InicioInfoNo te valoras??
estas son historias que las posteo con mucha empatia, animo y esfuerzo para ustedes... no me importa si me dejan o no me dejan puntos o comentarios hagan lo que venga de su corazón

Carta a un hijo



Querido hijo; el día que este viejo ya no sea el mismo, ten paciencia y compréndeme. Cuando derrame comida sobre mi camisa y olvide cómo atarme los zapatos, recuerda las horas que pasé enseñándote a hacer las mismas cosas.

Si cuando conversas conmigo, repito y repito las mismas palabras y sabes de sobra cómo termina, no me interrumpas y escúchame. Cuando eras pequeño, para que te durmieras, tuve que contarte miles de veces el mismo cuento hasta que cerrabas lo ojitos.

Cuando estemos reunidos y, sin querer haga mis necesidades, no te avergüences y comprende que no tengo la culpa de ello, pues ya no puedo controlarlas. Piensa cuántas veces siendo niño te ayudé y estuve pacientemente a tu lado esperando a que terminaras lo que estabas haciendo.

No me reproches por que no quiera bañarme; no me regañes por ello. Recuerda los momentos que te perseguí y los mil pretextos que te inventaba para hacerte más agradable tu aseo.

Acéptame y perdóname ya que ahora soy el niño. Cuando me veas inútil e ignorante frente a todas las cosas tecnológicas que ya no podré entender, te suplico que me des todo el tiempo que sea necesario para no lastimarme con tu risa burlona.

Acuérdate que fui yo quien te enseñó tantas cosas. Comer, vestirte y enfrentar la vida tal como lo haces, son producto de mi esfuerzo y perseverancia.

Cuando en algún momento, mientras conversamos, me llegue a olvidar de qué estamos hablando, dame el tiempo que sea necesario hasta que yo recuerde, y si no puedo hacerlo no te impacientes, tal vez no era importante lo que hablaba y lo único que quería era estar contigo y que me escucharas en ese momento.

Si alguna vez ya no quiero comer, no me insistas. Sé cuánto puedo y cuánto no debo. También comprende que con el tiempo ya no tengo dientes para morder ni gusto para sentir.

Cuando mis piernas fallen por estar cansadas para andar, dame tu mano tierna para apoyarme como lo hice yo cuando comenzaste a caminar con tus débiles piernitas.

Por último, cuando algún día me oigas decir que ya no quiero vivir más y sólo quiero morir, no te enfades. Algún día entenderás que esto no tiene que ver con tu cariño o cuánto te ame. Trata de comprender que ya no vivo sino que sobrevivo, y eso no es vivir.

Siempre quise lo mejor para ti y he preparado los caminos que has debido recorrer. Piensa entonces que con este paso que me adelanto a dar estaré construyendo otro para ti, otra ruta, en otro tiempo, pero siempre contigo.

No te sientas triste o impotente por verme así. Dame tu corazón. Compréndeme y apóyame como lo hice cuando empezaste a vivir. De la misma manera como te he acompañado en tu sendero, te ruego que me acompañes a terminar el mío.

Dame amor y paciencia, que te devolveré gratitud y sonrisas con el inmenso amor que tengo por ti.


El juicio



En una aldea había un anciano muy pobre, pero hasta los reyes lo envidiaban porque poseía un hermoso caballo blanco. Los reyes le ofrecieron cantidades fabulosas por el caballo pero el hombre decía:

— Para mí, él no es un caballo, es una persona. ¿Y cómo se puede vender a una persona, a un amigo?
Era un hombre pobre pero nunca vendió su caballo. Una mañana descubrió que el caballo ya no estaba en el establo. Todo el pueblo se reunió diciendo:

— Viejo estúpido. Sabíamos que algún día le robarían su caballo. Hubiera sido mejor que lo vendiera. ¡Qué desgracia!

— No vayan tan lejos, –dijo el viejo–, simplemente digan que el caballo no está ya en el establo. Este es el hecho, todo lo demás es el juicio apresurado de ustedes. Si es una desgracia o una suerte, yo no lo sé, porque esto apenas es un fragmento. ¿Quién sabe lo que va a suceder mañana?

La gente se rió del viejo. Ellos siempre habían sabido que estaba un poco loco. Pero después de 15 días, una noche el caballo regresó. No había sido robado, se había escapado. Y no sólo eso, sino que trajo consigo una docena de caballos salvajes.

De nuevo se reunió la gente diciendo:

— Tenías razón, viejo. No fue una desgracia sino una verdadera suerte.

— De nuevo están yendo demasiado lejos –dijo el viejo. Digan tan solo que el caballo ha vuelto… ¿quién sabe si es una suerte o no? Es sólo un fragmento. Están leyendo apenas una palabra en una oración. ¿Cómo pueden juzgar el libro entero?

Esta vez la gente no pudo decir mucho más, pero por dentro sabían que estaba equivocado. Habían llegado doce caballos hermosos.

El viejo tenía un hijo que comenzó a entrenar a los caballos. Una semana más tarde se cayó de un caballo y se rompió las dos piernas. La gente volvió a reunirse y a juzgar:

— De nuevo tuviste razón, –dijeron. Era una desgracia. Tu único hijo ha perdido el uso de sus piernas y a tu edad él era tu único sostén. Ahora estás más pobre que nunca.

— Ustedes están obsesionados con juzgar –dijo el viejo. No vayan tan lejos, sólo digan que mi hijo se ha roto las dos piernas. Nadie sabe si es una desgracia o una fortuna. La vida viene en fragmentos y nunca se nos da más que esto.
Sucedió que pocas semanas después el país entró en guerra y todos los jóvenes del pueblo eran llevados por la fuerza al ejército. Sólo se salvó el hijo del viejo porque estaba lisiado. El pueblo entero lloraba y se quejaba porque era una guerra perdida de antemano y sabían que la mayoría de los jóvenes no volverían.

