Los alemanes tenían sus propias autoridades El Director y la junta consultiva “El Director y los Vocales debían vigilar la economía hogareña; nadie podía sacrificar animales para su consumo privado sin autorización. El Director, de acuerdo a la efectividad del desempeño de sus funciones, recibía un sueldo "extra"; siendo su retribución ordinaria por mes de 30 rublos y los vocales apenas un rublo. Pero, en caso de que cualquiera de ellos fuera deudor del fisco por préstamos anticipados, dicho importe les era descontado. Los azotes con látigo se aplicaban conforme a la gravedad de las faltas y estaban minuciosamente reglamentados por un índice: robo o daño intencional, 24 azotes; por desobediencia al vocal, 6; por ofensa al vocal, 12; y por agresión al vocal, 18 azotes; si dicha agresión había sido con arma, 40; máximo permitido”. "Los Directores de las aldeas (Vorsteher) –refieren los historiadores Popp y Dening-, tan mentados por su actuación correcta y comprensiva y sus dos vocales asistentes, debían elegirse popularmente entre los mejores y más sobresalientes colonos, entre los 30 y 40 años de edad; los primeros duraban un año en sus funciones y seis meses los vocales. Estos últimos eran dos como mínimo y desempeñaban funciones policiales; también eran los "escribientes", asignándose a cada uno un sector para una rigurosa vigilancia de la limpieza, en las casas, funcionamiento de las chimeneas e instalaciones para prevenir incendios. El director debía presidir todos los actos importantes de la aldea, o hacer al menos acto de presencia en casamientos, bautismos, ceremonias, procurando que no ocurrieran derroches ni desmanes. En los casamientos se prohibían los regalos mientras las colonias fueran deudoras de la Corona rusa; asimismo controlaban la presencia de haraganes y vagabundos en los hogares, los cuales no eran tolerados bajo ningún pretexto. Era inconcebible que personas sanas y normales no participaran activamente en la Colonización del Volga. El Director y los Vocales también debían vigilar la economía hogareña; nadie podía sacrificar animales para su consumo privado sin autorización. El Director, de acuerdo a la efectividad del desempeño de sus funciones, recibía un sueldo "extra"; siendo su retribución ordinaria por mes de 30 rublos y los vocales apenas un rublo. Pero, en caso de que cualquiera de ellos fuera deudor del fisco por préstamos anticipados, dicho importe les era descontado. En cuanto a las faltas cuyo castigo era de incumbencia del Director, la pena de azotes sólo podía ser aplicada cuando existía total acuerdo con los vocales; en cambio los trabajos forzados o multas podían aplicarse sin consulta. Los azotes con látigo se aplicaban conforme a la gravedad de las faltas y estaban minuciosamente reglamentados por un índice: robo o daño intencional, 24 azotes; por desobediencia al vocal, 6; por ofensa al vocal, 12; y por agresión al vocal, 18 azotes; si dicha agresión había sido con arma, 40; máximo permitido. En cuanto a la desobediencia o agresión al Director el castigo era aplicado por el Comisario de Sector o el Kontor. Las indemnizaciones por la eliminación o muerte culposa de animales fueron: por una vaca, 7 rublos; una oveja, 1,20 rublos; un cerdo, 1 rublo; una cabra, 0,50 rublos; un perro, 2 rublos; si era de caza, 5 rublos y un buen caballo 12 rublos; un pavo, 0,20; un pato, 0,06 y una gallina, 0,04 rublos; quien derribaba un árbol frutal debía oblar 3 rublos. La mendicidad estaba totalmente prohibida. Este cuerpo legal, tan minucioso, preparado especialmente para los colonos europeos, en ningún momento tuvo en cuenta la calidad e idiosincrasia de los colonizadores a los cuales debía regir; su contenido intrínseco fue extraño a los alemanes que provenían de una región de alto nivel cultural y espiritual amamantada ya por la lejana Roma. Primaba en él la mentalidad autocrática que sólo sabía legislar para siervos; fue un grave error, pues impidió la expansión de las aldeas con sus colonias y también fue lesiva para la economía rusa. El pueblo germano, con semejante constitución se sentía disminuido espiritualmente y aplastado; de nada valían sus sacrificios por abandonar su tierra natal y perder sus derechos ciudadanos, morir de hambre y frío durante el año de peregrinación hacia un edén que sólo existía en los sueños de Catalina II... y ahora, un Código primitivo y extraño, en una tierra de siervos los condujo al borde de la desesperación; los sufrimientos morales y espirituales estaban en consonancia con los físicos”. Se inicia la segunda emigración Los alemanes del Volga deciden abandonar Rusia “Entre 1764 y 1767 se fundaron en ambas márgenes del Volga ciento cuatro colonias, con población extranjera en la que el predominio alemán era casi total. Había también franceses y de otras naciones, quienes regresaron pronto a sus respectivos países. De esas colonias madres, nacieron noventa y una más. En 1912 formaban un total de ciento noventa y cinco. De éstas, algunas, según tradición verbal, fueron aniquiladas en las incursiones de hordas salvajes. La primera colonia fue fundada el 29 de junio de 1764 y se llamó Dobrinka, la cual en 1912 tenía 5.400 habitantes. La mayor, llamada Norka, fue fundada el 15 de agosto de 1767 y tenía 14.236 habitantes”. (Según testimonio escirto del historiador Matías Seitz) Motivaciones para dejar el Imperio zarista “Apenas asumió el poder en Rusia Catalina II, la Grande, comenzó a desplegar un