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Valorate Antes que sea demasiado tarde parte II

Info7/1/2010
aqui la primera parte





La puerta



Un hombre, conocido artista de la región, había pintado un grandioso cuadro. El día de la presentación al público, asistieron las autoridades locales, fotógrafos, periodistas, y mucha gente, incluyendo a esas que se creen saberlo todo, pues se trataba de un famoso pintor, reconocido artista a nivel nacional e internacional. Llegado el momento de la develación, se tiró el paño que velaba el cuadro. Hubo un caluroso aplauso. Nadie ponía en duda la majestuosidad del cuadro.

Era una impresionante figura de Jesús tocando suavemente a la puerta de una casa. Jesús parecía vivo. Con el oído junto a la puerta, parecía querer oír si adentro de la casa alguien le respondía.

Todos admiraban aquella preciosa obra de arte. Un observador muy curioso, de esos que hayan en todas partes acomodo, y acaso queriendo ridiculizar al artista, encontró una falla en el cuadro. La puerta no tenía cerradura. Y fue a preguntar al artista:

— ¡Su puerta no tiene cerradura! ¿Cómo se hace para abrirla?, gritó a viva voz, como para que todos lo escucharan.

El pintor tomo su Biblia, buscó un versículo y lo leyó: “He aquí, yo estoy a la puerta y llamo: si alguno oyere mi voz y abriere la puerta, entraré a él, y cenaré con él, y él conmigo.” Así es, esta es la puerta del corazón del hombre. Solo se abre por dentro.




La rosa y el sapo



Había una rosa muy bella, se sentía una maravilla al saber que era la rosa más bella del jardín. Sin embargo un día se dio cuenta que la gente la miraba de lejos y observó que a su lado había un sapo negro, grande y gordo.

Al percatarse que por eso nadie se acercaba a ella le dijo muy molesta:

— Sapo, ¿por qué no te alejas de mí, no ves que por tu culpa nadie se me acerca? Eres muy feo.

— Está bien si eso es lo que quieres me iré.

Muy obediente el sapo se alejó de la rosa, brincando.

Poco tiempo después el sapo se paseaba por el jardín cuando se dio cuenta que la rosa estaba toda marchita y con muy pocos pétalos en ella y le dijo:

— ¡Ahora sí que te encuentras marchita! ¿Qué te pasó?

— Es que desde que te fuiste las hormigas me han comido día y noche. No volveré a ser la más bella del jardín.

— Pues claro, cuando estaba aquí me comía esas hormigas y por eso siempre eras la más bella del jardín.

Muchas veces despreciamos a los demás por creer que somos más que ellos o que simplemente no nos sirven para nada. En este mundo nadie está sobrado, todos tenemos algo que aprender de los demás o algo que enseñar. A veces hay personas que nos hacen un bien del cual ni siquiera estamos conscientes.





Dios, ¿eres real?



Dios, ¿eres real? –susurró el niño. Durante mucho tiempo, a su pequeña edad, había comenzado a preguntarse el por qué de las cosas. A cada momento le asaltaban dudas para las que necesitaba respuesta.

— Dios, habla conmigo.

Y entonces una alondra del campo canto pero el niño no escuchó. Así que el niño gritó:

— Dios, háblame!

Y un trueno resonó por todo del cielo, pero el niño absorto en sus requerimientos no escuchó. El niño miró alrededor y dijo:

— Dios, déjame verte.

Y una estrella se iluminó brillantemente, pero el niño no se dio cuenta. Y el niño gritó:

— Dios muéstrame un milagro!

Y una vida nació, pero el niño no se dio cuenta.

Así que el niño lloró desesperadamente y dijo:

— Tócame Dios, y sabré así que te encuentras aquí!

Con lo cual Dios se inclinó y tocó al niño. Pero el niño alejó a la mariposa, y se apartó sin saberlo.

Muchas veces, las cosas que pasamos por alto son aquellas que hemos estado buscando. No te pierdas las bendiciones del Todopoderoso simplemente porque no están envueltas como tú las deseas.






