Bosques de árboles enormes sobre una loma en Puente Alto y una que otra casona de cemento dispuesta en el inmenso predio verde. En el Hospital Psiquiátrico esconde gran parte de la historia psiquiátrica, aquella que hablaba a gritos y golpes, en medio de ataques descontrolados de angustia, ropa sucia y hombres comiendo en el suelo con sus manos.
Introduciendonos mejor en la historia
En esta clínica inaugurada en 1928 ,se asisten a 1.250 pacientes con distintas afecciones mentales. Se encuentra en la localidad de Luján del partido bonaerense.
El nombre de " Open Door", fue designado porque allí en la clínica, los enfermos andan sin cerrojo alguno, están sueltos.
A comienzos del siglo XX, un precursor de la psiquiatría argentina, el doctor Domingo Cabred, tuvo un sueño humanista, propio de aquel país que apostaba al futuro y donde se levantaban, casi de un día para otro, grandes edificios públicos, estaciones ferroviarias, puentes, teatros. Cabred fundó un asilo para albergar y curar a enfermos mentales pobres, que se hacinaban en hospitales que no estaban preparados para atenderlos o, a veces, en cárceles.
Open Door era un mundo autosuficiente. Erigido en terrenos altos y fértiles, contaba con granjas, criaderos de aves, talleres. Por lo demás, a Torres, un típico pueblo de la llanura, lo rodeaban estancias y haras donde se criaban esos caballos argentinos de polo que son célebres en el mundo entero.
Open Door fue concebido como un asilo abierto, en el que la paz de la naturaleza atenuara el dolor. Pero no era eso.
-Palabras de un internado: "Todos tenemos un infierno en la cabeza [la tararea, y el eco resuena fuerte en la gigantesca sala desierta del hospital.
El noventa por ciento de las personas que se internan en un hospital psiquiátrico, en pocas semanas pueden teóricamente reintegrarse a su comunidad, a su familia, a la sociedad.
Con la moderna medicación y la orientación que se le da a las familias, esas crisis se resuelven y después esas personas pueden seguir con un tratamiento ambulatorio en su barrio, o en un lugar cercano a su casa.
Pero un diez por ciento de quienes se internan, suman otros problemas sociales, económicos, laborales, familiares que le impiden volver a la situación anterior a la internación: no tienen casa, no tienen trabajo, sus familias no los quieren.
Esos son quienes se quedan y nutren la población estable del hospital.
Los inmensos salones de los pabellones todavía están impregnados de crueles historias. El número 7 era el peor de todos, una especie de purgatorio para los enfermos y los propios funcionarios.
Historia de internados del Infierno:
Hace 30 años llegó al pabellón número 7 Juan Carlos. El joven, que entonces tenía 15 años, había sido un alumno brillante del Liceo de Aplicación, pero una esquizofrenia galopante lo había convertido en otro niño. A su deterioro mental se sumó una adicción: el agua. Llegó a beber hasta 8 litros en un día y desarrolló síndrome acuoso, una enfermedad que provoca sed infinita y edemas cerebrales debido a la intoxicación con agua.
El tratamiento que Juan Carlos recibía cada tarde consistía en una dosis de soga. Era amarrado a un pilar cada 24 horas. Ahí gemía como un animal, sediento de agua, sin que nadie le prestara atención.
En uno de los pabellones de la clínica, una treintena de mujeres de edad vive en su propio universo, uno que desde afuera se ve tortuoso. No parecen encontrar paz en un salón cuyas enormes ventanas muestran rostros descompuestos en morisquetas y movimientos sin sentido.
Ya en el interior, una de ellas, esquelética y arrugada, se baja los pantalones mientras gime con cadencia. Más allá, otra con más barba que un hombre, pasa del llanto a la risa, sin que medie más de un segundo. Sin saber de qué tratan sus pesares, algunas se toman la cara, se desordenan el pelo, sentadas y atacadas por quién sabe qué clase de demonio.
Unos metros más allá, hay otro pabellón de enfermas consideradas más peligrosas debido a que son más jóvenes y de pronóstico complejo. En resumen, el centro es una casa de madera con piso de cemento y fría. Lo único de calidad es una gran puerta metálica que las mantiene aisladas del resto.
Frente a todo el enredo de gritos, saltos e inmundicia, una de las mujeres está sentada sola en una mesa, afirmando su cabeza con la mano. Se ve triste. "Me doy cuenta que mis pensamientos no están bien y eso me deprime", dice con una lucidez que corta la respiración. Pero ella no quiere hablar más, quiere estar sola.
Interno de la colonia Open Door, devorado por perros
El hombre deambulaba por el predio y los perros eran de una enfermera. La Asociación Protectora de Animales impidió que sacaran a la jauría del psiquiátrico.
Perros salvajes que merodeaban el predio de la colonia "Domingo Cabred", de Open Door atacaron a un paciente psiquiátrico, le arrancaron parte del cuello, los testículos y brazos, propinándole heridas mortales.
ALMAFUERTE - Amanecer en Open Door
..."Amanecer en Open Door,
legal crucifixión del ser.