astuto y ambicioso plan colonizador para civilizar y expandir el Imperio –argumentan Popp y Dening en su libro “Los Alemanes del Volga”-, y nuestro pueblo fue un tanto víctima y resultó sacrificado por la nombrada estadista; cuando desembarcaron de los barcos que por el Báltico los condujeron a tierra rusa, tuvieron la primera "desagradable sorpresa" al enterarse de que todos debían dedicarse a la agricultura, aunque el Manifiesto de su Majestad no contenía dicha cláusula. De la Renania (Alemania) salieron 30.000 personas y por las tremendas peripecias del viaje sólo llegaron 27.000 al Volga, sobreviviendo apenas 23.000 después de la primera década; naturalmente que durante el siglo diecinueve alcanzaron cierto bienestar. Esta colonización fue la primera que la Corona rusa condujo sobre las yermas estepas de su Imperio; en consecuencia fue un experimento incierto plagado de indecisiones y desatinos. Fueron creados organismos especiales para su administración y se dictaron reglamentos para "siervos" de acuerdo al estigma social imperante en el país y a la inveterada mentalidad de sus dirigentes y no para "personas libres" como eran los alemanes; los funcionarios rusos desconocían el trato con un pueblo libre que recién comenzaron a conocer a partir de 1863 —un siglo después de la inmigración de nuestros antepasados—, cuando el Gobierno abolió la "servidumbre". También es preciso volver al contenido de la invitación de Catalina II, en su tantas veces aludido Manifiesto de 1763, cuando —aparte de eximirlos del pago de los tributos habituales del país—, los eximió de prestar el servicio militar junto con sus descendientes por tiempos eternos. De esto se desprende que nuestro pueblo teóricamente poseía privilegios muy especiales en Rusia, y prácticamente constituía un pequeño estado dentro de un gran Imperio; tal vez esta maniobra de promesas exageradas para inducir a los alemanes a colonizar el Volga fue un error histórico o... una treta desleal y sádica, tan común en los hábitos diplomáticos de aquella época. Las guerras y el militarismo los obligaron a huir de su patria nativa hacia el este, ignorando tal vez, que el Imperio ruso también poseía un numeroso ejército que nutria sus filas de un pueblo de "siervos", que nunca conocieron la libertad hasta 1863; estos soldados —extraídos de la servidumbre rural y urbana—, no se incorporaban para adquirir instrucción militar o cívica, sino para continuar sirviendo ciegamente a sus superiores. El ejército ruso, hasta fines del siglo diecinueve, no gozaba de buena fama y menos en la imaginación de nuestros colonos; cabe agregar que de acuerdo al arma, el servicio militar se extendía de cinco a siete años consecutivos, en lugares muy alejados del Volga. Un pueblo libre, que gozaba de privilegios especiales y que estaba completamente separado de los nativos, continuando con sus tradiciones y su lengua, sin obligación de cumplir el servicio militar en su nueva patria, no podía continuar así por mucho tiempo; después de esta introducción esclarecedora, desarrollaremos los cuatro motivos principales que indujeron a muchos colonos a dejar las colonias en forma definitiva; a saber: 1º SERVICIO MILITAR: El historiador Riffel se detiene especialmente en este aspecto; mas, no podemos admitir que los alemanes sean más cobardes que los rusos. Ello quedó muchas veces demostrado en las frecuentes guerras de la época con los turcos; pero al difundirse la noticia de que el zar Alejandro II dejaba sin efecto la promesa formal de eximir a los colonos alemanes y a sus descendientes del servicio militar obligatorio, el impacto fue terrible. Con el sofisma de que para los rusos el concepto de "tiempos eternos" se limitaba sólo a "cien años", los colonos se sintieron defraudados y nuevamente engañados por los rusos; tener que abandonar, —por primera vez—, sus aldeas para alejarse miles de kilómetros por cinco a siete años, para incorporarse a un ejército —caballería-infantería-marina-artillería—, compuesto por nativos de la peor calaña y extraídos de entre los siervos rusos, era algo inadmisible. Los jóvenes dedicados únicamente a la labranza de las tierras y a sus iglesias, no conocían otra cosa que su aldea o las colonias vecinas; no es de extrañar que, cuando los primeros reclutas salían de sus aldeas, las campanas eran echadas a vuelo y la multitud los acompañaba por un largo trecho, con lágrimas en los ojos. Era frecuente ver a las esposas de los soldados, arrojarse delante del tren que los llevaba al lejano regimiento porque, decían, si ya no estaba quien sostenía a la familia, ellas no tenían por qué seguir viviendo. Todo un drama, tal vez exagerado, entre los pacíficos colonos, que al partir, al cumplimiento del servicio militar, se consideraban perdidos... Con ello comenzó la desconfianza hacia todo aquello que provenía del Gobierno ruso, considerado tan serio y cumplidor. Cuando, al fin, lograron cierto bienestar, comenzaron las peores dificultades para generar nuevos pensamientos para emigrar al lejano interior del gran Imperio; así llegamos al siguiente motivo: 2° ESCASEZ DE CAMPO. Tal como lo mencionamos, el régimen MIR, o sea la permanente redistribución de las tierras por períodos decenales en cada comunidad (aldea), provocaba una sensible disminución —por el aumento vegetativo— de asignación de tierra por habitante masculino; no obstante las dos ampliaciones otorgadas por la Corona, el crecimiento de la población fue tan