CANTO TRIGÉSIMO
En aquel tiempo en que Juno, por causa de Semele, estaba irritada contra la sangre tebana, como lo demostró más de una vez, Atamas se volvió tan insensato que, al ver acercarse a su mujer, llevando de la mano a sus dos hijos, exclamó: Tendamos las redes de modo que yo coja a su paso la leona con sus cachorros, y extendiendo después las desapiadadas manos, agarró a uno de ellos, que se llamaba Learco, le hizo dar vueltas en el aire y lo estrelló contra una roca: la madre se ahogó con el hijo restante. Cuando la fortuna abatió la grandeza de los troyanos, que a todo se atrevían, hasta que el reino fue destruido juntamente con el rey, la triste Hécuba, miserable y cautiva, después de haber visto a Polixena muerta, y el cuerpo de su Polidoro tendido en la orilla del mar quedó con el corazón tan desgarrado, que, fuera de si, empezó a ladrar como un perro; de tal modo la había trastornado el dolor. Pero ni los tebanos ni los troyanos furiosos demostraron tanta crueldad, no ya en torturar cuerpos humanos, sino ni siquiera animales, como la que vi en dos sombras desnudas y pálidas, que corrian mordiéndose, como el cerdo cuando se escapa de su pocilga. Una de ellas alcanzó a Capocchio, y se le afianzó a la nuca de tal modo, que tirando de él, le hizo arañar con su vientre el duro suelo. El aretino, que quedó temblando, me dijo:
- Ese loco es Gianni Schicchi, que va rabioso maltratando a los demás.
- ¡Oh! -le dije yo-: no temas decirme quién es la otra sombra que va con él, antes que desaparezca, y ojalá no venga a hincarte los dientes en el cuerpo.
Me contestó:
- Es el alma antigua de la perversa Mirra, que fue amante de su Padre contra las leyes del amor honesto; para cometer tal pecado se disfrazó bajo la forma de otra; como aquel que ya se va tuvo empeño en fingirse Buoso Donati, a fin de ganar la Donna della Torma testando en su lugar, y dictando las cláusulas del testamento.
Cuando hubieron pasado aquellas dos almas furiosas, sobre las cuales había tenido fija mi vista, me volví para mirar las sombras de los otros mal nacidos. Vi uno, que pareciera un laúd, si hubiese tenido el cuerpo cortado en el sitio donde el hombre se bifurca. La pesada hidropesía, que, a causa de los humores convertidos en maligna sustancia, hace los miembros tan desproporcionados, que el rostro no corresponde al vientre, le obligaba a tener la boca abierta, apareciéndose al hético que, cuando está sediento, dirige uno de sus labios hacia la barba y otro hacia la nariz.
- ¡Oh vosotros, que no sufrís pena alguna (y no sé por qué) en este mundo miserable! -nos dijo-: mirad y estad atentos al infortunio de maese Adam; yo tuve en abundancia, mientras viví, todo cuanto deseé; y ahora, ¡ay de mí!, sólo deseo una gota de agua. Los arroyuelos que desde las verdes colinas del Casentino descienden hasta el Arno, trazando frescos y apacibles cauces, continuamente están ante mi vista, y no en vano; pues su imagen me reseca más que el mal que descarna mi rostro. La rígida justicia que me castiga se sirve del mismo lugar donde he pecado para hacerme exhalar más suspiros. Allí está Romena, donde falsifiqué la moneda acuñada con el busto del Bautista, por lo cual dejé en la tierra mi cuerpo quemado. Pero si yo viese aquí el alma criminal de Guido, o la de Alejandro, o la de su hermano, no cambiaría el placer de mirarlos a mi lado ni aun por la fuente Branda. Una de ellas está ya aquí dentro, si es cierto lo que dicen las coléricas sombras de los que giran por estos sitios, pero, ¿qué me importa, si tengo encadenados mis miembros? Si a lo menos fuese yo tan ágil que en cien años pudiera andar una pulgada, ya me habria internado por el sendero, buscándola entre esa gente deforme, a pesar de que la fosa tiene once millas de circunferencia y no menos de media milla de diámetro. Por su causa me veo entre estos condenados; ellos me indujeron a acuñar los florines, que bien tenían tres quilates de liga.
A mi vez le dije:
- ¿Quiénes son esos dos espíritus infelices, que despiden vaho, como en el invierno una mano mojada, y que tan unidas yacen a tu derecha?
- Aquí los encontré -respondióme-, cuando bajé a este abismo; y desde entonces, ni se han movido, ni creo que eternamente se muevan. El uno es la falsa que acusó a José; el otro es el falso Sinón, griego de Troya; por efecto de su ardiente fiebre, lanzan ese vapor fétido.
Uno de ellos, indignado quizá porque se le daba aquel nombre infame, le golpeó con el puño en su endurecido vientre, haciéndoselo resonar como un tambor. Maese Adam le dio a su vez en el rostro con su puño que no parecía menos duro, diciéndole:
- Aunque me ven privado de moverme a causa de la pesadez de algunos de mis miembros, tengo el brazo suelto para semejante tarea.
A lo que aquél replicó:
- Cuando marchabas hacia la hoguera no lo tenías tan suelto, pero lo tenías mucho más cuando acuñabas moneda.
El hidrópico repuso:
- Eres verídico en eso; mas no lo fuiste tanto cuando en Troya te incitaron a que dijeses la verdad.
