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Nuestra Señora de Guadalupe Información y Misterios MEGA

Info12/11/2007


La Virgen de Guadalupe es un icono religioso en México. Se la venera como una pintura en una tilma o ayate (tipo de toga abierta por los lados).


Su origen se remonta al Nican Mopohua, un texto de 1649 que cuenta sobre las apariciones —más de un siglo atrás, en 1531— de la Virgen María (madre de Jesucristo) al indígena mexicano san Juan Diego Cuauhtlatoatzin. Las apariciones fueron aceptadas como milagrosas por la Iglesia católica, y posteriormente se dio aceptación al culto de la Virgen de Guadalupe, otorgándole varios títulos y distinciones:

* patrona de la Ciudad de México (1737)
* patrona de México (1895)
* patrona de América Latina (1945)
* patrona de los estudiantes del Perú (1951) por el papa Pío XII
* reina de México y emperatriz de América (papa Juan Pablo II, en el año 2000).

La basílica Nuestra Señora de Guadalupe es el segundo santuario cristiano más visitado del mundo (después de la Basílica de San Pedro en el Vaticano), con más de 14 millones de visitantes todo el año en innumerables peregrinaciones desde todas las partes del país.

dijo:

La Virgen Santísima se apareció en el Tepeyac al Beato Juan Diego en 1531. Como prueba de su visita la Virgen milagrosamente hizo que en aquel lugar aparecieran preciosas rosas de Castilla y que su imagen se quedara permanentemente en la tilma de su siervo. Ya en España existía la advocación a la Virgen de Guadalupe en Cáceres y en La Gomera.

La milagrosa imagen de la Virgen de Guadalupe se venera en México (y en todo el mundo) con grandísima devoción, y los milagros obtenidos por los que rezan a la Virgen bajo esta advocación son tan extraordinarios que no se puede menos que exclamar: "El poder divino está aquí". Dios Todopoderoso se complace en derramar sus dones por medio de aquella a quien El escogió para ser su madre.



Historia
Nunca han faltado, aun entre los católicos, los que rechazan la historicidad de las apariciones de la Virgen. Pero estos ataques se convierten en oportunidades para nuevos estudios. Así ocurrió con los exhaustivos estudios dirigidos por Fidel González mccj en preparación para la canonización de Juan Diego y recogidos por la agencia Zenit:

Quizá uno de los trabajos más originales del padre González, quien ha sido asistido en esta labor por otros miembros de la comisión, Eduardo Chávez Sánchez y José Luis Guerrero Rosado (cf. «El encuentro de la Virgen de Guadalupe y Juan Diego», Editorial Porrúa, México 1999, 564 pp.) es la presentación de 27 documentos o testimonios indígenas guadalupanos y 8 de procedencia mixta indo-española. Entre todos ellos, destaca el «El Nican Mopohua» y el llamado Códice «Escalada».

Los antiaparicionistas, sin embargo, no pueden explicar con elementos históricos algunos aspectos decisivos de la historia de México sin tener en cuenta el milagro de Guadalupe. Como, por ejemplo, el que, después una conquista dramática y tras dolorosas divisiones y contraposiciones en el seno del mundo político nahuatl, en un lugar significativo para el mundo indígena, en el cerro del Tepeyac, se levantara en seguida una ermita dedicada a la Virgen María bajo el nombre de Guadalupe, que con la Guadalupe de España coincide sólo en el nombre.

No explican tampoco cómo Guadalupe se convirtió en señal de una nueva historia religiosa y de encuentro entre dos mundos hasta ese momento en dramática contraposición.

.... Existen otras muchas pruebas históricas sobre la existencia de Juan Diego, como, por ejemplo, la tradición oral, fuente decisiva al estudiar a los pueblos mexicanos, cuya cultura era principalmente oral. Esta tradición, en esos casos suele obedecer a cánones bien precisos y, en el caso de Guadalupe, siempre confirma la figura histórica y espiritual de Juan Diego. Quien quiera profundizar en el aspecto histórico del vidente de Guadalupe, puede leer a continuación el artículo inédito escrito por una de las personalidades más competentes en la materia, Fidel González, presidente de la Comisión histórica sobre Juan Diego constituida por la Santa Sede.

La siguiente historia es tomada del escrito del indio Nican Mophua del XVI

Un sábado de 1531 a principios de diciembre, un indio llamado Juan Diego, iba muy de madrugada del pueblo en que residía a la ciudad de México a clase de catecismo y a la Santa Misa. Al llegar junto al cerro llamado Tepeyac amanecía y escuchó que le llamaban de arriba del cerro diciendo: "Juanito, Juan Dieguito".