intenso, que en la Bergseite en 1798, aún correspondía a cada habitante un promedio de 16 has. Pero en 1869, dicho promedio apenas alcanzaba 1,6 has por cabeza. A partir de 1870 el Gobierno ya no cedía campo en el Volga a los alemanes; quien necesitaba tierra para cultivar tenía que buscarla en Siberia en la Rusia Asiática; los hijos que iban a suceder al padre en el laboreo del predio agrícola, ya no podían —por el servicio militar obligatorio—, permanecer en las colonias con seguridad... ello, nuevamente obligaba a tentar la búsqueda de algún lugar de radicación definitiva. Asimismo, el Gobierno ruso, un tanto alarmado por el crecimiento y la expansión alcanzada por nuestro pueblo, en ningún momento se opuso a la emigración de sus descendientes; incluso se les dio diez años para salir libremente del país. Como siguiente factor para emigrar citaremos: 3º POLÍTICA DE RUSIFICACIÓN. Nuestro pueblo se había mantenido totalmente ajeno al sistema de vida y de la cultura rusas hasta entonces; quebradas las promesas de Catalina II en lo relativo al servicio militar y reducidas las atribuciones administrativas y judiciales otorgadas a las colonias de los alemanes del Volga, no cabía duda que se avecinaba lo peor. La poca autonomía de la cual aún gozaban en sus aldeas fue completamente derogada en 1876; recién entonces se dieron cuenta de que vivían en un país hostil que los consideraba como "intrusos". Muy pocos conocían el idioma ruso y los vínculos con los nativos eran casi nulos: quien pensaba quedarse, debía comenzar de nuevo y someterse a dicho tren de asimilación a un pueblo que muy poco antes había salido del estado de servidumbre, con modos de vida tan distintos, era suficiente razón para buscar nuevos horizontes en la emigración. La juventud rusa había acunado un nuevo slogan —a imitación de los americanos—, "Rusia para los rusos" que ya indicaba claramente que en el futuro quedarían pocas opciones y se sabía que el nuevo zar comulgaba también con esas ideas; aún resumiremos otros motivos: 4º MOTIVOS MENORES. Ante un panorama tan incierto y difícil, se agregaron años de sequía y sin cosechas y ello aumentó la aflicción y desesperación de nuestros colonos al máximo; tan es así, que en 1871 toda la región sureña del Volga se vio afectada de una gran sequía, muy extraña por cierto, y otros años similares siguieron luego y la decepción se extendía cada vez con mayor fuerza. Citemos también el influjo negativo que siempre tuvo sobre nuestros antepasados la crudeza del invierno ruso. Finalmente, ante ese cúmulo de dificultades que se interponían en la vida habitual en Rusia, también surgió el temor de una eventual restricción de la libertad de culto, o de conciencia, o la imposición lisa y llana de la exigencia de adoptar la religión ortodoxa oficial de Rusia, como acaeció más o menos en la época, sobre las costas del Mar Báltico, en donde más de tres millones de católicos y protestantes fueron obligados a profesar la religión ortodoxa”. Nuevo continente Rumbo a América “Los alemanes del Volga que dejaban Rusia tenían decido emigrar al Brasil pero “Jakob Riffel cita en su libro el testimonio del Schulmeister Däning quien sorprendió un comentario del jefe de comedor del barco a otro tripulante. Cuando uno decía al otro, irónicamente, que en esta oportunidad parecía que "el hombre propone y el capitán dispone". Däning quiso rectificarle con el conocido "y Dios dispone". A lo que el personaje replicó: "Muy bien dicho, siempre hay un conductor supremo que os llevará al lugar correcto", todo esto expresado con un sospechoso tono que el Schulmeister recién interpretaría semanas después Sin advertir, por lo tanto, en qué lugar se encontraban ni mucho menos qué significado tendría este "desvío accidental" en su futuro, desembarcaron en el puerto de Buenos Aires entre el 5 y el 6 de enero de 1878. Con total desconcierto, comprobaron que no había por el momento ninguna posibilidad de ser trasladados al Brasil, excepto por cuenta propia”. Habiéndose reunido en la ciudad de Saratov mucho más de mil personas, procedentes de las distintas colonias situadas a orillas del Volga y apuradas por emigrar, el gobierno ruso puso a su disposición un tren que aparte de su coche postal y el de carga, llevaba doce vagones de pasajeros. Los viajeros fueron clasificados según las familias y según las colonias, con todos los elementos indispensables para afrontar cualquier eventualidad de un viaje de ocho días, rememora Matías Seitz. Y agrega que la mayoría, principalmente mujeres y niños, veían por primera vez en su vida un tren, razón por la cual quedaban admirados y a la vez temerosos de que pudiera descarrilar o producirse algún choque con otro tren que lo enfrentara. Una abuela, ante la posibilidad de ese peligro, exclamó: "¡Mejor nos hubiéramos quedado en nuestra querida Colonia!". "No hay que temer, replicó el señor Salzmann, porque la mano de Dios nos protege". Entre recuerdos del hogar abandonado, cantos y las oraciones acostumbradas, pasó la cargosa semana del trayecto. Todas las mañanas se levantaban a las siete y, después de la toilette, el sacristán señor Däning, de potente y agradable voz, tocaba un cencerro convocando a todos los pasajeros a la hora espiritual, la que consistía en entonar himnos, el rezo del Santo Rosario y otras prácticas de piedad. Al llegar a la estación de Orel, el tren se desvió hacia un costado para dejar libre el acceso porque, dadas las frecuentes