— Tenías razón viejo, era una fortuna. Aunque tullido, tu hijo aún está contigo. Los nuestros se han ido para siempre.

— Siguen juzgando, –dijo el viejo. Nadie sabe. Sólo digan que vuestros hijos han sido obligados a unirse al ejército y que mi hijo no ha sido obligado. Solo Dios sabe si es una desgracia o una suerte que así suceda.

No juzguen o jamás serán uno con el todo. Se quedarán obsesionados con fragmentos, sacarán conclusiones de pequeñas cosas. Una vez juzgas, has dejado de crecer.

El extranjero



Abuna di bishemaya it qaddash shemak. Que ton nom soit sanctifié, que ton règne arrive. Sia fatta la volontà tua com in cielo, così in terra. Danos hoy nuestro pan de cada dia, perdona nuestras ofensas, as we forgive those who trespass against us. Kuni to chikara to sakae wa tokoshie ni anata no mono da kara desu. Aamen.

Si entendiste el principio de esta introducción entendiste la lección intentada. Es innegable que la globalización nos introdujo en una corriente de cambios vertiginosos que –en la mayoría de los casos– nos tomó por sorpresa. Pero más allá de los pro y los contra que los expertos se ocupan en analizar, pienso que una de las consecuencias positivas es el creciente intercambio cultural a nivel mundial.

¡Qué bueno fue conocer a Migdonio Sánchez! Llegó a nuestra patria en busca de mejores condiciones económicas, con el fin de ayudar a su familia. Al igual que tantos hermanos latinoamericanos se vio forzado a abandonar su país –y a su gente– por un indeterminado período de tiempo. Pero en su maleta no venían tan sólo sus cachivaches, trajo sus recuerdos, tradiciones y costumbres.

Fresco aún tengo en mi memoria el momento en que quiso probar el pitorro, cogió un vaso y lo tomó como si fuera agua. Aprendió la lección: el pitorro es una bebida difícil de tomar, no se trata de un refresco, un vaso de leche o agua.

Historias y anécdotas sobreabundan, pero durante los años en los que Migdonio estuvo aquí, llegué a comprender mejor la experiencia personal de un extranjero. Es decir, qué siente, piensa, sueña, proyecta y anhela alguien que está lejos de su hogar, en un entorno extraño y en muchos casos adverso. Cuando llegó el día de su regreso, en casa sentimos como si uno de los nuestros se fuera lejos.

Algunos dicen que “descendemos” de los barcos, y en gran parte tienen razón debido a las grandes corrientes migratorias provenientes de Europa en la primera mitad del siglo pasado. Sin embargo, a menudo –si no casi siempre–olvidamos el hecho que nuestros antepasados fueron extranjeros. Obviamos esta realidad y con excesiva frecuencia nos congraciamos con la opinión popular, menospreciando a los hombres y a las mujeres que llegaron –y llegan– en los últimos años para ser cobijados por esta gran patria. Colocamos motes, apodos y sobrenombres despectivos, revelando de esta forma nuestra profunda pobreza interior y nuestros esfuerzos estériles por construir una nación próspera, sólidamente fundamentada en la igualdad humana.

La Biblia dice: “no angustiarás al extranjero; porque ustedes saben cómo es el alma del extranjero, ya que extranjeros fueron” (Éxodo 23:9).

Un amigo que vive en España tiene lo siguiente colgado en la pared de su oficina: “Si tu Dios es judío, tu coche japonés, tu pizza italiana, tu gas argelino, tu café brasileño, tus vacaciones marroquíes, tus cifras árabes, tus letras latinas… ¿Cómo te atreves a decir que tu vecino es extranjero?

La Biblia dice que en esencia nosotros somos extranjeros en esta tierra, por lo tanto vale la pena que miremos con buenos ojos y un corazón grande a quienes creemos que son extranjeros.


Para mis Hermanos




Una familia estaba sentada en la sala, tomando té helado con su Madre. Mientras hablaban de la vida, el matrimonio, de las responsabilidades y de las obligaciones de la edad adulta, la madre hizo sonar los cubos de hielo en su vaso fuertemente y luego miro fijamente a sus hijos. ‘Nunca se olviden de sus hermanos’ les advirtió, dando vueltas a las hojas de té en el fondo de su vaso. ‘Ellos se volverán cada vez más importantes con el paso del tiempo. No importa cuánto amen a sus esposos, sus esposas, no importa cuánto amen a los hijos que tengan, van a necesitarlos. Recuerda salir con ellos siempre, hacer cosas con ellos siempre. Recuerden que cuando hablo de sus Hermanos me refiero a todos, a las mujeres, los hombres sus amigos, sus hijos, y todas las otras mujeres que estén ligadas a ustedes. Las van a necesitar. Siempre las necesitamos.

Ellos escucharon a su madre. Mantuvieron contacto con sus Hermanos y cada vez tuvieron más amigos con el paso de los años. Conforme estos fueron pasando, uno tras otro, ellos fueron entendiendo, gradualmente, a lo que su Madre se refería. Conforme el tiempo y la naturaleza presentan sus cambios y sus misterios en la vida, tus verdaderos Hermanas siempre permanecen.

Después de mis años de vivir en este mundo, esto es lo que he aprendido: El tiempo pasa. La vida ocurre. Las distancias separan. Los hijos crecen. Los trabajos van y vienen. La pasión disminuye. Los hombres y las mujeres no siempre hacen lo que se supone que deberían hacer. El corazón se rompe. Los padres mueren. Los colegas olvidan los favores recibidos. Las carreras o profesiones llegan a su fin.

