y con un público distante. –Con La Pesada hicimos dos o tres temas y el quilombo se armó cuando hicimos un tema muy pesado, “Fiebre de la ruta”. El público se puso bien calentito y nosotros también. Cuando el tema terminó, Billy Bond no dijo “rompan todo”, eso fue un invento de la prensa. Billy le gritó a la gente “bajen todos”. Y claro, bajaron todos. La policía no entró a reprimir a la gente, vino a matarnos a nosotros. Teníamos que defendernos y al mismo tiempo ir desarmando todo. Yo tenía un ample que pesaba como 100 kilos. Los pibes nos defendieron. Agarraron unos bancos pesados, como de tres metros de largo y le daban a la cana. Fue una buena pelea, los pibes recibieron pero también dieron. Fue todo culpa de Tito Lectoure, a esa clase de tipos nunca les gustó el rock ni les sigue gustando ahora. La epopeya del Luna terminó en la comisaría 22ª con todos los músicos encanados y una condena pública que hizo desaparecer el rock nacional de todos los medios. Hasta que en el año 1982 el Festival de la Solidaridad, que organizaron los milicos en el transcurso de la guerra de las Malvinas, lo indultó. Hace unos cuantos años fui a visitar a Billy Bond en su mansión de Tijuca en Río de Janeiro. –No grité “rompan todo” –me dijo–. Pero está bien que crean que grité eso... Muchachos, si los persiguen, rompan todo. PUÑOS O LITERATURA. En 1974, quien escribe estas líneas vivía en San Pablo, extraviado y sin rumbo. Vivía más precisamente en una pensión horrible sobre la rua Augusta y mi único consuelo era visitar la casa de un fotógrafo muy talentoso que se llamaba Roberto Amitrano. Esa casa siempre estaba llena de locos y viajeros. Una tarde, muy intimidado por los personajes que se habían reunido, me senté en un sillón junto a un grandote simpático y cariñoso que me envolvió en una conversa llena de anécdotas. Yo no sabía que era el famoso bajista de Manal. Y a él no le importó un carajo que yo no lo reconociera. Después nos tomamos un ácido en Olmué, un pueblito cercano a la gran metrópolis y durante el transcurso del viaje no dejé de sentirme protegido por la sombra de su presencia. Muchos años después, a principios de los 90, nos hicimos muy compañeros. Compartimos rumbas y desgracias, conversas y cortejos de muchachas, recitales y boliches. Nunca dejé de sentir su calidez, su oscuridad oculta y también su luminosidad. Él fue quien cierta vez me dijo una frase tremenda refiriéndose a mi vida: “Si de chico no te agarraste a trompadas, de grande sos escritor”. GRANDES FIGHTERS DEL ROCK. Hace unos cuantos años hice una investigación profusa sobre los grandes peleadores del rock. Hay de todo. Pappo era muy violento y agresivo. Charly no esquiva las peleas aunque cobre. El Indio Solari es bravo y fue capaz de enfrentar al temible boxeador que es el periodista Ricardo Ragendorfer. El saxofonista Willy Crook supo ser un gran combatiente, un guerrero muy difícil de tumbar, dueño de una poderosa trompada y con esa especial locura de algunos peleadores: la capacidad demencial de enfrentarse a media docena de rivales. Melingo tenía sus patadas voladoras. Y el Mosca, el cantante de Dos Minutos, en sus borracheras, se agarraba a trompadas con el ejército. Sin embargo, el rey, el verdadero rey de la pelea fue Alejandro Medina. Uno de esos tipos que saca la cara por sus amigos. En dos ocasiones me sacó de encima pesados que intentaban humillarme. –Yo nunca tuve guardaespaldas, así que cuando iba a tocar andaba con dos revólveres. Un domingo a la madrugada veníamos de tocar y teníamos que ir a hacer prueba de sonido en el Coliseo a las 11 de la mañana. Los de Vox Dei llegaron tarde así que les comimos el turno. Viene al escenario Willy Quiroga con ese ímpetu que tenía cuando era joven y me quiso sacar de prepo. Le dije: “Nene, tenés que pagar derecho de piso, quedate tranquilito que te voy a poner”, y me puse los dos revólveres en la cintura. Después nos abrazamos en los camarines. A veces hubo que tirar unos tiros al aire, pero nunca le di a nadie”. Una noche, en 1989, Alejandro estaba con la Gallega, su novia de aquellos tiempos, en la oscuridad de una calle de Almagro, cuando fue asaltado por dos tipos con cuchillos. Uno consiguió escapar. –Al otro lo dejé planchado. Quedé completamente manchado con la sangre del tipo. Le di mal, muy mal. Le rompí la cabeza contra el cordón de la vereda, lo dejé con el plexo destrozado por los rodillazos que le di