- Si allí dije una falsedad, en cambio tú falsificaste el cuño -dijo Sinón-; y si yo estoy aquí por una falta, tú lo estás por muchas más que ninguno otro demonio.
- Acuérdate, perjuro, del caballo -replicó aquel que tenía el vientre hinchado-; y sírvate de castigo el que el mundo entero conoce tu delito.
- Sírvate a ti también de castigo la sed que tiene agrietada tu lengua -contestó el Griego-, y el agua podrida que eleva tu vientre como una barrera ante tus ojos.
Entonces el monedero replicó:
- También tu boca se rasga por hablar mal, como acostumbra; si yo tengo sed, y si el humor me hincha, tú tienes fiebre y te duele la cabeza; no te harías mucho de rogar para lamer el espejo de Narciso.
Yo estaba escuchándoles atentamente, cuando me dijo mi Maestro:
- Sigue, sigue contemplándolos aún, que poco me falta para reirme de ti.
Cuando le oi hablarme con ira, me volvi hacia él tan abochornado, que aún conservo vivo el recuerdo en mi memoria: y como quien sueña en su desgracia, que aun soñando desea soñar, y anhela ardientemente qye sea sueño lo que ya lo es, asi estaba yo, sin poder proferir una palabra, por más que quisiera excusarme; y a pesar de que con el silencio me excusaba, no creia hacerlo asi.
- Con menos vergüenza habria bastante para borrar una falta mayor que la tuya -me dijo el Maestro-: consuélate; y si acaso vuelve a suceder que te reúnas con gente entregada a semejantes debates piensa en que estoy siempre a tu lado, porque querer oír eso es querer una bajeza.
CANTO TRIGÉSIMO PRIMERO
La misma lengua que antes me hirió, tiñendo de rubor mis mejillas, me aplicó en seguida el remedio: Así he oído contar que la lanza de Aquiles y de su padre solía ocasionar primero un disfavor, y luego un buen regalo. Volvimos la espalda a aquel desventurado valle, nadando, sin decir una palabra, por encima del margen que lo rodea. Allí no era de día ni de noche, de modo que mi vista alcanzaba poco delante de mí; pero oí resonar una gran trompa, tan fuertemente, que habría impuesto silencio a cualquier trueno; por lo cual mis ojos, siguiendo la dirección que aquel ruido traía, se fijaron totalmente en un solo punto. No hizo sonar tan terriblemente su trompa Orlando, después de la dolorosa derrota en que Caria Magno perdió el fruto de su santa empresa. A poco de haber vuelto hacia aquel lado la cabeza, me pareció ver muchas torres elevadas, por lo que dije:
- ¿Maestro?, ¿qué tierra es ésta?
Me respondió:
- Como miras a lo lejos a través de las tinieblas, te equivocas en lo que te imaginas. Ya verás, cuando hayas llegado allí, cuánto engaña a la vista la distancia; así pues, aprieta el paso.
Después me cogió afectuosamente de la mano, y me dijo:
- Antes que pasemos más adelante, y a fin de que el caso no te cause tanta extrañeza, sabe que eso no son torres, sino gigantes; todos los cuales están metidos hasta el ombligo en el pozo alrededor de sus muros.
Así como la vista, cuando se disipa la niebla, reconoce poco a poco las cosas ocultas por el vapor en que estaba envuelto el aire, de igual modo, y a medida que la mía atravesaba aquella atmósfera densa y oscura, conforme nos íbamos acercando hacia el borde del pozo, mi error se disipaba y crecía mi miedo. Lo mismo que Montereggione corona de torres su recinto amurallado, así, por el borde que rodea el pozo, se elevaban como torres y hasta la mitad del cuerpo los horribles gigantes, a quienes amenaza todavía Júpiter desde el cielo, cuando truena. Yo podía distinguir ya el rostro, los hombros y el pecho de uno de ellos, y gran parte de su vientre, y sus dos brazos a lo largo de los costados. En verdad que hizo bien la Naturaleza cuando abandonó el arte de crear semejantes animales para quitar pronto a Marte tales ejecutores; y si ella no se arrepiente de producir elefantes y ballenas, quien lo repare sutilmente, verá en esto mismo su justicia y su discreción, porque donde la fuerza del ingenio se une a la malevolencia y al vigor, no hay resistencia posible para los hombres.
Su cabeza me parecía tan larga y gruesa como la piña de San Pedro en Roma, guardando la misma proporción los demás huesos; de suerte que, aun cuando el ribazo le ocultaba de medio cuerpo abajo, se veía lo bastante para que tres frisones no hubieran podido alabarse de alcanzar a su cabellera; porque yo calculaba que tendría treinta grandes palmos desde el borde del pozo hasta el sitio donde el hombre se abrocha la capa.
- Raphel mai amech isabi almi, empezó a gritar la fiera boca, en la cual no estarían bien otras voces más suaves; y mi Guía le dijo:
- Alma insensata, sigue entreteniéndote con la trompa, y desahógate con ella, cuando te agite la cólera u otra pasión. Busca por tu cuello y encontrarás la soga que la sujeta, ¡oh alma turbada!; mírala cómo ciñe tu enorme pecho.
Después me dijo:
- Él mismo se acusa; ese es Nemrod, por cuyo audaz pensamiento se ve obligado el mundo a usar más de una lengua. Dejémosle estar, y no lancemos nuestras palabras al viento; pues ni él comprende el lenguaje de los demás, ni nadie conoce el suyo.