guerras de Rusia con Turquía, esperábase la llegada de otros trenes con abundante material bélico. Oportuna advertencia En esa situación, el señor Salzmann dirigió un manifiesto a los jóvenes que formaban parte del pasaje. Les dijo: "A ustedes les esperaba en Rusia la misma suerte. Es mejor que la abandonemos cuanto antes". "Sí, señor, replicó uno, no queremos dejarnos fusilar por el Zar’". Otro de los presentes, un anciano, acotó: "Cuan ciertas son las palabras del Señor que dice: Buscad primero el Reino de los Cielos y lo demás se os dará por añadidura’’, y añadió: "Tengo temor de que los colonos que permanecen en Rusia y sobre todo aquéllos que se aprovecharon de nosotros, cuando tuvimos que vender nuestros enseres, sufran grandes contratiempos". Como si esto hubiera sido un anuncio profetizó, 40 años más tarde irrumpió el comunismo y exterminó a la mayoría de ellos. Los sobrevivientes fueron protegidos por Hitler, cuando invadió Rusia en la guerra, por ser alemanes, pero al ser vencida Alemania, los rusos se vengaron y aniquilaron a los que quedaron, por considerárseles alemanes y católicos. En la vieja patria Al séptimo día del viaje se produjo un comentario unánime: "La próxima estación es Eydtkunnen y estaremos en Alemania, la patria de nuestros antepasados, quienes hace 114 años se habían dirigido a Rusia. Ahora nos encontraremos con gentes que hablan nuestro idioma". Los jóvenes y las jóvenes saltaban de alegría. Las músicas más bellas, especialmente las clásicas polquitas alemanas, eran ejecutadas en acordeón (la verdulera) y acompañadas con el canto. El sacristán entonó con sus cantores el himno de acción de gracias "Grosser Goth, wir loben dich", o sea ’’’gran Dios te alabamos", himno llamado Te Deum, que se canta en nuestros templos en las fechas patrias. Mientras el tren entraba en la estación alemana se oyeron voces emocionadas: "Eydtkunnen, Eydtkunnen, Deutschland, Deutschland...". Dada la curiosidad que esta noticia había despertado en toda la nación germana, al arribo del primer contingente la estación se llenó de público, ansioso por presenciar las escenas del encuentro. Pronto quedaron llenas todas las dependencias, salas, galerías y otros lugares de espera de la citada estación. Inmediatamente se confundieron viajeros y espectadores, asaltando éstos a los primeros a preguntas, deseosos de saber las aventuras vividas en la lejanía de donde llegaban. Consejo sobre el nuevo destino Interrogados hacia dónde se dirigían, replicaron a una voz: "Vamos al Brasil". Entonces, de todos los labios oyeron que la opinión de sus interlocutores era muy distinta. Un señor trajeado elegantemente y que tenía gran conocimiento de Sud América por las agencias noticiosas con las que tenía permanente contacto, les manifestó: "Mejor harían en ir a la Argentina, porque si en Rusia ustedes se dedicaron a la agricultura, deben ir necesariamente a esa nación, que es también un país que se distingue por las condiciones de sus terrenos y el clima para producir cereales, especialmente el trigo, la principal preocupación que los mueve a realizar este viaje. Brasil no sirve para esas actividades, porque es más bien un país que produce porotos blancos y negros, de los cuales los mejores son los negros, es decir los porotos del café. Pero tampoco esto se produce en todo el país". La estada en este lugar duró apenas dos horas, que aprovecharon los viajeros para visitar diversos lugares de la ciudad, fronteriza de Alemania y Rusia, en que se hallaban. Mientras tanto, preparábase el trasbordo a otros vehículos que debían conducirlos a través de la capital de Alemania, Berlín, al más próximo puerto alemán, donde debían embarcarse hacia su futuro destino. Después de las dos horas de espera, en la estación se dio la orden tocando la campana: "¡A Berlín! ¡Todos arriba!". Al ponerse en marcha oyóse la voz atronadora de todos los presentes, que despedían a los viajeros diciendo; "¡Feliz viaje y mucha suerte en el nuevo mundo!". Este saludo fue agradecido con el agitar de manos y blancos pañuelos. En la travesía hubieran deseado contemplar muchas cosas de Alemania, tan caras a su corazón por la sangre que corría por sus venas, pero pronto sobrevino la noche con sus densas tinieblas y al día siguiente ya se encontraban en la ciudad mayor o sea la capital, Berlín. Allí, sin perder tiempo, tuvieron que trasbordar inmediatamente al tren ya preparado y listo para arrancar, el que debía conducirlos a Bremen, puerto más cercano y al cual arribaron al promediar el día siguiente”. Confabulación entre las compañías navieras alemanas Aquí es oportuno cerrar con el comentario de Olga Weyne, que en su libro “El último puerto”, revela que una vez en Bremen, los alemanes del Volga “retiraron los pasajes en la empresa Nord-Deutscher Lloyd Bremen”. Y que “allí hizo su aparición el primer indicio de que éste sería un viaje algo accidentado: se les fijaba como lugar de destino Buenos Aires y no Río de Janeiro. La empresa adujo que, por haber en esos momentos en Río una epidemia de fiebre amarilla, el puerto estaba cerrado pero que serían transportados al mismo desde Buenos aires, en un barco brasileño. El viaje marítimo fue realizado en dos vapores: el Salier, con 800 inmigrantes a bordo y el Montevideo con los restantes. Los historiadores consultados no coinciden en cuanto al número de pasajeros ni en lo que hace al nombre de los vapores pero Popp y Dening sugieren que la apreciación de Riffel, que