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El Padrino "asesinatos rituales"

Info2/22/2010
El Padrino
(México)
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Constanzo y Sara Alderete




En 1989, la desaparición de Mark Killroy, un joven estudiante norteamericano, en Tamaulipas, México, derivó en el hallazgo de una serie asesinatos rituales que conmovió al mundo. Las pistas llevaron a la policía hasta el rancho Santa Elena, en las afueras de de la ciudad de Matamoros, refugio de una banda de narcotraficantes. Uno de los arrepentidos confesó que Killroy estaba enterrado allí. Junto a él yacían otros 11 cadáveres.

Mark Kilroy: el cordero del sacrificio


Bradley Moore, Bill Huddleston y Brent Martin: los amigos de Mark Kilroy


Las herramientas de tortura de Constanzo




El autor de los asesinatos era Adolfo de Jesús Constanzo, el líder de la banda, e iniciado en los rituales de palo mayombe, un culto de origen afrocubano.



Los cadáveres estaban descuartizados, se les habían extirpado el corazón, el cerebro y la espina dorsal para los sangrientos rituales de la banda.

Constanzo y los demás cabecillas del grupo, Sara Aldrete, Alvaro León Valdéz, Omar Ochoa y Martín Quintana, habían logrado fugarse. Los medios los llamaron los Narcosatánicos y las autoridades comenzaron una búsqueda sin cuartel por todo México. Adolfo de Jesús Constanzo era ciudadano norteamericano, de madre cubana y padre portorriqueño. Había crecido en Miami, donde su madre lo marcó con su creencia en las deidades y rituales del palo mayombe. Un padrino haitiano lo inició en el culto y, cuando a principios de la década de 1980, Constanzo llegó a México en busca de nuevas oportunidades, su conocimiento de las artes adivinatorias lo conectaron con personalidades del espectáculo, con altos funcionarios políticos y policiales, y con poderosos narcotraficantes. Hasta que él mismo decidió ingresar en el negocio ilegal del tráfico de drogas, seguro de la impunidad que le daban sus conocimientos de lo oculto y sus encumbrados contactos.

Al descubrirse los cuerpos enterrados en el rancho Santa Elena, Constanzo y sus cómplices escaparon hacia el Distrito Federal, con la esperanza de recibir la protección de sus amigos poderosos. Pero las imágenes del cadáver de Mark Killroy y de los demás cuerpos mutilados habían horrorizado al mundo. No había refugio posible para Constanzo y su banda. Ni sus contactos, ni su fortuna, ni siquiera los dioses de palo mayombe podían protegerlos.

Los Narcosatánicos estaban solos y la policía les pisaba los talones. Luego de una serie de allanamientos frustrados en distintos puntos de la ciudad, las fuerzas de seguridad finalmente los encontraron el 6 de mayo de 1989 en un edificio de la calle Sena, número 19, de la colonia Cuauhtémoc, del Distrito Federal. Rodearon el lugar y desde el departamento 13, Constanzo y su banda comenzaron a disparar ráfagas de ametralladora y a arrojar fajos de dólares por la ventana, para causar un revuelo de gente y debilitar el cerco policial.

Pero todo fue inútil. Cuando la policía ingresó al departamento, el cuerpo del padrino Adolfo de Jesús Constanzo yacía acribillado junto al de su mano derecha, Martín Quintana. La supuesta mujer de Constanzo, Sara Alrete, a quien la prensa llamó “la concubina del diablo” y “la madrina” fue detenida y sentenciada a 647 años de prisión. Actualmente se encuentra detenida en el Reclusorio Femenil Oriente en el DF. Ciudad de México. Alvaro León Valdez, cumple prisión por asesinato doloso y narcotráfico. Omar Ochoa, murió de Sida en la prisión.

Hay otros tres miembros de la banda presos: Elio Hernández Rivera se encuentra recluido en el penal de alta seguridad de Almoloya de Juárez, estado de México, mientras que David Serna Valdés y Sergio Martínez Salinas permanecen en el penal de Ciudad Victoria, Tamaulipas, donde cumplen su condena por narcotráfico agravado por el secuestro de Mark Killroy.

