Los centros de atención de adictos registran la tendencia; denuncian que se vende cerca de escuelas
La mujer va de una a otra esquina con su bebe en el carrito. No llama la atención en cualquier cuadra de Palermo o de Barrio Norte. Se detiene y conversa con un transeúnte, luego con otro. No es una charla ocasional entre vecinos. Es hoy una de las formas más habituales para el delivery de paco (el residuo de la pasta base de cocaína).
La droga más explosiva y peligrosa traspasó ya el límite de las villas y avanza cada vez más entre jóvenes de clase media. Algunos de los que consumen esa sustancia relataron a La Nacion la manera en que adquieren hoy una droga nacida en 2001 en los asentamientos más pobres del conurbano.
La sitúan en quioscos cercanos a colegios y hasta en puestos de flores que, curiosamente, trabajan toda la noche sin vender una sola flor. La consiguen en el interior de casas tomadas en San Telmo o se la vende alguien que la comercializa directamente en y desde las villas de la ciudad.
Muchos padres empiezan a alarmarse. Todavía no hay datos oficiales sobre la magnitud del fenómeno, pero todos –especialistas en la atención de adictos, organizaciones no gubernamentales y centros de salud– confirman que crece la tendencia dentro de la clase media, cuya mayor disponibilidad económica para adquirir las dosis podría provocar un efecto devastador.
Varias ONG consultadas por La Nacion revelaron que reciben cada vez más pacientes de un nivel socioeconómico bastante superior al de los chicos de barrios necesitados. Es una tendencia que pone en alerta a los centros de atención, la principal trinchera del combate a las adicciones, como gustan definir quienes trabajan en esos lugares de contención y recuperación.
"No hay dudas de que ya está en la clase media", comentó Miguel Ríos, a cargo de la Fundación Reencuentros. Tiene 30 camas ocupadas por adictos que fumaban pasta base, uno de los compuestos centrales de la droga conocida en la calle como paco. Dos de los jóvenes tratados allí pertenecen a la clase media del conurbano bonaerense.
Fuertemente vinculado con la violencia callejera, el paco hace tiempo que está insertado en los asentamientos de la región metropolitana.
"Atendimos a jóvenes de clase media, incluso de Barrio Norte", indicó José María Rshaid, que está al frente de Casa del Sur, que posee 15 centros de tratamiento distribuidos por el país con unos 500 pacientes. El 80 por ciento de ellos consume paco.
El Observatorio de Drogas de la Secretaría de Programación para la Prevención de la Drogadicción y la Lucha contra el Narcotráfico (Sedronar) hizo una investigación cualitativa en 2007 y confirmó por entonces el primer acercamiento de la clase media al consumo de paco.
Aquella medición de la Sedronar exhibió un universo de consumidores de 27.000 jóvenes. La tendencia de los nuevos sondeos parciales evidencia un importante crecimiento: se estima extraoficialmente que hoy son más de 50.000 los adictos al paco.
En la última semana, los curas de los asentamientos porteños denunciaron la catástrofe cotidiana que suma esa droga a las de por sí pésimas condiciones de vida, entre casillas y calles internas que no llevan a ningún lado. La exposición pública convirtió en blancos de amenazas a los sacerdotes que representan en esos barrios la única opción real al control de los narcotraficantes.
El cardenal Jorge Bergoglio, incluso, advirtió a los docentes que despertaran ante la realidad de que la droga se vende cerca de las escuelas.
Se piensa que es una droga barata, pero se sabe que cada dosis cuesta más de cinco pesos y, en promedio, un "paquero" fuma unas 40 por día. "Por la combustión a alta temperatura, el dolor que produce fumar paco es tan insoportable en la garganta que es lo único que detiene por unas horas al consumidor", explicó Claudio Mate, ex ministro de Salud bonaerense y director del Centro de Estudios en Drogradependencias y Sociopatías de la Universidad Isalud.
Unos 200 pesos es lo mínimo que gasta un adicto por día para comprar paco. ¿Cómo lo solventa? "Una parte sale a robar y otra se convierte en "trafiadicto", con lo que se multiplica el mercado. Las chicas se prostituyen a los 12 años", señaló Mate, cuya experiencia será volcada en el libro Vicios privados y salud pública. Y lanza la advertencia: "El paco volvió imprevisible al desenlace de un delito".