Continuamos, pues, nuestro viaje, siguiendo hacia la izquierda; y a un tiro de ballesta de aquel punto encontramos otro gigante mucho más grande y fiero. No podré decir quién fue capaz de sujetarle, pero sí que tenía ligado el brazo izquierdo por delante y el otro por detrás con una cadena, la cual le rodeaba del cuello abajo, dándole cinco vueltas en la parte del cuerpo que salía fuera del pozo.
- Ese soberbio quiso ensayar su poder contra el sumo Júpiter -dijo mi Guía-, por lo cual tiene la pena que ha merecido. Llámase Efialto, y dio muestras de audacia cuando los gigantes causaron miedo a los Dioses; los brazos que tanto movió entonces, no los moverá ya jamás.
Y yo le dije:
- Si fuese posible, quisiera que mis ojos tuviesen una idea de lo que es el desmesurado Briareo.
A lo que contestó:
- Verás cerca de aquí a Anteo, que habla y anda suelto, el cual nos conducirá al fondo del Infierno. El que tú quieres ver está atado mucho más lejos y es lo mismo que éste, sólo que su rostro parece más feroz.
El más impetuoso terremoto no sacudió nunca una torre con tal violencia como se agitó repentinamente Efialto. Entonces temí la muerte más que nunca, y a no haber visto que el gigante estaba bien atado, bastara para ello el miedo que me poseía. Seguimos avanzando, y llegamos adonde estaba Anteo, que, sin contar la cabeza, salía fuera del abismo lo menos cinco alas.
- ¡Oh tú, que en el afortunado valle donde Escipión heredó tanta gloria, cuando Aníbal y los suyos volvieron las espaldas, recogiste mil leones por presa, y que, si hubieras asistido a la gran guerra de tus hermanos, aún hay quien crea que habrías asegurado la victoria a los hijos de la Tierra! Si no lo llevas a mal, condúcenos al fondo en donde el frío endurece al Cocito. No hagas que me dirija a Ticio ni a Tifeo; este que ves puede dar lo que aquí se desea; por tanto, inclínate y no tuerzas la boca. Todavía puede renovar tu fama en el mundo; pues vive, y espera gozar aún de larga vida, si la gracia no le llama a sí antes de tiempo.
Así le dijo el Maestro; y el gigante, apresurándose a extender aquellas manos que tan rudamente oprimieron a Hércules, cogió a mi Guía. Cuando Virgilio se sintió agarrar, me dijo: Acércate para que yo te tome. Y en seguida me abrazó, de modo que los dos juntos formábamos un solo fardo.
Como al mirar la Carisenda por el lado a que está inclinada, cuando pasa una nube por encima de ella en sentido contrario, parece próxima a derrumbarse, tal me pareció Anteo cuando le vi inclinarse; y fue para mí tan terrible aquel momento, que habría querido ir por otro camino. Pero él nos condujo suavemente al fondo del abismo que devora a Lucifer y a Judas; y sin demora cesó su inclinación, volviendo a erguirse como el mástil de un navío.
CANTO TRIGÉSIMO SEGUNDO
Si poseyese un estilo áspero y ronco, cual conviene para describir el sombrío pozo, sobre el que se apoyan todas las otras rocas, expresaría mucho mejor la esencia de mi pensamiento; pero como no lo tengo, me decido a ello con temor; pues no es empresa que pueda tomarse como juego, ni para ser acometida por una lengua balbuciente, la de describir el fondo de todo el universo. Pero vengan en auxilio de mis versos aquellas Mujeres que ayudaron a Anfión a fundar Tebas, para que el estilo no desdiga de la naturaleza del asunto. ¡Oh gentes malditas sobre todas las demás, que estáis en el sitio del que me es tan duro hablar; más os valiera haber sido aquí convertidas en ovejas o cabras!
Cuando llegamos al fondo del obscuro pozo, mucho más abajo de donde tenia los pies el gigante, como yo estuviese aún mirando el alto muro, oí que me decían: Cuidado cómo andas; procura no pisar las cabezas de nuestros infelices y torturados hermanos, Volvime al olr esto, y vi delante de mí y a mis pies un lago, que por estar helado, parecía de vidrio y no de agua. Ni el Danubio en Austria durante el invierno, ni el Tanais allá, bajo el frío cielo, cubren su curso de un velo tan denso como el de aquel lago, en el cual, aunque hubieran caído el Tabernick o el Pietrapana, no habrían causado el menor estallido. Y a la manera de las ranas cuando gritan con la cabeza fuera del agua, en la estación en que la villana sueña que espiga, así estaban aquellas sombras llorosas y lívidas, sumergidas en el hielo hasta el sitio donde aparece la vergüenza, produciendo con sus dientes el mismo sonido que la cigüeña con su pico. Tenían todas el rostro vuelto hacia abajo; su boca daba muestras del frío que sentían, y sus ojos las daban de la tristeza de su corazón. Cuando hube examinado algún tiempo en torno mío, miré a mis pies, y vi dos sombras tan estrechamente unidas, que sus cabellos se mezclaban.
- Decidme quiénes sois, vosotros, que tanto unís vuestros pechos -dije yo.