Piedras grandes



Cierto día un motivador experto estaba dando una conferencia a un grupo de estudiantes y para dejar en claro un punto utilizó un ejemplo que los estudiantes jamás olvidarían. Parado frente al auditorio de gente muy exitosa dijo:

— Quisiera hacerles un pequeño examen.
Entonces sacó de debajo de la mesa un frasco de vidrio, de boca ancha y lo puso sobre la mesa frente a él. Luego sacó una docena de rocas del tamaño de un puño y empezó a colocarlas, con mucho cuidado, una por una en el jarro. Cuando el jarro estaba lleno hasta el tope y no podía colocar más piedras pregunto al auditorio:

— ¿Está lleno este jarro?

Todos los asistentes dijeron:

— ¡Sí!

— ¿Están seguros?

Entonces sacó de debajo de la mesa un balde con piedras pequeñas de construcción. Echó un poco de las piedras en el jarro y lo movió haciendo que las piedras pequeñas se acomodaran en el espacio vacío entre las grandes. Cuando hubo hecho esto sonrió y preguntó al grupo una vez más:

— ¿Está lleno este jarro?

Esta vez el auditorio ya suponía lo que sucedería y uno de los asistentes dijo en voz alta:

— Probablemente no.

— ¡Muy bien!

Y sacó de debajo de la mesa un balde lleno de arena y empezó a echarla en el jarro. La arena se acomodó en el espacio entre las piedras grandes y las pequeñas. Una vez más pregunto al grupo:

— ¿Está lleno este jarro?

Esta vez varias personas respondieron a coro:

— ¡No!

— ¡Muy bien!

Sacó una jarra llena de agua y echo agua al jarro hasta que estuvo lleno hasta el borde mismo. Cuando terminó, miró al auditorio y preguntó:

— ¿Cuál creen que es la enseñanza de esta pequeña demostración?

Uno de los espectadores levantó la mano y dijo:

— ¡La enseñanza es que no importa que tan lleno está tu horario, si de verdad lo intentas, siempre podrás incluir más cosas en él!

— ¡No! –replicó el expositor– esa no es la enseñanza. La verdad que esta demostración nos enseña es: Si no pones las piedras grandes primero, no podrás ponerlas en ningún otro momento.
¿Cuáles son las piedras grandes en tu vida? ¿Un proyecto que deseas realizar?, ¿Tiempo para los que amas?, ¿Tu fe?, ¿Tu educación o tus finanzas? ¿Alguna causa que desees apoyar? ¿Enseñar lo que sabes a otros? Piensa y menciona otras.
Recuerda poner estas Piedras Grandes primero o no encontrarás un lugar para ellas. Así que hoy en la noche o mañana al despertar, cuando te acuerdes de esta pequeña anécdota, pregúntate: ¿Cuáles son las piedras grandes en mi fe, mi vida, mi familia o mi negocio? Luego coloca esas primero en el jarro de tu Vida.





La lucha



Un hombre encontró un capullo de una mariposa y se lo llevó a casa para poder ver la mariposa cuando saliera del capullo. Un día vio que había un pequeño orificio y entonces se sentó a observar por varias horas, viendo que la mariposa luchaba por abrirlo más grande y poder salir.

Vio que la mariposa forcejeaba duramente para poder pasar su cuerpo a través del pequeño agujero, hasta que llegó un momento en que apreció haber cesado de forcejear, aparentemente no progresaba en su intento. Pareció que se había atascado. Entonces el hombre, en su bondad, decidió ayudar a la mariposa y con una pequeña tijera cortó al lado del agujero para hacerlo más grande y la mariposa pudo salir del capullo.

Sin embargo, al salir la mariposa tenía un cuerpo y alas pequeñas y dobladas.

El hombre continuó observando, esperaba que en cualquier instante las alas se desdoblarían y crecerían lo suficiente para soportar al cuerpo, el cual se contraería al reducir lo hinchado que estaba. Ninguna de las dos situaciones sucedieron y la mariposa solamente podía arrastrarse en círculos con su cuerpo hinchado y sus alas dobladas. Nunca pudo llegar a volar.

El hombre en su bondad y apuro no entendió, que la restricción de la apertura del capullo y la lucha requerida por la mariposa, para salir por el diminuto agujero, era la forma en que la naturaleza forzaba fluidos del cuerpo hacia sus alas, para que estuviesen grandes y fuertes y luego pudiese volar.

