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La historia relatada por Lidia Papaleo (Papel Prensa)

Info8/25/2010

Lidia Elba Papaleo es la viuda del banquero argentino David Graiver, dueño de la compañía Papel Prensa hasta su muerte en Chilpancingo (México) el 7 de agosto de 1976. Tras el fallecimiento de su esposo, retorna a Argentina el 16 de septiembre de 1976, durante el gobierno de facto de la dictadura cívico-militar autodenominada Proceso de Reorganización Nacional, junto a su hija de entonces veintidos meses de edad.

Tanto antes de su llegada al país como despupes de producida la misma, recibió amenazas de muerte hacia ella y su hija en caso de que no vendiera Papel Prensa. Luego de un tiempo fue citada por el presidente de Papel Prensa, Pedro Martínez Segovia, quien dijo ir en representación del ministro de Economía José Alfredo Martínez de Hoz y le comunicó que debía decidirse a firmar la cesión de las acciones de la compañía a un empresario argentino no judío, por imposición del ministerio. Considerando la situación en que se encontraba el país creyó en la autenticidad de las amenazas que había recibido y concurrió junto a los integrantes de la familia Graiver a una reunión nocturna en las oficinas del diario La Nación, el día 2 de noviembre de 1976, en la que fueron distribuidos separadamente. Allí el representante del diario Clarín, Héctor Magnetto, le dijo:

Firme o le costará la vida de su hija y la suya.



En esa reunión se firmó un boleto de venta que Papaleo no pudo siquiera leer. Posteriormente, el asesor de menores en la sucesión de David Graiver, objetó la venta por considerar que el precio era bajo, por lo que el juez ordenó una tasación a cargo del Banco Nacional de Desarrollo, que finalmente confirmó que el precio era por demás exiguo. Debido a que se trataba también de bienes pertenecientes a su hija menor de edad; Papaleo, como administradora del sucesorio, debía firmar a su vez la autorización del expediente. Fue detenida desaparecida el 14 de marzo de 1977.

En 2010, Papaleo se presentó ante la asamblea de Papel Prensa y declaró:

Fui forzada a vender todo. No hubo sugerencias, fue “firmás o te mato”. (...) Yo desaparecí y todo lo que pasó fue estando desaparecida. También firmé en La Plata estando desaparecida. (...) Desde el departamento de Policía me llevaban a declarar envuelta en una manta gris, porque estaba totalmente quemada, perdí mis pechos, mi abdomen y también mis genitales durante la tortura y me operaron en la cárcel de un tumor cerebral por los golpes que recibí. Al salir de la cárcel seguí viviendo todo esto, me siguieron amenazando, tuve que intervenir el teléfono y la situación siguió, siguió y siguió.




Cuando le preguntaron si había vendido la compañía antes o después de haber sido detenida sostuvo:

Yo vendí antes y durante. Seguí saliendo. En la cárcel ya estaba legal, me sacaban y me traían desaparecida para firmar. (...) En una oportunidad fui a una casa donde había dejado las acciones de La Opinión –yo tenía todas las acciones de La Opinión–. Fui a ese lugar con un señor que era mi torturador –si bien eran varios y Darío Rojo que era uno de ellos ya murió– y estaban presentes Etchecolatz y Camps. El otro que estaba presente, que no era policía, se llama Cozzani y era el encargado de torturarnos. A mi lado murió mucha gente, incluso niños, porque traían a los padres y si no hablaban, mataban a sus niños. También violaban a todo hombre que entraba –que supuestamente era homosexual–; me preguntaban a mí, que en algunos casos sabía que eran homosexuales pero decía que no, y los violaban hasta matarlos. (...) Los tumores que me sacaron eran coágulos que se desprendieron del cerebro a raíz de los golpes. Mi nombre de desaparecida era “La impura”, porque me había acostado con un judío.



Meses despúes, con motivo de una investigación sobre la venta de Papel Prensa, Papaleo sostuvo:

Durante mi desaparición con detención fui objeto de torturas que me provocaron graves quemaduras en mis genitales, abdomen y pechos, y los golpes recibidos provocaron un tumor cerebral, el cual se me operó en la cárcel. Todo el horror que fue mi vida después de mi secuestro es indescriptible en la serie de perversiones, vejaciones y tormentos a la que fui sometida, no obstante deseo concluir con la presente reiterando que prefiero ver los ojos y la cara de mis torturadores, antes que ver los ojos de Magnetto en el momento en que me amenazaba para que firmara.



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El colmo que todavia existen personas que defienden a este grupo
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