Levantaron la cabeza, y después de haberme mirado, sus ojos, que estaban preñados de lágrimas, se derramaron en los párpados, pero el frío congeló en ellos aquellas lágrimas, volviéndolos a cerrar. Ninguna grapa unió jamás tan fuertemente dos trozos de madera, por lo cual ambos condenados se entrechocaron como dos carneros; tanta fue la ira que los dominó. Y otro, a quien el frío había hecho perder las orejas, me dijo, sin levantar la cabeza:
- ¿Por qué nos miras tanto? Si quieres saber quiénes son estos dos, te diré que el valle por donde corre el Bisenzio fue de su padre Alberto y de ellos. Ambos salieron de un mismo cuerpo; y aunque recorras toda la Caína, no encontrarás una sombra más digna de estar sumergida en el hielo, ni aun la de aquel a quien la mano de Arturo rompió de un golpe el pecho y la sombra, ni la de Focaccia, ni la de éste que me impide con su cabeza ver más lejos, y que se llamó Sassolo Mascheroni; si eres toscano, bien sabrás quién es. Y para que no me hagas hablar más, sabe que yo soy Camiccione de Pazzi y que espero a Carlino, cuyas culpas harán aparecer menos graves las mías.
Después vi otros mil rostros amoratados por el frío, tanto que desde entonces tengo horror, y lo tendré siempre a los estanques helados. Y mientras nos dirigíamos hacia el centro, donde converge toda la gravedad de la Tierra, yo temblaba en la lobreguez eterna; y no sé si lo dispuso Dios, el Destino o la Fortuna; pero al pasar por entre aquellas cabezas, di un fuerte golpe con el pie en el rostro de una de ellas, que me dijo llorando:
- ¿Por qué me pisas? Si no vienes a aumentar la venganza de Monteaperto, ¿por qué me molestas?
Entonces dije yo:
- Maestro mío, espérame aquí, a fin de que éste me esclarezca una duda; en seguida me daré cuanta prisa quieras.
El Guía se detuvo, y yo dije a aquel que aún estaba blasfemando:
- ¿Quién eres tú, que así reprendes a los demás?
Me contestó:
- Y tú, que vas por el recinto de Antenor, golpeando a los demás en el rostro, de modo que, si estuvieras vivo, aún serían tus golpes demasiado fuertes, ¿quién eres?
- Yo estoy vivo -fue mi respuesta-; y puede serte grato, si fama deseas, que ponga tu nombre entre los otros que conservo en la memoria.
A lo que repuso:
- Deseo todo lo contrario; vete de aquí, y no me causes más molestia, pues suenan mal tus lisonjas en esta caverna.
Entonces le cogí por los pelos del cogote, y le dije:
- Es preciso que digas tu nombre, o no te quedará ni un solo cabello.
Pero él me replicó:
- Aunque me repeles, ni te diré quién soy, ni verás mi rostro, por más que me golpees mil veces en la cabeza.
Yo tenía ya sus cabellos enroscados en mi mano, y le había arrancado más de un puñado de ellos, mientras él aullaba con los ojos fijos en el hielo, cuando otro condenado gritó: ¿Qué tienes, Bocca? ¿No te basta castañear los dientes, sino que también ladras? ¿Qué demonio te atormenta?
- Ahora -dije- ya no quiero que hables, traidor maldito; que para tu eterna vergüenza, llevaré al mundo noticias ciertas de ti.
- Vete pronto -repuso-, y cuenta lo que quieras; pero si sales de aquí, no dejes de hablar de ese que ha tenido la lengua tan suelta, y que está llorando el dinero que recibió de los franceses: Yo vi, podrás decir, a Buoso de Duera, allí donde los pecadores están helados. Si te preguntan por los demás que están aquí, a tu lado tienes al de Becchería, cuya garganta segó Florencia. Creo que más allá está Gianni de Soldanieri con Ganelón y Tebaldello, el que entregó a Faenza cuando sus habitantes dormían.
Estábamos ya lejos de aquél, cuando vi a otros dos helados en una misma fosa, colocados de tal modo, que la cabeza del uno parecía ser el sombrero del otro. Y como el hambriento en el pan, así el de encima clavó sus dientes al de debajo en el sitio donde el cerebro se une con la nuca. No mordió con más furor Tideo las sienes de Menalipo, que aquél roía el cráneo de su enemigo y las demás cosas inherentes al mismo.
- ¡Oh tú, que demuestras, por medio de tan brutal acción, el odio que tienes al que estás devorando! Dime qué es lo que te induce a ello -le pregunté- bajo el pacto de que, si te quejas con razón de él, sabiendo yo qué crimen es el suyo y quiénes sois, te vengaré en el mundo, si mi lengua no llega antes a secarse.