en los pulmones. Me subo al colectivo, inundado de adrenalina y en shock. Por suerte me acordé que tocaba en Cézanne. Llego y voy corriendo al baño y se me aflojaron los esfínteres, no alcancé ni a bajarme los pantalones y ahí vino a verme el Gallego con merca, me llenó la nariz de merca y me sacó de ese estado. Un médico después me dijo: “No todo aquel que te saca de la mierda es un amigo. En el estado en que estabas esa merca te sacó de un posible coma adrenalínico”. Medina nunca fue vencido en una pelea mano a mano. Sin embargo, en 1978, un famoso playboy boliviano que hacía cine publicitario y vendía marihuana fue atrapado por los toxis y antes de que le pegaran confesó que el narco era Alejandro Medina. Alejandro despertó en una pesadilla. La policía destrozó su casa, lo secuestró y durante una semana fue golpeado brutalmente y torturado con picana y el clásico submarino. Esa pesadilla cambió su vida y creó cierta zona paranoica y peligrosa en su mente. Unos años después, a través de un agente de la Federal que era su alumno de bajo, supo que su amigo lo había buchoneado. –En el ser humano hay una caja de Pandora. Desde esa vez yo no puedo estar con desconocidos porque me agarra el animal. Soy músico, pero también soy animal. http://www.criticadigital.com/impresa/index.php?secc=nota&nid=15183 Historias heavies de Soldati Es un barrio estragado por sucesivas crisis económicas, cambiado, muy caído. Por él se pasean desde los que revuelven las sobras del comedor escolar a personajes duros como el Pepo, el Panameño, Carloncha, la dealer que le metió tres tiros al tipo que le robó. Un paseo por un territorio que se parece poco al sueño de la Buenos Aires blanca y radiante. Hasta fines de la década del 90 y durante 20 años, don Leandro trabajó en un kiosco de diarios y revistas en la esquina de Lacarra y Rabanal. Durante esos 20 años, en bicicleta, era el tipo que llevaba a las casas no sólo diarios y revistas sino ciertos libros y entregas especiales que la clientela le encargaba. Llegaba a la parada a las cinco y media de la mañana y esperaba junto a su patrón la llegada del camión de reparto con los ejemplares. Después preparaba el recorrido y luego salía de ronda con su bicicleta. “El trabajo era duro porque para hacer las entregas tenía que subir y bajar escaleras durante casi toda la mañana. Pero yo estaba entrenado y además iba desayunando en el camino porque nunca faltaba un vecino que me convidaba una taza de café con leche y alguna factura.” Don Leandro se limpia las manos en los pantalones con cierta vergüenza cuando me lo presentan. Sus manos están sucias y mojadas porque junto a otros tres compadres está revisando el contenedor de basura de la escuela recogiendo las raciones de comida sobrantes del comedor, las descartadas por el vencimiento sanitario. Don Leandro tiene 73 años y nunca se recuperó del trauma que significó el cierre del kiosco. Fue en 2002 y el cierre le cayó como un rayo que incendió su existencia. Ahora duerme en un galpón o a veces a la intemperie y come lo que va consiguiendo mientras recuerda como un sueño aquellos años felices. Don Leandro es un botón de muestra de la caída que, un rato antes, fuimos percibiendo en el barrio, mientras caminábamos por las calles aproximándonos a los famosos bloques edilicios que se constituyeron en la primera villa de cemento. La familia del Turco Mohamed, ex jugador y actual DT de Colón de Santa Fe, sigue teniendo su casa en Pergamino y Corrales. Es la casa más fortificada de toda la calle. La principal calle comercial, Mariano Acosta, por donde se accede al laberinto de callejuelas y atajos que conforman esa gigantesca villa de cemento, también ha sido arrasada por el estallido de la pobreza. El legendario Bar Chandú está cerrado desde hace muchos años. El concepto de “negocio” se ha ido degradando a medida que la crisis fue penetrando la vida cotidiana del barrio. No hay grandes supermercados ni mercados, hay puestos callejeros de choripán y panchos y algunas despensas en miniatura que exponen sobre la vereda algún que otro paquete de fideos, latas de arvejas, cajas de huevos muy baratos. Ése es todo el stock. SOLDATI NOT FASHION. Una de las últimas veces que el barrio apareció en la página de policiales fue a raíz de una fiesta de estudiantes que se realizó en un boliche de Ramos Mejía. Allí hubo un enfrentamiento con una pandilla de Mataderos. La pelea quedó