Los experimentos más extraños (y crueles) de la historia de la
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Alex Boese recoge en su libro ‘Elephants on Acid and Other Bizarre Experiments’ los experimentos científicos más bizarros y extravagantes de la historia de la ciencia, algo que comenzó a realizar cuando estudiaba historia de la ciencia en la universidad, labor que comenzó a publicar en la revista New Scientist antes de pasar al libro.
El que tiene el honor de formar parte del título también fue el primero que difundió en la publicación científica. En 1962, el director del zoológico de Lincoln Park, permitió que le inyectaran una jeringa llena de ácido lisérgico (LSD) al elefante Tusko, que murió una hora más tarde. Lo que pretendía comprobar usando una dosis superior 3000 veces a la humana era si podían inducir al estado sexual que suelen tener los paquidermos una vez al año (“musth”), resultando un fracaso.
Los experimentos con animales no se quedan ahí. El soviético Vladimir Demikhov tuvo la “brillante idea” de crear en 1954 un perro de dos cabezas, uniendo la cabeza de un cachorro a un pastor alemán. No contento con el fracaso de su experimento inicial el cirujano lo repitió hasta una veintena de ocasiones. La bicefalia no triunfó en ninguno de los casos, ya que sus criaturas no duraron más de un mes (puedes ver el video en Youtube). Otro ruso, Sergei Brukhonenko, había intentado crear “cabezas de perro vivientes” tres décadas antes, con un aparato que permitía que durante una hora la cabeza separada del tronco del animal “sobreviviera” y reaccionara ante estímulos.
Y, para llegar al grado de crueldad máxima, Boese nos relata la “investigación” del deseo sexual de los pavos. Los investigadores de la Universidad de Pennsylvania Martin Schein y Edgar Hale decidieron, en los años sesenta, comprobar cuál era el mínimo estímulo sexual que precisaban los pavos. Aunque no se sabe si es más terrible el experimento que la conclusión: solamente necesitaban la cabeza de una hembra clavada en un palo (casi no hace el apunte de que estos científicos fueron mutilando al animal hasta hallar la conclusión).
Un español también tiene el honor de realizar un experimento bizarro con animales. José Delgado pretendió controlar a los toros bravos con un control remoto, en un experimento supervisado por la Universidad de Yale y desarrollado en Córdoba en 1963. Fue un pionero en investigar la estimulación electrónica del cerebro con la implantación de un chip en el cerebro para “provocarle reacciones básicas”, según el libro de Boese. Delgado se plantó delante de un toro de lidia con su aparato y el animal se detuvo y no le embistió.
Experimentos con humanos
El más famoso de todos fue recogido por la película ‘El Experimento’ (2001), que se inspiró en la intención de Philip Zimbardo de estudiar las estructuras de poder del sistema de prisiones, para comprobar por qué eran lugares tan violentos. Utilizó dos grupos de voluntarios y los dividió en dos grupos, funcionarios de prisiones y prisioneros: en pocos días los vigilantes habían desarrollado castigos para unos reclusos que pronto empezaron a amotinarse. Hasta el propio científico se adentró en su propia paranoia y avisó a la policía para evitar posibles fugas. Solamente querían continuar los carceleros en la ficticia prisión.
En el libro de Boese hay experimentos más desagradables, entre los que destacan las experiencias con la aplicación de electricidad en los cadáveres humanos a finales del siglo XVIII (algo que Mary Shelley inmortalizó en ‘Frankenstein’). A principios del siglo XIX el doctor Stubbins Ffirth investigó la fiebre amarilla utilizando el vómito negro característico de la manera más escatológica posible: en su propio cuerpo. Luego se supo que se transmite por picaduras de mosquito. No obstante, uno de los experimentos más estrambóticos es el del psicólogo Winthrop Kellogg, que quiso criar a un mono como si fuera un bebé, utilizando a su propio hijo, educándolos a la par. Tras un año, el resultado fue inverso: el niño acabó utilizando los mismos sonidos que el mono para comunicarse.
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