acá se sigue, es la más acertada. El confuso cambio de destino originado en Bremen no es la única referencia a una supuesta "confabulación" existente entre las compañías navieras alemanas y los agentes argentinos de colonización, destinada a reorientar los contingentes hacia Buenos Aires. Jakob Riffel cita en su libro el testimonio del Schulmeister Däning quien sorprendió un comentario del jefe de comedor del barco a otro tripulante. Cuando uno decía al otro, irónicamente, que en esta oportunidad parecía que "el hombre propone y el capitán dispone", Däning quiso rectificarle con el conocido "y Dios dispone". A lo que el personaje replicó: "Muy bien dicho, siempre hay un conductor supremo que os llevara al lugar correcto", todo esto expresado con un sospechoso tono que el Schulmeister recién interpretaría semanas después Sin advertir, por lo tanto, en qué lugar se encontraban ni mucho menos qué significado tendría este "desvío accidental" en su futuro, desembarcaron en el puerto de Buenos Aires entre el 5 y el 6 de enero de 1878. Con total desconcierto, comprobaron que no había por el momento ninguna posibilidad de ser trasladados al Brasil, excepto por cuenta propia. Según los relatos tomados como fuentes, al hacer escala el vapor Montevideo en Río, subió al mismo el agente Andreas Basgall quien siguió con ellos hasta Buenos Aires. Parece que su intervención fue decisiva ya que cuando se produjeron algunos roces con las autoridades aduaneras argentinas su palabra persuasiva convenció al grupo para aceptar su nuevo e inesperado destino”. Por último, Jakob Riffel, que aparte de ser el historiador que redactó la historia de los alemanes del Volga mediante fuentes ya existentes y también conforme a sus propias investigaciones obtenidas de viajeros que aún vivían antes de 1928, sostiene, después de un exhaustivo análisis, que los primeros inmigrantes alemanes que se establecieron en la Provincia de Entre Ríos, llegaron al puerto de Buenos Aires en las fechas siguientes: el Salier, con 800 inmigrantes entre el 5 y el 6 de enero de 1878, y el Montevideo, con 175 inmigrantes a bordo, entre el 8 y el 9 de enero del mismo año; se estima que el número de este segundo contingente puede haber superado los doscientos. Este último barco, por haber ingresado a puertos brasileños, fue demorado unos días en razón de la fiebre amarilla producida en dicho país en esa época. Pero este numeroso grupo de alemanes del Volga no fue el primero en pisar suelo argentino, sino que el 24 de diciembre de 1877 habían llegado, procedentes del Estado do Paraná (Brasil), un reducido grupo de ocho familias y tres solteros que el 5 de enero de 1878 fundaron lo que hoy constituye la colonia madre de Hinojo, en las cercanías de Olavarría, provincia de Buenos Aires. Mientras tanto las restantes más de mil familias arribadas, como ya citamos, el 5 y 6 de enero de 1878 y entre el 8 y 9 del mismo mes, se dirigieron a la provincia de Entre Ríos, iniciando allí una enorme y próspera colonización, que con el correr de los años dejaría un saldo de varias aldeas y colonias fundadas. Nuevo país Se inicia la colonización alemana del Volga en la Argentina “El presidente, doctor Nicolás Avellaneda, había dispuesto medidas propiciando la colonización de las pampas vírgenes con agricultores europeos, aunque la región que circundaba a Buenos Aires hasta una profundidad de 200 Km. ya estaba ocupada por grandes terratenientes latifundistas cuyos antepasados se habían beneficiado con la famosa ley de Enfiteusis Rivadaviana de manera que las superficies disponibles en la realidad eran aduar de los indios. La ley 817 del 19 de octubre de 1876, llamada de Inmigración y Colonización, fue uno de los pilares económicos que permitió proyectar la industrialización del país por el acopio de divisas que generó. Recién en los años de la llegada de los alemanes del Volga, la Argentina comenzaba a satisfacer sus propias necesidades en lo relativo a producción agrícola. Eran tiempos en los cuales la Argentina se desprendía de la herencia colonial para transformarse en potencia productora y luego industrial; la economía nacional comenzaba a incorporar la tecnología europea y nuestro pueblo contribuyó en gran medida a ello. Así como había transformado la estepa del Volga en el granero de Rusia, se esperaba de él, el mismo milagro en las pampas argentinas”. Cuando el Poder Ejecutivo Nacional remitió al Congreso el proyecto de ley referido a la colonización alemana del Volga en la provincia de Buenos Aires, el 10 de octubre de 1877, hizo constar que los gastos habían sido calculados en más de 600 $ F por familia, de los cuales la administración central contribuiría con la tercera parte. Después de un tramite bastante acelerado, puesto que se tenía noticia del cercano arribo de las primeras familias, se dispuso la extensión a otorgar. Serían 16 leguas cuadradas en el partido de Olavarría y la tierra pública del Arroyo de Nievas, pero se reservaría una tercera parte para venderla a familias argentinas o de otras nacionalidades. Cada familia podía adquirir de uno a cuatro lotes a razón de 50 $ m/n la Ha, a pagar en un plazo de 10 años. Por el mismo tiempo, los colonos quedaban eximidos del pago de la contribución directa. Para facilitar la administración de la colonia (fundada el 5 de enero de 1878 con el nombre de Hinojo, al que los alemanes del Volga denominaron durante los primeros tiempos Kamenka, en recuerdo de la colonia