¿Vacaciones en Polonia es una revista? ¿Un fanzine? ¿Un libro gordo de petete contracultural y por entregas? Ni la menor idea, pero estos polacos son geniales, aunque se animen a publicar con una periodicidad comparable con la que el que escribe va a clase. Cada número de Vacaciones en Polonia son 200 páginas heterogéneas, llenas de textos con tipografías raras y atrevidas, desde poemas hasta ensayos filosóficos, muchas viñetas e ilustraciones y un espíritu de batiburrillo mezclado con rigor intelectual que me suliveya.
En su número 3: Suicidios y Literaturas, hacen un repaso exahustivo sobre el suicidio en la literatura, la literatura suicida y los literatos que acabaron suicidándose. Entre otras cosas, recopilan textos de grandes pensadores sobre la cuestión, hay artículos monográficos sobre generaciones de escritores proclives a inmolarse y (aquí quería llegar yo) [b]una Suicipedia, con perfiles biográficos de más de 300 escritores que se quitaron la vida.[/b] Inspirándome en esa Suicipedia, me complace presentarles los:
PREMIOS SOCIOAPATÍA A ESCRITORES SUICIDAS
Saludos, damas y caballeros. Nos encontramos en este marco incomparable de un blog semi-abandonado para hacer entrega de los premios Socioapatía a suicidios de escritores que, por diversas causas, merecen la pena ser recordados y galardonados. Premiamos suicidios, no escritores, porque el jurado no ha tenido tiempo de leer ni a la mitad de la mitad de los insignes literatos reseñados. En cambio, como muestra de su cutrez y superficialidad, sí que se ha molestado en buscar y cotejar los datos de los suicidios. Sin más dilación pasamos al reparto de premios, no sin antes recordarles que esta fantástica gala está patrocinada por Vacaciones en Polonia.
Premio al suicidio más espectacular
Yukio Mishima (1925-1970) Enamorado del pasado de Japón y enemigo acérrimo de la sociedad nipona occidentalizada de post-guerra , sus novelas destilan un aire rancio y conservador en sus peores pasajes, poético y espiritual en los mejores. Su obra más importante es la tetralogía de novelas El mar de la fertilidad‘. El 25 de Noviembre de 1970, después de entregar a su editor el manuscrito del libro que completaba la saga, Mishima se dirigió con tres compinches a un cuartel del ejército japonés. Entraron en la oficina del general, le ataron a una silla y Mishima salió al balcón del despacho. Anunció que estaba dando un golpe de estado y empezó a leer su lista de demandas, que incluían la vuelta del emperador. Los soldados se mofaron de él, y Mishima, dentro de la oficina, se practicó el suicidio ritual del seppuku rajándose el vientre. Un suicidio lento y doloroso, en el que los jugos gástricos van poco a poco corroyendo los órganos. Cuando ya había sufrido lo bastante, y siguiendo las normas que indica el ritual, un compinche intentó cortarle la cabeza, pero falló por tres veces. A la cuarta, consiguió separársela del cuerpo.
Premio al suicidio más tonto
John Berryman (1914-1972) El autor de ‘Homage to Mistress Broadsheet’ tuvo desde niño una relación cercana con el suicidio. A los 12 años descubre el cadaver de su padre, que acaba de pegarse un tiro. Esta imagen inspira sus famosas 77 canciones del sueño poemario que acabó ganando el Pullitzer de poesía. Junto con His Toy, His Dream, His Rest publicado en 1968, conforman su libro Dream Songs al que debe gran parte de su fama. Aunque Nick Cave sea fan suyo, los que le conocieron hablaron de su caracter imposible: perverso, alcóholico y manipulador. En 1972, sumido en la desesperación salta al Missisipi desde un puente de Minneapolis, con tan mala suerte que no cae al agua y muere asfixiado con la cabeza atrapada en el barro de la orilla.
Premio al suicidio más ordenado
Robert E. Howard (1906-1936) No tan olvidado autor de novelas baratas, aunque las veces que se le recuerda siempre es por tres cosas: fue íntimo amigo de Lovecraft, creó el personaje de ‘Conan el bárbaro’ y perpetró un meticuloso suicidio. Cuando su madre entró en coma, Howard primero asegura el futuro de su obra, después pide prestado un revólver y pregunta a un médico sobre las posibilidades de sobrevivir a un disparo en la cabeza. La víspera de su suicidio reserva tres nichos en el cementerio local (uno para su madre agonizante, otro para su padre anciano y un tercero para él mismo) y al día siguiente se dispara un tiro en la cabeza en el interior de su coche. En su nota de suicidio reproduce unos versos que escribió cuando tenía 10 años, así que imaginamos que también los tenía a mano y preparados para el momento fatídico.