Los laboratorios policiales determinan que el paco es, en verdad, cualquier cosa. No hay una fórmula igual en cada puesto de venta. Puede apoyarse en la pasta base de la cocaína, en el residuo de la producción de clorhidrato de cocaína (en laboratorios), en psicofármacos molidos o en alguna sustancia que permita fumar directamente el solvente. Una mezcla preparada para matar. Ni siquiera se está ante grandes bandas de traficantes, sino que se trata de reducidos grupos de productores-vendedores.
Las investigaciones policiales apuntan la responsabilidad del aumento del paco y de la violencia en las villas a miembros del grupo terrorista peruano Sendero Luminoso, que ingresaron en la Argentina como refugiados políticos.
La relación de consumo de paco con el hampa es directa. Mucho más que en los vínculos con otras drogas. El gobierno porteño presentó este mes un estudio sobre el uso de paco en los chicos de la calle. Sobre la base de las entrevistas a esos niños en riesgo, el Observatorio de Políticas Sociales en Adicciones determinó: "En las mujeres, es habitual la prostitución como método para conseguir dinero, pero esta conducta provoca rechazo en muchos grupos de consumidores. Los jóvenes adictos al paco, debido a la urgencia para conseguir dinero para comprar la sustancia, llegan a perder todos los códigos, incluso los de convivencia entre los vínculos más cercanos, que indican no robar en la familia ni en el barrio".
Las madres poco pueden hacer, más allá de las denuncias. El deterioro físico hace evidente el paso del paco por el cuerpo. La adicción los vuelve muertos vivos. Bandas de delincuentes territoriales crean a su propia mano de obra con fumaderos en galpones dentro de las villas.
Desde allí partió el paco rumbo a nuevos mercados. Jóvenes de clase media lo experimentan cada día más. A muchos de ellos, les llega en la cómoda forma de un delivery.
En números
50.000
jóvenes
se estima que son hoy consumidores de drogas en el país, según revelan los sondeos oficiales.
.
$ 5
la dosis
es el valor aproximado al que la compran los adictos; en algunas villas se llega a vender a $ 8.
.
12
años
es la edad a la que algunas adolescentes adictas se prostituyen para comprar dosis de paco
El joven que gastó $ 2000 en dosis durante cinco días
Su caída en el infierno fue tan brusca que llegó a gastar 2000 pesos en cinco días. El paco era parte de su vida. Cuando se le acabó el dinero que tenía en el banco, vendió sus zapatillas para conseguir más dosis.
Martín A. cuenta su historia sin tapujos. Hoy lucha para que quede en el pasado, pero no en el olvido. Es un combate duro, que le llevó 16 meses de internación. Está consciente de que aún no terminó. La define como una batalla diaria.
"Tenía problemas de conducta. Era desplazado por mis compañeros, no me invitaban a los cumpleaños. Sólo me relacionaba con los chicos que tenían los mismos problemas", recuerda Martín A., de 33 años, quien trabaja en un gimnasio.
Vecino de San Telmo, el joven sostiene que la pasta base ya no es una droga sólo de la clase baja y de las villas. "Nunca fui pobre y siempre fumé paco", afirma con convicción. Cuando comenzó a consumir esta droga él tenía un trabajo estable.
Martín A. conversa con LA NACION a metros de la Pirámide de Mayo. Es jueves. A metros de él hay unas 20 mujeres con pañuelos negros en la cabeza. Son las madres que luchan contra el paco y exigen, desde la segunda semana de enero pasado, una audiencia con la presidenta Cristina Kirchner.
"Siempre vengo a la Plaza de Mayo para apoyar la marcha de las madres que luchan para sacar a sus hijos del paco. Me hace bien venir", relata mientras una madre, megáfono en mano, grita en dirección a la Casa Rosada, casi suplicando que la Presidenta las reciba.
Comenzó su recuperación cuando tenía 31. Ahora habla en un tono monocorde, con lentitud, como si tuviera que pensar varias veces antes de contestar. Está bien vestido, se podría decir casi elegante.