Libertad y el volar solamente podían llegar luego de la lucha. Al privar a la mariposa de la lucha, también le fue privada su salud.
La lucha es lo que necesitamos en la vida. Si la naturaleza nos permitiese progresar sin obstáculos, nos convertiría en inválidos. No podríamos crecer y ser tan fuertes como podríamos haberlo sido.

¡Cuántas veces hemos querido tomar el camino corto para salir de dificultades, tomando esas tijeras y recortando el esfuerzo para poder ser libres!

Necesitamos recordar que nunca recibimos más de lo que podemos soportar y que a través de nuestros esfuerzos y caídas, somos fortalecidos así como el oro es refinado con el fuego. Nunca permitamos que las cosas que no podamos tener, o que no tengamos, o que no debamos tener, interrumpan nuestro gozo de las cosas que tenemos y podemos tener.

Nunca pensemos ni nos enfoquemos en lo que no tenemos, disfrutemos cada instante de cada día por lo que tenemos y nos ha sido dado.




Un pájaro para darte felicidad



Ella tenía seis años cuando la vi por primera vez en aquella playa cercana donde vivía. Suelo manejar hasta esa playa, unas tres o cuatro millas, cada que vez que siento que el mundo se me acaba.

Estaba construyendo un castillo de arena o algo así, cuando miró hacia arriba, con sus ojos azules, tan azules como el mar.

— Hola, –me dijo.

Le respondí con un gesto, sin muchas ganas de preocuparme por una niña pequeña.

— Estoy construyendo, –dijo ella.

— Ya veo. ¿Pero y qué es?

— No lo sé, pero me gusta sentir la arena.

— Eso suena fantástico, –pensé, y me quité los zapatos, cuando de pronto, una golondrina pasó volando.

— ¡La felicidad!, –dijo la niña.

— ¿Qué es qué?

— ¡Es la felicidad! Mi mamá dice que las golondrinas vienen para traernos a la felicidad.

El ave se fue deslizándose suavemente por la playa.

“Hasta luego felicidad”, murmuré interiormente, “hola dolor”, me dije, me volteé y seguí caminando.

Estaba deprimida, mi vida estaba completamente fuera de control. Pero la niña no se rendiría, parecía no importarle mi indiferencia.

— ¿Cómo se llama?, –me dijo.

— Ruth, le respondí. Me llamo Ruth Peterson.

— Yo soy Wendy, y tengo seis años.

— Hola Wendy, le dije.

Y con su risa de niña me dijo:

— ¡Qué graciosa es!

En lugar de seguir triste, también me sonreí y seguí caminando. Su risita musical me acompañó.

— Venga otra vez Sra. Peterson., –me dijo–, y tendremos otro día feliz.

Los siguientes días, son otra historia: un grupo de revoltosos Niños Exploradores, reuniones de la Asociación de Padres de Familia, mi madre enferma.

El sol brillaba una mañana, en que decidí sacar mis manos del agua sucia de los platos.

Necesito una golondrina, me dije a mí misma, y cogí un saco. El bálsamo siempre cambiante de las olas del mar me esperaba.

Caminé a trancazos, a pesar de la brisa fría, tratando de recapturar la serenidad que tanto necesitaba. Había olvidado a la niña, y me sobresalté cuando ella apareció.

— Hola, Sra. Peterson, –me dijo. ¿Quiere jugar?

— ¿Qué tienes en mente?, –le pregunté, con un tono de enojo.

— No lo sé, usted diga qué.

— ¿Qué tal unas charadas?

Su cantarina risa regresó otra vez, diciéndome:

— ¡No sé qué es eso!

— Entonces, sólo caminemos, le dije. Mirándola me di cuenta de la delicada palidez de su rostro.

— ¿Dónde vives?

— Por allá, dijo, y señaló hacia una fila de cabañas de verano, algo extraño para ser invierno.

— ¿A qué escuela vas?