Premio al suicidio con más sentido del humor
Eugene Izzi (1953-1996) Escritor de novelas policiacas, plantea su suicidio como un enigma para la policía, que casi parece sacado de uno de sus libros: En la madrugada del 7 de diciembre de 1996 se cuelga de la ventana de un piso catorce de un edificio céntrico de Chicago. A la mañana siguiente, la policía acude y confundida, encuentra que el cadaver de Izzi lleva puesto un chaleco antibalas. En los bolsillos de la chaqueta del ahorcado encuentran puños americanos, un spray anti-violadores y varios disquettes con parte de su obra. Cuando entraron en su casa, descubrieron varias pistolas cargadas, así como otras pistas falsas.
Premio al suicidio más dificil
Attila József (1905-1937) Este atormentado y revolucionario poeta húngaro no destacó en vida por su suerte o habilidad con los suicidios. El primer intento de acabar con su vida fue ingiriendo cincuenta aspirinas, que aparte de espantosos dolores de estómago no le causaron gran daño. La siguiente vez, tragó un veneno que resultó inocuo. La tercera, se tumbó en las vías de un tren, pero fracasó porque el tren había atropellado a otro suicida antes y se había detenido. Ya por fin en su cuarto intento consiguió poner fin a su vida dejándose arrollar por un tren, que esta vez no paró.
Premio al suicidio más visionario
Paul Lafargue (1942-1911) Casado con la hija de Marx, Lafargue fue el introductor del socialismo en España; sin mucho éxito por la popularidad de las ideas anarquistas en aquella época en nuestro país. Aparte de escribir la obra maestra (aquí el jurado sí que habla con conocimiento de causa) El derecho a la pereza, dedica toda su vida a difundir la obra de su nuero. En su nota de suicidio escribe “Muero con la suprema alegría de tener la certeza de que muy pronto triunfará la causa a la que me he entregado desde hace cuarenta y cinco años” No entramos en la cuestión de si puede considerarse un triunfo del marxismo o no, pero apenas seis años más tarde los bolcheviques se hicieron con el poder en Rusia.
Premio al suicidio más freudiano
Ex-aequo: Vachel Lindsay (1879-1931)/ Charlotte Mew (1869-1928) Poeta estadounidense y vagabundo él, es célebre por ser uno de los primeros en sentar las bases de la crítica cinematográfica, así como por su poema onomatopéyico The Congo. Poetisa inglesa a caballo entre la lírica victoriana y la moderna ella, fuma, viaja sola y se viste como un hombre, para escándalo de los idem de aquel tiempo. Poeta él y poetisa ella, comparten un método de suicidio sorprendente: ambos se beben una botella de Lysol, un desinfectante vaginal de la época, para acabar con sus vidas.
Premio al suicidio más molón
Philip Mainländer (1831-1876) Nacido fruto de lo que él mismo describía como una “violación dentro del matrimonio” se cambia el apellido paterno por el de Mainländer (habitante de la región del Mena) en cuanto tiene oportunidad. Con 19 añitos lee a Schopenhauer y se transforma su vida; decide hacerse filósofo y llevar las ideas de su compatriota hasta el delirante extremo de proclamar la virginidad y el suicidio para evitar que se propague el dolor existencial durante más tiempo y más generaciones. Después de escribir su obra magna La filosofía de la rendención Mainländer se ahorca usando los primeros ejemplares que recibe del editor como pedestal.
Premio especial Socioapatía al suicidio con el que el jurado se siente más
identificado
Ferdinand Raimund (1790-1836) De orígen muy humilde, su rostro acabó en los billetes de 50 chelines austriacos. Dramaturgo nacional del país centroeuropeo, consiguió la celebridad por criticar y hacer sátira de las costumbres de sus contemporáneos. Pese a tanta risa y tanta mala baba a costa de los (para él) grotescos austriacos, acaba suicidándose por motivos bastante ridículos: le muerde un perro y aterrorizado ante la posibilidad de haber contraído la rabia, acaba con su vida.
