Tomar un buen desayuno es la comida más importante del día." Si hay un mensaje sobre la dieta que generaciones de madres han inculcado a sus hijos es éste. El consejo ha sido siempre igualmente claro: dé a sus hijos el alimento correcto en el desayuno y ellos podrán concentrarse toda la mañana. Aliméntelos poco y tendrán que luchar para mantenerse despiertos en clase.
Sin embargo este consejo ha comenzado a ponerse en duda. A medida que sabemos más sobre la manera en que el cuerpo y el cerebro regulan los azúcares, la idea de que el desayuno es siempre la mejor manera de comenzar el día está cada vez más cuestionado. De hecho, tomar el desayuno puede a veces ser peor para el rendimiento mental y físico que salir hambriento.
De los muchos nutrientes de su dieta, el cerebro puede utilizar sólo uno como combustible, la glucosa, que el cuerpo transforma a partir de los carbohidratos de la comida. Desgraciadamente, afirma Leigh Gibson, biopsicólogo de la universidad de Roehampton, en Londres, este simple hecho ha llevado a varios mitos.
Uno es el que Gibson llama el "mito del shock de azúcar" el mismo funciona así: luego de comer una comida con altas concentraciones de carbohidratos o una merienda dulce, el nivel de azúcar en sangre se eleva rápidamente enviando una gran cantidad de glucosa al cerebro. Esto lo provee de un temporario aumento de energía pero es rápidamente seguido por una caída del azúcar y de la energía mental.
¿Primero los dulces?
Otro mito es que debido a que el cerebro subsiste gracias a la glucosa, éste funcionará mejor si uno lo alimenta con carbohidratos que produzcan glucosa antes de hacer cualquier cosa importante. Pero nuevamente, no es tan simple.
Claude Messier, neurocientífico de la universidad de Ottawa, Canadá, dio a ratas una dosis del compuesto 3-O-metilglucosa, parecido al azúcar y que puede ser visto como una forma inútil de la glucosa.
En principio las células del cerebro pueden confundirlo con la glucosa y extraerlo alegremente de la corriente sanguínea. Pero cuando advierten lo que es lo devuelven, al igual que un niño que siente aversión por los vegetales rechazaría una arveja escondida en su comida.
Engañar al cerebro
Tanto como la teoría de, alimente el cerebro, la de, engañe al cerebro, también funciona. Cuando no se lo engaña con experimentos, sin embargo, el cuerpo tiene la regulación de la glucosa mucho más bajo control. Entonces, ¿importa lo que uno desayuna?
Bueno, sí, pero no necesariamente de la manera que pensaba su madre. Al revisar cerca de 100 estudios, Gibson está convencido de que una pequeña cantidad de carbohidratos puede mejorar la función de la memoria en tests de laboratorio pero es una respuesta muy ajustada con una dosis óptima equivalente a alrededor de 25 gramos de glucosa o 100 calorías de carbohidratos.
En otras palabras, una banana o un pequeño bol de cereales. Pero experimentos recientes han demostrado que el tipo de carbohidrato es más importante que la cantidad que se coma. El factor crucial es el índice glucémico (IG), una medida que indica la velocidad en que aumenta el azúcar en sangre comparado con la glucosa pura.
Los alimentos con un IG bajo son digeridos lentamente, liberando el azúcar en sangre gradualmente, mientras que los que tienen un IG alto liberan sus azúcares de una sola vez, todo junto.
Hambriento pero atento
El cortisol no es la única hormona que tiene que ver con la regulación de la glucosa. Otra es la grelina, que es producida por el estómago cuando se tienen apetito y ayuda a mantenerse alerta. El ingerir grasas o proteínas tiene poco o ningún efecto en los niveles de grelina, pero los carbohidratos suprimen su producción.
"Imagine que está conduciendo un auto, hambriento, en lugar de tener el estómago lleno luego de una gran comilona", dice Tamas Horvath, neurobiólogo de la facultad de medicina de la Universidad de Yale.
"Estar hambriento promueve la atención en el entorno. Si se piensa en una chita, cómo elige a la presa y la persigue, obviamente lo hace cuando está hambrienta. Un animal con hambre responde mucho mejor a los incentivos visuales y olfativos".
La grelina también afecta a la memoria y al aprendizaje. Horvath descubrió que las ratas y ratones rinden mejor en los laberintos y en otros tests de memoria si los niveles de grelin se elevan artificialmente.
También encontró que la grelina aumenta los niveles de los neurotransmisores asociados con el aumento de la fuerza de las conexiones neuronales que es la manera que las células del cerebro llegan a responder más fuertemente a cada repetición de estímulo.
"A escala celular esa es la base del aprendizaje", asegura Horvath. Esto significa que tener algo de grelina en su sistema es bueno, aunque no se sea una chita que caza un antílope.
