Tihun Nebiyu, la pastora de cabras, no se quiere casar. Es inflexible sobre el tema. Pero en su aldea nadie hace caso de las opiniones de niñas testarudas.
Según activistas de derechos humanos se calcula que hay unas 50 millones de niñas como Tihun en todo el mundo: jóvenes adolescentes e incluso niñas cuya inocencia es sacrificada en matrimonios convenidos, a menudo con hombres más viejos. Obligadas por las familias y la cultura a iniciar vidas de servidumbre y aislamiento, y atemorizadas por el trauma de embarazos a una edad demasiado temprana, las niñas novias constituyen una inmensa y perdida generación.
"Es un problema importante, difícil y complicado", concede Abebe Kebede, un importante asistente social etíope. "No se le prestado atención en gran parte porque el matrimonio es visto positivamente en todas las culturas", dice Kebede. "¿Quién quiere terminar con eso? Y no se piensa que las consecuencias que tiene para los niños, y para países enteros, son bastante desastrosas".
El precio más brutal de todos es médico: los embarazos prematuros son la principal causa de muerte entre las niñas de 15 a 19 años en el mundo en desarrollo, según Naciones Unidas. Y grupos de ayuda médica creen que al menos 2 millones de mujeres en todo el mundo viven actualmente con espantosas rupturas vaginales y anales, llamadas fístulas, que son el resultado de tener hijos a muy temprana edad. Las fístulas, si no se tratan, pueden ser mortales, y las sobrevivientes quedan habitualmente incontinentes para toda la vida.
Burlada por la vida
Tihun está de mal humor. Faltan tres días para la boda. Se sienta con sus piernas en jarras debajo del espino, matando el tiempo con su amiguita de 6 años, Mulusaw. Son dos esqueléticas niñas en ropas harapientas. Juegan una versión amhara de la taba -lanzando y cogiendo pequeños guijarros. "Prefiero que me coma una hiena a casarme con esa persona", se queja Tihun de su desconocido novio. "¡Nadie me hace caso!"
Hoy ha renunciado a la magia como medio de salvación. A medida que se acerca la ceremonia nupcial, se pone más taciturna. Susurra sombríamente que estaría mejor muerta. Mulusaw asiente con simpatía. A ella la casarán el próximo año. Pero para una niña de 6 años, eso es una eternidad.
Baratijas y zapatos de plástico
Tihun está encandilada. Mintiwab ha llegado a casa con un fabuloso tesoro: el vestido de boda de Tihun. Un simple vestido de algodón con un patrón de flores. Tihun no puede apartar sus ojos de él, ni de tocarlo. Y hay más. Un par de chancletas de plástico. Un chal tejido para mujeres. Algunos brazaletes baratos. Cuentas y baratijas.
Tihun toma de un tirón todos estos magníficos adornos y corre en torno de la choza de la familia. Es, por primera vez en la vida, el centro de atención. Una mujer en miniatura. Se casa mañana.
"Yezare amete, yemamushe enate" ("Para estas fechas el próximo año, tendrás un hijo"
. Para los amharas, esta canción matrimonial no tiene ambigüedades. A partir de los 14, en promedio, una niña amhara dará a luz una vez al año durante quince años. Sólo siete de sus hijos sobrevivirán, el promedio nacional etíope.
Tihun no será obligada a tener sexo durante algunos años. (Esto lo han acordado tácitamente las dos familias). Pero cuando llegue el tiempo -habitualmente antes de los 12 años- su alegre marido entregará a sus suegros una manta manchada de sangre como si fuera una bandera.
Tihun no ha dicho una sola palabra en todo el día. Su marido llegó a medianoche, como prescribe la costumbre amhara, con una escolta de nueve de sus mejores amigos. Se llama Ayalew, es un diácono de 17 años de la iglesia ortodoxa, guapo, regio, envuelto en una deslumbrante túnica blanca y protegido del cielo por un enorme paraguas rojo. Apenas habla. "Ah, señorita Tihun", dice su paraninfo, que lleva un formal traje de boda. "¡Usted es muy afortunada! ¡Casarse con un sacerdote, es como si Dios la hubiera elegido a usted como la Virgen María!"
Tihun ha sido aseada con trapos mojados. Le han rasurado la cabeza y le han puesto su apreciado vestido. Acurrucada con su hermana Dinke en un rincón de la oscura choza, observa con asombro la ceremonia matrimonial que da vueltas en torno de ella. Sin embargo, es fantasmagórico. Narcotizada por la falta de sueño -por el ayuno que, según la tradición, la tranquilizará. Mulusaw, su inseparable amiga, se tiende a su lado para darle consuelo. Terminada la petición formal de matrimonio a Melese, no hay más rituales elaborados. La celebración continúa. Tihun y su marido no se han dicho una sola palabra.
Al amanecer del día siguiente ya se ha marchado, llevada por sus parientes políticos, a su granja en un caballo engalanado con campanillas de hojalata y terciopelo rojo. Los amigos del novio la acarrean en sus brazos desde la choza hasta la silla; durante la boda, sus pies no deben tocar nunca la tierra.
"No lloró cuando se marchó. Eso es bueno", dice más tarde Melese, con los ojos turbios pero orgulloso debajo del espino de Tihun. "Realmente no sabía hacia dónde la llevaban".
La tierra en torno del árbol todavía tiene las huellas de los pequeños pies de Tihun. Y las piedras que usaba para jugar a la taba. Efímeras memorias de una infancia, que se llevará el siguiente temporal
Comenten Con respeto!!!
