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La Muerte Mas Solitaria

Info1/31/2010
La Muerte Más Solitaria




Los sirvientes de Stalin le dejaron agonizar durante 13 largas horas, por miedo a irrumpir en su habitación y sufrir alguna reprimenda
DANIEL UTRILLA

Ajeno al tropel de hombres y mujeres que a poca distancia se descoyuntaban histéricos bajo un torbellino de pisotones, el joven Vladimir Sujadeyev montaba guardia apostado en una esquina del féretro donde yace el faraón soviético que todos quieren ver.

«Allí, parado junto al ataúd, me esforcé por retener en la memoria cada rasgo de Stalin Cuando me dijeron que el tiempo se había acabado y que debía salir, psicológicamente me resultó muy difícil alejarme», narra Sujadeyev a EL MUNDO con ojos humedecidos, tras el dique de sus enormes gafas de pasta.

Aquel joven desgarbado de ojillos azules fue uno de los contados afortunados que el 9 de marzo de 1953 rindió honores al sumo camarada en la improvisada Meca del socialismo que se habilitó en la Sala de Columnas de la Casa de los Sindicatos. Fueron sólo cuatro minutos, pero ejercieron un efecto hipnótico sobre la mente de aquel hombre de 29 años, miembro destacado de las Juventudes Comunistas (Komsomol) y jefe del departamento de Propaganda del diario Komsomolskaya Pravda.

En su día fue condecorado con el premio Estatal de la URSS, pero hoy su pensión apenas alcanza los 90 euros. Su libro Stalin, el caudillo figura como pieza de museo en la exposición Stalin, hombre y símbolo organizada por el Museo de Historia Contemporánea de Moscú. A punto de cumplir 80 años, Sujadeyev, narra cómo vivió en primera línea la muerte del dictador comunista acaecida hace 50 años.

De padre a hijo

De pequeño, su padre solía cogerle en hombros durante las manifestaciones del 1º de Mayo para que distinguiera a lo lejos los espesos bigotes del padrecito Stalin. Ahora lo tenía ante sus ojos, encerrado en un ataúd cubierto de tela roja con un ventanuco de cristal a la altura del rostro.

La atmósfera de aquel velatorio ateo estaba cargada de una solemnidad casi mística. «Me impresionaron sus manos grandes y rollizas.A mi esposa, que era funcionaria del Partido y también estuvo en la guardia de honor, le parecieron sin embargo muy pequeñas.Aún hoy seguimos discutiendo», cuenta enternecido.

No había estado tan cerca del padrecito Stalin desde que una tarde de 1950 se le apareció en el palco de un teatro en Sochi.Lo tuvo a un metro. Casi pudo tocarlo. «Nadie sabía que iba a llegar, y cuando entró, todos nos levantamos y empezamos a aplaudir», recuerda.

Por aquel entonces, las canas ya habían empezado a enredarse entre sus cabellos acerados. Ya no era el mismo Stalin de porte victorioso que doblegó al III Reich y dejó a Hitler con la miel del Volga en los labios. En sus últimos años, Stalin espaciaba cada vez más sus apariciones públicas. Al hombre de acero se le empezaba a caer la armadura a trozos. Complicaciones de sistema cardiovascular le corroían desde hacía tiempo, pero el pueblo soviético jamás percibió las grietas de su icono.

Cuando la noche del 5 de marzo de 1953 se le paró el pulso a Stalin, la tinta se coaguló en las rotativas del diario Komsomolskaya Pravda. Sujadeyev recuerda cómo Iliá Jliavich, un funcionario del Comité Central del Partido Comunista, irrumpió nervioso en la Redacción. «Me invitó a mí y a dos colaboradores a entrar en el despacho del redactor jefe y nos dijo: 'El estado de Stalin es muy grave. Probablemente estas sean sus últimas horas. No superará la enfermedad'».

Al día siguiente el rotativo debía informar a 280 millones de soviéticos que se habían quedado huérfanos. Junto a la foto de un vigoroso Stalin sin canas, la densa ristra de elogios oficiales desgranada en la primera plana de todos los periódicos soviéticos aquel 6 de marzo formó un nudo en el estómago de una URSS postrada ante su señor.

El imperio rojo palideció, Iosif Yugachsvili, aquel joven georgiano hijo de un humilde zapatero que en 1900 cambió las oraciones del seminario de Tiflis por las soflamas revolucionarias, moría a los 74 años con el timón del país más grande del mundo en la mano.

Dejado de la mano de Dios, el resolutivo pueblo soviético se sintió a la deriva. Habían transcurrido 29 años desde que le arrebató a Trotski el cetro del Partido Comunista ante un Lenin moribundo. Desde ese momento, Stalin se convirtió en el cancerbero de la URSS, un régimen draconiano sostenido sobre la base de un monstruoso engranaje burocrático y policial. En los Años del Terror (1937-38), el garfio comunista se cobró decenas de millones de vidas entre intelectuales, disidentes y jerarcas del Ejército Rojo. A la altura de 1938, Saturno había devorado ya a los hijos de la Revolución.