Pero, tus Hermanos siempre están ahí, no importa cuánto tiempo y cuantas millas haya entre ustedes. Los amigos nunca están demasiado lejos para llegar cuando se necesitan. Cuando tengan que caminar por un valle solitario y tengan que hacerlo por ustedes mismos, los amigos de su vida, estarán alrededor del valle, alentándolos, orando por ustedes, empujándoles, interviniendo por ustedes, y esperándolee con los brazos abiertos al final del camino. Algunas veces, incluso romperán las reglas y caminarán a su lado, o vendrán y les llevarán cargados.

Amigos, hijos, abuelos, madres, padres, hermanos, suegros, nueros y nueras, cuñados y cuñadas, nietos y nietas, tíos y tías, primos y primas, sobrinos y sobrinas: son una bendición en la vida! Cada día, seguimos necesitándolos.

Pásale este mensaje a todas las personas que contribuyen a darle significado a tu vida.

La rosa y el sapo



Había una rosa muy bella, se sentía una maravilla al saber que era la rosa más bella del jardín. Sin embargo un día se dio cuenta que la gente la miraba de lejos y observó que a su lado había un sapo negro, grande y gordo.

Al percatarse que por eso nadie se acercaba a ella le dijo muy molesta:

— Sapo, ¿por qué no te alejas de mí, no ves que por tu culpa nadie se me acerca? Eres muy feo.

— Está bien si eso es lo que quieres me iré.

Muy obediente el sapo se alejó de la rosa, brincando.

Poco tiempo después el sapo se paseaba por el jardín cuando se dio cuenta que la rosa estaba toda marchita y con muy pocos pétalos en ella y le dijo:

— ¡Ahora sí que te encuentras marchita! ¿Qué te pasó?

— Es que desde que te fuiste las hormigas me han comido día y noche. No volveré a ser la más bella del jardín.

— Pues claro, cuando estaba aquí me comía esas hormigas y por eso siempre eras la más bella del jardín.

Muchas veces despreciamos a los demás por creer que somos más que ellos o que simplemente no nos sirven para nada. En este mundo nadie está sobrado, todos tenemos algo que aprender de los demás o algo que enseñar. A veces hay personas que nos hacen un bien del cual ni siquiera estamos conscientes.

Confianza



Cuando confías profundamente, esta confianza transforma tu vida, no importa cuáles sean las circunstancias. Cuando Milarepa fue a ver a su maestro al Tíbet era tan humilde, tan puro, tan auténtico, que los otros discípulos tuvieron celos de él. Era seguro que él sería el sucesor del Maestro, así que los otros trataron de matarlo.

Milarepa era muy confiado. Un día los otros discípulos dijeron:

— Si realmente crees en el Maestro, ¿puedes lanzarte desde este abismo? Si confías, no pasará nada. No te harás daño.

Y Milarepa saltó sin dudarlo un solo segundo. Los discípulos bajaron corriendo… el valle estaba a 3,000 pies de profundidad. Corrieron esperando encontrar los huesos, deshecho su cuerpo, pero él estaba sentado en postura de loto, tremendamente feliz.

Abrió los ojos y dijo:

— Tenían razón, la confianza salva.

Pensaron que todo debería haber sido una coincidencia, así que cuando un día salieron de viaje y tuvieron que cruzar el río le dijeron:

— No necesitas ir en bote. Tienes tanta confianza que puedes caminar sobre las aguas. Y él caminó sobre las aguas.

Esta fue la primera vez que el Maestro le vio.

— ¿Qué estás haciendo? Es imposible, dijo.

— Estoy haciéndolo gracias a tu poder, Maestro.

El Maestro pensó: “Si mi poder y mi nombre pueden hacer esto por un hombre ignorante y estúpido… .yo nunca lo he probado por mí mismo”. Lo intentó y se ahogó. Nunca más se volvió a oír hablar de él.

Si confías plenamente, aún un maestro no iluminado puede revolucionar positivamente tu vida. Lo contrario también es una gran verdad: Un Maestro iluminado puedo no serte de ninguna ayuda. Depende por completo de ti.

La ventana del hospital



Dos hombres, ambos enfermos de gravedad, compartían el mismo cuarto semi privado del hospital. A uno de ellos se le permitía sentarse durante una hora en la tarde, para drenar el líquido de sus pulmones. Su cama estaba al lado de la única ventana de la habitación. El otro tenía que permanecer acostado de espaldas todo el tiempo. Conversaban incesantemente todo el día y todos los días, hablaban de sus esposas y familias, sus hogares, empleos, experiencias durante sus servicios militares y sitios visitados durante sus vacaciones.

Todas las tardes cuando el compañero ubicado al lado de la ventana se sentaba, se pasaba el tiempo relatándole a su compañero de cuarto lo que veía por la ventana. Con el tiempo el compañero, acostado de espaldas que no podía asomarse por la ventana, se desvivía por esos períodos de una hora durante el cual se deleitaba con los relatos de las actividades y colores del mundo exterior. La ventana daba, a un parque con un bello lago. Los patos y cisnes se deslizaban por el agua, mientras los niños jugaban con sus pequeños botes a la orilla del lago. Los enamorados se paseaban de la mano entre las flores multicolores en un paisaje con árboles majestuosos y en la distancia, una bella vista de la ciudad. A medida que el señor cerca de la ventana describía todo esto con detalles exquisitos, su compañero cerraba los ojos e imaginaba un cuadro pintoresco.