volguense de origen), se dispuso el nombramiento de un Intendente, que sería el encargado de poner a los inmigrantes en posesión de sus lotes y de mantener el orden público y quien estaría bajo la dependencia de una la Comisión Directiva nombrada por el Poder Ejecutivo. Cuando los colonos llegaron a Hinojo ya contaban con casillas provisorias instaladas y, cumpliendo con lo prometido, el gobierno les cedió animales y un arado como así también medios para su manutención por un año. En cuanto a la tierra, ya estaba hecha la división en chacras de 40 Ha por unidad, correspondiéndole una a cada varón, sin discriminación de edad. Esto favorecía a las familias numerosas y algunas de las más prolíficas recibieron hasta ocho chacras. Es probable que esas ventajas iniciales tuvieran relación con las características de zona de frontera que aún revestía Olavarría en esos años. En el pequeño pueblo de Hinojo se conservan todavía algunos testimonios de esas primeras épocas, como por ejemplo un breve manuscrito que el Schulmeister José Gottfried encontró en la iglesia local. Se lee allí que: "Duros fueron los primeros tiempos, nos decían nuestros abuelos (...) primero el idioma (...) los pajonales (sic) no se divisaba más que unos metros y el poco tiempo transcurrido de la conquista de (sic) desierto siempre quedaban algunos indios los hombres (que) tenían que (ir) a sus chacras a trabajar. Con mejor sintaxis pero con datos parecidos, informa a su vez esta otra reseña: "Llegaron hasta un lugar llamado San Jacinto. Lo único que respondía a ese nombre eran los pajonales, donde los patriarcas permanecieron unos dos años, debiendo organizar continuamente guardias, armados con implementos antediluvianos para defenderse de los malones indios". De cualquier forma, los rastros de esta primera fundación prácticamente se han perdido. “A raíz de algunos conflictos suscitados con otro grupo de colonos, en este caso franceses establecidos en la zona acogida por la misma ley de colonización, los alemanes solicitaron y obtuvieron el permiso para trasladarse a un kilómetro de distancia”, escribe Olga Weyne. Mientras que el Mayor Capellán (RE) Matías Seitz documenta que: “En ese lugar habían acampado también unos franceses, que molestaban a los alemanes, exigiendo que encerraran sus animales, cosa imposible por no existir aún alambrados. El entusiasmo aumentó cada vez más y así se duplicaban las actividades de todo orden, teniendo también gran interés en la cría de aves de corral, gallinas, patos y sobre todo gansos, cuyas plumas eran aprovechadas por las señoras para confeccionar almohadas y frazadas, de buena protección contra los fríos del invierno. Los tranquilos pobladores tomaron una importante resolución, de acuerdo con el refrán que dice: "Te quedas a la izquierda, me voy a la derecha". Eso para eludir incidentes con los franceses. Un representante del grupo consultó con la administración, si él y las demás familias podían reunirse en una chacra distante unos mil metros del arroyo, para ubicar en ese lugar la colonia, todo en bien de la paz común, "porque no queremos tener cuestiones con los vecinos". Acordado este permiso, desmontaron todas las viviendas para trasladarlas, con los demás colonos, al nuevo destino, al cual llegaron pocos días después nuevos emigrantes del Volga en cantidad bastante apreciable. Así quedó fijado el lugar definitivo de la Colonia Hinojo, donde se encuentra en la actualidad. Como las familias estaban formadas por personas todavía jóvenes y los hijos eran numerosos, tanto los hombres como las mujeres, al principio, tuvieron que realizar tareas sumamente agobiadoras, no sólo en la casa sino también en el campo. Uno de los más jóvenes principiantes, el primer año, contra viento y marea pudo sembrar de cuatro a cinco hectáreas; el segundo año anduvo mejor y llegó a las 14 hectáreas. Después de fundarse la colonia de Hinojo, se desplazó otra corriente inmigratoria desde el Volga y unas veinte familias fundaron la colonia Nievas, llamada también Holtzen. Eran todas personas ordenadas y con espíritu laborioso las que se iniciaron en ese lugar. El cielo los favoreció y, obteniendo buenas cosechas en los años siguientes, pudieron acomodarse bien. La producción abundante de la hacienda sumó nuevos ingresos, que fortalecieron la economía que ya tomaba bases sólidas. Al bienestar espiritual contribuye una desahogada posición material. Estas circunstancias estimularon su progreso. Años más tarde se funda la colonia San Mguel. Los terrenos ocupados por estas tres colonias habían sido donados bastante tiempo atrás a un general del Ejército Argentino, en retribución por los patrióticos servicios prestados al país. Como eran tierras fiscales, no tuvieron lugar interferencias del gobierno. Dado el interés que tenía la comisión administrativa por las colonias, fueron cedidas a los alemanes del Volga. El susodicho militar recibió otro terreno de mayores dimensiones, donde aún habitaban los indios. San Miguel acusó un progreso rápido y muchos de sus ocupantes se volvieron personas adineradas, con una solvencia económica tal que les brindaba un bienestar completo. Algunas chacras tenían canteras, de donde se extraía cal. Hombres de fuerte posición se hicieron cargo de esa explotación, con la cual los colonos no sabían qué hacer. Esta zona se abastecía, entonces, de la cal de Azul, que, a la vez, la proporcionaba a media república. También se establecieron dos grandes