El 6 de marzo, el diario Pravda recogía en su primera página una «conclusión médica» firmada por A. F. Tretiakov, ministro de Salud de la URSS, que disecciona con celo naturalista la convalecencia de cuatro días del dictador antes de morir. «En la noche del 1 al 2 de marzo, I. V. Stalin sufrió una hemorragia cerebral en el hemisferio izquierdo causada por hipertensión y arterioesclerosis que le paralizó la parte derecha del cuerpo y le provocó la pérdida total de conciencia». El ataque vino seguido de «arritmias intermitentes», inflamación pulmonar y aceleración del ritmo cardiaco hasta 140-150 pulsaciones por minuto».

Ataque cerebral

El diagnóstico parece lo suficientemente desalentador como para no dudar de los efectos fulminantes de la hemorragia. Sin embargo, la nota médica pasa por alto las cerca de 13 horas que el jerarca soviético pasó desatendido desde que sufrió el ataque cerebral.«En la habitación de Stalin había muchos botones para avisar al servicio. Como me dijeron entonces los guardias, Stalin debió sentirse mal en el diván. Probablemente no logró apretar el botón y cayó al suelo», explica Sujadeyev, cuyo carné de periodista del régimen le abrió las puertas de los aposentos del líder pocas horas después de su muerte.

«Sobre su mesa tenía una botella de Bordzhomi [popular agua mineral de origen georgiano]. Había un aparador grande para el bufé, y junto a él una cama turca Al lado estaba la salida al balcón, donde le gustaba ir en invierno para leer o trabajar Allí se cubría con una zamarra de piel de oveja que conservaba desde el periodo de la Guerra Civil», comenta Sujadeyev, palpando con sus manos las cuatro paredes invisibles entre las que amuebla sus recuerdos.

«Solía calzar unas valenki [botas de fieltro] y cuando se le rompían, él mismo las remendaba. Los guardias me enseñaron cómo todos los codos de sus prendas estaban desgastados. A Stalin le gustaba usar las prendas hasta el final. No tenían con qué enterrarlo, pues toda su ropa estaba desgastada», comenta en tono jocoso.

En aquel escenario tuvo lugar su último acto ante cinco miembros de la cúpula del Partido: Lavrenti Beria, Nikita Jruschov, Georgui Malenkov y Nikolai Bulganin. El 28 de febrero por la noche estuvieron viendo películas hasta muy tarde en el apartamento del Kremlin.Después, Stalin les conminó a proseguir la velada en su dacha de Kuntsevo, al suroeste de Moscú.

Según cuenta Jruschov en sus memorias, esa noche Stalin le clavó su índice en la tripa y le llamó «Mikita» (en vez de Nikita), una broma que el jefe le gastaba cuando estaba de buen humor.«Bebieron vino. A Stalin le gustaba mezclarlo con agua », puntualiza Sujadeyev. «A eso de las cuatro de la madrugada, Stalin se despidió de ellos y se encerró en su habitación. A partir de ahí casi nada se sabe», explica Sujadeyev, que ha rastreado hasta el umbral de su dormitorio la pista del gerifalte soviético.

En 1991, la hija de Stalin, Svetlana, arrojó luz sobre la oscura muerte de su padre al revelar las confesiones que una criada le hizo en 1966. Según este relato, los sirvientes, extrañados, pero sin atreverse a importunarle, dejaron correr las horas de aquel domingo hasta bien entrada la tarde. Sólo a las 23.00 horas, el adjunto del comandante de la dacha, P. Lozgachev, se armó de valor, cogió el correo del día y franqueó con aplomo el dormitorio para toparse con un Stalin mudo que yacía sobre la alfombra apoyado sobre sus codos.

El tótem se había desplomado. Sobre la mesa de su habitación, se entremezclaban recortes de la revista Ogoniok junto con las últimas anotaciones con lápiz rojo hechas por Stalin sobre la lista de productos que abarataba cada 1 de marzo.

Varios criados lo trasladaron a un diván del pequeño comedor.«Cuando Beria se presentó en la dacha les dijo: '¿Pero qué ocurre? No ven que está durmiendo. ¿Por qué se alarman? No se acerquen a él'. Sin embargo, los guardias insistieron y al cabo de 13 horas llegaron los médicos», relata Sujadeyev.

Numerosos historiadores se detienen en este punto para barajar la hipótesis del envenenamiento a manos de Lavrenti Beria, sicario de Stalin que en 1938 encabezó el NKVD (embrión del KGB), posición desde la que orquestó una sádica campaña de tortura que sobrecogió al propio líder soviético.