Una tarde le describió un desfile que pasaba por el hospital y aunque él no pudo escuchar la banda, lo pudo ver a través del ojo de la mente mientras su compañero se lo describía. Pasaron los días y las semanas y una mañana, la enfermera al entrar para el aseo matutino, se encontró con el cuerpo sin vida del señor cerca de la ventana, quien había expirado tranquilamente, durante su sueño. Con mucha tristeza, avisó para que trasladaran el cuerpo. Al otro día el otro señor, con mucha tristeza pidió que lo trasladaran cerca de la ventana. A la enfermera le agradó hacer el cambio y luego de asegurarse de que estaba cómodo, lo dejó solo. El señor con mucho esfuerzo y dolor, se apoyó de un codo para poder mirar al mundo exterior por primera vez. Finalmente tendría la alegría de verlo por sí mismo.
Se esforzó para asomarse por la ventana y lo que vio fue la pared del edificio de al lado. Confundido y entristecido, le preguntó a la enfermera qué sería lo que animó a su difunto compañero a describir tantas cosas maravillosas fuera de la ventana. La enfermera le respondió que el señor era ciego y no podía ni ver la pared de enfrente. Ella le dijo:
— Quizás solamente deseaba animarlo a usted.

Moraleja de la vida



Había una vez… … un muchacho que enfermó de cáncer. Un cáncer que no tenía cura. Con tan sólo 17 años, y podría morir en cualquier momento. Siempre vivió en su casa, bajo el cuidado de su madre. Ya estaba harto y decidió salir sólo por una vez. Le pidió permiso a su madre y ella aceptó.

Caminando por una calle vio muchas tiendas. Al pasar por una tienda de música; y ver el aparador, notó la presencia de una niña muy guapa de su edad. Fue amor a primera vista! Abrió la puerta y entró sin mirar nada que no fuera ella.

Acercándose poco a poco, llegó al mostrador donde se encontraba.

Ella lo miró y le dijo sonriente:

— ¿Te puedo ayudar en algo?.

Mientras, él pensaba que era la sonrisa más hermosa que había visto en toda su vida. Sintió el deseo de besarla en ese mismo instante. Tartamudeando le dijo:

— Sí, me gustaría comprar un CD.

Sin pensar, tomó el primero que vio y le dio el dinero.

— ¿Quieres que te lo envuelva?

Respondió que sí, moviendo la cabeza; y ella fue al almacén para volver con el paquete envuelto y entregárselo. Lo tomó y salió de la tienda.

Se fue a su casa y desde ese día en adelante visitó la tienda todos los días para comprar un CD. Siempre se los envolvía la niña para luego llevárselos a su casa y meterlos en su clóset. Era muy tímido para invitarla a salir y; aunque trataba, no podía.

Su mamá se enteró de esto e intentó animarlo a que se aventurara, así que al siguiente día se armó de coraje y se dirigió a la tienda. Como todos los días compró un CD; y como siempre, ella se fue atrás para envolverlo. El tomó el CD; y mientras ella no estaba viendo, rápidamente dejó su teléfono en el mostrador y salió corriendo de la tienda.

Un buen día sonó el teléfono. Su mamá contestó:

— ¿Bueno?

¡Era la niña! Preguntó por su hijo; y la madre desconsolada, comenzó a llorar mientras decía:

— ¿Qué, no sabes?… Murió ayer.

Hubo un silencio prolongado, excepto los lamentos de su madre. Más tarde; la mamá entró en el cuarto de su hijo para recordarlo. Decidió empezar por ver su ropa, así que abrió su clóset. Para su sorpresa se topó con montones de CDs envueltos.

Ni uno estaba abierto. Le causó curiosidad ver tantos y no se resistió; tomó uno y se sentó sobre la cama para verlo: al hacer esto, un pequeño pedazo de papel salió de la cajita plástica. La mamá lo recogió para leerlo y decía: “¡Hola! Estás super guapo. ¿Quieres salir conmigo? Sofía.

De Tanta emoción, la madre abrió otro y otro pedazo de papel en varios CDs; y estos decían más o menos lo mismo.

Así es la vida, no esperes demasiado para decirle a ese alguien especial lo que sientes. Díselo hoy, mañana puede ser muy tarde.

El perro fiel



Una pareja de jóvenes tenía varios años de casados y nunca pudieron tener hijos. Para no sentirse solos, compraron un cachorro pastor alemán y lo amaron como si fuera su propio hijo. El cachorro creció hasta convertirse en un grande y hermoso pastor alemán. El perro salvó, en más de una ocasión, a la pareja de ser atacada por ladrones. Siempre fue muy fiel, quería y defendía a sus dueños contra cualquier peligro.

Luego de siete años de tener al perro, la pareja logró tener el hijo tan ansiado. La pareja estaba muy contenta con su nuevo hijo y disminuyeron las atenciones que tenían con el perro. Éste se sintió relegado y comenzó a sentir celos del Bebé y no era el perro cariñoso y fiel que tuvieron durante siete años. Un día la pareja dejó al Bebé plácidamente durmiendo en la cuna y fueron a la terraza a preparar una carne asada. Cual fue su sorpresa cuando se dirigían al cuarto del Bebé y ven al perro en el pasillo con la boca ensangrentada, moviéndoles la cola. El dueño del perro pensó lo peor, sacó un arma que llevaba y en el acto mató al perro. Corre al cuarto del Bebé y encuentra al bebé sonriendo en su cuna y una gran serpiente degollada. El dueño comienza a llorar y exclama:

— He matado a mi perro fiel!

¿Cuántas veces no hemos juzgado injustamente a las personas?. Lo que es peor, las juzgamos y condenamos sin investigar a qué se debe su comportamiento, cuáles son sus pensamientos y sentimientos. Muchas veces las cosas no son tan malas como parecen, sino todo lo contrario.

