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¿Cuantos vale la vida de un soldado ruso?

Info12/1/2009
¿Cuánto vale la vida de un soldado ruso? Alekséi Nóvikov, un joven de la región cosaca de Krasnodar, padre de dos hijas, pensó que Chechenia lo sacaría de apuros. Y se contrató de mercenario zapador. Después de salir indemne de aquel baño de sangre, Alekséi cayó prisionero, en circunstancias diríase que favorables. Un día en el mercado le golpearon en la cabeza y Alekséi perdió el mundo de vista. Volvió en sí en un poblado perdido, ya sin uniforme, sin dinero y sin papeles. Por lo general, con los mercenarios, los chechenos no se lo piensan dos veces: les cortan la cabeza. Los odian a muerte, aunque en sus propias filas también haya muchos mercenarios, profesionales y fanáticos, por lo común turcos, azeríes y jordanos; pero también hay europeos: bálticos, ucranianos e incluso rusos. El propio Alekséi vio en Grózny cómo trabajaba una francotiradora rusa. Un día, al bajar de los blindados, un novato se plantó en medio de una plaza y recibió al instante un tiro en una pierna. El tipo se retorcía y aullaba; un muchacho fue en su ayuda y a éste ya lo tumbaron de un disparo en la cabeza. El siguiente corrió la misma suerte... Los muchachos comprendieron que se trataba de un francotirador armado con un fusil con silenciador. La táctica no era nueva: El primer herido es el cebo y al resto ya los dejan secos, difuntos que tienen un precio la pieza, que se cotizan a cincuenta dólares el soldado raso, dos cientos un oficial o un contratado, y unos cuantos quilos más por cada estrella en los galones. Los chicos dieron con el francotirador, al cabo de un rato capturaron a una muchacha de 25 años. Resultó ser rusa, de Riazán, campeona de biatlón. Con unos ojos que parecían de plomo, les dijo que había venido a ganarse una pasta. Y se la ganó. Los muchachos la ataron por los pies a dos blindados y los carros arrancaron cada uno por su lado... El cautiverio de Alekséi empezó porque le buscaron un hoyo del que sacaron a otro muchacho, un chico de Yekaterinburgo, que llevaba allí varios días. Subieron al chaval, le abrieron el vientre, le sacaron las tripas, llenaron el hueco de gasolina y le prendieron fuego aún con vida. En aquella fosa de metro por metro y tres de hondo Alekséi pasó varios días. En todo ese tiempo sólo le echaron una que otra torta de maíz. Alekséi cazaba ratas de campo y, tras arrancarles la piel, se las comía crudas. Alekséi aguardaba lleno de pánico a que se decidiera su suerte, y lo que hacían con los suyos ya lo había visto con el chico quemado vivo. Pero tuvo suerte. A un checho le habían bombardeado la casa. De modo que sacaron a Alekséi y lo pusieron a reconstruir la casa. Por las noches lo encadenaban a una cañería y le ataban un dogal de castigo, con las púas hacia dentro; sólo podía dormir de rodillas. Una noche hubo otro bombardeo. Los pilotos apuntaron a la misma casa. Le dieron. El edificio se derrumbó por completo, pero el preso salió ileso y se vio libre. Como estaba, con la cadena en las manos y el collar en el cuello, echó a correr hacia lo que creyó que era una ciudad, esperando dar con los suyos, pero fue a dar con otro checheno, Saíd. Y éste se convirtió en su nuevo amo. Saíd era una persona sencilla y, lo más importante, era un buen hombre. No lo encadenaba, le daba de comer y no lo maltrataba. El hermano de Saíd incluso le propuso casarse con su hija de 18 años, aunque con una sola condición, que Alekséi se convirtiera al islam y, como era su costumbre, se circuncidara. Alekséi se negó. Al cabo de una semana a ese mismo hermano de Saíd lo detuvieron en un puesto de control. Saíd hizo subir en su coche a Alekséi y se lo llevó para hacer