inconclusa. Los pibes de Soldati regresaron al barrio en colectivo 66 y cuando se bajaron en la parada de Portela y Tabaré, en la puerta de una parrilla, fueron baleados desde un auto que los había estado siguiendo durante todo el recorrido. Murió uno de los chicos y otro quedó herido. Está anocheciendo, y mientras nos vamos introduciendo en los laberínticos pasillos de Soldati, el Panameño hace un informe de actualidad. –Soldati sigue siendo pesado aunque no salga en los diarios. No es que te van a asaltar, eso casi no pasa, eso es más seguro que te pase en Pompeya a la noche. Acá no te va a pasar eso… Pero siguen matando gente y no sale en los diarios. El Panameño llegó a Soldati en 1974 escapando de un padre autoritario y de una vida programada. Persiguiendo el rumbo de las aventuras que se había prometido, aterrizó y no se fue nunca más. Cuando trato de imaginar los paisajes caribeños de los que se fugó y los comparo con la cabellera encanecida del Panameño, no consigo entender los motivos que lo llevaron a tejer su nido definitivo en Soldati. –Estaba la quema en aquella época, un olor a podrido que con el tiempo te parecía que te acostumbrabas. Pero si salías un día entero del barrio, cuando volvías el olor te golpeaba la nariz como un escopetazo. A lo que no te podías acostumbrar nunca era, en los atardeceres, a la lluvia de moscas que no te dejaban respirar. Si no tenías un mosquitero en la ventana no podías dormir. El Panañemo se aquerenció con una lugareña pero enseguida se hizo adicto a la mala vida. En los viejos tiempos fue un gran borracho, de esos que se despiertan en un baldío o arropados con su propio vómito en una avenida. Y en los nuevos tiempos se hizo merquero, de los que pasan la vida esperando la tranza u organizándola. Y en todas las épocas, fue siempre mujeriego. Hoy día, con un par de hijos a cuestas y trabajo regular, mientras observa con detalle el trasero de una vecina que lo saluda, dice estar corregido. –Hay una piba que es una pistolera muy brava, vive por allá atrás –señala un sendero invisible por entre la red de pasillos–. Vende paco y pastillas. Ahora, por suerte, algunos pibes están tomando más pastillas que fumando paco. Hace un par de semanas vino un chabón y le vendió unas pastillas truchas. La mina las probó y se quedó dormida; fue una maniobra a propósito para robarle todas las drogas y la mosca que había juntado. La loca lo estuvo buscando al flaco durante un par de semanas y lo encontró en una pizzería de por acá. Le metió tres tiros y todavía anda prófuga. Todos saben que al flaco lo mató ella, pero nadie la busca. Todavía anda por aquí, cada tanto entrando y saliendo en auto. DERVICHES Y DEALERS. Conocemos al Pepo, quien según nuestro contacto es el dealer más astuto del lugar. Pepo es grandote, con una tremenda cara de malo que la usa solamente para ponerte la distancia. Cuando joven, fue patovica en algunas discotecas céntricas y hasta fue seguridad de alguna banda de rock que prefiere no mencionar para no ser reconocido. El contacto con la gente del rock le dio cierto trato. Cuentan que el padre de Pepo fue un pesado de Soldati. Un hombre de ley que no se aprovechaba de nadie pero que era capaz de ponerte los puntos. Hasta que, de viejo, un guacho cualquiera le faltó el respeto. El Pepo se enteró de la humillación y sin decirle nada a su viejo, lo fue a buscar enseguidita al guacho. Además de romperle bien la cara, le quemó la casilla y le prohibió andar por la zona. Si lo encontraba, era boleta, le dijo. –Es muy común que haya chabones que no pueden atravesar ciertos patios –completa el Panameño–. Son territorios, es como estar expulsado de un país. Ahí lo tenés a Carloncha. Que no se puede acercar ni en pedo a la avenida. El Carloncha es llamado así desde que salió de la cárcel, hace más de 10 años, acusado de ser violeta. La violación sigue siendo el único delito que sigue provocando repudio entre los marginados. Según parece, en los últimos carnavales, Carloncha quiso asegurarse la exclusividad de la venta de gaseosas y choripanes en el pequeño corso que se arma sobre la calle Damiano La Costa. Así que recorrió los comercios amenazando de muerte a los encargados y empleados en caso de que decidieran abrir. Algunos cerraron pero hubo varias denuncias. –Carloncha vive escondido adentro –dice el Panameño–, no puede ni acercarse a esta salida, no sólo va a ir en cana, lo van a moler a