La próxima vez que nos sintamos tentados a juzgar y condenar a alguien recordemos la historia del perro fiel, así aprenderemos a no levantar falsos testimonios contra una persona hasta el punto de dañar su imagen ante los demás.

Las puertas del cielo



Un guerrero, samurai, fue a ver al Maestro Zen Hakuin y le preguntó: ¿Existe el infierno? ¿Existe el cielo? ¿Dónde están las puertas que llevan a ellos ? ¿Por dónde puedo entrar?

Era un guerrero sencillo. Los guerreros siempre son sencillos, sin astucia en sus mentes, sin matemáticas. Sólo conocen dos cosas: La vida y la muerte. No había venido a aprender ninguna doctrina; solo quería saber dónde estaban las puertas, para poder evitar el infierno y entrar al cielo. Hakuin le respondió de una manera que sólo un guerrero podía haber entendido.

— ¿Quién eres?

— Soy un samurai, hasta el emperador me respeta.

— ¿Un Samurai, tú?. Pareces un mendigo.

El orgullo del samurai se sintió herido y olvidó para qué había venido. Sacó su espada y ya estaba a punto de matar a Hakuin cuando éste dijo:

— Esta es la puerta del infierno. Esta espada, esta ira, este ego, te abren la puerta.

Esto es lo que un guerrero puede comprender. Inmediatamente el samurai entendió. Puso de nuevo la espada en su cinto y Hakuin dijo:

— Aquí se abren las puertas del cielo. La mente es el cielo, la mente es el infierno y la mente tiene la capacidad de convertirse en cualquiera de ellos. Pero la gente sigue pensando que existen en alguna parte, fuera de ellos mismos. El cielo y el infierno no están al final de la vida, están aquí y ahora. A cada momento las puertas se abren… en un segundo se puede ir del cielo al infierno, del infierno al cielo.

El escondite



Una vez se reunieron todos los sentimientos y cualidades de los hombres. El aburrimiento bostezaba, como siempre, cuando la locura les propuso, “¡Vamos a jugar al escondite!” La intriga levantó la ceja, intrigada, mientras la curiosidad, sin poder contenerse, Preguntaba:

— ¿Al escondite? ¿Y cómo es eso?

— Es un juego –explicó la locura–, me tapo la cara y comienzo a contar, desde uno hasta diez. Ustedes se esconden, y cuando haya terminado de contar, el primero de ustedes que encuentre ocupará mi lugar para continuar el juego.

El entusiasmo bailó, secundado por la euforia. La alegría dio tantos saltos que terminó por convencer a la duda, e incluso a la apatía, a quien nunca le interesaba nada. Pero no todos quisieron participar. La verdad prefirió no esconderse. ¿Para qué? Al final siempre la encontraban.

La soberbia opinó que era un juego muy tonto –en el fondo lo que le molestaba era que la idea no hubiese sido suya –. La cobardía prefirió no arriesgarse.

“Uno, dos, tres,” –comenzó a contar la locura –. La primera en esconderse fue la pereza que, como siempre, se dejó caer tras la primera piedra del camino. La fe subió al cielo. La envidia se escondió tras la sombra del triunfo, que con su propio esfuerzo había logrado subir a la copa del árbol más alto. La generosidad casi no alcanzaba a esconderse; cada sitio que hallaba le parecía maravilloso para alguno de sus amigos. ¿Que si un lago cristalino? Ideal para la belleza, pensaba. ¿Que si la hendija de un árbol? Perfecto para la timidez. ¿Que si el vuelo de la mariposa? Lo mejor para la voluptuosidad. ¿Que si una ráfaga de viento? Magnífico para la libertad. Así terminó por ocultarse en un rayito de sol. El egoísmo, en cambio, encontró un sitio muy bueno desde el principio, ventilado, cómodo, pero sólo para él.

La mentira se escondió en el fondo de los océanos –mentira, en realidad se escondió detrás del arco iris–. La pasión y el deseo se fueron juntos al centro de los volcanes. El olvido, se me olvidó dónde se escondió. Pero eso no es lo importante. Cuando la locura contaba 9, el amor aún no había encontrado sitio para esconderse, pues todo se encontraba ocupado. Hasta que divisó un rosal. Enternecido, decidió esconderse entre sus rosas.

“¡Diez!” –gritó la locura– y comenzó a buscar. La primera en aparecer fue la pereza, a solo tres pasos de la piedra más cercana. Después escuchó a la fe, en el cielo, discutiendo con Dios sobre teología. A la pasión y el deseo los sintió en el vibrar de los volcanes. En un descuido encontró a la envidia, y así pudo deducir dónde estaba el triunfo. Al egoísmo no tuvo ni que buscarlo, el solito salió disparado de su escondite, que había resultado ser un nido de avispas. De tanto caminar, la locura sintió sed; al acercarse al lago descubrió a la belleza. Con la duda resultó más fácil todavía, la encontró sentada sobre una cerca, sin decidir aún de qué lado esconderse. Así fue encontrando a todos, al talento entre la hierba fresca; a la angustia en una oscura cueva; a la mentira detrás del arco iris –mentira, estaba en el fondo del océano– y hasta al olvido. Que ya se le había olvidado que estaba jugando al escondite.

Pero el amor no aparecía por ningún sitio. La locura buscó desesperada, detrás de cada árbol bajo, en el fondo de las lagunas, debajo de las piedras, en la cima de las montañas. Se volvió loca buscando. Cuando estaba por darse por vencida, divisó un rosal. Sonriendo, tomó una horquilla y comenzó a mover las ramas. De pronto se escuchó un doloroso grito. ¡Las espinas habían herido en los ojos al amor!
La locura no sabía que hacer para disculparse. Lloró, rogó, imploró, pidió perdón, y hasta prometió ser su lazarillo. Desde entonces, desde que por primera vez se jugó al escondite, el amor es ciego, y la locura siempre lo acompaña.

