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Nadie es perfecto

Info3/7/2010


El travestismo en el cine es casi tan antiguo como el propio invento de los Lumière. Las derivaciones del mismo, tradicionalmente se han decantado hacia la comedia, herencia del teatro francés del Siglo XVIII (Homees protées), y en menor medida, del Teatro Isabelino que durante los siglos XVI y XVII, en Inglaterra, utilizó sólo a hombres para encarnar tanto roles masculinos como femeninos, estos últimos interpretados por actores muy jóvenes, dado que por aquel entonces estaba prohibido que las mujeres desempeñasen el oficio de actor, como queda reflejado en el magnífico guión que Marc Norman y Tom Stoppard firmaron para ‘Shakespeare enamorado’.

No siempre, sin embargo, este travestismo ha sido un acercamiento tímido al transexualismo ni tampoco ha servido para ‘vestir’ la homosexualidad del travestido como ocurre con títulos tan variados e imprescindibles como el clásico pulp ‘The Rocky Horror Show’, la desprejuiciada ‘Las aventuras de Priscilla, Reina del desierto’, o la deliciosamente conmovedora ‘Mi Vida en Rosa’.

Hablo del travestismo como ‘herramienta’ de los personajes para alcanzar unos objetivos que de otro modo no habrían logrado. Hagamos un breve repaso por algunos de ellos, algunos de sus motivos y algunos de sus actores.







En el cine hubo un sólo Dios, según Fernando Trueba, y ese fue Billy Wilder, al menos en lo que a comedia se refiere. Y si dirigiendo fue bueno, escribiendo, el genial maestro fue aún mejor, sobre todo cuando se puso a cuatro manos con I.A.L. Diamond. Juntos compusieron la pareja de guionistas más grande de la historia, y juntos sirvieron en bandeja de plata a Tony Curtis y Jack Lemmon un par de personajes irrepetibles, que huyendo a la desesperada de los gangsters de Chicago, se suben a un divertidísimo tren, donde se enamorarán de una virtuosa… en el manejo del ukelele, Marilyn Monroe, en ‘Con faldas y a lo loco’, a juicio del American Film Institute, la mejor comedia de la Historia.

Y si de travestismos cómicos y virtuosismos musicales se refiere, nada como recordar la hazaña de Blake Edwards, irregular como una mandíbula inferior, pero brillantísimo cuando se puso a sacar lo mejor de sí mismo, sobre todo cuando se trató de homenajear con toda justicia a su andrógina esposa, la inigualable Julie Andrews en ‘Victor o Victoria’. El cuento de una chica que se viste de chico que a su vez se viste de chica para triunfar en París, hasta que tipo duro enamorado hace que se tenga que desvestir dos veces. Como al título de Edwards ya le hicimos en su día justicia, ¿qué tal un guiño agradecido a la película alemana del mismo título, firmada por Reinhold Schünzel cincuenta años antes, que le sirvió de directa inspiración?




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Si el film de Wilder fue considerado el mejor entre las películas que más nos han hecho reir, el segundo puesto lo ocupa una película, que aunque mucho más reciente, tiene ya veintiocho años. Su director, Sydney Pollack, aunque más regular que Edwards, nunca estuvo a la altura de la brillantez de Wilder, y tres guionistas tuvieron que ponerse pilas para envolver a Dustin Hoffman en la sedosa piel de Dorothy Michaels, aka Michael Dorsey, aka ‘Tootsie’, un actor que o por muy joven, o por muy viejo, o por muy alto, o por muy bajo, no se comió un rosco ni en la pantalla, ni casi fuera de ella, con lo que pasó de ser él a ella, enamorando a uno y desesperando a otra, dejando estupefacto a su agente, con su scruffy roommate, Bill Murray, de por medio.







Pero si casi siempre, ellos o ellas tenían un motivo para transformarse hacia el sexo opuesto, jamás se supo con seguridad por qué el atractivo Edward Davis Wood Jr., más conocido como Ed Wood, o sea, dicen, el peor director de la Historia del Celuloide, autor de, también dicen, la peor película de todos los tiempos, ‘Plan 9 from Outer Space’, heterosexual y sanaca inspirado e inspirador de frikis y Tim Burton, fue homenajeado por este último en ‘Ed Wood’, posiblemente, e irónicamente, su mejor película, en la que su actor absoluto de cabecera, Johnny Depp, se ponía peluca rubia y jersey de angora en la reencarnación de Wood durante el rodaje de otro de sus clásicos imposibles, ‘Glen o Glenda’.







Walt Disney decidió alborotarse la peluca allá por finales de los 80, un poquito antes de unirse en sagrado matrimonio con los chicos de Pixar, y sus princesitas pasaron de caucásicas mojigatas esperanceras de afeminados príncipes azules a respondonas y combativas jóvenes con lastre mejor puesto a veces que sus compañeros. De la oceánica Ariel a la mulata Tiara envenenada de amor por un sapo, pasearon sus formas dibujadas, Pocahontas y Mulan, adaptación, esta última de un poema chino del siglo VI que cuenta como la única hija de un anciano varón decide vestirse de soldado para que su padre se libre de ir a la guerra contra los invasores. Lo malo, es que en una época en que el ‘don’t ask don’t tell’ mandarín no era una regla escrita pero sí asumida, va la Mulan y se enamora del sargento, y ya tenemos trama para llegar hasta el inevitable final feliz.







Y si comenzamos con un genio, Wilder, terminamos con otro, Hitchcock. El orondo hacedor del mejor suspense de la Historia del Celuloide regaló otra obra cumbre de su talento con la asombrosa ‘Psicosis’, donde un desgarbado joven es el encargado de distribuir las habitaciones del motel familiar que regenta una madre aficionada a coleccionar cuchillos de chef, que resulta no ser tal, como deduce una Janet Leigh que jamás acabó de tomarse la ducha. Anthony Perkins quedó siempre ligado a su trágico personaje de personalidad desdoblada, algo que en cierto modo traspasó a su vida privada. Perkins, tradicionalmente gay (en el armario), se casó en 1973 con una señora, muriendo diecinueve años más tarde por complicaciones derivadas del SIDA.







Y entre genio y genio, más de uno hubo que lo intentó y metió la pata, aunque no siempre del todo, porque no ser un genio no implica que seas algarroba para los cerdos. Y así, entre una cosa y otra, Barbra Streisand, en una época en que se puso el gorro de dirigir, nos contó la historia de ‘Yentl’, una chica judía que se disfraza de chico, en una época y entre una gente que pensaba que estudiar era poco femenino. La película quedó so so, pero pensé que no era mala idea, terminar con esta canción milagrosa, porque si como directora es tibia, como cantante y compositora es magia pura, nuestra entrada más invertida.






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