El culto narcosatánico de Matamoros

Constanzo, Adolfo de Jesús.
Padrino de Matamoros / Padrino Cult.
1 de noviembre de 1962.
Miami [Florida / EE. UU.].
Hijo de inmigrantes cubanos.
Elementales.
Ninguno.
Gurú / Brujo / Adivinador.
Tráfico de drogas / Asesinato en masa.
Vendía sus servicios espirituales a los cárteles de la droga mejicanos.
No se le capturó con vida. Murió a manos de uno de sus secuaces.
Consideraba que los rituales eran inútiles si las víctimas no morían gritando

Constanzo nació en Miami, Florida, Estados Unidos. Su madre, Delia Aurora Gonzales del Valle fue una inmigrante cubana viuda. Tuvo a Adolfo a la edad de 15 años, y tendría eventualmente tres hijos de diferentes padres. Ella emigró a San Juan, Puerto Rico, después de que su primer esposo muriera, y volvió a casarse allí.

Delia Aurora Gonzales del Valle


Constanzo fue bautizado como católico y sirvió como monaguillo, pero también fue influenciado por su madre en el culto denominado Palo Mayombe. La familia regresó a Miami en 1972, y su padrastro murió al poco tiempo dejando a la familia con algo de dinero. Su madre pronto volvió a casarse, y su nuevo padrastro se vio involucrado en el ocultismo y el tráfico de drogas.



Fue la madre del niño Adolfo, Delia Aurora González, mujer aficionada hasta la obsesión con los asuntos relativos a la brujería, quien se encargó de llenarle la cabeza de historias extravagantes. De hecho, había adquirido tal convencimiento de que su hijo era un elegido, que contaba tan sólo con seis meses de vida cuando se empeñó en que fuera bendecido por un sacerdote haitiano del culto Palo Mayombe. Una secta de procedencia congoleña cuya práctica está bastante extendida en el Caribe. A partir de ahí, la infancia y juventud de Adolfo giraron en torno al oscuro mundo de la secta, de cuyos secretos recibió cumplida información de la mano de su progenitora. Juntos asaltaron cementerios a fin de obtener aderezos para el caldero de los sacerdotes. Juntos empapaban muñecos vudú en sangre para maldecir a sus supuestos enemigos. Juntos elaboraron pociones y filtros con los que apropiarse de los beneficios de sus oscuras deidades.

Ocurría, además, que Constanzo se convirtió con el paso de los años en un hombre atractivo, seductor, dotado para la manipulación y el engaño. También era homosexual, pero ello jamás le impidió tener relaciones con mujeres si la situación así lo requería. Era tan eficaz a la hora de embaucar a los clientes que él y su madre atendían que pronto fue perfectamente consciente de los resortes psicológicos que debía pulsar en cada caso. Así, inexorablemente, los mafiosos, artistas, policías e incluso políticos que iban desfilando por los rituales a fin de protegerse de supuestas maldiciones y malas vibraciones, no sólo comenzaron a pagar grandes sumas por hacerse con sus servicios sino que extendieron su fama.

El éxito definitivo le llegó cuando hizo su primera gran predicción al pronósticar el atentado contra el presidente Ronald Reagan, acaecido en 1981. El futuro pintaba bien, pero no era suficiente. Constanzo quería más dinero y sólo había un modo de obtenerlo: llevar las cosas al extremo. Cuanto más retorcidos y terribles fueran los ritos, más dinero en juego. Ni que decir tiene que todo ello estaba aderezado con los delirios de una mente contaminada desde la cuna, retorcida, enfermiza, monstruosa. Fue de esta manera que en 1983 decidió entregarse al lado oscuro del Palo Mayombe y vendió su alma y sus servicios a Kadiempembe, el equivalente del Satán cristiano. Tras hacer que, durante la ceremonia, los símbolos del mal le fuesen grabados en el cuerpo con un cuchillo, se sintió todopoderoso. Invencible. Tras el ritual, Adolfo de Jesús Constanzo se trasladó a México D.F. Allí había más superstición que explotar, más dinero negro de obtener y menos complicaciones con la justicia. Fue entonces que fundó su propia secta y reunió en torno suyo a los primeros acólitos y discípulos; Martín Quintana y Omar Orea. Y su fama se iba extendiendo. Los narcotraficantes y hampones locales se convirtieron en clientela habitual al punto de solicitar del gran sacerdote Constanzo cosas tan ridículas como la inmunidad a las balas. Los precios de rituales de este tenor alcanzaban cifras exhorbitantes. Cierto que parece estúpido que alguien estuviera dispuesto a pagar por estos servicios, pero no menos incomprensible es el hecho de que la clientela creciera en progresión geométrica, sobre todo si se tiene en cuenta que entre los habituales empezó a contarse incluso el comandante de narcóticos mexicano Salvador García. Vivir para ver.