«Stalin era consciente del siniestro papel desempeñado por Beria, y éste comprendía que sería alejado del poder», explica Sujadeyev.Pese a sus 1,62 metros de altura (estirados en las colosales estatuas que poblaron la URSS), Stalin jamás permitió que le mirasen por encima del hombro. Trotski lo hizo y pagó con la muerte. Sin embargo, sus últimos achaques lo hicieron más vulnerable a ojos de sus cuervos. «No sólo Beria pudo envenenarlo. En aquel momento existía un grupo entero que soñaban con el día de su muerte: Molotov, Jruschov, Malenkov, Kaganovich », estima el historiador Ernst Schaguin, convencido de que «hay muchos documentos sobre la muerte de Stalin que no han salido a la luz».

Según algunos testimonios, la última palabra de Stalin antes de morir fue bog (Dios). Más que un acceso religioso de última hora, parece tratarse de la reivindicación de su propia condición.

Conscientes de que con Stalin se desvanecía su proyecto de Estado, una profunda sensación de orfandad se apoderó de los soviéticos.Durante los funerales, más de 400 personas murieron en las calles de Moscú atropelladas en los accesos al centro de la capital.

Avalanchas

«Me salvé de morir aplastada gracias a que pude agarrarme a una tubería de un edificio y trepar hasta un segundo piso», comenta Neli, de 78 años. En la fábrica Stalin, Sujadeyev fue testigo del mecánico plañir del proletariado. «Había muchas mujeres.Todas lloraban. ¿Cómo vamos a vivir ahora?, era la pregunta que todos nos hacíamos».

Sujadeyev no tenía carné del Partido, pero cuando el guardia del mausoleo de la Plaza Roja vio asomar del bolsillo de su chaqueta la esquina roja de su tarjeta de periodista, le dejó pasar. «No sé por qué me permitió entrar», asegura.

En la cripta, contempló al lado de los hijos de Stalin como instalaban la momia embalsamada del dictador junto a la de Lenin, el padre de la Revolución Bolchevique y fundador de la URSS en 1922.

Debieron transcurrir tres años para que los afectados discursos de duelo dejaran paso a las críticas incendiarias con las que Jruschov avivó en los 60 la pira pública del mito de Stalin.Una demonización que se saldó con el entierro de la momia de Stalin en la muralla del Kremlin en 1961 (el mismo año que Stalingrado cambió su nombre por el de Volvogrado). Según declaró entonces una diputada del Soviet Supremo, Lenin se le había aparecido en sueños y le había confesado que le incomodaba la compañía de Stalin.

POCO QUEDA DE EL EN RUSIA

Sé que después de mi muerte derramarán basura sobre mi tumba, pero el viento de la Historia la barrerá». Estampada sobre su viejo retrato de Stalin, aquella frase se convirtió el 7 de noviembre de 2001 en el grito de guerra de Neli Anatolievna, una economista jubilada que participaba en la marcha por el aniversario de la Revolución Bolchevique. Interpelada por EL MUNDO, la septuagenaria hizo una sorprendente revelación: «El espíritu de Stalin dice que no debemos preocuparnos, que una segunda revolución socialista está por llegar. Stalin volverá y lo hará reencarnado», sentenció la abuelita-medium con las mejillas encarnadas por el frío. Frente a la nostalgia patológica de aquellos que, como Neli, manipularon con sus manos la mecha de la revolución y plantaron cara a Hitler, las nuevas generaciones miran a Stalin como a otro busto más.Hace unos meses, a la pregunta «¿quién es Stalin?», un alumno de 16 años respondió que «un militar de la época de Iván el Terrible».Según una encuesta, un 42% de los rusos antepone su lado oscuro (las purgas y el gulag) a la victoria en la II Guerra Mundial o la industrialización.

En 1956, el secretario general del PCUS, Nikita Jruschov, difundió un informe secreto entre los delegados del XX Congreso que supuso la crucifixión póstuma de Stalin como único responsable del terror.Aquel informe fue el detonante del dominó de estatuas estalinistas que se produjo en toda la URSS. No hubo que esperar a 1991.

La escultura de mármol rojo del llamado cementerio de las estatuas es hoy (además del busto de granito que corona su tumba) la única efigie del dictador visible en Moscú. Sólo en Corea del Norte sus bigotes siguen formando parte del mobiliario urbano. La fiebre antiestalinista se saldó en 1961 con la inhumación de la momia de Stalin. Gracias a la desestalinización de Jruschov, los rusos que sobrepasan la cuarentena superaron sin traumas su etapa.Mucho más les costó digerir la quema del abuelo Lenin, que hasta 1991 se mantuvo alejado de la hoguera de la Historia.


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