Amigos son los amigos


Un hombre, su caballo y su perro caminaban por una calle. Después de mucho andar, el hombre se dio cuenta que tanto él, como su caballo y su perro habían muerto en un accidente. A veces los muertos toman tiempo para comprender su nueva condición. La caminata era muy larga, montaña arriba; el sol era fuerte, y ellos estaban cansados, sudados y tenían mucha sed. Necesitaban desesperadamente agua.

En una curva del camino vieron una puerta magnífica, toda de mármol, que conducía a una plazoleta con piso de oro, en el centro de la cual había una fuente de la que manaba agua cristalina. El caminante se dirigió al guardián que, dentro de una ornamentada casilla, vigilaba la entrada.

— Buenos días.

— Buenos días.

— ¿Qué lugar es este, tan lindo?

— Este es el Cielo, fue la respuesta.

— ¡Qué suerte que llegamos al Cielo! Estamos con mucha sed, dijo el hombre.

— Pues el señor puede entrar y beber agua a voluntad, –contestó el guardián, indicándole la fuente.

— Mi caballo y mi cachorro también están sedientos.

— Lo lamento mucho, pero aquí no se permite la entrada a los animales.

— Pero ellos me han acompañado siempre.

El guardián se limitó a menear la cabeza negativamente. El hombre quedó muy desilusionado, porque su sed era grande, pero decidió no beber si sus amigos no podían hacerlo. Así que prosiguió su camino.

Después de mucho caminar montaña arriba, con sed y cansancio multiplicados, llegaron a un sitio cuya entrada estaba marcada por una vieja puerta entreabierta. La puerta se abría hacia un amplio camino de tierra con verdes árboles, a ambos lados, que brindaban buen cobijo del sol. A la sombra de uno de ellos había un anciano de blanca barba, apoyado sobre el tronco; parecía adormilado, con la cabeza cubierta por un sombrero. El caminante se aproximó.

— Buenos días.

— Buenos días.

— Estamos con mucha sed, mi caballo, mi perro y yo. Hay algún lugar donde podamos encontrar agua?

— Detrás de aquellos matorrales hay un manantial, contestó el anciano. Pueden beber a voluntad.

El hombre, el caballo y el perro fueron hasta el manantial, y finalmente pudieron calmar la sed y refrescarse. Al volver hasta donde estaba el anciano, el hombre le agradeció.

— Pueden volver cuando quieran.

— A propósito, dijo el caminante, cuál es el nombre de este lugar?

— Están en el Cielo.

— ¡Pero no es posible! El guardián que estaba al pie de la montaña, junto al gran portal de mármol, nos dijo que el Cielo era aquel!

— No, aquello no es el cielo, es el infierno.

— Pero entonces, esa es una información falsa, y puede causar grandes confusiones.

— De ninguna manera, respondió el anciano. La verdad es que ellos nos hacen un gran favor, porque allá se quedan aquellos que son capaces de abandonar a sus mejores amigos.

El Loco




En un pueblo rodeado de cerros habitaba un loco, la gente del pueblo le llamaba así: “El loco”. ¿Acaso hacía cosas disparatadas, cosas raras, cosas diferentes a las que hace la mayoría de las personas, al menos en ese pueblo?

La gente al verlo pasar se reía y se burlaba de él, humildemente vestido, sin posesiones, sin una casa que se dijera de su propiedad, sin una esposa ni unos hijos; un desdichado, pensaba la gente, alguien que no beneficiaba a la sociedad, un inútil comentaban otros.

Más he aquí que este viejo ocupaba su vida sembrando árboles en todas partes donde pudiera, sembraba semillas de las cuales nunca vería ni las flores ni el fruto, y nadie le pagaba por ello y nadie se lo agradecía, nadie lo alentaba, por el contrario, era objeto de burla insistente de los demás. Ese ser era un gran Espíritu de Luz, poniendo la muestra de cómo se deben hacer las cosas, sembrando, siempre sembrando sin esperar a ver el fruto, sin esperar a saborearlo.

Sucedió que un día cabalgaba por esos rumbos el gobernante de aquellos lugares, rodeado de su escolta. Observaba lo que sucedía verdaderamente en su pueblo, no quería escucharlo a través de la boca de sus ayudantes, quería tener conocimiento propio.

Al pasar por aquel lugar y encontrarse al Loco le preguntó:

— ¿Qué haces, buen hombre?

— Sembrando Señor, sembrando.

— Pero, ¿cómo es que siembras? Estás viejo y cansado, y seguramente no verás siquiera el árbol cuando crezca. ¿Para qué siembras entonces?

— Señor, otros sembraron y he comido, es tiempo de que yo siembre para que otros coman.

El hombre quedó admirado de la sabiduría de aquel ser al que llamaban loco, y nuevamente le comentó:

— No verás los frutos, y aún sabiendo eso continúas sembrando. Te regalaré una monedas, por la lección que me has dado.

— ¿Ves, Señor, cómo ya mi semilla ha dado fruto? Aún no la acabo de sembrar y ya me está dando frutos. Aún más, si alguna persona se volviera loca, como yo, y se dedicara solamente a sembrar sin esperar los frutos sería el más maravilloso de todos los frutos que yo hubiera obtenido, porque siempre esperamos algo a cambio de lo que hacemos, porque siempre queremos que se nos devuelva igual o el doble de lo que hacemos. Esto, desde luego, sólo cuando consideramos que hacemos bien, y nos olvidamos del mal que hacemos.