Como es lógico, la pendiente de degradación adoptada por Constanzo no tardó en degenerar en los sacrificios humanos. Los calderos en los que preparaba sus filtros y pociones comenzaron a rebosar de la sangre, los huesos y las vísceras de sus víctimas. Y el ritual, para ser exitoso, exigía que los sacrificados murieran entre terribles sufrimientos y alaridos

Constanzo visitó la Ciudad de México, subsistiendo como lector de cartas de tarot. Ahí reclutó a dos jóvenes: Martín Quintana Ramírez y Omar Orea Ochoa, para que fungieran como sus sirvientes, amantes y discípulos. constanzo regresó a Miami por un espacio de tiempo corto, pero regresó nuevamente a México a mediados de 1984. Sobre los siguientes años se convertiría en el líder de un culto hecho y derecho que tenía a jefes narcos, músicos, e incluso oficiales de policía bajo su mando. La lujosa vida del gurú Constanzo, pagada en gran parte por el cartel de la familia Calzada, uno de los más importantes de Mexico y para el que Adolfo trabajaba practicamente en exclusiva desde 1986, no sirvió para que su ambición se aplacase. Al contrario, Constanzo exigió a los Calzada una parte del negocio en la medida que entendía que buena parte de las ingentes ganancias se debían a sus rituales. No hubo caso. La negativa del cartel motivó la terrible venganza del sacerdote de Kadiempembe: en 1987 Guillermo Calzada y seis de sus secuaces se esfumaron. Sus cuerpos fueron encontrados, mutilados, tiempo después. Sin duda, habían alimentado el caldero -y dicen que el poder- de Adolfo de Jesús Constanzo. Tras ello, la secta se desplazó a la ciudad de Matamoros, fronteriza con los Estados Unidos. Allá conoció a Sara Aldrete, una atractiva mujer que fue inmediatamente subyugada por el brujo hasta convertirse en su sacerdotisa y amante.

Con el concurso de Sara -hija de un electricista, inteligente, estudiosa y que habría tenido un interesante futuro de no haber mostrado siempre una inquietante tendencia a enamorarse de los malos-, Adolfo entró en contacto con el clan de los Hernández. Convenció a su jefe, Elio Hernández, de que el gran Kadiempembe no sólo les protegería contra todo mal, sino que además se encargaría de multiplicar las ganancias. El precio convenido fue nada menos que un cincuenta por ciento del negocio. Hecho el acuerdo, el Padrino Constanzo y la Madrina Aldrete se instalaron en el rancho Santa Elena, cercano a Matamoros, donde desarrollaron sus actividades. Habría poco sexo entre ellos, pues el gran gurú prefería los servicios de Quintana y Orea, qué se le iba a hacer.



Las cosas, no obstante, fueron viento en popa. Constanzo y los Hernández eran capaces de introducir nada menos que una tonelada de hachis por semana en los Estados Unidos… La contrapartida de los enormes beneficios era obvía: Los ritos requeridos por la protección del Palo Mayombe eran cada vez más frecuentes, salvajes y espantosos. Alimentar el puchero de Constanzo se hacía cada vez más complicado y a ello se añadía el problema de que los lugareños a los que habitualmente se sacrificaba no parecían gritar lo suficiente para satisfacer al temible Kadiempembe. Quizá un gringo gritase más fuerte. El sacerdote, al disponer las cosas de tal manera, iba a cometer un gran error. Su último error.