golpes. La policía adentro mucho no se mete, pero si hay unos pesitos se hacen notar. Pepo no vende paco ni marihuana ni pastillas. Solo cocaína y siempre lejos del barrio. Tiene su clientela por Constitución y en Pompeya. Vende bolsitas cortadas de 20 pesos y piedritas de 50, 100 y 200 pesos. Supuestamente, la de 200 pesos pesa 10 gramos. Finalmente llega la hora de las mariposas de la noche, los muchachitos que giran como derviches entre los pasillos yendo y viniendo, una pandilla de escuálidos murciélagos buscando llenar sus pipitas de paco. Los noticieros y los programas televisivos dedicados al tema han agotado la imagen siniestra de esta danza. “Es como un susto”, me explica un pibe que antes estudiaba para ser mecánico dental, “un susto muy fuerte que te gusta. El bardo es que te cuelga. A los muchachos más grandes del barrio les hace acordar a las épocas de la aguja”. “El efecto del paco se parece al del pico”, explica Javier, conocedor del barrio, y añade: “Los paqueros son pinchetos sin aguja. Antes del sida vos los veías a los flacos afilando las agujas en los escalones de lo cuadradas que estaban”. Su conclusión: –El sida mató a la aguja. Pero hizo algo peor: dio vida al paco. Del Matadero a la dictadura Hay varios Soldatis ocultos bajo la piel del Soldati actual, un barrio que nunca supo adaptarse a los nuevos disfraces que le fue poniendo la civilización. Ahí nomás, a un costadito de la calle Corrales, todavía permanece incólume la vieja estación de trenes con su misma fachada y aspecto pueblerino. La avenida Lacarra fue un paso de ganado hacia el famoso matadero descrito por Esteban Echeverría y en la esquina de Lacarra y Cruz, hasta fines de los 70, todavía había un barcito que se llamaba “El remate de Gripo”: fue un remate de caballos en los años 40 y el palenque estuvo ahí mucho tiempo hasta que se cayó. La última dictadura creó lo que hoy llaman la Villa de Cemento. Los edificios se los dieron a los villeros de Pampa y la vía y a la gente más pobre que fue desalojada de San Telmo cuando la arrasó el trazado de autopistas. Tradicionalmente el sector 29 era el de los paraguayos y el 28 el de los bolivianos. Esos límites se fueron borrando con el devenir del tiempo y la desaparición de muchos grupos familiares que huyeron del hambre. En ese entramado, existen clases sociales: están los que viven en los departamentos bajos, los más afortunados, en los altos, y finalmente los que se agazapan en la villa ubicada bajo la autopista. El norte de casi toda la gente es irse del barrio. Los desclasados salen al centro y no dicen que son de Soldati. “Los milicos pintaron las casas de muchos colores –explica Javier, que hace de guía– porque como la gente llegaba sin identidad, para que el tipo reconociera su casa las coloreaban.” http://www.criticadigital.com/impresa/index.php?secc=nota&nid=16819 La magia de los libros Las drogas más poderosas que he consumido, las sustancias psicodélicas más transformadoras, fueron algunos libros que he leído. Las drogas más poderosas que he consumido en mi vida, las sustancias psicodélicas más transformadoras, fueron ciertamente algunos libros que he leído. Cuando tenía 16 años, por ejemplo, las novelas de Leopoldo Marechal (Adán Buenosayres, Megafón o la guerra y El banquete de Severo Arcángelo) se transformaron en faros cuya luz atravesaban las penumbras de la miserable vida cotidiana, las rutinas embrutecedoras que agobiaban mi existencia, para iluminar la vida legendaria que desde niño había añorado como si ya la hubiera experimentado. Tal fue mi pasión por Marechal que, con la excusa de un falso reportaje para una revista colegial, fui a tocarle el timbre. Leopoldo fue un anfitrión encantador y paciente que nunca expresó el aburrimiento que le produjo mi acechanza. En aquellos años, tanto su escritura como la de Roberto Arlt me transportaban a un territorio legendario, una región imaginaria que desbarataba los límites convencionales de la argentinidad. Ellos recorrían en sus narraciones los senderos laberínticos de una promesa existencial que yo también me había hecho. En mi juventud fui un lector adicto y obsesivo. Leía todo aquello que estaba señalado en el mapa de las lecturas que habían diseñado los expertos. Descubrí tarde que así como el mapa no es el territorio, ni el menú es la comida, la literatura no son los libros. La auténtica droga, la magia transformadora, estaba oculta en la