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Un mal día en la oficina

Info8/23/2010
Un mal día en la oficina Hay días buenos, malos o regulares para todo el que trabaje en una oficina, como para todo el mundo. Pero hay días pésimos en los que el universo parece conspirar para convertir una monótona jornada de trabajo en una trampa mortal. Fue un veraniego sábado, que cayó en 28 de julio de 1945, y una espesa niebla cubría todo Nueva York. Ese día, el más célebre edificio de la ciudad, el rascacielos más alto de la época, el Empire State Building, amanecía mejos ajetreado de lo normal. En una jornada normal solían trabajar en el gigantesco edificio más de diez millares de personas pero, tratándose de fin de semana, apenas eran mil quienes se hallaban en las oficinas. El ambiente era festivo en la ciudad, de hecho llevaba siendo así desde que la guerra en Europa había terminado. Aunque en el Pacífico continuaba la lucha contra los japoneses, la caída de Alemania hacía que un número considerable de tropas regresaran a los Estados Unidos, siendo su puerta de acceso a casa el puerto de Nueva York. En esos días, mientras sin cesar llegaban barcos repletos de combatientes desde el viejo continente, algunas chicas de las oficinas del Empire State suspiraban al asomarse a las elevadas ventanas. Allá, a lo lejos, la vieja dama de la Libertad saludaba a los muchachos que volvían del horror de la guerra. ¿Se encontraría entre ellos algunos de sus novios o esposos? La esperanza del encuentro hacía que las chicas jugaran con espejos que, al ser reflejados por el sol, emitían fuertes destellos desde su atalaya hacia el puerto. En ocasiones, esos relfejos parecían ser respondidos de igual forma desde los barcos, lo que alborozaba a las oficinistas. Por desgracia, en ese brumoso sábado no podían jugar con sus espejos. Lo que se veía al otro lado de la ventana no era más que un muro blaquecino en el que no se percibían ni siquiera las formas de los edificios cercanos. Esa misma bruma estaba poniendo en aprietos al Teniente Coronel William Franklin Smith Jr.que, desde el alba, se encontraba pilotando un antiguo bombardero B-25 Mitchell llamado Old John Feather Merchant, transformado en vehículo de transporte de personal militar y de autoridades, desde Boston hacia el aeropuerto de LaGuardia. Smith era un piloto con mucha experiencia, condecorado por sus más de cincuenta misiones de combate sobre Alemania y Francia llevadas a cabo con éxito. Le acompañaban en la nave su compañero en el B-25, Christopher Domitrovich, y un pasajero de última hora, un joven soldado que regresaba a casa de sus padres después de recibir la noticia de que su hermano había muerto en el frente del Pacífico durante un ataque kamikaze japonés. El vuelo se desarrolló normalmente hasta que llegó la niebla, precisamente cuando el aeropuerto se encontraba ya muy cerca. Smith comenzó entonces a volar siguiendo referencias visuales, que apenas pudo identificar, confundiendo el rumbo. Cuando el piloto se percató de su situación real, era demasiado tarde. Giró bruscamente para no estamparse contra un edificio y avanzó a toda velocidad entre la niebla hasta divisar una amenazadora sombra en su frente. Era el Empire State, un gigante que se hallaba justo en su línea de vuelo, imposible de ser esquivado. Smith elevó todo lo que pudo el morro del avión, pero terminó empotrándose a la altura del piso 79 en la cara norte del rascacielos en medio de una imponente bola de fuego, mientras restos del avión atravesaban la estructura del edificio y caían sobre las calles cercanas. Los gritos y el terror llegaron en ese momento. El estruendo sorprendió a las chicas que, a esa hora, hacia las nueve y cuarenta minutos de la mañana, estaban tomando un desayuno ligero. No sabían qué estaba sucediendo, alguien gritó que los japoneses atacaban, otros decían que los alemanes se estaban vengando y que, en realidad no se habían rendido. Más allá hubo quien murmuró que era un ataque de los marcianos. Lo único claro era que había mucha gente herida y que un viscoso líquido desconocido lo invadía todo. Se trataba del combustible de alto octanaje del avión, que amenazaba con incendiar el edificio. Pronto llegó la ayuda, pero para la tripulación del avión y para otras catorce personas, era demasiado tarde. Una de las chicas que trabajaban el rascacielos, Betty Lou Oliver, ascensorista que se encontraba en el piso 80 en el momento del impacto, pudo dar gracias al cielo por sobrevivir. Sí, había sufrido graves quemaduras, pero los equipos de rescate lograron llegar a ella muy pronto. Sin duda, había sido un mal día, pero lo que no sabía Betty era que iba a ser peor. ¿Qué puede fastidiar el milagro de sobrevivir al impacto de un bombardero en lo alto de un rascacielos? Su propia herramienta de trabajo, el ascensor. Allá arriba, tendida en el suelo, entre enfermeras y bomberos, Betty no salía de su asombro al comprobar que continuaba viva. Curiosamente, era su último día trabajo y, además, estaba alegre porque su marido regresaba de la guerra. No sé si lo pensaron mucho, o no, pero el caso es que los equipos de emergencia decidieron bajar a Betty Lou en el ascensor. Parecía funcionar correctamente, pero varias piezas del avión habían seccionado los cables, de tal forma que el ascensor se encontraba suspendido prácticamente por un hilo de metal. Asegurada y tranquila, Betty comenzó a descender en el interior del ascensor hasta que, de repente, los cables cedieron y la cabina entró en una caída libre de 75 pisos. Nadie ha sobrevivido a algo así jamás, salvo Betty, que a pesar de sufrir diversas fracturas, salió del edificio con vida y con ganas de permanecer en este mundo hasta que falleció cinco décadas más tarde. Fuente
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