El culto establecido en Matamoros, en la región fronteriza de México, vendía drogas, desplegaba ceremonias ocultas y, para fines de 1987, secuestraba y asesinaba personas para usarlos en sacrificios humanos. Estas víctimas cayeron junto con los rivales del culto y de las drogas.

Desde el rancho de Santa Elena, en la ciudad fronteriza de Matamoros (México), Adolfo de Jesús Constanzo y su banda transportaban semanalmente una tonelada de marihuana al país vecino… pero el lugar no era sólo un centro de distribución de drogas. En 1989 fueron acusados de asesinar a más de una docena de personas durante unos rituales de Palo Mayombe, un culto afroamericano.

Los “narcosatánicos” habían convertido el rancho en una verdadera casa de los horrores.

¿Qué alienta a un asesino a cometer los atroces actos que deja tras de sí a lo largo de su vida?

Una pregunta difícil, muy difícil de contestar…

En unos casos es el ansia de poder sobre sus víctimas, el poder sobre una presa sometida. En otros, se trata simplemente de desahogar una ira o una frustración arraigada en su mente. En otros casos, la pura demencia es la responsable.

Y en este caso , se trata de la religión, una manera extraña, perversa, de entender lo que debería ser una corriente filosófica y vital.

Y eso que la religión de la que Adolfo de Jesús Constanzo era sacerdote era de origen africano y sus métodos, muy alejados de lo que se considera aceptable.

Y es que el Palo Mayombe, una religión santera ampliamente arraigada en Haití y otras partes de Sudamérica puede contener algunos sacrificios, que también pueden ser humanos, para desgracia de los infortunados que caigan en sus redes.

Y es que Adolfo se crió con la santería en casa, ya que su madre, una cubana en el exilio, afincada en Miami, ejercía como santera. Su infancia fue dura, y tanto él como su progenitora fueron arrestados en varias ocasiones por vandalismo, robos y otros delitos menores. Ella siempre creyó que su pequeño hijo, al que tuvo a la edad de 15 años, tenía ciertos poderes psíquicos, que le ayudaron, en teoría, a predecir el atentado a Kennedy.

De cualquier forma, Adolfo se hizo discípulo de un sacerdote del culto, quien dicen que le enseñó ciertas prácticas para comenzar a ejercer como narcotraficante y preparar estafas relacionadas con la religión que ambos profesaban.

La carrera del llamado “Narcosatánico de Matamoros” había comenzado.

Con sólo 27 años, edad con la que fue detenido, había tejido un complejo entramado en el que el tráfico de marihuana desde Matamoros, ciudad fronteriza con Estados Unidos hacia este país era sólo la punta del iceberg.

Las investigaciones que comenzaron a descubrir la trama en que se había sumergido este brujo se horrorizaron al encontrar toda la maldad que vieron.

Entre sus esbirros y colaboradores, por cierto, se encontraban nombres relacionados con la Policía mexicana e incluso políticos locales.

Muchos personajes importantes de la sociedad mexicana, e incluso estadounidense, acudían a Adolfo para que este realizará algún sortilegio que le facilitara un negocio, le protegiera frente a un enemigo o maldijera a un enemigo, bajo los auspicios del Payo Mayombe, en una interpretación totalmente desquiciada de esta milenaria religión.

Paralelamente, un nutrido grupo de seguidores se encargaba de ir captando nuevos adeptos, auténtica carne de cañón para cumplir con sus negocios como narcotraficante.

Para ello, contó con la inestimable ayuda de una joven norteamericana. Joven, hermosa, activa y con unas grandes dotes para convencer a los incautos, Sara Villarreal Aldrete se convirtió en su amante y confidente, en su mano derecha

Los jóvenes incautos, o quizás no tanto, comienzaron a interesarse por las actividades de los “narcostánicos”, y se unen a la comunidad. Adolfo les aseguró que no tendrían que preocuparse más del dinero, ni de la moral imperante. Se convertirían en seres invulnerables, invisibles y poderosos, si siguen sus indicaciones.