CANTO TRIGÉSIMO TERCERO
Aquel pecador apartó su boca de tan horrible alimento, limpiándosela en los pelos de la cabeza cuya parte posterior acababa de roer; y luego empezó a hablar de esta manera:
- Tú quieres que renueve el desesperado dolor que oprime mi corazón, sólo al pensar en él, y aun antes de hablar. Pero si mis palabras deben ser un germen de infamia para el traidor a quien devoro, me verás llorar y hablar a un mismo tiempo. No sé quién eres, ni de qué medios te has valido para llegar hasta aquí, pero al oírte, me pareces efectivamente florentino. Has de saber que yo fui el conde Ugolino, y éste el arzobispo Ruggieri; ahora te diré por qué le trato así. No es necesario manifestarte que por efecto de sus malos pensamientos, y fiándome de él, fui preso y muerto después. Pero te contaré lo que no puedes haber sabido; esto es, lo cruel que fue mi muerte, y comprenderás cuánto me ha ofendido. Un pequeño agujero abierto en la torre, que por mi mal se llama hoy del Hambre, y en la que todavía serán encerrados otros, me había permitido ver por su hendidura ya muchas lunas, cuando tuve el mal sueño que descorrió para mí el velo del porvenir. Ruggieri se me aparecía como señor y caudillo, cazando el lobo y los lobeznos en el monte que Impide a los pisanos ver la ciudad de Luca. Se había hecho preceder de los Gualandi, de los Sismondi y los Lanfranchi, que iban a la cabeza con perros hambrientos diligentes y amaestrados. El padre y sus hijuelos me parecieron rendidos después de una corta carrera, y creí ver que aquellos les desgarraban los costados con sus agudas presas. Cuando desperté antes de la aurora, oí llorar entre sueños a mis hijos, que estaban conmigo, y pedían pan. Bien cruel eres, si no te contristas pensando en lo que aquello anunciaba a mi corazón; y si ahora no lloras, no sé lo que puede excitar tus lágrimas. Estábamos ya despiertos, y se acercaba la hora en que solían traernos nuestro alimento; pero todos dudábamos, porque cada cual había tenido un sueño semejante. Oí que clavaban la puerta de la horrible torre, por lo cual miré al rostro de mis hijos sin decir palabra; yo no podía llorar, porque el dolor me tenía como petrificado; lloraban ellos, y mi Anselmito dijo: ¿Qué tienes, padre, que así nos miras? Sin embargo, no lloré ni respondí una palabra en todo aquel día, ni en la noche siguiente, hasta que el otro Sol alumbró el mundo. Cuando entró en la dolorosa prisión uno de sus débiles rayos, y consideré en aquellos cuatro rostros el aspecto que debía tener el mío, empecé a morderme las manos desesperado; y ellos, creyendo que yo lo hacía obligado por el hambre, se levantaron con presteza y dijeron: Padre, nuestro dolor será mucho menor, si nos comes a nosotros; tú nos diste estas miserables carnes; despójanos, pues, de ellas. Entonces me calmé para no entristecerlos más; y aquel día y el siguiente permanecimos mudos. ¡Ay, dura tierra! ¿Por qué no te abriste? Cuando llegamos al cuarto día, Gaddo se tendió a mis pies, diciendo: Padre mío, ¿por qué no me auxilias? Allí murió; y lo mismo que me estás viendo, vi yo caer los tres, uno a uno, entre el quinto y el sexto día. Ciego ya, fui a tientas buscando a cada cual, lIamándolos durante tres días después de estar muertos; hasta que, al fin, pudo en mí más la inedia que el dolor.
Cuando hubo pronunciado estas palabras, torciendo los ojos, volvió a coger el miserable cráneo con los dientes, que royeron el hueso como los de un perro. ¡Ah, Pisa, vituperio de las gentes del hermoso país donde el sí suena! Ya que tus vecinos son tan morosos en castigarte, muévanse la Capraja y la Gorgona, y formen un dique a la embocadura del Amo, para que sepulte en sus aguas a todos tus habitantes; pues si el conde Ugolino fue acusado de haber vendido tus castillos, no debiste someter a sus hijos a tal suplicio. Su tierna edad patentizaba, ¡oh nueva Tebas!, la inocencia de Ugucción y del Brigata, y la de los otros dos que ya he nombrado.
Seguimos luego más allá, donde el hielo oprime duramente a otros condenados, que no están con el rostro hacia abajo, sino vueltos hacia arriba. Su mismo llanto no les deja llorar; pues las lágrimas, que al salir encuentran otras condensadas, se vuelven adentro, aumentando la angustia; porque las primeras lágrimas forman un dique, y como una visera de cristal, llenan debajo de los párpados toda la cavidad del ojo. Y aunque mi rostro, a causa del gran frío, había perdido toda sensibilidad, como si estuviera encallecido, me pareció que sentía algún viento, por lo cual dije:
- Maestro, ¿qué causa mueve este viento? ¿No está extinguido aquí todo vapor?
A lo cual me contestó:
- Pronto llegarás a un sitio donde tus ejes te darán la respuesta, viendo la causa de ese viento.
Y uno de los desgraciados de la helada charca nos gritó:
- ¡Oh almas tan culpables que habéis sido destinadas al último recinto! Arrancadme de los ojos este duro velo, a fin de que pueda desahogar el dolor que me hincha el corazón, antes que mis lágrimas se hielen de nuevo.
Al oír tales palabras, le dije:
- Si quieres que te alivie, dime quién fuiste; y si no te presto ese consuelo, véame sumergido en el fondo de ese hielo.
Entonces me contestó:
- Yo soy fray Alberigo; soy aquel, cuyo huerto ha producido tan mala fruta, que aquí recibo un dátil por un higo.
- ¡Oh! -le dije-, ¿también tú has muerto?
-No sé cómo estará mi cuerpo allá arriba -repuso-; esta Ptolomea tiene el privilegio de que las almas caigan con frecuencia en ella antes de que Atropos mueva los dedos; y para que de mejor grado me arranques las congeladas lágrimas del rostro, sabe que en cuanto un alma comete alguna traición como la que yo cometí, se apodera de su cuerpo un demonio, que después dirige todas sus acciones, hasta que llega el término de su vida. En cuanto al alma, cae en esta cisterna; y por eso tal vez aparezca todavía en el mundo el cuerpo de esa sombra que está detrás de mí en este hielo. Debes conocerle, si es que acabas de llegar al Infierno: es ser Branca d'Oria, el cual hace ya muchos años que fue encerrado aquí.