Sin tener familiares
que vengan a reclamarme.
Sin visitas, dice el doctor.
Es terminal Alopidol.
Solo estoy viendo amanecer...."
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Introduciendonos mejor en la historia
En esta clínica inaugurada en 1928 ,se asisten a 1.250 pacientes con distintas afecciones mentales. Se encuentra en la localidad de Luján del partido bonaerense.
El nombre de " Open Door", fue designado porque allí en la clínica, los enfermos andan sin cerrojo alguno, están sueltos.
A comienzos del siglo XX, un precursor de la psiquiatría argentina, el doctor Domingo Cabred, tuvo un sueño humanista, propio de aquel país que apostaba al futuro y donde se levantaban, casi de un día para otro, grandes edificios públicos, estaciones ferroviarias, puentes, teatros. Cabred fundó un asilo para albergar y curar a enfermos mentales pobres, que se hacinaban en hospitales que no estaban preparados para atenderlos o, a veces, en cárceles.
Open Door era un mundo autosuficiente. Erigido en terrenos altos y fértiles, contaba con granjas, criaderos de aves, talleres. Por lo demás, a Torres, un típico pueblo de la llanura, lo rodeaban estancias y haras donde se criaban esos caballos argentinos de polo que son célebres en el mundo entero.
Open Door fue concebido como un asilo abierto, en el que la paz de la naturaleza atenuara el dolor. Pero no era eso.
Era una sucursal del infierno.
-Palabras de un internado: "Todos tenemos un infierno en la cabeza [la tararea, y el eco resuena fuerte en la gigantesca sala desierta del hospital.
El noventa por ciento de las personas que se internan en un hospital psiquiátrico, en pocas semanas pueden teóricamente reintegrarse a su comunidad, a su familia, a la sociedad.
Con la moderna medicación y la orientación que se le da a las familias, esas crisis se resuelven y después esas personas pueden seguir con un tratamiento ambulatorio en su barrio, o en un lugar cercano a su casa.
Pero un diez por ciento de quienes se internan, suman otros problemas sociales, económicos, laborales, familiares que le impiden volver a la situación anterior a la internación: no tienen casa, no tienen trabajo, sus familias no los quieren.
Esos son quienes se quedan y nutren la población estable del hospital.
Los inmensos salones de los pabellones todavía están impregnados de crueles historias. El número 7 era el peor de todos, una especie de purgatorio para los enfermos y los propios funcionarios.
Historia de internados del Infierno:
Hace 30 años llegó al pabellón número 7 Juan Carlos. El joven, que entonces tenía 15 años, había sido un alumno brillante del Liceo de Aplicación, pero una esquizofrenia galopante lo había convertido en otro niño. A su deterioro mental se sumó una adicción: el agua. Llegó a beber hasta 8 litros en un día y desarrolló síndrome acuoso, una enfermedad que provoca sed infinita y edemas cerebrales debido a la intoxicación con agua.
El tratamiento que Juan Carlos recibía cada tarde consistía en una dosis de soga. Era amarrado a un pilar cada 24 horas. Ahí gemía como un animal, sediento de agua, sin que nadie le prestara atención.
En uno de los pabellones de la clínica, una treintena de mujeres de edad vive en su propio universo, uno que desde afuera se ve tortuoso. No parecen encontrar paz en un salón cuyas enormes ventanas muestran rostros descompuestos en morisquetas y movimientos sin sentido.
Ya en el interior, una de ellas, esquelética y arrugada, se baja los pantalones mientras gime con cadencia. Más allá, otra con más barba que un hombre, pasa del llanto a la risa, sin que medie más de un segundo. Sin saber de qué tratan sus pesares, algunas se toman la cara, se desordenan el pelo, sentadas y atacadas por quién sabe qué clase de demonio.
Unos metros más allá, hay otro pabellón de enfermas consideradas más peligrosas debido a que son más jóvenes y de pronóstico complejo. En resumen, el centro es una casa de madera con piso de cemento y fría. Lo único de calidad es una gran puerta metálica que las mantiene aisladas del resto.
Frente a todo el enredo de gritos, saltos e inmundicia, una de las mujeres está sentada sola en una mesa, afirmando su cabeza con la mano. Se ve triste. "Me doy cuenta que mis pensamientos no están bien y eso me deprime", dice con una lucidez que corta la respiración. Pero ella no quiere hablar más, quiere estar sola.
Interno de la colonia Open Door, devorado por perros
El hombre deambulaba por el predio y los perros eran de una enfermera. La Asociación Protectora de Animales impidió que sacaran a la jauría del psiquiátrico.
Perros salvajes que merodeaban el predio de la colonia "Domingo Cabred", de Open Door atacaron a un paciente psiquiátrico, le arrancaron parte del cuello, los testículos y brazos, propinándole heridas mortales.
ALMAFUERTE - Amanecer en Open Door
..."Amanecer en Open Door,
legal crucifixión del ser.
Sin tener familiares
que vengan a reclamarme.
Sin visitas, dice el doctor.
Es terminal Alopidol.
Solo estoy viendo amanecer...."