Él subió a la cumbre y vio a una Señora de sobrehumana belleza, cuyo vestido era brillante como el sol, la cual con palabras muy amables y atentas le dijo: "Juanito, el más pequeño de mis hijos, ¿a dónde vas?... sabe y ten entendido, tú el más pequeño de mis hijos, que yo soy la siempre Virgen Santa María, Madre del verdadero Dios, por quien se vive; del Creador cabe quien está todo; Señor del cielo y de la tierra. Deseo vivamente que se me erija aquí un templo, para en él mostrar y dar todo mi amor, compasión, auxilio y defensa pues yo soy vuestra piadosa madre; a ti, a todos vosotros juntos los moradores de esta tierra y a los demás amadores míos que me invoquen y en Mí confíen; oír allí sus lamentos, y remediar todas sus miserias, penas y dolores.

Y para realizar lo que mi clemencia pretende, ve al palacio del obispo de México y le dirás cómo yo te envío a manifestarle lo que mucho deseo, que aquí en el llano me edifique un templo: le contarás puntualmente cuanto has visto y admirado y lo que has oído... Hijo mío el más pequeño; anda y pon todo tu esfuerzo"

Él se arrodilló y le dijo: "Señora mía, ya voy a cumplir tu mandado; por ahora me despido de ti, yo tu humilde siervo". Y se fue de prisa a la ciudad y camino al Palacio del Obispo, que era Fray Juan de Zumárraga, religioso franciscano.

Cuando el Obispo oyó lo que le decía el indiecito Juan Diego, no le creyó. Solamente le dijo: "Otro vez vendrás, hijo mío y te oiré más despacio, lo veré muy desde el principio y pensaré en la voluntad y deseo con que has venido".

Juan Diego se volvió muy triste porque no había logrado que se realizara su mensaje. Se fue derecho a la cumbre del cerro y encontró allí a la Señora del Cielo que le estaba aguardando. Al verla se arrodilló delante de Ella y le dijo: "Señora, la más pequeñas de mis hijas, Niña mía, fui a donde me enviaste a cumplir tu mandado; aunque con dificultad entré a done es el asiento del prelado; le vi y expuse tu mensaje, así como me advertiste; me recibió benignamente y me oyó con atención; pero en cuanto me respondió, pareció que no la tuvo por cierto... Comprendí perfectamente en la manera que me respondió, que piensa que es quizás invención mía que Tú quieres que aquí te hagan un templo y que acaso no es de orden tuya; por lo cual, te ruego encarecidamente, Señora y Niña mía, que a alguno de los principales, conocido, respetado y estimado le encargues que lleve tu mensaje para que le crean porque yo soy un hombrecillo, soy un cordel, soy una escalerilla de tablas, soy cola, soy hoja, soy gente menuda, y Tú, Niña mía, la más pequeña de mis hijas, Señora, me envías a un lugar por donde no ando y donde no paro."

Ella le respondió: "Oye, hijo mío el más pequeño, ten entendido que son muchos mis servidores y mensajeros, a quienes puedo encargar que lleven mi mensaje y hagan mi voluntad; pero es de todo punto preciso que tú mismo solicites y ayudes y que con tu mediación se cumpla mi voluntad. Mucho te ruego, hijo mío el más pequeño, y con rigor te mando, que otra vez vayas mañana a ver al obispo. Dale parte en mi nombre y hazle saber por enero mi voluntad, que tiene que poner por obra el templo que le pido."

Pero al día siguiente el obispo tampoco le creyó a Juan Diego y le dijo que era necesaria alguna señal maravillosa para creer que era cierto que lo enviaba la misma Señora del Cielo. Y lo despidió.

El lunes, Juan Diego no volvió al sitio donde se le aparecía nuestra Señora porque su tío Bernardino se puso muy grave y le rogó que fuera a la capital y le llevara un sacerdote para confesarse. Él dio la vuelta por otro lado del Tepeyac para que no lo detuviera la Señora del Cielo, y así poder llegar más pronto a la capital. Mas Ella le salió al encuentro en el camino por donde iba y le dijo: “Oye y ten entendido, hijo mío el más pequeño, que es nada lo que te asusta y aflige, no se turbe tu corazón, no temas esa enfermedad, ni otra alguna enfermedad y angustia. ¿No estoy yo aquí que soy tu Madre? ¿No estás bajo mi sombra? ¿No soy yo tu salud? ¿No estás por ventura en mi regazo? ¿Qué más has menester? No te apene ni te inquiete otra cosa; no te aflija la enfermedad de tu tío, que no morirá ahora de ella: está seguro que ya sanó... Sube, hijo mío el más pequeño, a la cumbre del cerrillo, allí donde me viste y te di órdenes, hallarás que hay diferentes flores; córtalas, júntalas, recógelas; en seguida baja y tráelas a mi presencia.”