Terminado esto, el Loco siguió sembrando. No se supo de su fin, no se supo si terminó muerto y olvidado por ahí en algún cerro, pero había cumplido su labor, realizó la misión, la misión de un loco.

La apariencia no lo es todo


John Blanchard se levantó de la banca, alisó su uniforme de marino y estudió a la muchedumbre que hormigueaba en la Grand Central Station. Buscaba a la chica cuyo corazón conocía, pero cuya cara no había visto jamás, la chica con una rosa en su solapa.

Su interés en ella había empezado trece meses antes en una biblioteca de Florida. Al tomar un libro de un estante, se sintió intrigado, no por las palabras del libro, sino por las notas escritas a lápiz en el margen. La suave letra reflejaba un alma pensativa y una mente lúcida.

En la primera página del libro, descubrió el nombre de la antigua propietaria del libro, Miss Hollis Maynell.

Invirtiendo tiempo y esfuerzo, consiguió su dirección. Vivía en la ciudad de Nueva York. Le escribió presentándose e invitándola a cartearse. Al día siguiente, sin embargo, fue embarcado a alta mar para servir en la Segunda Guerra Mundial.

Durante el año y el mes que siguieron, ambos llegaron a conocerse a través de su correspondencia. Cada carta era una semilla que caía en un corazón fértil; un romance comenzaba a nacer.

Blanchard le pidió una fotografía, pero ella se rehusó. Ella pensaba que si él realmente estaba interesado en ella, su apariencia no debía importar. Cuando finalmente llegó el día en que él debía regresar de Europa, ambos fijaron su primera cita a las siete de la noche, en la Grand Central Station de Nueva York.

Ella escribió: “Me reconocerás por la rosa roja que llevaré puesta en la solapa”. Así que a las siete en punto él estaba en la estación, buscando a la chica cuyo corazón amaba, pero cuya cara desconocía.

Así narró el joven marino su encuentro con el amor:

“Una joven venía hacia mí, su figura era larga y delgada. Su cabello rubio caía hacia atrás en rizos sobre sus delicadas orejas; sus ojos eran tan azules como flores. Sus labios y su barbilla tenían una firmeza amable y toda ella enfundada en su traje verde claro, era como la primavera encarnada”.

“Comencé a caminar hacia ella, olvidando por completo que debía buscar una rosa roja en su solapa. Al acercarme, una pequeña y provocativa sonrisa curvó sus labios”. –‘¿Vas en esa dirección, marinero?’ Casi incontrolablemente, di un paso para seguirla y en ese momento vi a Hollis Maynell. Estaba parada casi detrás de la chica”.

“Era una mujer de más de cuarenta años, con cabello entrecano que asomaba bajo un sombrero gastado. Era bastante llenita y sus pies, anchos como sus tobillos, lucían unos zapatos de tacón bajo.”

“La chica del traje verde se alejaba rápidamente. Me sentí como partido en dos, tan vivo era mi deseo de seguirla y, sin embargo, tan profundo era mi anhelo por conocer a la mujer cuyo espíritu me había acompañado tan sinceramente y que se confundía con el mío.”

“Ahí estaba ella. Su faz pálida y regordeta era dulce e inteligente, y sus ojos grises tenían un destello cálido y amable. No dudé más. Mis dedos afianzaron la gastada cubierta de piel azul del pequeño volumen que haría que ella me identificara. Esto no sería amor, pero sería algo precioso, algo quizá aún mejor que el amor: una amistad por la cual yo estaba y debía estar siempre agradecido”.

“Me cuadré, saludé y le extendí el libro a la mujer, a pesar de que sentía que al hablar, me ahogaba la amargura de mi desencanto: –‘Soy el teniente John Blanchard, y usted debe ser Miss Maynell. Estoy muy contento de que pudiera usted acudir a nuestra cita. ¿Puedo invitarla a cenar?’ La cara de la mujer se ensanchó con una sonrisa tolerante. ‘No sé de qué se trata todo esto, muchacho’, respondió, ‘pero la señorita del traje verde que acaba de pasar me suplicó que pusiera esta rosa en la solapa de mi abrigo. Y me pidió que, si usted me invitaba a cenar, por favor le dijera que ella lo está esperando en el restaurante que está cruzando la calle. Dijo que era algo así como una prueba!.’

La verdadera naturaleza del corazón se descubre en su respuesta a lo que no es atractivo. “Dime a quién amas,” escribió Houssaye, “y te diré quién eres.”

Adiós querido papá




Lo siento mucho papá, porque creo que esta es la última vez que me podré dirigir a ti. En serio, lo siento mucho. Es tiempo de que sepas la verdad.

Voy a ser breve y claro: la droga me mató, papá. Conocí a mis asesinos a eso de los 15 o 16 años de edad. Es horrible ¿No es cierto papá? ¿Sabes cómo fue? Un ciudadano elegantemente vestido, muy elegantemente, que se expresaba muy bien, nos presento a nuestro futuro asesino, la droga.

Intenté rechazarla. De veras lo intenté, pero este señor se metió en mi dignidad diciéndome que no era hombre.

No es necesario que diga nada más, ¿no es cierto?. Ingresé al mundo de las drogas. No hacía nada sin que las drogas estuvieran presentes. Sentía más que las demás personas, y la droga, mi amiga, sonreía.
¿Sabes papá?, cuando uno comienza, encuentra todo ridículo y muy divertido. Incluso a Dios lo encontraba ridículo. Hoy en este hospital, reconozco que Dios es lo más importante en el mundo, sé que sin su ayuda no estaría escribiendo lo que escribo.