sustancia de algunos libros extraordinarios que se disfrazaban de libros. Crimen y castigo no era una novela que sucedía en Rusia y las vicisitudes de aquel asesinato nos identificaban con el homicida. Raskolnikov era un tipo como nosotros y su crimen era una invitación desesperada a comprender que la ley no existía, que todo estaba permitido, que vivíamos en un mundo salvaje y despiadado donde el primer pez que tuvo hambre se convirtió en asesino. Los poetas malditos (Baudelaire, Rimbaud, Lautréamont, Artaud) azuzaban el fuego que ya quemaba tu alma. Ellos eran una patada en el culo a todas las promesas de la vida normal, a la dicha del amor y a las normas de la decencia. William Burroughs, quien durante muchos años se resistió a convertirse en escritor, asegura que fue la magia de Hemingway la que lo empujó a la escritura. “No sé si su relato París era una fiesta estaba siquiera bien escrito, lo importante es que la gente comenzó a comportarse como sus personajes, a vestirse como ellos. Eso no es literatura, eso es magia y es lo mío, me dije.” A principios de la década del 70 llegó a mis manos uno de esos libros inolvidables que afectaron mi rumbo existencial tanto o más que cualquiera de los estímulos e influencias reales que me rodeaban. Fue Primavera negra, de Henry Miller. Ese libro me ayudó a comprender que eran inútiles los esfuerzos que yo estaba haciendo por convertirme en el idiota que los seres queridos me insistían que fuera. Fue como sacarme un traje gris y pesado que era yo mismo. Henry Miller me hizo dar cuenta de que yo era lo que no sabía que podía ser. El poeta Néstor Perlongher, en la década del 80, dijo en una entrevista: “Piensan los alemanes, hacen rock los ingleses y narran los yanquis”. No se equivocaba: toda la narrativa del siglo pasado estuvo atravesada por los escritores sajones. Truman Capote y Norman Mailer dieron nacimiento a la narrativa periodística o documental aunque desde mi punto de vista la figura más influyente de ese género fue Ernest Hemingway, un escritor que dejó estampado un sello de heroicidad y bravura alrededor de su figura. En el camino, de Jack Kerouac, fue un manual de instrucciones de cómo escaparse de la vida ordinaria y su lectura arrastró a una gran cantidad de miembros de mi generación a sacarse la corbata de estudiante universitario para salir a vagabundear como linyeras por las calles del mundo. La melancolía etílica de Malcolm Lowry, la mirada vulgar y certera de Bukowski sobre los pequeños y miserables actos en que consisten las vidas, las demoledoras visiones casi cinematográficas de Raymond Carver sobre la sordidez que se esconde tras los modales de la convivencia, la mágica inventiva que surge en El palacio de la luna, de Paul Auster, o en Rock Springs, de Richard Ford. Esos escritores eran amigos invisibles y distantes que yo amaba como si los conociera. En Latinoamérica, bajo la publicitada etiqueta del realismo mágico, la literatura se sumergió en el buceo obsesivo de un pasado mítico, en una reivindicación ideológica de los fantasmas de lo extinto. En nuestro país todos los relatos de las últimas dos décadas estuvieron signados por la presencia más o menos visible de las dictaduras militares, de la tragedia de los desaparecidos y de las distintas vicisitudes de la epopeya del peronismo. Esa narrativa nos propuso la asunción de una culpa, la conciencia de un fracaso, convirtiéndonos en prisioneros de la historia. Yo creo que el artista debe oponerse a la legitimidad de la historia. Mientras que las verdades que surgen del pasado nos sujetan y determinan, las que vienen del futuro nos liberan y nos exponen a las tormentas del extravío. http://www.criticadigital.com/index.php?secc=nota&nid=16086 El Once Nocturno, como Hong Kong En la década del sesenta alumbró su mayor y primer ícono rockero, el mítico bar La Perla, donde se compuso “La balsa”. Hoy, los laberintos del barrio se cubren de marginalidad, delito, de bares donde descansan las prostitutas; y hay un enjambre de niños y adolescentes fumadores de restos de pasta base de cocaína, y una colonia de emigrados peruanos que cambió la fisonomía étnica de Once. Sin embargo, algunos personajes sobreviven como hace 25 años. Ese pequeño y laberíntico Hong Kong que es el barrio Once Nocturno tiene un epicentro, un eje, un inconfundible Obelisco y es el bar La Perla, en la esquina de Jujuy y Rivadavia. Posiblemente no gane