— No voy a la escuela. Mi mamá dice que estamos de vacaciones

Siguió con su conversación de niña mientras nos paseábamos por la playa, pero mi cabeza estaba en otro sitio. Cuando me iba a casa, Wendy dijo que había sido un lindo día. Sintiéndome sorprendentemente mejor, le sonreí coincidiendo con ella.

Tres semanas después, corrí a mi playa casi presa de un estado de pánico. Ni siquiera estaba de humor para saludar a Wendy. Creí ver a su madre en el portal de su cabaña, y me sentí casi pidiéndole que mantuviera a su hija ahí.

— Mira, si no te importa, –le dije rápidamente cuando Wendy se cruzó conmigo–, hoy preferiría estar sola.

Se le veía extrañamente pálida y con mucha dificultad para respirar.

— ¿Por qué?

— ¡Porque mi madre ha muerto!

De momento pensé “Dios mío, qué hago diciéndole esto a una niña?”

— Oh, –dijo ella bajito–, entonces hoy no es un buen día.

— ¡Así es, ni ayer ni antes de ayer ni… –hice una pausa antes de gritarle, ‘vete de aquí!

— ¿Dolió?

— ¿Qué dolió?

— ¿Cuando ella murió?

— ¡Por supuesto que dolió!

Le contesté toscamente, sin entender bien, y me encerré en mí misma. Me fui rápidamente.

Un mes después o algo así, cuando fui otra vez a la playa, ella no estaba allí. Me sentí culpable, avergonzada y me dije a mí misma que la extrañaba, así que después de mi caminata, fui a su cabaña, y toqué a la puerta. Me abrió la puerta una joven mujer, de cabellos color miel y rostro desencajado.

— Hola, le dije, Me llamo Ruth Peterson. Hoy no vi a su niña y me preguntaba dónde estaría.

— Ah, sí, señora Peterson, pase, por favor. Wendy hablaba mucho de usted. Siento mucho haberla dejado que la molestara tanto. Acepte mis disculpas, si es que ella la molestó mucho.

— No, no, por favor, ella es una niña encantadora, –le dije, dándome cuenta de que en realidad era eso lo que quería decir. ¿Dónde está?

— Wendy, murió la semana pasada, Señora Peterson. Tenía leucemia. Tal vez no se lo dijo.

Muda del asombro, busqué a tientas una silla, a la vez que trataba de recuperar la respiración.

— Ella amaba esta playa, así que cuando pidió que viniéramos, no pudimos decirle que no. Parecía estar mucho mejor aquí y tenía mucho de lo que ella llamaba sus días felices. Pero en las últimas semanas, se fue rápidamente, –dijo su madre, quebrándosele la voz. Dejó algo para usted. Si tan sólo pudiera encontrarlo. ¿Podría acaso esperar un momento mientras lo busco?

Hice un gesto estúpido de aceptación, mientras mi mente buscaba algo, cualquier cosa, algo que pudiera decirle a esta amable jovencita.

Me extendió un sobre garabateado con las letras “Señora Peterson” en negritas y con caligrafía infantil. Dentro de él, había un dibujo a crayolas. Una playa amarilla, un mar azul, y una golondrina. Debajo de todo eso, se leía cuidadosamente escrito, “Una golondrina para darle la felicidad”.

La cara se me llenó de lágrimas, y un corazón que prácticamente había olvidado amar, comenzó a abrirse. Tomé a la mamá de Wendy en mis brazos.

— Cuánto lo siento, cuánto lo siento, cuánto lo siento, –dije una y otra vez, y lloramos a mares las dos juntas.

El precioso dibujito ahora está enmarcado y cuelga en mi estudio. Seis palabras, una por cada año de su vida, seis palabras que me hablan de armonía, coraje y amor incondicional. Un regalo de una niña de ojos color mar azul y cabellos color arena, una niña que me enseñó y me dio un regalo de amor. Una historia para recordarnos que necesitamos darnos tiempo para disfrutar de la vida y de nosotros. “El precio de odiar a otros seres humanos es amarnos menos a nosotros mismos.”



NO HACE FALTA QUE DEJEN PUNTOS SOLO QUIERO QUE APRENDAN

DE ESTAS MAGNIFICAS HISTORIAS...
AMA A QUIEN TE ODIO Y BENDICE AL QUE TE MALDICE
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