Según activistas de derechos humanos se calcula que hay unas 50 millones de niñas como Tihun en todo el mundo: jóvenes adolescentes e incluso niñas cuya inocencia es sacrificada en matrimonios convenidos, a menudo con hombres más viejos. Obligadas por las familias y la cultura a iniciar vidas de servidumbre y aislamiento, y atemorizadas por el trauma de embarazos a una edad demasiado temprana, las niñas novias constituyen una inmensa y perdida generación.
"Es un problema importante, difícil y complicado", concede Abebe Kebede, un importante asistente social etíope. "No se le prestado atención en gran parte porque el matrimonio es visto positivamente en todas las culturas", dice Kebede. "¿Quién quiere terminar con eso? Y no se piensa que las consecuencias que tiene para los niños, y para países enteros, son bastante desastrosas".
El precio más brutal de todos es médico: los embarazos prematuros son la principal causa de muerte entre las niñas de 15 a 19 años en el mundo en desarrollo, según Naciones Unidas. Y grupos de ayuda médica creen que al menos 2 millones de mujeres en todo el mundo viven actualmente con espantosas rupturas vaginales y anales, llamadas fístulas, que son el resultado de tener hijos a muy temprana edad. Las fístulas, si no se tratan, pueden ser mortales, y las sobrevivientes quedan habitualmente incontinentes para toda la vida.
Burlada por la vida
Tihun está de mal humor. Faltan tres días para la boda. Se sienta con sus piernas en jarras debajo del espino, matando el tiempo con su amiguita de 6 años, Mulusaw. Son dos esqueléticas niñas en ropas harapientas. Juegan una versión amhara de la taba -lanzando y cogiendo pequeños guijarros. "Prefiero que me coma una hiena a casarme con esa persona", se queja Tihun de su desconocido novio. "¡Nadie me hace caso!"
Hoy ha renunciado a la magia como medio de salvación. A medida que se acerca la ceremonia nupcial, se pone más taciturna. Susurra sombríamente que estaría mejor muerta. Mulusaw asiente con simpatía. A ella la casarán el próximo año. Pero para una niña de 6 años, eso es una eternidad.
Baratijas y zapatos de plástico
Tihun está encandilada. Mintiwab ha llegado a casa con un fabuloso tesoro: el vestido de boda de Tihun. Un simple vestido de algodón con un patrón de flores. Tihun no puede apartar sus ojos de él, ni de tocarlo. Y hay más. Un par de chancletas de plástico. Un chal tejido para mujeres. Algunos brazaletes baratos. Cuentas y baratijas.
Tihun toma de un tirón todos estos magníficos adornos y corre en torno de la choza de la familia. Es, por primera vez en la vida, el centro de atención. Una mujer en miniatura. Se casa mañana.
"Yezare amete, yemamushe enate" ("Para estas fechas el próximo año, tendrás un hijo"

. Para los amharas, esta canción matrimonial no tiene ambigüedades. A partir de los 14, en promedio, una niña amhara dará a luz una vez al año durante quince años. Sólo siete de sus hijos sobrevivirán, el promedio nacional etíope.
Tihun no será obligada a tener sexo durante algunos años. (Esto lo han acordado tácitamente las dos familias). Pero cuando llegue el tiempo -habitualmente antes de los 12 años- su alegre marido entregará a sus suegros una manta manchada de sangre como si fuera una bandera.
Tihun no ha dicho una sola palabra en todo el día. Su marido llegó a medianoche, como prescribe la costumbre amhara, con una escolta de nueve de sus mejores amigos. Se llama Ayalew, es un diácono de 17 años de la iglesia ortodoxa, guapo, regio, envuelto en una deslumbrante túnica blanca y protegido del cielo por un enorme paraguas rojo. Apenas habla. "Ah, señorita Tihun", dice su paraninfo, que lleva un formal traje de boda. "¡Usted es muy afortunada! ¡Casarse con un sacerdote, es como si Dios la hubiera elegido a usted como la Virgen María!"
Tihun ha sido aseada con trapos mojados. Le han rasurado la cabeza y le han puesto su apreciado vestido. Acurrucada con su hermana Dinke en un rincón de la oscura choza, observa con asombro la ceremonia matrimonial que da vueltas en torno de ella. Sin embargo, es fantasmagórico. Narcotizada por la falta de sueño -por el ayuno que, según la tradición, la tranquilizará. Mulusaw, su inseparable amiga, se tiende a su lado para darle consuelo. Terminada la petición formal de matrimonio a Melese, no hay más rituales elaborados. La celebración continúa. Tihun y su marido no se han dicho una sola palabra.
Al amanecer del día siguiente ya se ha marchado, llevada por sus parientes políticos, a su granja en un caballo engalanado con campanillas de hojalata y terciopelo rojo. Los amigos del novio la acarrean en sus brazos desde la choza hasta la silla; durante la boda, sus pies no deben tocar nunca la tierra.
"No lloró cuando se marchó. Eso es bueno", dice más tarde Melese, con los ojos turbios pero orgulloso debajo del espino de Tihun. "Realmente no sabía hacia dónde la llevaban".
La tierra en torno del árbol todavía tiene las huellas de los pequeños pies de Tihun. Y las piedras que usaba para jugar a la taba. Efímeras memorias de una infancia, que se llevará el siguiente temporal
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