Premio al suicidio más exagerado
Raymond Roussel (1877-1933): Un dandy viajero, millonario y drogadicto publica Locus Solus e Impresiones de África, con un inimitable estilo basado en la homofonía. Aunque más que por su obra se le recuerda por ser autor de cabecera de los surrealistas, los oulipo y los escritores de la nouveu roman. A la hora de su suicidio no quiso dejar abierta la puerta al fracaso. Según cuenta Leonardo Sciacia (su único biógrafo) ingiere 16 ampollas de Somnothyril, quince de Sonéryl, diez de Hypalène, once de Lutonal, ocho de Phanadorme, una caja de Declonol, un frasco de Hyrpholene, diez ampollas de Neurinare y doce de Veriane para suicidarse. Sobra decir que lo consigue.
Premio al suicidio más poético
José Asunción Silva (1865-1896) Romántico tardío o modernista primitivo, este poeta colombiano de corta e influyente obra, escribe Nocturnos, fragmentos de los cuales aparecen en cualquier antología de poesía hispanoamericana. Corta obra porque en un naufragio, pierde casi todos sus escritos, la inmensa mayoría de los cuales no habían sido aún publicados. Este hecho y la muerte de su hermana Elvira, quien se cree que fue su gran amor, le trastocaron profundamente y se vio empujado al suicidio. Un día antes de suicidarse de un disparo, le pide a su médico, el doctor Manrique, que le dibuje sobre la piel el lugar exacto que ocupa el corazón.
Premio al suicidio más aparatoso
Nicolás de Chamfort (1741-1794) Escritor parísino, brillante y mundano es mucho más conocido por sus citas y epigramas que por cualquiera de sus libros. Durante la Revolución Francesa, se opone al Terror de Robespierre y es encarcelado durante un breve periodo de tiempo. Aterrorizado ante la posibilidad de volver a ser detenido y procesado, se pega un tiro en el paladar, con tan mala suerte que se destroza la nariz y la mandíbula pero no se mata. Toma entonces un abrecartas de su escritorio y se apuñala varias veces en el cuello, sin éxito. Desesperado, lo intenta en el pecho y en la pierna, pero pierde la consciencia antes de conseguir matarse. Lo encuentra su criado en un charco de sangre y Chamfort acabará sus días en un hospital entre, imaginamos, un dolor considerable.
Premio especial “ni el apuntador”
quirogaHoracio Quiroga (1878-1937) A la tierna edad de tres meses es testigo de como su padre se quita la vida disparándose en la cabeza con una escopeta. Su madre vuelve a casarse y después de cinco años de matrimonio, el padrastro se suicida con idéntico método al que había usado su padre biológico. Con el tiempo, el joven Quiroga se hace profesor de castellano en el Colegio Británico de Buenos Aires y se casa con una alumna, que en 1915 se suicida bebiendo un líquido para revelar fotografías. Mantiene un breve idilio y una larga amistad con Alfonsina Storni (quien se suicidaría 20 años después arrojándose al mar) en la siguiente etapa de su vida. Un amigo le consigue el puesto de cónsul de Uruguay en la capital porteña, y lo pierde después de que el mismo amigo se suicidase. Un año y un día antes de que se quite la vida su gran amigo Leopoldo Lugones (arsénico), Quiroga ingiere una dosis letal de cianuro. Poco más tarde se suicidaría su hija mayor, Eglé y a su único hijo varón, Darío, le tocó el turno en 1951.
Premio al suicidio más misterioso
Michael Dorris (1945-1997) Una especie de santo en vida: Dorris fue uno de los primeros en interesarse por el estudio de los indios de norteamerica. En 1971 se convierte en el primer hombre soltero de Estados Unidos que adopta un niño, aquejado este de un síndrome alcóholico fetal. Su lucha por salvar a su hijo se convierte en la novela El cordón roto. Tras adoptar a dos niños más, enfermos del mismo mal, se casa con la escritora Louise Erdrich. Pero su impoluta imagen pública no duraría para siempre; en 1995 uno de sus hijos adoptivos acusa a la pareja de abuso sexual. Poco después el matrimonio se rompe y Dorris se suicida ingiriendo una mezcla de somníferos y vodka y atándose una bolsa de plástico a la cabeza. El hijo retiró los cargos y Louise Erdrich se negó a hacer declaraciones. Probablemente nunca se sepa qué pasó en esa familia.
