Fundamentalismo religioso
(no) hay uno solo
(no) hay uno solo
El fundamentalismo islámico es en la actualidad la muestra más clara del grado de fanatismo al que puede llevar un credo. La tendencia a igualar esta fe con lo radical se acentúa día a día con la sucesión de atentados terroristas. Sin embargo, el fundamentalismo no es exclusivo del Islam; es y ha sido común a diversas religiones.
A partir de los atentados terroristas del 11 de septiembre de 2001 en Estados Unidos, y más aún luego de lo ocurrido el 11 de marzo de 2004 en Madrid, parece haberse vuelto inevitable referirse al terrorismo islámico a la hora de hablar de fundamentalismo religioso. Con frecuencia, hasta es el punto desde el cual arranca cualquier reflexión sobre el tema. Incluso ambos conceptos se ven a menudo cuasi emparentados, como si se trataran de la misma cosa. De esta contaminación conceptual derivan ideas simples y carentes de rigor (pero con gran capacidad de penetración) como las que equiparan o dan a entender que hablar de Islam, la religión, es hablar de fundamentalismo. Y de ahí a ligarlo al terrorismo, hay un solo paso.
Ningún análisis con algo de sentido contempla siquiera la posibilidad de considerar ese Islam = Fundamentalismo = Terrorismo como algo real, como si efectivamente fuera un automatismo ineluctable.
Para dejarlo todavía más claro: el fundamentalismo no es propio ni exclusivo del Islam, como tampoco lo es de ninguna otra religión o sistema de creencias. Es, ha sido, y seguramente también será, común a varias religiones. Basta con fijarse si no en las cruzadas católicas que terminaron con la expulsión de judíos y musulmanes de la península ibérica o, en plena actualidad, en los amplios sectores conservadores —y muchas veces también radicales— que sostienen en el poder a George Bush o a Ariel Sharon, y las acciones que ambos gobernantes llevan adelante, por citar solo dos ejemplos muy conocidos.
Hablar de fundamentalismo religioso no equivale, entonces, a hablar per sé del Islam. Pero es evidente que en la actualidad esta religión, por múltiples razones, ocupa un lugar central en el asunto.
Como bien lo señala Josep Ramoneda "fundamentalismo e intolerancia no son exclusivos de religión alguna"; aunque tampoco puede desviarse el enfoque hacia el otro extremo y negar todo tipo de relación entre Islam y fundamentalismo. De hecho, no son pocos los analistas que coinciden en señalar que por sus características la religión de Alá da más opciones que otras al extremismo.
Según Stefano Bianca , estudioso de las formas de vida en sociedades árabes-musulmanas, «el Islam cuenta con una ética práctica más rigurosa que la de casi cualquier otra religión del mundo. Informa por completo la vida cotidiana del musulmán y la ritualiza mediante fórmulas, gestos y formas de conducta que (...) vinculan estrechamente lo sagrado y lo profano». Así, el Islam, por medio de su libro sagrado, el Corán, se presenta como totalizante, en el sentido de que estas escrituras aparecen (y son así interpretadas por los más fanáticos) casi como una nomenclatura que estipula cómo y de qué manera deben comportarse en la vida los musulmanes. Como expresa el filósofo argentino José Pablo Feinmann : «el Corán es un libro de exigencias y castigos. También de muchas otras cosas, ya que todo lo que un musulmán debe hacer está en el Corán, desde el matrimonio, los pesos y las medidas, las reglas de la hospitalidad hasta la vestimenta, la ética, el pago de los impuestos y la justicia».
Valiéndose de múltiples citas del Corán que refuerzan lo que indica, Feinmann explica que el concepto fundamental de estas escrituras «es el de la unicidad de Dios. Alá es uno y Mahoma es su profeta». De ésta premisa y su rigurosidad se desprende que todo lo que cuestione esa unicidad (por ejemplo, considerar que hay otros dioses o poner en duda la existencia de lo divino) va necesariamente en contra del Islam.. «Así las cosas —continúa el pensador— basándose todo el texto sagrado en la postulación de la unicidad de lo Uno y el señalamiento de la asociación como el más lacerante pecado, los acápites del Corán se multiplican en señalar dos cosas: 1) unidad y omnipotencia de Dios; 2) Castigo para los infieles».