el primer puesto en la competencia de antigüedad: está abierto desde mediados de la década del 60. Y casi seguramente su aspecto en la adolescencia ha sufrido más transformaciones que el bar Británico en San Telmo o el bar La Paz de la calle Corrientes. Sobre el cementerio donde nació “La balsa” ahora se levanta un hotel de cierto lujo, un cómodo restaurante con una carta internacional y un bar que cuenta con el mejor salón de fumadores de todos los que he visitado. A pesar de los cambios, el mozo cuyo nombre es Vicente, igual que hace casi 25 años, todavía me sirve el café. Él y yo somos los únicos sobrevivientes del remoto pasado. “Enrique… son más de 25 años... deben ser 27”, me aclara enseguida Vicente. “Llevo 27 años trabajando todos los días en este lugar.” Robusto, muy grandote, con brazos de rugbier, cariñoso, humilde, Vicente guarda un recuerdo mil veces más preciso que el mío sobre el escenario caótico, creativo, delirante e interactivo que se desplegaba entre los parroquianos de todas las mesas durante el transcurso de gran parte de las noches de la década del 80. Fue la mejor época de La Perla, aunque en la puerta del baño haya hoy una placa que les recuerda a los turistas el lugar en donde Litto Nebbia y Tanguito compusieron uno de los temas más célebres del cancionero popular argentino. Misteriosamente, toda la opulencia y elegancia del bar se extinguen al atravesar la puerta para ir a mear. El baño sigue siendo la misma porquería incómoda y maloliente en donde meábamos hace 30 años. Tal como los malandras que se refinan, La Perla, acosado por la peligrosidad de la zona, cierra sus puertas a las 10 de la noche. Así que para seguir bailando hay que atravesar la plaza y tomarse un trago en el bar que usan las putas de la noche para descansar o para compartir el fracaso de las cada vez más frecuentes jornadas sin trabajo. El bar, abierto las 24 horas, está sobre la calle Catamarca frente a la antigua terminal de ómnibus internacional, ahora transformada apenas en un paradero de bondis locales. Como en casi todos los boliches de la zona, la prohibición de fumar la obedecen las moscas y las cucarachas. No imagino a ningún inspector de la municipalidad atreviéndose a entrar con su talonario de multas. Es que el Once Nocturno es más peligroso y salvaje que Hong Kong. Aquí no rigen los códigos morales y sanitarios de los burócratas. La gente que anda por aquí ha decidido que a su salud la cuide Montoto. El vendedor de diarios de la esquina de Mitre y Pueyrredón es trotskista y desde la noche en que me vio usando una remera (que me habían prestado) con la figura de Salvador Allende y Pablo Neruda abrazados, no me permitió pagar ninguno de los viejos ejemplares de El Tony, D’Artagnan o Fantasía que yo iba a comprar. El hall de la estación tiene su propio pueblo nocturno. Los vendedores callejeros de factura barata y chipá, los quiosqueros madrugadores esperando el camión, los pasajeros que quedaron colgados y esperan el primer tren de la mañana, borrachos y peleadores, mendigos y vagabundos, empleados del ferrocarril y policías a punto de iniciar o terminar su turno conforman la pequeña y mutante población de esa diminuta ciudad que es la estación de trenes. El pedazo de selva más enmarañado y espinoso nace en el túnel que pasa bajo las vías en la calle Jean Jaurès y que comunica la desaparecida calle Mitre (secuestrada por las ruinas de Cromañón) y la calle Perón. Hace unos años era realmente peligroso atravesar ese túnel a la noche sin correr el riesgo de ser tajeado, asaltado o violado por la horda de desclasados que establecieron allí su morada nocturna. La presión de los vecinos logró que el gobierno de la ciudad y la policía expulsaran al enjambre de niños y adolescentes fumadores de paco y navajeros, púberes hermosas de facciones atigradas escapadas de algún penitenciario o fugitivas de un hogar aterrador, locos de remate tratando de representar el papel de porongas con un cuchillo en la mano, y también grupos familiares que fueron expulsados del mercado laboral y de las villas, y pateados de calle en calle hacia el bajo fondo de la ciudad. Pero bajo el doméstico pasto que sembraron las autoridades sobre ese ficticio jardín, aguardaban los yuyos. Las hordas regresaron. Atravesé el túnel junto al fotógrafo. Una hermosa rubia de no más de 25 años yacía en uno de los colchones exponiendo sus abundancias. Del otro lado de la