"Llegué hasta vender las zapatillas que tenía puestas. Una vez me fui de mi casa un viernes y volví el lunes a la madrugada. Había consumido mucho y no podía dormir. Pasaron las horas, me duché y fui hasta el banco a sacar más plata. Esa semana gasté 2000 pesos en cinco días. Nunca medí el paco en dosis, sino en el dinero que gastaba", recuerda el ex adicto.
Compraba sus dosis cerca de su casa, en una vivienda tomada. "Los que vendían el paco eran peruanos", asegura Martín A., que para no perder su trabajo prefirió que no se publicara su apellido.
Cuando consumía pasaba cuatro días sin comer. Volvía a su casa con varios kilos de menos. Para que su pantalón no se cayera lo sujetaba con bolsas de nylon a modo de cinturón.
"En estos momentos me siento bien. Fue muy difícil salir porque el paco te genera una dependencia psíquica. Sin duda eso es lo más feo de esta droga", agrega.
Según su punto de vista, el Estado no tiene una política de prevención en adicciones en las escuelas. "No sirve ir una vez cada tanto para decirles a los alumnos «la droga es mala». Hay que tener un plan."
A su lado hay alguien que lo escucha con suma atención. Es Graciela, su madre, la persona que más luchó para que Martín A. dejara la adicción al paco. "Es una lucha diaria. Mi hijo la está peleando y, de a poco, está recuperando valores esenciales", dice a LA NACION con orgullo la mujer, con una gran sonrisa que años atrás había perdido.
Graciela comenzó a soñar con la recuperación de su hijo cuando, por medio de la Justicia, consiguió su internación. "Los adictos, a su manera, te reclaman ayuda a gritos, pero se niegan a internarse. Y todo se hace muy difícil, muy cansador. Hasta tu propia familia se cansa y te abandona. A mí, un pariente muy cercano llegó a decirme: «Dejá de luchar por tu hijo, no tiene salvación». Pero yo insistí hasta que conseguí la internación vía judicial", recuerda la mujer.
Graciela y Martín A. terminan de hablar con LA NACION y siguen con su caminata alrededor de la Pirámide de Mayo. Todo indica que ellos salieron del infierno, pero no piensan en abandonar a las otras personas que piden una política de Estado.
http://www.lanacion.com.ar/nota.asp?nota_id=1122152
La mujer va de una a otra esquina con su bebe en el carrito. No llama la atención en cualquier cuadra de Palermo o de Barrio Norte. Se detiene y conversa con un transeúnte, luego con otro. No es una charla ocasional entre vecinos. Es hoy una de las formas más habituales para el delivery de paco (el residuo de la pasta base de cocaína).
La droga más explosiva y peligrosa traspasó ya el límite de las villas y avanza cada vez más entre jóvenes de clase media. Algunos de los que consumen esa sustancia relataron a La Nacion la manera en que adquieren hoy una droga nacida en 2001 en los asentamientos más pobres del conurbano.
La sitúan en quioscos cercanos a colegios y hasta en puestos de flores que, curiosamente, trabajan toda la noche sin vender una sola flor. La consiguen en el interior de casas tomadas en San Telmo o se la vende alguien que la comercializa directamente en y desde las villas de la ciudad.
Muchos padres empiezan a alarmarse. Todavía no hay datos oficiales sobre la magnitud del fenómeno, pero todos –especialistas en la atención de adictos, organizaciones no gubernamentales y centros de salud– confirman que crece la tendencia dentro de la clase media, cuya mayor disponibilidad económica para adquirir las dosis podría provocar un efecto devastador.
Varias ONG consultadas por La Nacion revelaron que reciben cada vez más pacientes de un nivel socioeconómico bastante superior al de los chicos de barrios necesitados. Es una tendencia que pone en alerta a los centros de atención, la principal trinchera del combate a las adicciones, como gustan definir quienes trabajan en esos lugares de contención y recuperación.
"No hay dudas de que ya está en la clase media", comentó Miguel Ríos, a cargo de la Fundación Reencuentros. Tiene 30 camas ocupadas por adictos que fumaban pasta base, uno de los compuestos centrales de la droga conocida en la calle como paco. Dos de los jóvenes tratados allí pertenecen a la clase media del conurbano bonaerense.
Fuertemente vinculado con la violencia callejera, el paco hace tiempo que está insertado en los asentamientos de la región metropolitana.