De hecho, es probable que sea otra la razón por la cual Gibson encontró que las comidas livianas son óptimas, mejor que sólo tener hambre, ya que proveen un poco de glucosa extra sin hacer que uno se sienta aletargado. "Podría ser beneficioso cuando uno va a realizar un test o entrevista, ir con el estómago razonablemente vacío", dice Horvath.
Sin embargo este consejo ha comenzado a ponerse en duda. A medida que sabemos más sobre la manera en que el cuerpo y el cerebro regulan los azúcares, la idea de que el desayuno es siempre la mejor manera de comenzar el día está cada vez más cuestionado. De hecho, tomar el desayuno puede a veces ser peor para el rendimiento mental y físico que salir hambriento.
De los muchos nutrientes de su dieta, el cerebro puede utilizar sólo uno como combustible, la glucosa, que el cuerpo transforma a partir de los carbohidratos de la comida. Desgraciadamente, afirma Leigh Gibson, biopsicólogo de la universidad de Roehampton, en Londres, este simple hecho ha llevado a varios mitos.
Uno es el que Gibson llama el "mito del shock de azúcar" el mismo funciona así: luego de comer una comida con altas concentraciones de carbohidratos o una merienda dulce, el nivel de azúcar en sangre se eleva rápidamente enviando una gran cantidad de glucosa al cerebro. Esto lo provee de un temporario aumento de energía pero es rápidamente seguido por una caída del azúcar y de la energía mental.
¿Primero los dulces?
Otro mito es que debido a que el cerebro subsiste gracias a la glucosa, éste funcionará mejor si uno lo alimenta con carbohidratos que produzcan glucosa antes de hacer cualquier cosa importante. Pero nuevamente, no es tan simple.
Claude Messier, neurocientífico de la universidad de Ottawa, Canadá, dio a ratas una dosis del compuesto 3-O-metilglucosa, parecido al azúcar y que puede ser visto como una forma inútil de la glucosa.
En principio las células del cerebro pueden confundirlo con la glucosa y extraerlo alegremente de la corriente sanguínea. Pero cuando advierten lo que es lo devuelven, al igual que un niño que siente aversión por los vegetales rechazaría una arveja escondida en su comida.
Engañar al cerebro
Tanto como la teoría de, alimente el cerebro, la de, engañe al cerebro, también funciona. Cuando no se lo engaña con experimentos, sin embargo, el cuerpo tiene la regulación de la glucosa mucho más bajo control. Entonces, ¿importa lo que uno desayuna?
Bueno, sí, pero no necesariamente de la manera que pensaba su madre. Al revisar cerca de 100 estudios, Gibson está convencido de que una pequeña cantidad de carbohidratos puede mejorar la función de la memoria en tests de laboratorio pero es una respuesta muy ajustada con una dosis óptima equivalente a alrededor de 25 gramos de glucosa o 100 calorías de carbohidratos.
En otras palabras, una banana o un pequeño bol de cereales. Pero experimentos recientes han demostrado que el tipo de carbohidrato es más importante que la cantidad que se coma. El factor crucial es el índice glucémico (IG), una medida que indica la velocidad en que aumenta el azúcar en sangre comparado con la glucosa pura.
Los alimentos con un IG bajo son digeridos lentamente, liberando el azúcar en sangre gradualmente, mientras que los que tienen un IG alto liberan sus azúcares de una sola vez, todo junto.
Hambriento pero atento
El cortisol no es la única hormona que tiene que ver con la regulación de la glucosa. Otra es la grelina, que es producida por el estómago cuando se tienen apetito y ayuda a mantenerse alerta. El ingerir grasas o proteínas tiene poco o ningún efecto en los niveles de grelina, pero los carbohidratos suprimen su producción.
"Imagine que está conduciendo un auto, hambriento, en lugar de tener el estómago lleno luego de una gran comilona", dice Tamas Horvath, neurobiólogo de la facultad de medicina de la Universidad de Yale.
"Estar hambriento promueve la atención en el entorno. Si se piensa en una chita, cómo elige a la presa y la persigue, obviamente lo hace cuando está hambrienta. Un animal con hambre responde mucho mejor a los incentivos visuales y olfativos".
La grelina también afecta a la memoria y al aprendizaje. Horvath descubrió que las ratas y ratones rinden mejor en los laberintos y en otros tests de memoria si los niveles de grelin se elevan artificialmente.
También encontró que la grelina aumenta los niveles de los neurotransmisores asociados con el aumento de la fuerza de las conexiones neuronales que es la manera que las células del cerebro llegan a responder más fuertemente a cada repetición de estímulo.
"A escala celular esa es la base del aprendizaje", asegura Horvath. Esto significa que tener algo de grelina en su sistema es bueno, aunque no se sea una chita que caza un antílope.
De hecho, es probable que sea otra la razón por la cual Gibson encontró que las comidas livianas son óptimas, mejor que sólo tener hambre, ya que proveen un poco de glucosa extra sin hacer que uno se sienta aletargado. "Podría ser beneficioso cuando uno va a realizar un test o entrevista, ir con el estómago razonablemente vacío", dice Horvath.