e l 19 de abril de 2009 –ni un día antes ni un día después– el futuro se hizo chiquito. Aquel campo temporal que se mostraba infinito y era cultivado por la ciencia ficción –el folclore del siglo XX–, intuido por profetas y olfateado por publicistas, se compactó como una gran prensa tritura un auto hasta convertirlo en chatarra prensada. James Graham Ballard, uno de sus inventores, había muerto. Y con su desaparición, se confirmaba una tendencia que venía tomando fuerza desde que los relojes pegaron el gran salto de 1999 a 2000.
“Así como el pasado mismo, en un plano social y psicológico, fue una víctima de Hiroshima y la era nuclear –escribió JGB en 1973 en el prólogo de su novela Crash–, el futuro está dejando de existir, devorado por un presente insaciable. Hemos anexado el mañana al hoy, lo hemos reducido a una mera alternativa entre otras que nos ofrecen ahora. Las opciones proliferan a nuestro alrededor. Vivimos en un mundo casi infantil donde todo deseo, cualquier posibilidad, trátese de estilos de vida, viajes, identidades sexuales, puede ser satisfecho en seguida”.
El futuro lejano soñado por Cyrano de Bergerac, Mary Shelley, Jules Verne, Mark Twain, H. G. Wells y demás visionarios que lo intuían a años luz de distancia se volvió cercano, como si estuviera a la vuelta a la esquina, como si ya lo hubiésemos superado.
Decir 2010 –como 2001– es tan Kubrick, tan Arthur C. Clarke. Como si la vida actual fuera una película de ciencia ficción. Con una salvedad: los autos no vuelan (salvo cuando se estrellan a altísimas velocidades), las prótesis robóticas se encuentran por ahora en una etapa embrionaria, las agencias de turismo no ofrecen en sus folletos fines de semana en Marte, no hay sexo con robots y las computadoras no tienen la personalidad malvada de Hal 9000, por el momento.
Y aun así, pese a ese futuro que parece que llegó tan pronto (como advertía JGB), es imposible no verse inundado por la angustia, la sensación de haber sido defraudados por un mañana tantas veces prometido que no terminó de aterrizar.
Hace un mes que llegó 2010 y ya hay quienes reclaman que les devuelvan la plata de la entrada.
PATEAR LA PELOTA BIEN LEJOS. Hay algo que no cierra. Es una sensación de incompletud que se acrecienta como un pozo sin fondo al repasar los pronósticos tantas veces recetados para estas épocas.
“En el año 2000, el transporte diario desde los suburbios a la ciudad para ir a trabajar requerirá sólo unos minutos y costará un centavo –se podía leer en el número de diciembre de 1900 de la revista Ladies’ Home Journal–. Los automóviles serán más baratos de lo que ahora vale un caballo. No habrá mosquitos ni moscas. Las letras C, X y Q desaparecerán. Habrá frutillas tan grandes como manzanas. Ratas y ratones habrán sido exterminados. Y no quedarán animales salvajes excepto en los zoológicos”.
Como pocas publicaciones, este mensuario femenino y norteamericano tiró la pelota bien lejos e imaginó una realidad acorde a los intereses y las entrevistas realizadas por el autor de la nota, un tal John Elfreth Watkins, Jr., autor de novelas de misterio y detectives que no vivió lo suficiente para aplaudir sus aciertos y arrepentirse de sus equivocaciones.
“Estas profecías parecerán extrañas, casi imposibles –confiesa Watkins en su artículo “Qué ocurrirá en los próximos cien años”–. Sin embargo, provienen de los hombres más inteligentes de nuestras instituciones a los que les pedí que me pronosticaran lo que ellos piensan que dentro de un siglo, en 2001, ocurrirá en cada uno de sus campos”.
Por ejemplo, Watkins transcribió: “En el futuro, los chicos pobres podrán viajar al lugar del mundo que deseen. Se harán crecer vegetales con electricidad y la ciudades serán silenciosas”.
Señor Watkins: usted estaba equivocado.
LOS PRONÓSTICOS DE AYER. Tal vez sea el karma de los futurólogos, aquellos personajes que por nada del mundo quieren que se los confunda con profetas ni que les mencionen a Nostradamus. En sus palabras, ellos son pronosticadores, individuos sin pasado ni presente que tienen la cabeza únicamente en la semana que viene, la década que viene, el siglo que viene.
Como los astrólogos que no se toman el esfuerzo de chequear si la pegaron o no, estos hombres y mujeres –como Alvin Toffler, Francis Fukuyama, Vernor Vinge y Ray Kurzweil– suelen mirar siempre hacia adelante y nunca hacia atrás. Ni siquiera si es para disculparse por sus hipótesis, muchas de ellas incontrastables. A veces la pegan, y a veces –la mayoría– no. No vivimos en Marte, no dejamos de evolucionar, no existe tal cosa como la smellyvision (cines con proyectores de olor), los xenotrasplantes (trasplantes de órganos de animales a humanos) son la excepción y la comida, a diferencia de lo que se mostraba en la película Volver al futuro II, no se puede agrandar con sólo meterla en el microondas.
Imaginar el futuro siempre fue un deporte gratuito y sin consecuencias, un ejercicio sin heridos, sin decepciones. Hasta que se traspasó la barrera del año 2000 y, por primera vez en la historia, aquellos deseos lejanos estuvieron listos para chequearse. Unos los olvidaron pero otros los recuerdan y lloran. Y al hacerlo practican uno de los deportes más recomendados para ejercitar aquella máquina del tiempo llamada memoria: el retrofuturismo, un término acuñado por un tal Lloyd Dunn en 1983 para designar el arte de explorar y revisar pronósticos futuristas no cumplidos.
