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Los Siete Pecados Capitales Pereza

Info6/3/2010
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Defensor confeso de la siesta como descanso necesario, el filósofo español se despide de esta colección analizando los riesgos que enfrenta quien por pereza renuncia a sus deberes con la sociedad y la ciudadanía, pero alerta a la vez sobre los peligros de la hiperactividad y la adicción al trabajo. La pereza es la falta de estímulo, de deseo, de voluntad para atender a lo necesario e incluso para realizar actividades creativas o de cualquier índole. Es una congelación de la voluntad, el abandono de nuestra condición de seres activos y emprendedores. Un viejo cuento narra cómo un padre luchaba contra la pereza de su hijo pequeño que no quería nunca madrugar. Un día llegó muy temprano por la mañana, lo despertó, el chico estaba tapado en la cama, y le dijo: "Mira, por haberme levantado temprano he encontrado esta cartera llena de dinero en el camino. El chico tapándose le contestó "más madrugó el que la perdió". La pereza siempre encuentra excusas. Es perezoso quien renuncia a sus deberes con la sociedad, con la ciudadanía, quien abandona su propia formación cultural. La persona que nunca tiene tiempo para leer un libro, para ver una película, para escuchar un concierto, para prestar atención a una puesta de sol. Aquel que tiene pereza de convertirse en más humano. La pereza muchas veces tiene que ver con las temperatura y las condiciones ambientales en general. No se puede exigir el mismo nivel de actividad a alguien que trabaja en un sitio con veinte grados de temperatura que a otro que tiene que moverse con más de 40 grados. El texto de Paul Lafargue, el yerno de Carlos Marx, El derecho a la pereza, es una deliciosa ironía sobre las obligaciones del hombre y la importancia del descanso. Decía Lafargue: "Si al disminuir las horas de trabajo, se conquistan para la producción social nuevas fuerzas mecánicas, al obligar a los obreros a consumir sus productos, se conquistará un inmenso ejército de fuerzas de trabajo. La burguesía, aliviada entonces de la tarea de ser consumidora universal, se apresurará a licenciar la legión de soldados, magistrados, intrigantes, proxenetas, etcétera, que ha retirado del trabajo útil para ayudarla a consumir y despilfarrar. A partir de entonces el mercado de trabajo estará desbordante; entonces será necesaria una ley férrea para prohibir el trabajo: será imposible encontrar ocupación para esta multitud de ex improductivos, más numerosos que los piojos. Y luego de ellos, habrá que pensar en todos los que proveían a sus necesidades y gustos fútiles y dispendiosos. (...) En el régimen de pereza, para matar el tiempo que nos mata segundo a segundo, habrá espectáculos y representaciones teatrales todo el tiempo; será el trabajo adecuado para nuestros legisladores burgueses. Se los organizará en grupos recorriendo ferias y aldeas, dando representaciones legislativas. Los generales, con botas de montar, el pecho adornado con cordones, medallas, la cruz de la Legión de Honor, irán por las calles y las plazas, reclutando espectadores entre la buena gente... Si la clase obrera, tras arrancar de su corazón el vicio que la domina y que envilece su naturaleza, se levantara con toda su fuerza, no para reclamar los Derechos del Hombre (que no son más que los derechos de la explotación capitalista), no para reclamar el Derecho al Trabajo (que no es más que el derecho a la miseria), sino para forjar una ley de bronce que prohibiera a todos los hombres trabajar más de tres horas por día, la Tierra, la vieja Tierra, estremecida de alegría, sentiría brincar en ella un nuevo universo... ¿Pero cómo pedir a un proletariado corrompido por la moral capitalista que tome una resolución viril?" Y Lafargue remataba: "Como Cristo, doliente personificación de la esclavitud antigua, los hombres, las mujeres y los niños del Proletariado suben penosamente desde hace un siglo por el duro calvario del dolor; desde hace un siglo el trabajo forzado destroza sus huesos, mortifica sus carnes, atormenta sus músculos; desde hace un siglo, el hambre retuerce sus entrañas y alucina sus cerebros... ¡Oh, pereza, apiádate de nuestra larga miseria! ¡Oh, pereza, madre de las artes y de las nobles virtudes, sé el bálsamo de las angustias humanas!" Claro que uno tiene que ganarse la vida, y entonces debo convencer a los demás de que me paguen por algo que haría con mucho gusto aunque no me dieran un centavo. Así, tengo que poner mi empeño en aparentar que estoy frente a una tarea que me agota y me cuesta una enormidad. Por lo tanto he tenido que aprender a fingir que trabajo, mientras en realidad, estoy haciendo cosas placenteras. De lo contrario, correría el riesgo de tener que hacer lo que no me gusta para recibir ingresos. Hablar y escribir son mis dos fuentes principales de dinero, ya que por las otras cosas placenteras que aprecio en la vida, no sólo no recibo un centavo, sino que los pierdo. Me refiero a la lectura, la siesta y las carreras de caballos. Alguna vez escribí a modo de reproche que: "¡Si el leer estuviese convenientemente retribuido! ¡Si algún Estado realmente filántropo pagase por página leída y en forma automática se engrosara la cuenta bancaria tras cada novela policíaca o cada tratado de metafísica que concluimos!". Yo sería hoy, seguramente, mucho más rico y creo que hubiera vivido desde la niñez más contento, es posible que nunca me molestara en hacer otra cosa. Mucha gente sostiene que no puede levantarse a tal hora o que no puede hacer tal cosa; a mí no me pasa