calle, una pareja de adolescentes dormían semidesnudos y abrazados al sueño del paco. La bombachita azul de la niña era observada por los ojos obscenos del tráfico. Pero Jean Jaurès es una calle imprescindible. Desde Perón y hasta la avenida Corrientes está plagada de cuevas milagrosas. En la esquina de Jean Jaurès y Sarmiento, en un localcito de diminuto tamaño pero con amplias vidrieras, se encuentra la librería de libros usados más importante de la ciudad. Se llama Tercera Fundación y su dueño es Víctor Malamud. El local está atestado de libros. Más atrás de las vitrinas de exposición donde se exhiben los bestsellers y novelas policiales, están los estantes y anaqueles donde se acumulan centenares de libros apilados sin orden alfabético, ni género, ni temática alguna. Allí están ocultas las joyas. Tú le dices a Víctor: “¿Es posible que tengas un ejemplar de Rock Springs de Richard Ford o los cuentos completos de Norman Mailer? Víctor –que tiene dificultades para caminar– te va guiando con su voz, como si jugara una partida de ajedrez a ciegas con Najdorf, hasta que lo encuentras. Hundido en su sillón y casi aplastado por los libros que lo rodean Víctor se vanagloria: “Tengo algunas primeras ediciones y sobre todo libros antiguos, lo que ahora llaman raros, libros y autores agotados que nunca fueron reeditados”. Permanecer una hora sumergido en la oscuridad de esa cueva puede resultar asfixiante. Hay que cruzar la calle para tomarse un fernet Cinzano en Lo de Pepe, en la otra esquina de Sarmiento y Jean Jaurès, invisible para los ojos de las multitudes cultas que visitan el Konex, a pocos metros del barsucho. Tiene una barra respetable, apenas siete mesas y un baño tan pequeño que sólo puede entrar un cliente por vez. Para ir a mear hay que golpear la puerta. El alma de ese lugar es el mozo, José. Tiene el físico de Mike Tyson y su trompada debe poseer una potencia equivalente. Su rostro es fiero, le faltan algunos dientes. Su cuerpo está cubierto de cicatrices. Nació, creció y se hizo de la pesada en esa esquina. De pibe estuvo involucrado en tremendos tiroteos, creyó ser capo y en la cárcel le avisaron que era apenas un drogón. En aquellas remotas épocas José fue el terror del barrio. Uno de esos tipos que te convenía esquivar si lo veías venir. Atravesado por la luz misteriosa del amor de una mujer, el monstruo se convirtió en ángel. Si no te cuenta su historia, te parece imposible imaginarlo agresivo. José es uno de esos amigos del alma que mi alma tiene la suerte de contar. Lo de Pepe más que un bar es un club privado. Los clientes –el médico jubilado, el taxista gritón, el tartamudo, los “gerentes” (cuatro tipos que comen y beben lo más caro que puede vender el cuchitril), las maestras. Esa gente está en el bar todos los días de todos los meses de todos los años. Si eres un extraño, claro que puedes beber y comer y saciarte. Pero si un intruso se atreve a creer que puede integrarse a la conversación de los socios, será José quien le ponga los puntos y lo obligue a mantenerse callado en el rincón del silencio de todas las visitas. En el atardecer de la calle Jean Jaurès, desde Sarmiento hasta Corrientes, esas tres calles se pueblan de pequeños comederos, el Mundo Perú comienza a mostrar su periferia. En esos cuchitriles además del ají de gallina o del pisco sauer, hay cabinas telefónicas para llamar a otros países casi por monedas, y desde recónditas escaleras descienden preciosas adolescentes morochas, de pechos erguidos y culos apenas escondidos dentro de pequeñas bombachitas. En ese lento anochecer del atardecer, casi sin que te des cuenta, te ves rodeado de los vendedores de paco que merodean los colmados cibercafés y los kioscos de cigarrillos que cuando los clausuran por vender alcohol igual siguen vendiendo alcohol. Como en la selva o como en los bosques, en cuanto el anochecer ciega la tarde, todas las bestias libres y salvajes de la calle Jean Jaurès salen a alimentarse. La leyenda del Viejo Juan Hace muchos años que vivo, de mudanza en mudanza, en pensiones y hoteles de mala muerte en los que pude conocer en su intimidad –en un recorrido ciertamente no elegido y del que siempre intenté escapar– los laberintos habitacionales en donde los bravos pobres de la urbe consiguen sobrevivir. En el año 2006, sin embargo, como consecuencia del desastre de Cromañón, que expulsó a la clase media de sus inmediaciones, conseguí