- Yo creo -le dije- que me engañas; porque Branca d'Oria no ha muerto aún, y come, y bebe, y duerme, y va vestido.
- Aún no había caído Miguel Zanche -repuso aquél- en la fosa de Malebranche, allí donde hierve continuamente la pez, cuando Branca d'Oria ya dejaba un diablo haciendo sus veces en su cuerpo y en el de uno de sus parientes, que fue cómplice de su traición. Extiende ahora la mano y ábreme los ojos.
Yo no se los abrí, y creo que fue una lealtad el ser con él desleal.
¡Ah, genoveses!, ¡hombres diversos de los demás en costumbres y llenos de toda iniquidad!, ¿por qué no sois desterrados del mundo? Junto con el peor espíritu de la Romanía he encontrado uno de vosotros, que, por sus acciones, tiene el alma sumergida en el Cocito, mientras que su cuerpo aparece aún vivo en el mundo.
CANTO TRIGÉSIMO CUARTO
Vexilla regis prodeunt inferni hacia nosotros. Mira adelante -dijo mi Maestro-, a ver si lo distingues.
Como aparece a lo lejos un molino, cuyas aspas hace girar el viento, cuando éste arrastra una espesa niebla, o cuando anochece en nuestro hemisferio, así me pareció ver a gran distancia un artificio semejante; y luego, para resguardarme del viento, a falta de otro abrigo, me encogí detrás de mi Guía. Estaba ya (con pavor lo digo en mis versos) en el sitio donde las sombras se hallaban completamente cubiertas de hielo, y se transparentaban como paja en vidrio. Unas estaban tendidas, otras derechas; aquéllas con la cabeza, éstas con los pies hacia abajo, y otras por fin con la cabeza tocando a los pies como un arco. Cuando mi Guía creyó que habíamos avanzado lo suficiente para enseñarme la criatura que tuvo el más hermoso rostro, me dejó libre el paso, e hizo que me detuviera.
- He ahí a Dite -me dijo-, y he aquí el lugar donde es preciso que te armes de fortaleza.
No me preguntes, lector, si me quedaría entonces helado y yerto; no quiero escribirlo, porque cuanto dijera sería poco. No quedé muerto ni vivo; piensa por ti, si tienes alguna imaginación, lo que me sucedería viéndome así privado de la vida sin estar muerto. El emperador del doloroso reino salía fuera del hielo desde la mitad del pecho; mi estatura era más proporcionada a la de un gigante, que la de uno de éstos a la longitud de los brazos de Lucifer; juzga, pues, cuál deba ser el todo que a semejante parte corresponda. Si fue tan bello como deforme es hoy, y osó levantar sus ojos contra su Creador, de él debe proceder sin duda todo mal. ¡Oh! ¡Cuánto asombro me causó, al ver que su cabeza tenía tres rostros! Uno por delante, que era de color bermejo; los otros dos se unían a éste sobre el medio de los hombros, y se juntaban por detrás en lo alto de la coronilla, siendo el de la derecha entre blanco y amarillo, según me pareció; el de la izquierda tenía el aspecto de los oriundos del valle del Nilo. Debajo de cada rostro salían dos grandes alas proporcionadas a la magnitud de tal pájaro; y no he visto jamás velas de buque comparables a ellas; no tenían plumas, pues eran por el estilo de las del murciélago; y se agitaban de manera que producían tres vientos, con los cuales se helaba todo el Cocito. Con seis ojos lloraba Lucifer, y por las tres barbas corrían sus lágrimas, mezcladas de baba sanguinolenta. Con los dientes de cada boca, a modo de agramadera, trituraba un pecador, de suerte que hacía tres desgraciados a un tiempo. Los mordiscos que sufría el de adelante no eran nada en comparación de los rasguños que le causaban las garras de Lucifer, dejándole a veces las espaldas enteramente desolladas.
- El alma que está sufriendo la mayor pena allá arriba -dijo el Maestro- es la de Judas Iscariote, que tiene la cabeza dentro de la boca de Lucifer y agita fuera de ella las piernas. De las otras dos, que tienen la cabeza hacia abajo, la que pende de la boca negra es Bruto; mira cómo se retuerce sin decir una palabra; el otro, que tan membrudo parece, es Casio. Pero se acerca la noche, y es hora ya de partir, pues todo lo hemos visto.
Según le plugo, me abracé a su cuello; aprovechó el momento y el lugar favorable, y cuando las alas estuvieron bien abiertas, agarróse a las velludas costillas de Lucifer, y de pelo en pelo descendió por entre el hirsuto costado y las heladas costras. Cuando llegamos al sitio en que el muslo se desarrolla justamente sobre el grueso de las caderas, mi Guía, con fatiga y con angustia, volvió su cabeza hacia donde aquél tenía las zancas, y se agarró al pelo como un hombre que sube, de modo que creí que volvíamos al Infierno.
- Sostente bien -me dijo jadeando como un hombre cansado-; que por esta escalera es preciso partir de la mansión del dolor.
Después salió fuera por la hendidura de una roca, y me sentó sobre el borde de la misma, poniendo junto a mí su pie prudente. Yo levanté mis ojos, creyendo ver a Lucifer como le había dejado; pero vi que tenía las piernas en alto. Si debí quedar asombrado, júzguelo el vulgo, que no sabe qué punto es aquel por donde yo había pasado.
- Levántate -me dijo el Maestro-; la ruta es larga, el camino malo, y ya el Sol se acerca a la mitad de tercia.
El sitio donde nos encontrábamos no era como la galería de un palacio, sino una caverna de mal piso y escasa de luz.