Viajes espaciales, convivencia con robots y sueños de inmortalidad son los temas más repetidos por las publicidades, artículos e investigaciones que inundaron diarios y revistas de actualidad de mediados del siglo XX. No es de extrañar: la preocupación básica de muchos de los lectores de estas publicaciones de non fiction –sobre todo estadounidenses– giraba en torno de qué iba a ocurrir con su estilo de vida próximo más que con las condiciones de existencia de los habitantes del otro lado de esta roca llamada Tierra.
“En el año 2000, el tiempo de vida promedio será de cien años y muchos vivirán hasta los 200 –se leyó el 2 de enero de 1926 en la Charleston Gazette, de Estados Unidos–. Un hombre y una mujer de 200 años podrían tener fácilmente miles de descendientes”.
Pero no: aún los hombres bicentenarios no deambulan por las calles.
LA CARRETERA MÁGICA. Ni Disney pudo decirle que no a esta tentación de mirar más allá del año que viene. Y en 1958 sus animadores produjeron un corto llamado “Magic Highway USA” –http://fon.gs/magic1–, en el que el guionista y director Ward Kimball jugaba a imaginar los medios de transporte de los próximos 50 años, o sea, los medios de transporte actuales. Al hacerlo no apostaron por conductores “moyanistas” sino por una realidad más optimista, muy familia Jetson: carreteras sin tráfico, con asfalto retroiluminado para mitigar la oscuridad de la noche y un sistema de calefacción para impedir la formación de hielo.
Como el resto de la humanidad, el estudio creador del ratón parlanchín más famoso del mundo pensaba –ansiaba– que la tecnología resolvería los problemas del mundo. Sólo había que esperar y ver.
Pero ya esperamos, vimos y, si bien el mundo no se hundió en el caos como auguraban los fogoneros del Y2K, ese futuro cristalino, pacífico y tan de dibujo animado no llegó (como si tuviera que venir de algún lado).
El paleofuturismo –como también se conoce al análisis casi arqueológico de aquel futuro imaginado en el pasado– evoca sentimientos de nostalgia. Recuerda la ingenuidad y esperanzas de generaciones anteriores.
Y también siempre recuerda lo que dijo el programador Alan Kay el 20 de julio de 1982: “La mejor forma de predecir el futuro es inventarlo”.
2010, el año en que no hicimos contacto
Si fuera por el cine y las visiones de los guionistas más despegados del presente, la realidad sería muy distinta. Blade Runner, por ejemplo, pintó una realidad oscura y pluvial situada en 2019 sin lugar para seres artificiales renegados. Sin embargo, la película más actual es 2010: Odisea dos (1984) de Peter Hyams, basada en la novela de Arthur C. Clarke. Para esta época, según el director y el escritor, deberíamos contar con la tecnología para enviar misiones tripuladas a Júpiter, a una velocidad de unos 27.000 km/hora. También haríamos en este año contacto con civilizaciones extraterrestres inteligentes. Faltan diez meses para comprobarlo.
Invasión extraterrestre
L a película District 9 se estrenó en 2009 pero se sitúa en 2010: según el thriller creado por Neill Blomkamp y producido por Peter Jackson (film nominado como mejor película en los premios Oscar, dicho sea de paso), en estos días los alienígenas con aspecto de camarones gigantes estarían cumpliendo 30 años de presencia en la Tierra. Después de abandonar su nave, viven en guettos en Sudáfrica y son discriminados, como si fueran refugiados. Lo único que les envidian los seres humanos es su tecnología, sólo activable con el ADN de sus propietarios originales.
Sí pasarán los años para Los Simpson
el episodio “La boda de Lisa” de la sexta temporada (1995) se sitúa en 2010 e imagina una época en la que la nena-genio amarilla tiene 23 años y va a la universidad, la cadena Fox es un canal pornográfico, los ingleses salvan a los norteamericanos en la Tercera Guerra Mundial, Pepsi patrocina el sistema de educación pública, existen los relojes-celulares, hay robots con forma humana, los árboles se extinguieron y fueron reemplazados por hologramas y los Rolling Stones siguen dando conciertos pero en silla de ruedas.
El auto inteligente
K night Rider 2010 es el nombre de la miniserie de 1994 basada en uno de los shows más ochentoso, El auto fantástico. Se sitúa en una época –2010– con un look posapocalíptico a lo Mad Max y, pese a su título, en ella no aparece ni el famoso coche parlanchín, KITT (Knight Industries Two-Thousand), ni David Hasselhoff. Para entonces, un tal Jake McQueen logra encapsular en el auto, mediante computadoras e inteligencia artificial, el alma de su novia muerta, Anna. Los fanáticos de la serie original odiaron tanto esta producción que ni siquiera quieren que se la considere parte de la cronología de una de las producciones más fierreras de la TV.
Primera guerra robotech
Los fanáticos y seguidores de una de las sagas de animación japonesa más famosas de todos los tiempos, Robotech, ya se habrán percatado. Según la cronología oficial de esta franquicia de robots enormes y ciudades-robots, entre febrero de 2009 y abril de 2011 –o sea, ahora mismo– se desarrolla la Primera Guerra Robotech, en la que los terrícolas luchan contra unos alienígenas llamados Zentraedi. Países enteros son destruidos y mueren millones de personas. Finalmente, esta raza de gigantes es derrotada.