fábricas de cemento, dotadas de los elementos más modernos existentes en la época, que produjeron la riqueza del lugar prosperando en una forma que nadie se había imaginado. Donde hay espíritu de lucha se superan todos los obstáculos que se interponen en las conquistas impulsadas por nobles ideales. Los colonos de San Miguel orientaron sus actividades hacia las dos ramas fundamentales del campo: agricultura y ganadería. Las chacras de las tres colonias contaban con pasto muy bueno para la hacienda. Ese fue un factor de peso para que algunos se consagraran con preferencia a lo último, por lo cual podía observarse chacras que contaban hasta con mil y dos mil cabezas entre vacunos, lanares y equinos. La colonia San Miguel suministró, con el correr de los años, numeroso personal humano para fundar más y más colonias, que fueron extendiendo su influencia en forma progresiva hacia otras latitudes de las provincias de Buenos Aires, Córdoba, La Pampa, el Chaco, etc. Hinojo fue la primera de las colonias, si bien su contingente no asumió el volumen del que se radicó en Entre Ríos, en cuanto a cantidad de las personas, pero con orientación uniforme para todos, resolución ya adoptada en el Volga, porque no daban asidero en sus proyectos colonizadores a los caprichos individuales. Hinojo fue así la cuna de esas colonias en la Argentina”, concluyen los historiadores Popp y Denning. Nuevo hogar La colonización alemana del Volga en Coronel Suárez “El 24 de septiembre de 1885 arriba al puerto de Buenos Aires el vapor “Strasburg”, de la compañía F. Miller, con un grupo de familias procedentes de aldeas de la colonización del bajo Volga, que se dirigen a Colonia Hinojo, Olavarría. Pero sólo permanecieron allí alrededor de un año y medio, pues ya no quedaban tierras disponibles para instalarse definitivamente. Ante esta dificultad, el párroco de Colonia Hinojo, Padre Luis Serbet, viajó al sur de la provincia de Buenos Aires para iniciar negociaciones con el Sr. Eduardo Casey, que poseía 300.000 hectáreas de campo virgen en un paraje denominado Sauce Corto. Logrado el acuerdo estas familias parten de la localidad costeando el recientemente inaugurado riel del Ferrocarril del Sud, rumbo a la Estación Sauce Corto, donde tras algunos conflictos fundan semanas después tres localidades”. Introducción “Eduardo Casey había formado una compañía con aporte de capitales ingleses, adquiriendo en 1882 las 100 leguas de la concesión del coronel Ángel Plaza Montero, en Curunalán, cerca de Bahía Blanca”, refiere Olga Weyne en su libro “El último puerto”. En su en su tesis de posgrado publicada en 1987, la investigadora sostiene que “como sus socios consideraron imposibles las condiciones de poblamiento y cultivo del lugar, decidió encararlas por cuenta propia. Así, formó la Curumalán S. A., cuya mayoría accionaria le pertenecía y organizó un establecimiento para perfeccionar ganado caballar, al mismo tiempo, pensó instalar en la zona 60 familias de agricultores europeos”. A fines de 1884, por su iniciativa, llegaron hasta Bahía Blanca los rieles del ferrocarril del Sud y tiempo antes había sido construida la estación de Coronel Suárez, que estaba a punto de ser fundada como cabeza de partido. Era, en consecuencia, un lugar aún prácticamente deshabitado, ocupado sólo por alguna que otra ranchería. Los alemanes del Volga El padre Servett decide viajar al sur con una comisión de vecinos de Hinojo. Después de conversaciones con representantes de la compañía, se les pidió considerar una interesante propuesta: aceptar las subdivisiones de urbanización ya trazadas para la ciudad a la vera del ferrocarril en la misma planta urbana de la actual Coronel Suárez. Lógicamente, ninguna de estas dos propuestas correspondía a su esquema tradicional de poblamiento. En este caso, agravaba la situación el hecho de que la ciudad estaría construida a la vera del ferrocarril, lo que significaba una proximidad "peligrosa" con las novedades modernas que llegarían de las otras ciudades. Sencillamente, rechazaron la oferta ante el asombro y total perplejidad de los administradores de la Curumalán. Dada la situación, debieron ser instaladas en carpas en la estación misma, hasta que el gobierno provincial resolviese el problema. Después de 45 días llegó la respuesta: se los autorizaba para crear colonias granjeras pero no pueblos, lo que implicaba que no podía haber cuadras urbanizadas. En los hechos, las autoridades terminaron por aceptar el diseño impuesto a las plantas de las aldeas por los futuros pobladores, interpretando que se ajustaban a la ley. Todavía en el presente subsiste su diseño: una calle céntrica de 50 m de ancho, dividiendo los lotes enfrentados de los colonos. Los que llegaron posteriormente o los descendientes, fueron poco a poco instalándose en calles paralelas. Pueblo Santa Trinidad Se estima que los fundadores de Pueblo Santa Trinidad arribaron al lugar en septiembre de 1886, seis meses antes que los de los otros dos pueblos, porque venían acompañando al padre Servett en el reconocimiento de los campos y a mantener contactos con los administradores de la Curumalán. Solamente permanecieron aquí lo suficiente para sembrar algunas hectáreas de maíz. Culminado el trabajo retornaron a Hinojo para levantar la cosecha de trigo, regresando en 1887, con la expedición definitiva que fundaría los tres pueblos en el distrito de Coronel Suárez. Pueblo San José El 13 de abril de 1887 se fundó Pueblo San José