En el artículo citado (ver abajo Referencias), Feinmann transcribe pasajes del Corán (que por razones de espacio aquí no se reproducen) que se refieren explícitamente a lo antes señalado. Y aclara que lejos está de «inducir una lectura del Corán en tanto texto primitivo o 'irracional'. Podríamos señalar iguales pasajes llenos de intolerancia y amenazas feroces en el Antiguo y Nuevo Testamento. No es casual que los judíos (aunque víctimas de discriminaciones y persecuciones en el universo musulmán) no sufrieron ahí ni remotamente los castigos habituales que se les aplicaron en el Occidente cristiano. Por decirlo claro: no hubo un Hitler islámico. Pero el texto islámico (al postular la sumisión a lo Uno y el castigo a los 'asociadores') incurre en una rigidez condenatoria que abarca demasiadas expresiones de la condición humana».
Si bien esto no hace justificable que se asocie Islam directamente al fundamentalismo, y menos aún al terrorismo, es verdad que refuerza la postura de quienes lo ven como una religión con tendencia, cuanto menos, a adoptar posturas radicales.
Sostiene Ramoneda que el terrorismo no es ninguna novedad en el mundo musulmán así como tampoco lo es la utilización de la religión para justificar cualquier brutalidad. Y, si bien insiste en que el fundamentalismo no es exclusivo de ningún credo, resalta que, a diferencia del islámico, «ninguna de las formas de terrorismo que ha conocido el siglo XX había acudido de modo tan radical a los libros sagrados como argumento para la destrucción del otro».
EL ELEGIDO
Con la desaparición (al menos en términos de realpolitik) del comunismo, Estados Unidos andaba a la búsqueda de otro enemigo que lo suplantara. Con los atentados de las Torres Gemelas y el Pentágono y la reivindicación de ellos por parte de la organización Al Qaeda, el terrorismo islámico fue El elegido como factor de cohesión y, en palabras de Ramoneda, «como coartada para cualquier exceso». De acuerdo a este analista, desde entonces el terrorismo «por la voluntad del liderazgo estadounidense más que por su propia fuerza se convertía —contra toda evidencia— en el primer problema del mundo». Por ello no deben sorprender los intentos que desde diversos sectores de ese país, principalmente el comunicacional, se hacen para acrecentar la percepción de los islamistas como El enemigo ya no solo de la nación sino de todo el mundo moderno, democrático y civilizado.
Aunque tendenciosa y con pocos argumentos reales a su favor, esta tesis, la del «choque de civilizaciones», repetida incansablemente por George Bush, ha colado con facilidad. Entre otras cosas ha permitido la reelección del mandatario estadounidense y la elevación de Samuel Huntington, escriba de esa argumentación, a la categoría de Nostradamus moderno y «gran pensador» contemporáneo.
La buena acogida que este planteamiento tuvo, al menos, en gran parte del resto de países de Occidente — con su correspondiente difusión—, ayudó a extender la idea de la amenaza islámica y así empezar a abonar el terreno para futuras acciones, como las que se ejecutan hoy en Afganistán o en Irak.
Tampoco esto es novedoso. La rueda gira y la historia se repite. A principios de los 90, caído el comunismo, el aparato comunicacional estadounidense lanzó al «estrellato intelectual» a Francis Fukuyama con su teoría del «fin de la historia» y el inicio de una ansiada época en la que, entregado el mundo al libre mercado, desaparecerían los conflictos. Insólitamente, semejante postulado fue aceptado y marcó el rumbo del mundo durante 10 años. Luego, los think tanks estadounidenses se pusieron a trabajar nuevamente y trocaron a Fukuyama y su mundo sin conflictos por Huntington y un «choque de civilizaciones» que, paradójicamente, anuncia ahora conflictos a escala planetaria. Habrá que ver que depara la próxima entrega. Tal vez un desconcertante híbrido de estas tesis.
Que el fundamentalismo islámico existe, no puede negarse, al igual que tampoco puede obviarse que, en su versión terrorista, mata y destruye, y por lo tanto infunde miedo y preocupación.
Ésta es una realidad incontestable. Ahora, lo que sí es cuestionable es su dimensión. A partir del 11-S y lo que vino a continuación (bombardeos en Afganistán, la guerra de Irak, los atentados del 11-M, etcétera), se ha elevado al terrorismo —principalmente el islámico— a categoría de máxima amenaza para la humanidad. Pero, ¿es esto realmente así?, ¿no son el hambre, el sida o las agresiones al medio ambiente asuntos mucho más nocivos y dramáticos?, ¿no son más violentos y mortíferos que el terrorismo?¿No resulta acaso más urgente y necesario declararle la guerra total a esos males?
En esta lucha sí, por una vez y sin importar las cuestiones de religión, haría falta una buena dosis de fundamentalismo.