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Orgulloso de ser argentino

Info7/7/2010
En siete meses, nuestra República Argentina no ha variado un ápice su índice de país sumido en la sospecha. Esta situación, que viene de antes, tampoco altera ni un ápice, mi innato orgullo de ser argentino. Los de afuera desconfían y muchos de los de adentro parecen no quererse ni a sí mismos. Tomo este período a partir de la fecha de una carta que envié a LA NACION y fue publicada el 8 de marzo. En ella me ocupé del estado de desconfianza en que nos han colocado gobernantes y críticos de países con los que nuestro Estado tiene vinculación. Aprovecho una nota de Mariano Grondona publicada por LA NACION cinco días antes de la mía y que comienza con una cita de Ortega y Gasset, referida a un momento en el cual España pasaba por graves tribulaciones: "No sabemos lo que nos pasa. Y esto es, precisamente, lo que nos pasa".
Grondona menciona diez veces la palabra confianza y dos veces desconfianza . El final es realmente un llamado a reaccionar y ojalá lo hagamos a tiempo. Dice el autor: "Si la desconfianza es nuestro enemigo, ¿cómo hacemos para vencerla?". Es ahí donde intercalo la sextina de José Hernández, en su Martín Fierro : "Para vencer un peligro, / salvar de cualquier abismo, / por esperencia lo afirmo: / más que el sable y que la lanza / suele servir la confianza / que el hombre tiene en sí mismo". Agrego en mi carta: "Aquí está la clave de todo. Estamos perdiendo la confianza en nosotros mismos. Llegamos incluso a calificarnos con groseros epítetos. Retomemos la confianza. Y todo lo demás se nos dará por añadidura".
El nuevo deporte mundial
Nuevamente es Grondona el que me da letra para consolidar mis definiciones sobre la situación argentina, la siempre tardía y floja reacción argentina y la atroz falta de confianza real que cubre con sombrío manto el presente y -¡ni digamos!- el futuro argentino.En el programa Hora clave del 29 de septiembre, la producción presentó un corto que, si no tuviera una motivación más que desagradable, merecería el Martín Fierro de Oro del presente año. La escena se desarrolla a bordo de un avión. En riguroso orden e idéntica actitud, una heterogénea fila de personas enfrenta a una azafata y, sin más ni más, una tras otra, cada una la abofetea y trompea. La pobre no hace más que recibir los puñetazos y cachetadas, caer sentada, incorporarse a medias y volver a "cobrar". Es la parodia perfecta de la República Argentina en la situación actual. Cobramos por todo, de todos y a mansalva. De los argentinos, pertenezcan o no al Estado, dicen lo que les viene a la boca: somos ladrones, insignificantes, tramposos, dilapidadores, mentirosos, sinvergüenzas, atolondrados, sin remedio. Entre la Argentina, caída a la inferioridad de "republiqueta", y el Congo o Malasia (con mi respeto por estas naciones), se confía más en estas últimas que en la otrora Reina del Plata. Dos de nuestros vecinos y ¿socios? del Mercosur miran para otro lado. Cualquiera se nos anima. Nos juzgan tanto los de izquierda como los de derecha. No hacen cuestión de raza, religión o cuentas pendientes de favores dados cuando éramos pudientes.
Entre sus aciertos, Mariano Grondona muestra uno de los más ingeniosos: pegarle a la Argentina es el nuevo deporte mundial. La parodia de la azafata es una teatralización a la medida. Pegan como por mandato divino. Además, se muestran asqueados de sólo tener que tratarnos. Nos han tomado como la pelota en una cancha, para ser pateados. Todo gira alrededor del dinero y la usuraria deuda generada. Nos ignoran como nación histórica. Somos un caso perdido para estos seudoartífices de la excelencia financiera.
Un hombre de bien, un auténtico estadista, el ex presidente del Uruguay Julio María Sanguinetti, saca la cara por la Argentina en un artículo publicado en el diario español El País y que, previa su autorización, reproduce LA NACION del 30 de septiembre. Muy lejos de su compatriota el presidente Jorge Batlle, que nos trató de ladrones para después lagrimear en cámara ante un impasible Eduardo Duhalde, Sanguinetti no duda de que la situación de nuestro país es calamitosa, pero tiene la hombría de bien de recordar el pasado histórico argentino y hechos de dignidad, de claro humanismo, triunfos netos en disciplinas relevantes. Así como son reales las noticias sobre corrupción, también lo es que un buque de la Armada, con modestos marineros, penetró en los hielos antárticos para salvar a otro buque extranjero y lo logró. Es justo en elogios y muestra los valores de integridad moral y de capacidad intelectual que nos colman de orgullo, de aliento, de confianza en nosotros mismos.
"La Argentina todavía" titula su escrito el noble uruguayo. El simpático grito popular de "¡Vamos, Argentina, todavía!", exclamado cuando nuestro equipo va perdiendo por goleada en los últimos minutos del partido, tiene aquí el valor del recuerdo y de la solidaria hermandad. Otro artículo de LA NACION, esta vez de un economista argentino, Alfonso Prat-Gay, también insufla aire y oxigena el ánimo de quienes seguimos en la fe con contenido. Uno de los valores de este análisis exhaustivo, aunque prudente y orientador, es su declaración final: "El mundo necesita cuanto antes de un nuevo FMI [...]. Para que cuando venga la próxima crisis no paguen una vez más los justos e indefensos por los pecadores". El título de su nota de opinión es acertado: "La Argentina, víctima inocente de un escarmiento gratuito".
La confianza, todavía
Siempre en el marco de la honestidad en el trato de los compromisos contraídos y por contraer, los argentinos debemos actuar de contragolpe ante los agresivos preopinantes. Nuestro pasado es honroso. Y el presente, penoso y todo, no debe ser manoseado a destajo. El apresto es la respuesta certera. No caben indiferencias. Tenemos mucho para responderles a los olvidadizos de historias tremendas, borrascosas. El Norte americano no puede ufanarse de la historia de esclavitud y la discriminación de los negros, de Corea, de Vietnam, de Afganistán, de la Guerra del Golfo -en la que nos anotamos con uno o dos barquitos-, de la guerra (o matanza) programada que tiene tentada contra Irak con mes, día y hora de comienzo, de los escándalos financieros de fabulosos empresas que dejan el tendal de estafados. De Europa también nos llegan palos: de alemanes, que olvidan el Holocausto judío en la Segunda Guerra Mundial y el drama hitleriano; de España, cuando sus apuros eran tales que se esperaban en los puertos los barcos argentinos repletos de trigo, de alimento; de Gran Bretaña, con el estigma antiguo de la Guerra de los Boers, de sus colonias virtualmente esclavizadas, de su tradición de piratería en los mares del mundo. Hay de todo en la viña del Señor.
Debemos desechar la esperanza vana (esperar es una tendencia a la debilidad mortecina) e inculcarnos confianza en nosotros mismos. No será menester apoyarnos en tumbas gloriosas, como con frases de otra época pedía un idealista patricio argentino, sino hacer espaldas en el coraje sensato y dar respuestas vitales. Nada más. Confianza, otra vez. El sable y la lanza componen un símbolo clásico, no la incitación a derramar sangre. No lo olvidemos.

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