Premio al suicidio más estúpido
Michael Strunge (1958-1986) Poeta noruego influenciado por The Cure y Joy Division (¿Robert Smith es una influencia literaria válida?) se convierte en el bardo de culto de los góticos nórdicos. En una de los permisos para salir del psiquiátrico en el que lleva ingresado cinco años, Strunge salta desde la ventana del piso de un amigo. Sus últimas palabras fueron “¡Mirad! ¡Puedo volar!”.
En su número 3: Suicidios y Literaturas, hacen un repaso exahustivo sobre el suicidio en la literatura, la literatura suicida y los literatos que acabaron suicidándose. Entre otras cosas, recopilan textos de grandes pensadores sobre la cuestión, hay artículos monográficos sobre generaciones de escritores proclives a inmolarse y (aquí quería llegar yo) [b]una Suicipedia, con perfiles biográficos de más de 300 escritores que se quitaron la vida.[/b] Inspirándome en esa Suicipedia, me complace presentarles los:
PREMIOS SOCIOAPATÍA A ESCRITORES SUICIDAS
Saludos, damas y caballeros. Nos encontramos en este marco incomparable de un blog semi-abandonado para hacer entrega de los premios Socioapatía a suicidios de escritores que, por diversas causas, merecen la pena ser recordados y galardonados. Premiamos suicidios, no escritores, porque el jurado no ha tenido tiempo de leer ni a la mitad de la mitad de los insignes literatos reseñados. En cambio, como muestra de su cutrez y superficialidad, sí que se ha molestado en buscar y cotejar los datos de los suicidios. Sin más dilación pasamos al reparto de premios, no sin antes recordarles que esta fantástica gala está patrocinada por Vacaciones en Polonia.
Premio al suicidio más espectacular
Yukio Mishima (1925-1970) Enamorado del pasado de Japón y enemigo acérrimo de la sociedad nipona occidentalizada de post-guerra , sus novelas destilan un aire rancio y conservador en sus peores pasajes, poético y espiritual en los mejores. Su obra más importante es la tetralogía de novelas El mar de la fertilidad‘. El 25 de Noviembre de 1970, después de entregar a su editor el manuscrito del libro que completaba la saga, Mishima se dirigió con tres compinches a un cuartel del ejército japonés. Entraron en la oficina del general, le ataron a una silla y Mishima salió al balcón del despacho. Anunció que estaba dando un golpe de estado y empezó a leer su lista de demandas, que incluían la vuelta del emperador. Los soldados se mofaron de él, y Mishima, dentro de la oficina, se practicó el suicidio ritual del seppuku rajándose el vientre. Un suicidio lento y doloroso, en el que los jugos gástricos van poco a poco corroyendo los órganos. Cuando ya había sufrido lo bastante, y siguiendo las normas que indica el ritual, un compinche intentó cortarle la cabeza, pero falló por tres veces. A la cuarta, consiguió separársela del cuerpo.
Premio al suicidio más tonto
John Berryman (1914-1972) El autor de ‘Homage to Mistress Broadsheet’ tuvo desde niño una relación cercana con el suicidio. A los 12 años descubre el cadaver de su padre, que acaba de pegarse un tiro. Esta imagen inspira sus famosas 77 canciones del sueño poemario que acabó ganando el Pullitzer de poesía. Junto con His Toy, His Dream, His Rest publicado en 1968, conforman su libro Dream Songs al que debe gran parte de su fama. Aunque Nick Cave sea fan suyo, los que le conocieron hablaron de su caracter imposible: perverso, alcóholico y manipulador. En 1972, sumido en la desesperación salta al Missisipi desde un puente de Minneapolis, con tan mala suerte que no cae al agua y muere asfixiado con la cabeza atrapada en el barro de la orilla.
Premio al suicidio más ordenado
Robert E. Howard (1906-1936) No tan olvidado autor de novelas baratas, aunque las veces que se le recuerda siempre es por tres cosas: fue íntimo amigo de Lovecraft, creó el personaje de ‘Conan el bárbaro’ y perpetró un meticuloso suicidio. Cuando su madre entró en coma, Howard primero asegura el futuro de su obra, después pide prestado un revólver y pregunta a un médico sobre las posibilidades de sobrevivir a un disparo en la cabeza. La víspera de su suicidio reserva tres nichos en el cementerio local (uno para su madre agonizante, otro para su padre anciano y un tercero para él mismo) y al día siguiente se dispara un tiro en la cabeza en el interior de su coche. En su nota de suicidio reproduce unos versos que escribió cuando tenía 10 años, así que imaginamos que también los tenía a mano y preparados para el momento fatídico.