- Antes que yo salga de este abismo, Maestro mío -le dije al ponerme en pie-, dime algo que me saque de confusiones. ¿Dónde está el hielo, y cómo es que Lucifer está de ese modo invertido? ¿Cómo es que, en tan pocas horas, ha recorrido el Sol su carrera desde la noche a la mañana?
Me contestó:
- ¿Te imaginas sin duda que estás aún al otro lado del centro, donde me cogí al pelo de ese miserable gusano que atraviesa el mundo? Allá te encontrabas mientras descendíamos; cuando me volví, pasaste el punto hacia el que converge toda la gravedad de la Tierra; y ahora estás bajo el hemisferio opuesto a aquel que cubre el árido desierto, y bajo cuyo más alto punto fue muerto el Hombre que nació y vivió sin pecado. Tienes los pies sobre una pequeña esfera, que por el otro lado mira a la Judesca. Aquí amanece, cuando allí anochece; y éste de cuyo pelo nos hemos servido como de una escala, permanece aún fijo del mismo modo que antes. Por esta parte cayó del cielo; y la Tierra, que antes se mostraba en este lado, aterrorizada al verle, se hizo del mar un velo, y se retiró hacia nuestro hemisferio; y quizá también huyendo de él, dejó aquí este vacío la que aparece por acá formando un elevado monte.
Hay allá abajo una cavidad que se aleja tanto de Lucifer cuanta es la extensión de su tumba; cavidad que no puede reconocerse por la vista, sino por el rumor de un arroyuelo, que desciende por el cauce de un peñasco que ha perforado con su curso sinuoso y poco pendiente. Mi Guía y yo entramos en aquel camino oculto, para volver al mundo luminoso; y sin concedernos el menor descanso, subimos, él delante y yo detrás, hasta que pude ver por una abertura redonda las bellezas que contiene el Cielo, y por allí salimos para volver a ver las estrellas.
bueno eso fue todo solo son los cantos de El Infierno despues les pongo El Purgatorio y El Cielo
espero q les haya gustado mi post
En aquel tiempo en que Juno, por causa de Semele, estaba irritada contra la sangre tebana, como lo demostró más de una vez, Atamas se volvió tan insensato que, al ver acercarse a su mujer, llevando de la mano a sus dos hijos, exclamó: Tendamos las redes de modo que yo coja a su paso la leona con sus cachorros, y extendiendo después las desapiadadas manos, agarró a uno de ellos, que se llamaba Learco, le hizo dar vueltas en el aire y lo estrelló contra una roca: la madre se ahogó con el hijo restante. Cuando la fortuna abatió la grandeza de los troyanos, que a todo se atrevían, hasta que el reino fue destruido juntamente con el rey, la triste Hécuba, miserable y cautiva, después de haber visto a Polixena muerta, y el cuerpo de su Polidoro tendido en la orilla del mar quedó con el corazón tan desgarrado, que, fuera de si, empezó a ladrar como un perro; de tal modo la había trastornado el dolor. Pero ni los tebanos ni los troyanos furiosos demostraron tanta crueldad, no ya en torturar cuerpos humanos, sino ni siquiera animales, como la que vi en dos sombras desnudas y pálidas, que corrian mordiéndose, como el cerdo cuando se escapa de su pocilga. Una de ellas alcanzó a Capocchio, y se le afianzó a la nuca de tal modo, que tirando de él, le hizo arañar con su vientre el duro suelo. El aretino, que quedó temblando, me dijo:
- Ese loco es Gianni Schicchi, que va rabioso maltratando a los demás.
- ¡Oh! -le dije yo-: no temas decirme quién es la otra sombra que va con él, antes que desaparezca, y ojalá no venga a hincarte los dientes en el cuerpo.
Me contestó:
- Es el alma antigua de la perversa Mirra, que fue amante de su Padre contra las leyes del amor honesto; para cometer tal pecado se disfrazó bajo la forma de otra; como aquel que ya se va tuvo empeño en fingirse Buoso Donati, a fin de ganar la Donna della Torma testando en su lugar, y dictando las cláusulas del testamento.
Cuando hubieron pasado aquellas dos almas furiosas, sobre las cuales había tenido fija mi vista, me volví para mirar las sombras de los otros mal nacidos. Vi uno, que pareciera un laúd, si hubiese tenido el cuerpo cortado en el sitio donde el hombre se bifurca. La pesada hidropesía, que, a causa de los humores convertidos en maligna sustancia, hace los miembros tan desproporcionados, que el rostro no corresponde al vientre, le obligaba a tener la boca abierta, apareciéndose al hético que, cuando está sediento, dirige uno de sus labios hacia la barba y otro hacia la nariz.