y los colonos comienzan a consagrarse al trabajo diario de establecer una comunidad con un desarrollo cultural y social de primer nivel. Construyen una iglesia que por su belleza y magnitud es conocida como “un monumento a la fe” y ha adquirido renombre nacional. Esta obra de arte es considerada como una de las iglesias más hermosas de la provincia de Buenos Aires. Pueblo Santa María Pueblo Santa María fue fundado el 11 de Mayo de 1887. La memoria colectiva rememora que los primeros colonos habían mensurado solares ubicados en cercanías del arroyo Sauce Corto y que una creciente del cauce de agua les demostró que se encontraban en una zona proclive a inundaciones periódicas. Por lo que decidieron trasladarse unos quinientos metros más allá del lugar, sobre una loma de piedra. Allí edificaron sus casitas de adobe y erigieron una nueva localidad. Dios, Patria, Hogar Los primeros años en los pueblos alemanes Los comienzos de Pueblo Santa Trinidad, San José y Santa María fueron duros. La agricultura –baluarte del desarrollo de los alemanes del Volga- resultó decepcionante durante varios años. Las cinco primeras cosechas se las llevó la helada. Como los colonos estaban empeñados en lograr a toda costa trigo, la compañía Curumalán les siguió acordando nuevos créditos para evitar que cundiera el desaliento. Con tesón y esfuerzo consiguieron doblegar tanto fracaso. A medida que fueron interiorizándose de las características del terreno, los resultados mejoraron. En pocos años las cosechas del sur bonaerense fueron altamente satisfactorias. Las colonias comienzan a surgir Fue delicia ver cómo poco a poco aparecieron las huertas caseras; la tierra era tan fértil que bastaba tirar la semilla para obtener las mejores hortalizas. Poco tiempo después de su llegada muchos colonos cultivaban quintas frutales y comían sus propias verduras. Muchas mujeres trabajaban en estos menesteres de la quinta y sus productos cobraron fama. ¿Quién no recuerda la quinta de la abuela, sus sandías, sus melones, sus ajos, sus tomates? ¿Quién no la veía, en los días de verano, carpiendo y regando su quinta? Los dramas económicos vinieron después; hubo cosechas con malos resultados; deudas a los comerciantes; orugas y langostas; sequías y excesos de lluvia. La cría de la gallina fue una actividad familiar que ayudó a vivir en los primeros tiempos, efectuada en forma sencilla, sin gallineros y sin conocimientos. Las madres de la colonia se ingeniaron y miles de pollitos correteaban alrededor de la casa; nunca faltó una gallina para el puchero. Los golpes fueron duros en los primeros años, pero la fe de la mayoría nunca flaqueó y aquel génesis forjó almas fuertes y llenas de fe en el trabajo. Varios factores contribuyeron a la afirmación de los iniciados sobre la tierra: el ilimitado valor de los pioneros ante los desastres, su fuerza de voluntad, que renacía con cada golpe, en un anhelo místico de conquistar para siempre las campiñas de la "tierra soñada"(... ) Lentamente fue corriendo el tiempo: 1887, 1888, 1889, 1890... Mil pequeños detalles amargaban la vida de los pioneros. El ambiente nuevo y las costumbres de la fauna silvestre, desconocidas para ellos, creaban las consiguientes inquietudes para grandes y pequeños. Un hecho tan simple como la desaparición de los huevos en el gallinero, de los pollitos en el nido o de algunas tiras de cuero sobado, ponían una nota de temor en el ambiente, porque nadie sabía quienes eran los culpables. En los días de ardiente calor había que estar espiando a los lagartos y perseguirlos a latigazos; buscar a las comadrejas ocultas en los huecos de los árboles o en los mismos nidos de las gallinas. Un día aprendieron a reconocer a los zorrinos y a cuidarse de sus emanaciones... y los zorros no sólo se comían las coyundas de los yugos, sino que una noche cualquiera arrasaban con todo el gallinero, sin que se sintiera nada bajo el silencio de un cielo estrellado. Muchas veces se perdían los caballos de trabajo o algún matrero robaba los caballos en el momento más urgente de la siembra, sin que pudieran ser encontrados... y la desesperación cundía. No sabiendo distinguir las serpientes venenosas de las culebras inofensivas, las confundían a menudo, con casos lamentables de angustia inútil, cuando a veces aparecía uno de esos ofidios enroscado en la cocina o debajo de la cama. Después la soledad, que roe la vida del campesino, la nostalgia de la lejana familia, los recuerdos del pasado. A pesar de la disposición que se dio a la colonia los vecinos en sus campos se hallaban alejados y cada uno debía resolver por sí mismo, en un momento dado, sus problemas del día. Mi pueblo... Colonia Santa Maria Fue fundada el 11 de mayo de 1887 por 24 familias de alemanes del Volga. En sus comienzos, los colonos la llamaban Kamenka en referencia a la aldea alemana de la colonización germana del Volga, de la cual provenían sus primeros moradores. Aqui van imagenes... algunas imagenes actuales!! el club del pueblo... http://www.clubelprogreso.com.ar espero que les guste mi pequeño aporte a taringa! Fuente: en parte yo... estudiande de licenciatura en historia... Igualmente el mayor aporte a este post se debe a la investigacion del investigador Julio Cesar Melchior... su blog: http://hilandorecuerdos.blogia.com/ espero sus comentarios... me costo trabajo hacer el post... gracias!!!
Colonia Santa Maria (mi pueblo) [Parte 2]
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