una habitación hermosa en el segundo piso de un edificio ubicado sobre la calle Perón 3045. Ese edificio, el follaje exuberante y casi selvático que crece en el pasillo central, los balcones y barandas, su diseño casi de arquitectura cubana, ha sido el paraíso de los fotógrafos durante muchos años. Alguna vez fue de lujo. Hoy es una cueva lumpenal donde, como en algunas villas, conviven los legales con los ilegales. Cuando llegaba muy tarde, era posible encontrar un sendero de gotas de sangre que iban trepando por las escaleras hasta desaparecer en la penumbra de algún pasillo. Cuando atravesaba el jardín, no podía evitar cierto cobarde temor a los alacranes o escorpiones que la administración nunca consiguió exterminar o siquiera controlar su reproducción. Esos escorpiones (cuyo origen nunca fue aclarado, aunque la leyenda cuenta que llegaron en un tren de carga que descarriló en las cercanas vías) aun cuando los expertos opinan que su veneno es inofensivo, a veces se cargan un cachorrito de gato o de perro. En el segundo piso, junto a la escalera, estaba la pensión donde me instalé y cuyo encargado era el Viejo Juan, una leyenda en el barrio. Su historia es bastante infrecuente aunque aquello que lo tornó inolvidable en todo el vecindario fue su sonrisa. Nunca dejaba de sonreír. Enojado, deprimido, triste o aburrido, sonreía. Su risa era un faro de luz para las pobres gentes que colmaban el hotel, esa sonrisa iluminaba la penumbra de todas esas almas que trataban de vencer al implacable destino que los derrotaba una y otra vez acorralándolos contra las rutinas de esa vida casi carcelaria que puedes hacer en una pensión. Juan era correntino, en la juventud lo trajo a Buenos Aires su madre, que era la cocinera del Gordo Porcel. “Un gran hombre, un gran amigo –me contaba Juan– todas las noches después de salir del teatro, el Gordo paraba el taxi aquí abajo y me gritaba: “Che, correntino dormilón, vamos a comer”. A 50 metros de este edificio, en la esquina de Perón y Jean Jaurès, donde ahora se yergue una gigantesca ferretería industrial, había en aquellos años una famosa parrilla donde era habitual encontrar cenando a importantes miembros de la farándula. Cuando lo conocí, el Viejo Juan vivía en un humilde pero luminoso cuarto no muy diferente al resto, junto a la Chori, su compañera de toda la vida. A poco de casarse con ella, cuarenta años atrás, Juan se compró al azar un billete de la Lotería Nacional y se ganó la grande. No se compró nada. Durante cuatro o cinco años él y la Chori viajaron por todo el mundo, sin despilfarrar, yendo a hoteles de media estrella en Madrid, o viviendo en la casa de un pariente de un amigo en Lisboa. Cuando charlábamos en los almuerzos que me invitaba Juan a su cuarto, La Chori se acordaba de sus viajes en barco, de algunos paisajes europeos, pero lo que no podía recordar era la fecha de la última vez que había bajado los casi 100 escalones que la separaban de la calle. Quizá llevara seis o siete u ocho años sin bajar a la calle desde que sus piernas se doblegaron y sólo le permitieron caminar muy pero muy lentamente hasta el baño, la cocina o el balcón. Para La Chori, el mundo era sólo un recuerdo. El Viejo Juan, en cambio, con sus 78 años, bajaba todos los días, al mediodía, y se caminaba los 150 metros que lo separaban del bar Lo de Pepe. Allí se embriagaba, se tomaba con lentitud pero con avidez una botella entera de vino tinto que le permitía flotar en el globo aerostático de una aventura imaginaria volando muy por encima de la venganza de la cirrosis que lo acosaba. La Chori jamás debía enterarse que él bebía y mucho menos que se fumaba sus seis o siete cigarros negros todos los días. Desesperado, algunas noches de insomnio, me golpeaba la puerta y yo lo le daba aguante para que se fumara dos cigarros y se tomara de un saque un trago de la ginebra que yo bebía. Al hacer esta nota me enteré que el Viejo Juan apenas alcanzó a festejar este último Año Nuevo. A los pocos días la cirrosis se cobró venganza. Sin darse cuenta, dormido, su alma se extinguió en la nada. La Chori, como si fuera una roca indestructible, sigue viviendo. Sin el mundo, sin su compañero. Los vecinos le cocinan y la llevan al baño y hasta la colocan frente a la ventana para que mire el paisaje de los trenes. http://www.criticadigital.com/impresa/index.php?secc=nota&nid=22887
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