Premio al suicidio con más sentido del humor
Eugene Izzi (1953-1996) Escritor de novelas policiacas, plantea su suicidio como un enigma para la policía, que casi parece sacado de uno de sus libros: En la madrugada del 7 de diciembre de 1996 se cuelga de la ventana de un piso catorce de un edificio céntrico de Chicago. A la mañana siguiente, la policía acude y confundida, encuentra que el cadaver de Izzi lleva puesto un chaleco antibalas. En los bolsillos de la chaqueta del ahorcado encuentran puños americanos, un spray anti-violadores y varios disquettes con parte de su obra. Cuando entraron en su casa, descubrieron varias pistolas cargadas, así como otras pistas falsas.
Premio al suicidio más dificil
Attila József (1905-1937) Este atormentado y revolucionario poeta húngaro no destacó en vida por su suerte o habilidad con los suicidios. El primer intento de acabar con su vida fue ingiriendo cincuenta aspirinas, que aparte de espantosos dolores de estómago no le causaron gran daño. La siguiente vez, tragó un veneno que resultó inocuo. La tercera, se tumbó en las vías de un tren, pero fracasó porque el tren había atropellado a otro suicida antes y se había detenido. Ya por fin en su cuarto intento consiguió poner fin a su vida dejándose arrollar por un tren, que esta vez no paró.
Premio al suicidio más visionario
Paul Lafargue (1942-1911) Casado con la hija de Marx, Lafargue fue el introductor del socialismo en España; sin mucho éxito por la popularidad de las ideas anarquistas en aquella época en nuestro país. Aparte de escribir la obra maestra (aquí el jurado sí que habla con conocimiento de causa) El derecho a la pereza, dedica toda su vida a difundir la obra de su nuero. En su nota de suicidio escribe “Muero con la suprema alegría de tener la certeza de que muy pronto triunfará la causa a la que me he entregado desde hace cuarenta y cinco años” No entramos en la cuestión de si puede considerarse un triunfo del marxismo o no, pero apenas seis años más tarde los bolcheviques se hicieron con el poder en Rusia.
Premio al suicidio más freudiano
Ex-aequo: Vachel Lindsay (1879-1931)/ Charlotte Mew (1869-1928) Poeta estadounidense y vagabundo él, es célebre por ser uno de los primeros en sentar las bases de la crítica cinematográfica, así como por su poema onomatopéyico The Congo. Poetisa inglesa a caballo entre la lírica victoriana y la moderna ella, fuma, viaja sola y se viste como un hombre, para escándalo de los idem de aquel tiempo. Poeta él y poetisa ella, comparten un método de suicidio sorprendente: ambos se beben una botella de Lysol, un desinfectante vaginal de la época, para acabar con sus vidas.
Premio al suicidio más molón
Philip Mainländer (1831-1876) Nacido fruto de lo que él mismo describía como una “violación dentro del matrimonio” se cambia el apellido paterno por el de Mainländer (habitante de la región del Mena) en cuanto tiene oportunidad. Con 19 añitos lee a Schopenhauer y se transforma su vida; decide hacerse filósofo y llevar las ideas de su compatriota hasta el delirante extremo de proclamar la virginidad y el suicidio para evitar que se propague el dolor existencial durante más tiempo y más generaciones. Después de escribir su obra magna La filosofía de la rendención Mainländer se ahorca usando los primeros ejemplares que recibe del editor como pedestal.
Premio especial Socioapatía al suicidio con el que el jurado se siente más
identificado
Ferdinand Raimund (1790-1836) De orígen muy humilde, su rostro acabó en los billetes de 50 chelines austriacos. Dramaturgo nacional del país centroeuropeo, consiguió la celebridad por criticar y hacer sátira de las costumbres de sus contemporáneos. Pese a tanta risa y tanta mala baba a costa de los (para él) grotescos austriacos, acaba suicidándose por motivos bastante ridículos: le muerde un perro y aterrorizado ante la posibilidad de haber contraído la rabia, acaba con su vida.
Premio al suicidio más exagerado
Raymond Roussel (1877-1933): Un dandy viajero, millonario y drogadicto publica Locus Solus e Impresiones de África, con un inimitable estilo basado en la homofonía. Aunque más que por su obra se le recuerda por ser autor de cabecera de los surrealistas, los oulipo y los escritores de la nouveu roman. A la hora de su suicidio no quiso dejar abierta la puerta al fracaso. Según cuenta Leonardo Sciacia (su único biógrafo) ingiere 16 ampollas de Somnothyril, quince de Sonéryl, diez de Hypalène, once de Lutonal, ocho de Phanadorme, una caja de Declonol, un frasco de Hyrpholene, diez ampollas de Neurinare y doce de Veriane para suicidarse. Sobra decir que lo consigue.
