Ferreyra y Cabezas
El féretro del militante Mariano Ferreyra, cubierto por una bandera del Partido Obrero, dentro de la bóveda familiar del cementerio de Villa Domínico.
Pocas veces una fotografía tiene el impacto iconográfico de la del féretro del militante del PO, Mariano Ferreyra, cubierto por una bandera roja donde se lee OBRERO y a su vez recubierta de flores, dentro de la bóveda familiar del cementerio de Villa Domínico en el Conurbano bonaerense.
Todas las escenas del entierro del viernes, con los centenares de militantes del Partido Obrero, en fila como escoltas, con sus chalecos rojos y una flor en la mano, tuvieron un dramatismo pocas veces visto en un funeral con significados políticos,
Quizás fue, en algunos aspectos, comparable al de José Luis Cabezas en 1997, de cuyo asesinato Duhalde entonces dijo “me tiraron un muerto”, lo que volvió a repetir con Kosteki y Santillán y ahora, sin las responsabilidades de ser gobernador ni presidente, trató de repetir Moyano con el de Ferreyra para desviar la atención de su propia responsabilidad y la del Gobierno.
El paralelismo entre Ferreyra y Cabezas, tan arbitrario como cualquier comparación, tiene algunas coincidencias que justifican la remembranza. Ferreyra y Cabezas comparten el mismo cementerio de Villa Domínico, sus compañeros se distinguían en el entierro porque llevaban chalecos –de militantes en un caso, de fotógrafos en otro– y por portar flores o cámaras como un mensaje de pacífica tenacidad y reafirmación de su vocación puesta a prueba.
El triunfo de la patota. Desde un punto de vista político el asesinato de Ferreyra le hace pagar un alto costo en imagen al sindicalismo arcaico. Pero desde la perspectiva fáctica de quienes utilizan el terror como herramienta de dominación, la situación puede ser bien diferente.
Ya surgen versiones sobre familiares y amigos de Ferreyra que se preguntan si no hubo imprevisión en la conducción del PO al enviar a militantes indefensos a enfrentar a patotas profesionales. En la próxima manifestación en apoyo de alguna causa donde puedan enfrentarse con alguna organización que pueda contratar los servicios de patotas, ¿irán mujeres y estudiantes del PO como Elsa Rodríguez de 56 años, hoy en terapia intensiva por la balazo recibido, y como Mariano Ferreyra?
Salvando las distancias, los narcos que asesinan comisarios, jueces y periodistas en México o Colombia saben que con esas acciones aumentan el repudio de la sociedad pero, en igual proporción, también la inhibición a actuar de muchos colegas de los asesinados. El método se basa en matar a algunos para que miles se atemoricen.
Cuando asesinaron a Cabezas no pocos periodistas entraron en estado de pánico y pasaron a autocensurarse. A los compañeros de las víctimas, sus familiares les exigirán, comprensiblemente, que dejen esa actividad porque no quieren vivir con la ansiedad de que les pueda suceder algo.
Los asesinos son brutales pero no necesariamente deciden en contra de sus intereses. El miedo es el arma mas económica.
El féretro del militante Mariano Ferreyra, cubierto por una bandera del Partido Obrero, dentro de la bóveda familiar del cementerio de Villa Domínico.
Pocas veces una fotografía tiene el impacto iconográfico de la del féretro del militante del PO, Mariano Ferreyra, cubierto por una bandera roja donde se lee OBRERO y a su vez recubierta de flores, dentro de la bóveda familiar del cementerio de Villa Domínico en el Conurbano bonaerense.
Todas las escenas del entierro del viernes, con los centenares de militantes del Partido Obrero, en fila como escoltas, con sus chalecos rojos y una flor en la mano, tuvieron un dramatismo pocas veces visto en un funeral con significados políticos,
Quizás fue, en algunos aspectos, comparable al de José Luis Cabezas en 1997, de cuyo asesinato Duhalde entonces dijo “me tiraron un muerto”, lo que volvió a repetir con Kosteki y Santillán y ahora, sin las responsabilidades de ser gobernador ni presidente, trató de repetir Moyano con el de Ferreyra para desviar la atención de su propia responsabilidad y la del Gobierno.
El paralelismo entre Ferreyra y Cabezas, tan arbitrario como cualquier comparación, tiene algunas coincidencias que justifican la remembranza. Ferreyra y Cabezas comparten el mismo cementerio de Villa Domínico, sus compañeros se distinguían en el entierro porque llevaban chalecos –de militantes en un caso, de fotógrafos en otro– y por portar flores o cámaras como un mensaje de pacífica tenacidad y reafirmación de su vocación puesta a prueba.
El triunfo de la patota. Desde un punto de vista político el asesinato de Ferreyra le hace pagar un alto costo en imagen al sindicalismo arcaico. Pero desde la perspectiva fáctica de quienes utilizan el terror como herramienta de dominación, la situación puede ser bien diferente.
Ya surgen versiones sobre familiares y amigos de Ferreyra que se preguntan si no hubo imprevisión en la conducción del PO al enviar a militantes indefensos a enfrentar a patotas profesionales. En la próxima manifestación en apoyo de alguna causa donde puedan enfrentarse con alguna organización que pueda contratar los servicios de patotas, ¿irán mujeres y estudiantes del PO como Elsa Rodríguez de 56 años, hoy en terapia intensiva por la balazo recibido, y como Mariano Ferreyra?
Salvando las distancias, los narcos que asesinan comisarios, jueces y periodistas en México o Colombia saben que con esas acciones aumentan el repudio de la sociedad pero, en igual proporción, también la inhibición a actuar de muchos colegas de los asesinados. El método se basa en matar a algunos para que miles se atemoricen.
Cuando asesinaron a Cabezas no pocos periodistas entraron en estado de pánico y pasaron a autocensurarse. A los compañeros de las víctimas, sus familiares les exigirán, comprensiblemente, que dejen esa actividad porque no quieren vivir con la ansiedad de que les pueda suceder algo.
Los asesinos son brutales pero no necesariamente deciden en contra de sus intereses. El miedo es el arma mas económica.
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