intercambio. El prisionero no se lo podía creer cuando vio a los suyos. A su encuentro salió un capitán gordo que, tras observar a Alekséi, mirándolo a los ojos, con cara de asco, lanzó un juramento y luego se dirigió a Saíd diciendo: "¿Para qué coño me has traído este pedazo de carne pensante? Ganado como éste me sobra. Quiero vodka. Tráeme un cajón de vodka y te llevas a tu hermano." Durante todo el viaje de vuelta Alekséi no paró de aullar en voz baja, fulminado por aquella traición. Al llegar al pueblo volvió a sus tareas de esclavo. Saíd, en cambio, llevó al puesto de guardia el cajón de vodka y regresó con su hermano. Como era de esperar, Saíd, dada su bondad, no tardó en perder a su esclavo ruso. Como era generoso, dejaba su esclavo a todo aquél que lo quisiera. Un día le pidieron el siervo para descargar cemento en un pueblo vecino, donde vendieron a Alekséi por 15.000 dólares a un checheno rico. Por raro que parezca, aquella circunstancia le dio nuevos ánimos a Alekséi: ahora no lo matarían, les dolería perder tanto dinero. El nuevo dueño resultó ser un tal Orbi, miembro de un clan. En Ivánovo tenían detenido a un hermano suyo, encerrado por algún delito común, y Orbi se preparaba a conciencia para el canje de su hermano por el soldado. Custodiaban al prisionero el hermano menor de Orbi y sus amigos, unos mocosos de quince años, armados. Mientras Orbi se encontraba en casa, los jóvenes se portaban como unos corderitos, pero en cuanto Orbi salía por la puerta aparecía el vodka y el chocolate y comenzaba el sarao. En Chechenia se respeta sólo de palabra del Corán; se bebe mucho y se transgreden las normas religiosas. Cuando se emborrachaban, a los chicos se les subían los humos y, salvo pegarlo, le hacían mil perrerías, lo insultaban a él, a su madre, a todos sus antepasados y toda Rusia. Alekséi apretaba los dientes y callaba. Un día que los chicos se quedaron dormidos después de la última juerga, Alekséi los desarmó y les dio un susto de muerte. Luego fueron ellos los que lo molieron a palos. Cuando se diría que para su liberación faltaba un solo paso, Alekséi tuvo que soportar una nueva prueba. Para salir de Chechenia se necesitaba el permiso personal del mismísimo Radúyev, uno de los principales jefes guerrilleros. Cuando Salmán el loco tuvo delante a Alekséi se levantó de la mesa de un salto y aulló: "¡Un mercenario! ¡¿Cómo es que sigue vivo?! ¡Esto no puede ser! ¡A ver, tu número de placa!" Alekséi, petrificado, le dio su número. Radúyev lo introdujo al instante en su banco de datos y Alekséi vio en el monitor toda su vida: dónde había nacido, su servicio militar, los datos de sus padres, de sus hijos e incluso de su primera mujer; hasta el lugar donde estaba enterrada su madre... Como si leyera su pensamiento, Radúyev soltó: "Con el tiempo os vamos a pescar a todos". El regreso a la patria fue para Alekséi todo menos idílico: más bien una nueva sucesión de humillaciones. Hizo todo el vuelo entre dos hombres armados. Al llegar al aeropuerto de Moscú, no se sabe de dónde, apareció una nube de periodistas. Alekséi vio cómo los chechenos que le acompañaban les llenaban de dólares los bolsillos y les pedían que señalaran que la entrega de aquel mercenario era un gesto de buena voluntad (y ni una palabra del preso común por el que lo canjeaban). ¡Cómo saben darle la vuelta a todo en su propio provecho! Allí mismo los de contraespionaje detuvieron a Alekséi y éste fue a parar a la prisión de Lefórtovo, donde estuvo encerrado hasta que no se aclararon las circunstancias en las fue hecho prisionero. Pero todo aquello para Alekséi ya no era nada comparado con los ojos saltones del capitán que lo cambió por una caja de vodka.
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