Premio al suicidio más poético
José Asunción Silva (1865-1896) Romántico tardío o modernista primitivo, este poeta colombiano de corta e influyente obra, escribe Nocturnos, fragmentos de los cuales aparecen en cualquier antología de poesía hispanoamericana. Corta obra porque en un naufragio, pierde casi todos sus escritos, la inmensa mayoría de los cuales no habían sido aún publicados. Este hecho y la muerte de su hermana Elvira, quien se cree que fue su gran amor, le trastocaron profundamente y se vio empujado al suicidio. Un día antes de suicidarse de un disparo, le pide a su médico, el doctor Manrique, que le dibuje sobre la piel el lugar exacto que ocupa el corazón.
Premio al suicidio más aparatoso
Nicolás de Chamfort (1741-1794) Escritor parísino, brillante y mundano es mucho más conocido por sus citas y epigramas que por cualquiera de sus libros. Durante la Revolución Francesa, se opone al Terror de Robespierre y es encarcelado durante un breve periodo de tiempo. Aterrorizado ante la posibilidad de volver a ser detenido y procesado, se pega un tiro en el paladar, con tan mala suerte que se destroza la nariz y la mandíbula pero no se mata. Toma entonces un abrecartas de su escritorio y se apuñala varias veces en el cuello, sin éxito. Desesperado, lo intenta en el pecho y en la pierna, pero pierde la consciencia antes de conseguir matarse. Lo encuentra su criado en un charco de sangre y Chamfort acabará sus días en un hospital entre, imaginamos, un dolor considerable.
Premio especial “ni el apuntador”
quirogaHoracio Quiroga (1878-1937) A la tierna edad de tres meses es testigo de como su padre se quita la vida disparándose en la cabeza con una escopeta. Su madre vuelve a casarse y después de cinco años de matrimonio, el padrastro se suicida con idéntico método al que había usado su padre biológico. Con el tiempo, el joven Quiroga se hace profesor de castellano en el Colegio Británico de Buenos Aires y se casa con una alumna, que en 1915 se suicida bebiendo un líquido para revelar fotografías. Mantiene un breve idilio y una larga amistad con Alfonsina Storni (quien se suicidaría 20 años después arrojándose al mar) en la siguiente etapa de su vida. Un amigo le consigue el puesto de cónsul de Uruguay en la capital porteña, y lo pierde después de que el mismo amigo se suicidase. Un año y un día antes de que se quite la vida su gran amigo Leopoldo Lugones (arsénico), Quiroga ingiere una dosis letal de cianuro. Poco más tarde se suicidaría su hija mayor, Eglé y a su único hijo varón, Darío, le tocó el turno en 1951.
Premio al suicidio más misterioso
Michael Dorris (1945-1997) Una especie de santo en vida: Dorris fue uno de los primeros en interesarse por el estudio de los indios de norteamerica. En 1971 se convierte en el primer hombre soltero de Estados Unidos que adopta un niño, aquejado este de un síndrome alcóholico fetal. Su lucha por salvar a su hijo se convierte en la novela El cordón roto. Tras adoptar a dos niños más, enfermos del mismo mal, se casa con la escritora Louise Erdrich. Pero su impoluta imagen pública no duraría para siempre; en 1995 uno de sus hijos adoptivos acusa a la pareja de abuso sexual. Poco después el matrimonio se rompe y Dorris se suicida ingiriendo una mezcla de somníferos y vodka y atándose una bolsa de plástico a la cabeza. El hijo retiró los cargos y Louise Erdrich se negó a hacer declaraciones. Probablemente nunca se sepa qué pasó en esa familia.
Premio al suicidio más estúpido
Michael Strunge (1958-1986) Poeta noruego influenciado por The Cure y Joy Division (¿Robert Smith es una influencia literaria válida?) se convierte en el bardo de culto de los góticos nórdicos. En una de los permisos para salir del psiquiátrico en el que lleva ingresado cinco años, Strunge salta desde la ventana del piso de un amigo. Sus últimas palabras fueron “¡Mirad! ¡Puedo volar!”.