eso. Yo poder, puedo. Suele suceder que no tenga ganas de madrugar, pero si tengo que hacerlo para tomar un avión lo hago. El antídoto contra la pereza es la voluntad y muchas veces la conciencia de la necesidad. En la Antigüedad, lo que se oponía a la pereza era la actividad, no el trabajo. Para un griego el trabajo era cosa de esclavos. Pero nunca hubiese dicho que era mejor la inactividad. Aristóteles se hubiera horrorizado de saber que tendría que trabajar, pero también se hubiese escandalizado de saber que la pereza le impediría ponerse a pensar. En la actualidad se ve al trabajo como lo contrario a la pereza, pero claro, nosotros estamos obligados a trabajar. Por ejemplo, en el siglo XVI, la gente consideraba que lo contrario a la pereza era levantarse temprano para ir a cazar, perseguir a las mozas y luchar contra el infiel. Esas eran las actividades que había que desarrollar, no ponerse a construir una vivienda con argamasa o levantar la cosecha. Los caballeros y los nobles despreciaban el trabajo, pero tampoco predicaban estar tumbados todo el día. El ocio, a diferencia de la pereza, es simplemente un tiempo que no se emplea en las cuestiones laborales. Los romanos que lo inventaron hablaban de ocio y de negocio, el no-ocio. El negocio era algo que tenía que ver con las necesidades. Las personas que no están ociosas son las que atienden necesidades: se están lavando, peinando o trabajando en el campo. En cambio el ocio significa dedicarse a lo que te gusta. El ocio es simplemente lo que haces sin que necesiten pagarte por hacerlo, y el negocio es lo que haces para tener ingresos. La pereza es, en cambio, que tú no hagas nada: ni negocio ni ocio. La gran diferencia que hay entre una persona culta y una inculta, es que éstas precisan mucho más dinero para gastar el fin de semana. La cultura es una fuente comparativamente barata de entretenimiento. Los interesados en la cultura tienen más fuentes a las que recurrir para entretenerse: una vida más rica, imaginativa, y artística. Los días de un individuo inculto son todos iguales. En definitiva, el último sentido de la cultura es luchar contra el aburrimiento. Aquí vale recordar la frase del poeta francés Stephane Mallarmé: "Maldición, mis sentidos, mis instintos, están tristes, y ya he leído todos los libros!" Esto no significa que exista, necesariamente, una relación entre la capacidad espiritual de los hombres y sus lecturas. Conozco gente carente de espíritu en el sentido fuerte del término, que viven entre las páginas de Shakespeare o de Borges. En cambio, el mundo cuenta con una gran cantidad de sabios que nunca leyeron al inglés o al argentino ni a ningún otro. Ya que estamos en el territorio del pecado y del Dante, hay gente que jamás tuvo noticias de la Divina comedia y alcanzaron la gracia de la serenidad, a la que no pueden llegar otros que conocen la obra del florentino con pelos y señales. Las predilecciones culturales no identifican personalidades semejantes. Yo nunca hubiera sido amigo de Hitler, aunque compartimos la admiración por un músico genial como fue Mozart. Los hombres avezados en lecturas, suelen poseer una visión modificada de la realidad, que pueden hacerles perder objetividad. El ensayista francés Michel de Montaigne, describió a quién le brindó las primeras informaciones sobre los caníbales americanos como: "Un hombre sencillo y grosero, lo que es condición propicia para prestar testimonio verdadero; pues las gentes cultivadas observan con más agudeza y más cosas, pero las glosan ; y para hacer valer su interpretación y hacerla persuasiva, no pueden librarse de alterar un poco la Historia; no os representan nunca las cosas puras, las inclinan y enmascaran según el rostro de lo que desean; y para reforzar el crédito de su juicio y haceros compartirlo, abultan voluntariamente tal aspecto del asunto , lo alargan y lo magnifican. O bien es preciso dar oídos a alguien muy fiel, o a uno tan simple que no tenga con qué aderezar y hacer verosímiles invenciones falsas, y que no tenga opinión alguna sobre este tema". Pero como en todos los órdenes, el pasarse de revoluciones frente a la pereza es peligroso. La diligencia excesiva y compulsiva lleva al stress, que bloquea y paraliza. Un ejecutivo muy laborioso es sumamente útil para una empresa, pero si llega hasta el frenesí, agobiándose, termina por convertirse en un perfecto inútil. Aquel que no cambia un papel de su sitio en toda una mañana, no sirve, tanto como el que impone un ritmo de actividad que termina llevándolo a una casa de reposo. Yo soy un gran defensor de la siesta que en este mundo hiperactivo es víctima de una conspiración. Sufro una enormidad cuando me contratan de Francia o Suecia para dar conferencias. Las programan a las tres de la tarde, y uno que tiene el cuerpo hecho al descanso después del almuerzo, recibe miradas de desprecio cuando solicita el beneficio de la siesta La expresión workaholic describe a quienes ponen al trabajo como centro de sus vidas, descuidando todo lo demás, incluso sus afectos personales. Se trata de una adicción a la acción, en el sentido más estricto de la palabra. La tendencia a trabajar en exceso, por encima de los propios límites y necesidades personales, por mera dependencia psicológica al trabajo, ha sido llamada también "el dolor que otros aplauden". Es una compulsión, que a corto o largo plazo, es autodestructiva. Lejos de recibir críticas, este tipo de adictos son premiados por la sociedad muy habitualmente con el éxito. El problema es que recorren con mayor rapidez el camino hacia la muerte.
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