Para ello, tenían que consumir una ganga, un brebaje que debían beber caliente, y que estaba compuesto por diversos ingredientes secretos. Entre ellos, el cerebro de una persona (mejor de un asesino o un loco, decían), varias extremidades amputadas, sangre humana, alcohol y otras substancias.

Para conseguirlas, no dudaban en secuestrar a turistas, vecinos de ambas partes de la frontera y ejecutarlos en asesinatos rituales.

En ocasiones, era Sara la que ejecutaba personalmente al incauto. Le colgaban de una soga, de manera que pudiera agarrarse con las manos, luchando para sobrevivir. Mientras se afanaba por respirar, bajaban la soga hasta un caldero con agua hirviendo, y por el camino, Sara le cortaba el miembro viril y los pezones con unas tijeras. La agonía duraba varias horas, e incluso en alguna ocasión, le abría el pecho con un gran cuchillo y todavía vivo, le arrancaba parte del corazón de un mordisco, mientras el pobre infeliz, todavía consciente y forzado a verlo todo, gritaba de puro dolor.

El 9 de abril de 1989, la policía mejicana detiene en un rutinario control, la camioneta que conducía David Serna Valdez, de 22 años, a la altura del kilómetro 39 en la carretera de Matamoros a Reynosa (Méjico) en el rancho de Santa Elena. En ella se encuentran restos de marihuana y una pistola del calibre 38, por lo que el joven conductor es detenido. Tras unas horas de interrogatorio confiesa su pertenencia a una secta de “magia negra” que utiliza el rancho para realizar sus sacrificios rituales con seres humanos, además del narcotráfico.

El joven Adolfo de Jesús Constanzo


Estas sorprendentes confesiones obligan a la policía a registrar el rancho, hallando allí otros ciento diez kilos de marihuana… y algo mucho más macabro: un caldero de hierro de hedor pestilente que contiene sangre seca, un cerebro humano, colillas de cigarros, 40 botellas vacías de aguardiente, machetes, ajos y una tortuga asada. Alrededor de la casa, una fosa común con doce cadáveres descuartizados, a los que se había extirpado el corazón y el cerebro en algún extraño ritual.

Entre ellos se hallaba el cuerpo de Mark Kirloy, un estudiante de medicina desaparecido en marzo de 1989 al que habían amputado las dos piernas y el cerebro, y con parte de cuya columna vertebral el líder del grupo se había fabricado un alfiler de corbata que le servía de amuleto…

Constanzo con Omar Orea Ochoa, uno de sus amantes masculinos


Martín Quintana Rodríguez, “El Hombre de Constanzo”


El rancho Santa Elena







Parafernalia hallada en el rancho Santa Elena





cadaveres encontrados en el rancho


El arresto de David Serna Valdéz, Sergio Martínez y Serafín Hernández Junior


Los miembros de la banda insistían en que había más cuerpos enterrados, pero Ayala, que solía tener amuletos de la Santería en su mesa de despacho, puso fin a las excavaciones y a la búsqueda de muertos. El curandero roció la barraca con agua y pronunció sus sortilegios. Uno de los agentes vio a una paloma blanca encerrada en una caja de cartón. Echó gasolina alrededor y le prendió fuego. Mientras desaparecía engullida por una nube de humo negro y feroces llamas, sostuvo en alto la paloma, viva y aleteando.




El fiscal Jim Mattox observa la nganga con los restos cocinados de Mark Kilroy





Escrito con Sangre - Lucia Mendez acusada de narcosatanica (con Susana Gimenez)



FUENTE 1
FUENTE 2
FUENTE 3
MIS OTROS POST
VISITEN MI POST DEL DIA DE LOS ENAMORADOS:love::love::love::love:
Dictadura Argentina 8 años de Soledad IMPERDIBLE (Entrevista Propia con Cámara DV y subtitulado 100% por mi)





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