"Atendimos a jóvenes de clase media, incluso de Barrio Norte", indicó José María Rshaid, que está al frente de Casa del Sur, que posee 15 centros de tratamiento distribuidos por el país con unos 500 pacientes. El 80 por ciento de ellos consume paco.
El Observatorio de Drogas de la Secretaría de Programación para la Prevención de la Drogadicción y la Lucha contra el Narcotráfico (Sedronar) hizo una investigación cualitativa en 2007 y confirmó por entonces el primer acercamiento de la clase media al consumo de paco.
Aquella medición de la Sedronar exhibió un universo de consumidores de 27.000 jóvenes. La tendencia de los nuevos sondeos parciales evidencia un importante crecimiento: se estima extraoficialmente que hoy son más de 50.000 los adictos al paco.
En la última semana, los curas de los asentamientos porteños denunciaron la catástrofe cotidiana que suma esa droga a las de por sí pésimas condiciones de vida, entre casillas y calles internas que no llevan a ningún lado. La exposición pública convirtió en blancos de amenazas a los sacerdotes que representan en esos barrios la única opción real al control de los narcotraficantes.
El cardenal Jorge Bergoglio, incluso, advirtió a los docentes que despertaran ante la realidad de que la droga se vende cerca de las escuelas.
Se piensa que es una droga barata, pero se sabe que cada dosis cuesta más de cinco pesos y, en promedio, un "paquero" fuma unas 40 por día. "Por la combustión a alta temperatura, el dolor que produce fumar paco es tan insoportable en la garganta que es lo único que detiene por unas horas al consumidor", explicó Claudio Mate, ex ministro de Salud bonaerense y director del Centro de Estudios en Drogradependencias y Sociopatías de la Universidad Isalud.
Unos 200 pesos es lo mínimo que gasta un adicto por día para comprar paco. ¿Cómo lo solventa? "Una parte sale a robar y otra se convierte en "trafiadicto", con lo que se multiplica el mercado. Las chicas se prostituyen a los 12 años", señaló Mate, cuya experiencia será volcada en el libro Vicios privados y salud pública. Y lanza la advertencia: "El paco volvió imprevisible al desenlace de un delito".
Los laboratorios policiales determinan que el paco es, en verdad, cualquier cosa. No hay una fórmula igual en cada puesto de venta. Puede apoyarse en la pasta base de la cocaína, en el residuo de la producción de clorhidrato de cocaína (en laboratorios), en psicofármacos molidos o en alguna sustancia que permita fumar directamente el solvente. Una mezcla preparada para matar. Ni siquiera se está ante grandes bandas de traficantes, sino que se trata de reducidos grupos de productores-vendedores.
Las investigaciones policiales apuntan la responsabilidad del aumento del paco y de la violencia en las villas a miembros del grupo terrorista peruano Sendero Luminoso, que ingresaron en la Argentina como refugiados políticos.
La relación de consumo de paco con el hampa es directa. Mucho más que en los vínculos con otras drogas. El gobierno porteño presentó este mes un estudio sobre el uso de paco en los chicos de la calle. Sobre la base de las entrevistas a esos niños en riesgo, el Observatorio de Políticas Sociales en Adicciones determinó: "En las mujeres, es habitual la prostitución como método para conseguir dinero, pero esta conducta provoca rechazo en muchos grupos de consumidores. Los jóvenes adictos al paco, debido a la urgencia para conseguir dinero para comprar la sustancia, llegan a perder todos los códigos, incluso los de convivencia entre los vínculos más cercanos, que indican no robar en la familia ni en el barrio".
Las madres poco pueden hacer, más allá de las denuncias. El deterioro físico hace evidente el paso del paco por el cuerpo. La adicción los vuelve muertos vivos. Bandas de delincuentes territoriales crean a su propia mano de obra con fumaderos en galpones dentro de las villas.
Desde allí partió el paco rumbo a nuevos mercados. Jóvenes de clase media lo experimentan cada día más. A muchos de ellos, les llega en la cómoda forma de un delivery.
En números
50.000
jóvenes
se estima que son hoy consumidores de drogas en el país, según revelan los sondeos oficiales.
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$ 5
la dosis
es el valor aproximado al que la compran los adictos; en algunas villas se llega a vender a $ 8.