Papá, no vas a creerlo, pero la vida de un drogadicto es terrible. Uno se siente desgarrado por dentro. Es terrible y todos los jóvenes deben saberlo para no entrar en eso. No puedo dar tres pasos sin cansarme. Los médicos dicen que me voy a curar, pero cuando salen del cuarto mueven la cabeza.

Papá, sólo tengo 19 años y sé que no tengo oportunidad de vivir. Es muy tarde para mí, pero tengo un último pedido para hacerte: habla a todos los jóvenes que conoces y muéstrales está carta. Diles que en cada puerta de los colegios, en cada salón, en cada facultad, en cualquier lugar, hay siempre un hombre elegante, que va a mostrarles a su futuro asesino, el que destruirá sus vidas. Por favor, haz eso papá, antes de que sea demasiado tarde para ellos también.

Perdóname papá, ya sufrí demasiado. Perdóname por hacerte sufrir también con mis locuras.

Adiós querido papá.

No te rindas




La piel se arruga, el pelo se vuelve blanco, los días se convierten en años, pero lo importante no cambia. Tu fuerza, tu convicción, no tiene edad.

Tu espíritu es el plumero de cualquier telaraña. Detrás de cada línea de llegada, hay una de partida. Detrás de cada logro hay otro desafío. Mientras estés vivo, siéntete vivo. Si extrañas lo que hacías, vuelve a hacerlo.

No vivas los recuerdos de fotos amarillas. Sigue aunque todos esperen que te rindas. No dejes que se oxide el hierro que hay en ti. Has que en vez de lástima te tengan respeto.

Cuando por el paso los años no puedas correr, camina; cuando no puedas caminar usa un bastón. Cuando no puedas usar un bastón arrástrate, pero Nunca te rindas.

No te rindas, aún estás a tiempo de abrazar la vida y comenzar de nuevo, aceptar tu sombra, liberar el lastre y retomar el vuelo.

No te rindas, que la vida es eso, continuar el viaje, perseguir tus sueños, abrir las esclusas, destrabar el tiempo, correr los escombros y destapar el cielo.

No te rindas, por favor, no cedas, aunque el frío queme, aunque el miedo muerda, aunque el sol se ponga y se acalle el viento, aún hay fuego en tu alma, aún hay vida en tu interior.

Porque la vida es tuya y tuyo también el deseo, porque lo has querido y porque yo te quiero, porque existe el vino y el amor es cierto, porque no hay herida que no cure el tiempo.

Abrir las puertas, quitar los cerrojos, bajar el puente y cruzar el foso, abandonar las murallas que te protegieron, volver a la vida y aceptar el reto.

Recuperar la risa, ensayar un canto, bajar la guardia y extender las manos, desplegar las alas e intentar de nuevo, celebrar la vida, remontar los cielos.

Porque cada día es un comienzo nuevo, porque ésta es la hora y el mejor momento, porque tienes alas y puedes hacerlo, porque no estás solo y porque yo te quiero.

Amigos, la vida es hermosa




Quizás Dios quiere que conozcamos unas pocas personas equivocadas antes de conocer a la correcta, sepamos cómo estar agradecidos por ese regalo. Cuando la puerta de la felicidad se cierra, otra se abre, pero muchas veces miramos tanto la puerta cerrada que no vemos la que ha sido abierta para nosotros.

El mejor tipo de amigo es aquel con quien te puedes sentar en el patio y columpiarte con él, sin decir una palabra, y después irte sintiendo como si hubiera sido la mejor conversación que jamás tuviste.

Es cierto que no sabemos lo que tenemos hasta que lo perdemos, pero también es cierto que no sabemos qué nos está faltando hasta que llega.

Darle a alguien todo tu amor no es garantía de que te amará de vuelta! No esperes amor a cambio, sólo espera a que crezca en su corazón, pero si no lo hace, alégrate de que creció en el tuyo. Toma sólo un minuto hacer el amor con alguien, una hora para que te guste, y un día para enamorarse. Pero toma toda una vida olvidar a alguien.

No te fijes en la pinta, te puede decepcionar. No te fijes en la riqueza, incluso eso se desvanece. Fíjate en alguien que te haga sonreír porque se necesita sólo una sonrisa para hacer que un día oscuro parezca claro. Encuentra al que hace sonreír a tu corazón.

Hay momentos en la vida en que extrañas tanto a alguien que tan sólo quieres tomarlo de tus sueños y ¡abrazarlo de verdad!

Sueña lo que quieres soñar; anda donde quieras ir; sé lo que quieres ser, porque sólo tienes una vida y una oportunidad para hacer todas las cosas que quieres hacer.

Que tengas suficiente felicidad que te haga dulce, suficientes pruebas que te hagan fuerte, suficiente esperanza que te haga feliz. Ponte siempre en los zapatos del otro. Si sientes que te duele probablemente también le duele a la otra persona.

La gente más feliz no necesariamente tiene lo mejor de todo; ellos tan sólo saben sacar lo mejor de todo lo que se les presenta en el camino. La felicidad está con aquellos que lloran, aquellos que están dolidos, aquellos que han buscado, y aquellos que han intentado, porque sólo ellos pueden apreciar la importancia de aquella gente que ha tocado sus vidas.

El amor comienza con una sonrisa, crece con un beso y termina con una lágrima. No puedes ir bien en la vida hasta que dejas ir tus fracasos y tus penas pasadas del corazón.

Cuando naciste estabas llorando y todos alrededor tuyo sonreían. Vive tu vida para que cuando mueras, seas tú el que esté sonriendo y todos alrededor tuyo estén llorando.

Gracias por su atención y espero que les halla gustado solo lo hago con la intención de que les agrade
gracias por su paciencia
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