Juan Diego subió a la cumbre del cerro y se asombró muchísimo al ver tantas y exquisitas rosas de Castilla, siendo aquel un tiempo de mucho hielo en el que no aparece rosa alguna por allí, y menos en esos pedregales. Llenó su poncho o larga ruana blanca con todas aquellas bellísimas rosas y se presentó a la Señora del Cielo.

Ella le dijo: “Hijo mío el más pequeño, esta diversidad de rosas es la prueba y señal que llevarás al obispo. Le dirás en mi nombre que vea en ella mi voluntad y que él tiene que cumplirla: Tú eres mi embajador, muy digno de confianza. Rigurosamente te ordeno que sólo delante del obispo despliegues tu manta y descubras lo que llevas. Contarás bien todo; dirás que te mandé subir a la cumbre del cerrillo que fueras a cortar flores; y todo lo que viste y admiraste; para que puedas inducir al prelado a que te dé su ayuda, con objeto de que se haga y erija el templo que he pedido.”

Juan Diego se puso en camino, ya contento y seguro de salir bien. Al llegar a la presencia del Obispo le dijo: “Señor, hice lo que me ordenaste, que fuera a decir a mi Ama, la Señora del Cielo, Santa María, preciosa Madre de Dios, que pedías una señal para poder creerme que le has de hacer el templo donde ella te pide que lo erijas; y además le dije que yo te había dado mi palabra de traerte alguna señal y prueba, que me encargaste, de su voluntad.

Condescendió a tu recado y acogió benignamente lo que pides, alguna señal y prueba para que se cumpla su voluntad. Hoy muy temprano me mandó que otra vez viniera a verte; le pedí la señal para que me creyeras, según me había dicho que me la daría; y al punto lo cumplió: me despachó a la cumbre del cerrillo, donde antes yo la viera, a que fuese a cortar varias rosas de Castilla (...). Ella me dijo por qué te las había de entregar; y así lo hago, para que en ellas veas la señal que pides y cumplas su voluntad; y también para que aparezca la verdad de mi palabra y de mi mensaje. He las aquí: recíbelas”.

Desenvolvió luego su blanca manta, y así que se esparcieron por el suelo todas las diferentes rosas de Castilla, se dibujó en ella y apareció de repente la preciosa imagen de la Virgen María, Madre de Dios, tal cual se venera hoy en el templo de Guadalupe en Tepeyac. Luego que la vieron, el Obispo y todos los que allí estaban, se arrodillaron llenos de admiración. El prelado desató del cuello de Juan Diego la manta en que se dibujó y apareció la Señora del Cielo y la llevó con gran devoción al altar de su capilla. Con lágrimas de tristeza oró y pidió perdón por no haber aceptado antes el mandato de la Virgen.

La ciudad entera se conmovió, y venían a ver y admirar la devota imagen y a hacerle oración; y le pusieron por nombre la Virgen de Guadalupe, según el deseo de Nuestra Señora. Juan Diego pidió permiso para ir a ver a su tío Bernardino, que estaba muy grave. El Obispo le envió un grupo de personas para acompañarlo. Al llegar vieron a su tío estaba muy contento y que nada le dolía. Y vinieron a saber que había quedado instantáneamente curado en el momento en que la Santísima Virgen dijo a Juan Diego: "No te aflija la enfermedad de tu tío, que no morirá ahora de ella: está seguro de que ya sanó".

El Obispo trasladó a la Iglesia Mayor la santa imagen de la amada Señora del Cielo. La ciudad entera desfilaba para admirar y venerar la Sagrada Imagen, maravillados todos de que hubiera aparecido por milagro divino; porque ninguna persona de este mundo pintó su preciosa imagen.

(hasta aquí el relato indio del siglo XVI).

Origen del nombre
El nombre Guadalupe proviene del idioma árabe (significa ‘río escondido’, siendo wadi: ‘río’; lupe podría provenir del latín lupus: ‘lobo’). La imagen de la tela se basa en una estatuilla de una Virgen de Guadalupe venerada desde el siglo XIII en Cáceres (Extremadura, España). Fue llevada a México por el conquistador Hernán Cortés (que era devoto de la Virgen de Guadalupe, patrona de Extremadura). También la imagen es de tez oscura (y no blanca, como se solían hacer los iconos religiosos). Con respecto a este detalle, hay una canción española tradicional (sin influencia mexicana) que dice: «A mí me gustan las morenas, desde que sé que morena es la Virgen de Guadalupe».

