En matemáticas la “paradoja del cumpleaños” demuestra contra toda lógica aparente que, en un grupo de 23 personas, hay un 50 por ciento de probabilidades de que dos de ellas cumplan años en el mismo día. Mi hija cumple 5 años el 25 de mayo: yo sé qué voy a estar celebrando ese día. El problema con el Bicentenario es que, de entre 40 millones de personas, difícilmente podamos encontrar a más de cuatro que compartan una definición sobre qué se festeja, qué se evoca con esa palabra, qué significa más allá de una excusa para el miniturismo y una excelente oportunidad para invertir en fábricas de cinta celeste y blanca.
En inglés y alemán se celebra el “día del nacimiento” (birthday, Geburtstag), los franceses festejan el “aniversario” (anniversaire), pero en italiano y en español los años se cumplen, como si fueran pequeños logros o deudas cubiertas. Los argentinos no entendemos si cumplimos con alguien, qué objetivos cumplimos, doscientos años de qué estamos cumpliendo. El 25 de mayo es como un Aleph que condensa toda nuestra historia pero que nos tragamos entero sin discernir (ni digerir). Doscientos años desde un día en el que, según qué interpretación tomemos, pasó todo o no pasó nada. Doscientos años de una cosa tan compleja, de una batalla tan encarnizada, que puede significar muchas cosas opuestas, o todas a la vez, o ninguna. Doscientos años a los que queremos llegar bien peinados, pero sin regalo y sin conocer al cumpleañero. Un cumpleaños argentino, bah.
Un cumpleaños en el que celebramos un día en el que once personas firmaron urbi et orbi en Buenos Aires una proclama en la que afirmaban que nada había cambiado. Recordemos que la intención declarada de la Junta de Gobierno que se formó ese día era la de sostener la autoridad del rey de España y no la del invasor José Bonaparte, es decir, cuidarle el negocio al patrón mientras estaba preso. Los historiadores hablan de la “máscara de Fernando VII”, una herramienta de marketing revolucionario antigatopardista que decía no cambiar nada para cambiar todo. La máscara se cae en 1813, cuando Fernando vuelve al trono pero las Provincias Unidas se declaran de hecho fábrica recuperada por sus empleados: hicieron falta tres años más para que se llegara al sinceramiento del 9 de julio de 1816, cuando se echó al patrón sin más vueltas. Otros 37 para que se firmara la Constitución (con tantos proyectos aplastados en el medio, y con todos los momentos posteriores en los que algunos decidieron que estábamos mejor sin hacerle caso al panfleto ese).
Entonces, ¿qué pasó el 25 de Mayo? Uno de los libros más interesantes de la avalancha editorial bicentenaria es “Doscientos años pensando la Revolución de Mayo,” una selección de documentos coordinada por Raúl Fradkin y Jorge Gelman. No se ocupa de relatar la Semana de Mayo sino de reproducir las distintas e intencionadas interpretaciones que en doscientos años se hicieron sobre ella, desde la versión mitrista que nos vendieron en la escuela según la cual ese día nació la Nación (la Argentina, no el diario que fundó don Bartolomé) hasta las lecturas de Tulio Halperín Donghi y José Carlos Chiaramonte, que dicen que en realidad en ese momento nadie tenía una idea tan clara sobre qué sucedía o hacia dónde iban las cosas, y que en todo caso los cambios empezaron antes y terminaron después. La lectura elegida por los organizadores de los festejos parece ser “ni una cosa ni la contraria, sino todas a la vez”: aprovechemos el Bicentenario para preguntarnos quiénes somos, para sostener un gran debate nacional. Pero nadie se entusiasma por una sesión de terapia grupal que se disfraza de épica: compramos entradas para “Gladiador” y terminamos viendo un programa de Pol-Ka con psicoanalistas y burgueses conflictuados. Es una escena más de la vida posmoderna, en la que renegamos de las interpretaciones unívocas de la historia sin desprendernos de las efemérides que las celebran. Sentimos que hay que construir un monumento pero no sabemos qué poner en el pedestal, si dejarlo vacío o poner una de esas imágenes típicas de la ONU o la UE, declaraciones de buenas intenciones que no contraríen a nadie y que en algo representen a todos, gestos que de tanto abarcar no aprietan nada. Y un bicentenario tiene que abrazarnos fuerte, contener esa repulsión natural a la aglomeración humana, sublimar los conflictos, darnos algo que compartir con esa gente con la que no compartiríamos nada.
En otros países hacen un culto explícito y bien orquestado del patriotismo, y llegan a estas fechas con algunas ideas más claras. El problema es que en la Argentina esas banderas se usaron mayormente para empalar enemigos con el asta: en el nombre del “ser nacional” y de la “patria” no se emprendió gestas y se cometió crímenes de lesa humanidad. Celebrar esas nociones mientras juzgamos a los genocidas es como festejar el cumpleaños al día siguiente de enterarnos que somos adoptados. Y todavía no encontramos la forma de que “celebrar la diversidad” sea tan convocante como el futbolero “vamos Argentina”. En 1992, Los Fabulosos Cadillacs criticaron el medio milenio de la llegada de Colón a América con una canción que gritaba “Quinto centenario: no hay nada que festejar”. Para nosotros la pregunta es incluso más elemental: sentimos la obligación de festejar algo, pero no entendemos qué. Este Bicentenario se nos viene encima desde hace doscientos años, pero pareciera que necesitáramos otros doscientos para estar preparados.
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