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12
años
es la edad a la que algunas adolescentes adictas se prostituyen para comprar dosis de paco
El joven que gastó $ 2000 en dosis durante cinco días
Su caída en el infierno fue tan brusca que llegó a gastar 2000 pesos en cinco días. El paco era parte de su vida. Cuando se le acabó el dinero que tenía en el banco, vendió sus zapatillas para conseguir más dosis.
Martín A. cuenta su historia sin tapujos. Hoy lucha para que quede en el pasado, pero no en el olvido. Es un combate duro, que le llevó 16 meses de internación. Está consciente de que aún no terminó. La define como una batalla diaria.
"Tenía problemas de conducta. Era desplazado por mis compañeros, no me invitaban a los cumpleaños. Sólo me relacionaba con los chicos que tenían los mismos problemas", recuerda Martín A., de 33 años, quien trabaja en un gimnasio.
Vecino de San Telmo, el joven sostiene que la pasta base ya no es una droga sólo de la clase baja y de las villas. "Nunca fui pobre y siempre fumé paco", afirma con convicción. Cuando comenzó a consumir esta droga él tenía un trabajo estable.
Martín A. conversa con LA NACION a metros de la Pirámide de Mayo. Es jueves. A metros de él hay unas 20 mujeres con pañuelos negros en la cabeza. Son las madres que luchan contra el paco y exigen, desde la segunda semana de enero pasado, una audiencia con la presidenta Cristina Kirchner.
"Siempre vengo a la Plaza de Mayo para apoyar la marcha de las madres que luchan para sacar a sus hijos del paco. Me hace bien venir", relata mientras una madre, megáfono en mano, grita en dirección a la Casa Rosada, casi suplicando que la Presidenta las reciba.
Comenzó su recuperación cuando tenía 31. Ahora habla en un tono monocorde, con lentitud, como si tuviera que pensar varias veces antes de contestar. Está bien vestido, se podría decir casi elegante.
"Llegué hasta vender las zapatillas que tenía puestas. Una vez me fui de mi casa un viernes y volví el lunes a la madrugada. Había consumido mucho y no podía dormir. Pasaron las horas, me duché y fui hasta el banco a sacar más plata. Esa semana gasté 2000 pesos en cinco días. Nunca medí el paco en dosis, sino en el dinero que gastaba", recuerda el ex adicto.
Compraba sus dosis cerca de su casa, en una vivienda tomada. "Los que vendían el paco eran peruanos", asegura Martín A., que para no perder su trabajo prefirió que no se publicara su apellido.
Cuando consumía pasaba cuatro días sin comer. Volvía a su casa con varios kilos de menos. Para que su pantalón no se cayera lo sujetaba con bolsas de nylon a modo de cinturón.
"En estos momentos me siento bien. Fue muy difícil salir porque el paco te genera una dependencia psíquica. Sin duda eso es lo más feo de esta droga", agrega.
Según su punto de vista, el Estado no tiene una política de prevención en adicciones en las escuelas. "No sirve ir una vez cada tanto para decirles a los alumnos «la droga es mala». Hay que tener un plan."
A su lado hay alguien que lo escucha con suma atención. Es Graciela, su madre, la persona que más luchó para que Martín A. dejara la adicción al paco. "Es una lucha diaria. Mi hijo la está peleando y, de a poco, está recuperando valores esenciales", dice a LA NACION con orgullo la mujer, con una gran sonrisa que años atrás había perdido.
Graciela comenzó a soñar con la recuperación de su hijo cuando, por medio de la Justicia, consiguió su internación. "Los adictos, a su manera, te reclaman ayuda a gritos, pero se niegan a internarse. Y todo se hace muy difícil, muy cansador. Hasta tu propia familia se cansa y te abandona. A mí, un pariente muy cercano llegó a decirme: «Dejá de luchar por tu hijo, no tiene salvación». Pero yo insistí hasta que conseguí la internación vía judicial", recuerda la mujer.
Graciela y Martín A. terminan de hablar con LA NACION y siguen con su caminata alrededor de la Pirámide de Mayo. Todo indica que ellos salieron del infierno, pero no piensan en abandonar a las otras personas que piden una política de Estado.
http://www.lanacion.com.ar/nota.asp?nota_id=1122152