Origen sagrado del nombre
Según los guadalupanos mexicanos, el nombre de la Virgen mexicana de Guadalupe podría ser en cambio una deformación de un nombre original desconocido en idioma náhuatl con el que el indio Juan Diego mencionó a la Virgen que se le habría aparecido. El obispo fray Juan de Zumárraga puede haberlo entendido mal y puede haber creído que se estaba refieriendo a la conocida advocación de la Virgen de Guadalupe. El nombre en náhuatl tiene varias versiones, tales como tequantlanopeuh (‘la que tuvo origen en la cumbre de las peñas’), cuahtlapcupeuh o tlecuauhtlacupeuh (‘la que viene volando de la luz como el águila de fuego’).

Los mensajes

Las manos
En la tilma de la imagen de la Virgen de Guadalupe, sus manos están juntas en señal del recogimiento de la Virgen en profunda oración. Su mano izquierda es morena y llena, mientras que la derecha es más blanca y estilizada, pudiendo simbolizar la unión de dos razas distintas, la nativa americana y los europeos.

El vientre
Su imagen lleva el cabello suelto, lo que entre los aztecas era señal de una mujer embarazada. Su gravidez se confirma por la forma aumentada de su abdomen, donde destaca una mayor prominencia vertical que transversal, correspondiendo a un embarazo casi en su última etapa. El cinto oscuro que lleva en sus manos marca también el embarazo de la Virgen. Se ubica arriba del vientre y cae en dos extremos trapezoidales, que en el mundo náhuatl representaban el fin de un ciclo y el nacimiento de una nueva era. En la imagen simboliza que con Jesucristo se inicia una nueva era tanto para el viejo como para el nuevo mundo, el cual está representado por una flor de cuatro pétalos llamada nahui ollin.

El aura
La Virgen está rodeada de rayos de luz que le forman un halo dorado, o aura. El mensaje trasmitido es que ella es la madre de la luz, del sol, del niño sol, es decir del Dios grande y verdadero, y ella lo hace descender hacia el «ombligo de la luna» (México en náhuatl) para que ahí nazca, alumbre y dé vida.

Las estrellas del manto
Se afirman que una posible prueba de la autenticidad de la tilma son las 46 estrellas en su manto, las cuales no están puestas al azar, sino que corresponden a la posición de las constelaciones en el cielo del solsticio de invierno de 1531 (año de las apariciones).

El Dr. Juan Homero Hernández Illescas, encuentra según su particular punto de vista, la correlación de las estrellas del manto con algunas de las diecisiete constelaciones principales, abriendo así un nuevo e interesante camino para la investigación científica, que afirme la verdad guadalupana y su autenticidad como documento sobrenatural; en contra se cita el estudio de José Sol Rosales, ex director del Centro Nacional de Registro y Conservación, del INBA.

La Luna



La Virgen guadalupana se encuentra de pie en medio de una media luna. Las raíces de la palabra México en náhuatl son metz-xic-co que significan ‘en el ombligo de la Luna’, por lo que la Virgen está en el centro, o sea, en México. Metztli significa ‘luna’, xic viene de xicco ‘ombligo’, y finalmente el locativo co. También es símbolo de fecundidad, nacimiento, y vida, pues marca los ciclos de la fertilidad femenina y terrestre. También se cree que —como todas las Vírgenes que están de pie sobre una medialuna— la imagen es apocalíptica.

El ángel
Un ángel se sitúa a los pies de la Virgen, con ademán de haber acabado de volar. Las alas son similares a las de un águila, asimétricas y muy coloridas, con los tonos muy parecidos a los del pájaro mexicano tzinitzcan, que Juan Diego oyó cantar anunciándole la aparición de la Virgen de Guadalupe. Sus manos sostienen el extremo izquierdo de la túnica de la Virgen (que simboliza la Tierra) y el derecho del manto (que simboliza el cielo). Contrario a la visión occidental de los ángeles (rubios y de piel blanca), este es pelinegro y moreno.

La Virgen de Guadalupe en la historia de México
La Virgen María de Guadalupe ha tenido un lugar importante en la historia de México, desde un poco después de la Conquista de México, hasta nuestros días. La virgen de Guadalupe ha servido como inspiración, aliento, influencia y presencia en hombres y mujeres, y en las obras claves de la historia de México.
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