- ¡Oh vosotros, que no sufrís pena alguna (y no sé por qué) en este mundo miserable! -nos dijo-: mirad y estad atentos al infortunio de maese Adam; yo tuve en abundancia, mientras viví, todo cuanto deseé; y ahora, ¡ay de mí!, sólo deseo una gota de agua. Los arroyuelos que desde las verdes colinas del Casentino descienden hasta el Arno, trazando frescos y apacibles cauces, continuamente están ante mi vista, y no en vano; pues su imagen me reseca más que el mal que descarna mi rostro. La rígida justicia que me castiga se sirve del mismo lugar donde he pecado para hacerme exhalar más suspiros. Allí está Romena, donde falsifiqué la moneda acuñada con el busto del Bautista, por lo cual dejé en la tierra mi cuerpo quemado. Pero si yo viese aquí el alma criminal de Guido, o la de Alejandro, o la de su hermano, no cambiaría el placer de mirarlos a mi lado ni aun por la fuente Branda. Una de ellas está ya aquí dentro, si es cierto lo que dicen las coléricas sombras de los que giran por estos sitios, pero, ¿qué me importa, si tengo encadenados mis miembros? Si a lo menos fuese yo tan ágil que en cien años pudiera andar una pulgada, ya me habria internado por el sendero, buscándola entre esa gente deforme, a pesar de que la fosa tiene once millas de circunferencia y no menos de media milla de diámetro. Por su causa me veo entre estos condenados; ellos me indujeron a acuñar los florines, que bien tenían tres quilates de liga.
A mi vez le dije:
- ¿Quiénes son esos dos espíritus infelices, que despiden vaho, como en el invierno una mano mojada, y que tan unidas yacen a tu derecha?
- Aquí los encontré -respondióme-, cuando bajé a este abismo; y desde entonces, ni se han movido, ni creo que eternamente se muevan. El uno es la falsa que acusó a José; el otro es el falso Sinón, griego de Troya; por efecto de su ardiente fiebre, lanzan ese vapor fétido.
Uno de ellos, indignado quizá porque se le daba aquel nombre infame, le golpeó con el puño en su endurecido vientre, haciéndoselo resonar como un tambor. Maese Adam le dio a su vez en el rostro con su puño que no parecía menos duro, diciéndole:
- Aunque me ven privado de moverme a causa de la pesadez de algunos de mis miembros, tengo el brazo suelto para semejante tarea.
A lo que aquél replicó:
- Cuando marchabas hacia la hoguera no lo tenías tan suelto, pero lo tenías mucho más cuando acuñabas moneda.
El hidrópico repuso:
- Eres verídico en eso; mas no lo fuiste tanto cuando en Troya te incitaron a que dijeses la verdad.
- Si allí dije una falsedad, en cambio tú falsificaste el cuño -dijo Sinón-; y si yo estoy aquí por una falta, tú lo estás por muchas más que ninguno otro demonio.
- Acuérdate, perjuro, del caballo -replicó aquel que tenía el vientre hinchado-; y sírvate de castigo el que el mundo entero conoce tu delito.
- Sírvate a ti también de castigo la sed que tiene agrietada tu lengua -contestó el Griego-, y el agua podrida que eleva tu vientre como una barrera ante tus ojos.
Entonces el monedero replicó:
- También tu boca se rasga por hablar mal, como acostumbra; si yo tengo sed, y si el humor me hincha, tú tienes fiebre y te duele la cabeza; no te harías mucho de rogar para lamer el espejo de Narciso.
Yo estaba escuchándoles atentamente, cuando me dijo mi Maestro:
- Sigue, sigue contemplándolos aún, que poco me falta para reirme de ti.
Cuando le oi hablarme con ira, me volvi hacia él tan abochornado, que aún conservo vivo el recuerdo en mi memoria: y como quien sueña en su desgracia, que aun soñando desea soñar, y anhela ardientemente qye sea sueño lo que ya lo es, asi estaba yo, sin poder proferir una palabra, por más que quisiera excusarme; y a pesar de que con el silencio me excusaba, no creia hacerlo asi.
- Con menos vergüenza habria bastante para borrar una falta mayor que la tuya -me dijo el Maestro-: consuélate; y si acaso vuelve a suceder que te reúnas con gente entregada a semejantes debates piensa en que estoy siempre a tu lado, porque querer oír eso es querer una bajeza.
CANTO TRIGÉSIMO PRIMERO
La misma lengua que antes me hirió, tiñendo de rubor mis mejillas, me aplicó en seguida el remedio: Así he oído contar que la lanza de Aquiles y de su padre solía ocasionar primero un disfavor, y luego un buen regalo. Volvimos la espalda a aquel desventurado valle, nadando, sin decir una palabra, por encima del margen que lo rodea. Allí no era de día ni de noche, de modo que mi vista alcanzaba poco delante de mí; pero oí resonar una gran trompa, tan fuertemente, que habría impuesto silencio a cualquier trueno; por lo cual mis ojos, siguiendo la dirección que aquel ruido traía, se fijaron totalmente en un solo punto. No hizo sonar tan terriblemente su trompa Orlando, después de la dolorosa derrota en que Caria Magno perdió el fruto de su santa empresa. A poco de haber vuelto hacia aquel lado la cabeza, me pareció ver muchas torres elevadas, por lo que dije:
- ¿Maestro?, ¿qué tierra es ésta?
Me respondió:
- Como miras a lo lejos a través de las tinieblas, te equivocas en lo que te imaginas. Ya verás, cuando hayas llegado allí, cuánto engaña a la vista la distancia; así pues, aprieta el paso.
Después me cogió afectuosamente de la mano, y me dijo:
- Antes que pasemos más adelante, y a fin de que el caso no te cause tanta extrañeza, sabe que eso no son torres, sino gigantes; todos los cuales están metidos hasta el ombligo en el pozo alrededor de sus muros.
Así como la vista, cuando se disipa la niebla, reconoce poco a poco las cosas ocultas por el vapor en que estaba envuelto el aire, de igual modo, y a medida que la mía atravesaba aquella atmósfera densa y oscura, conforme nos íbamos acercando hacia el borde del pozo, mi error se disipaba y crecía mi miedo. Lo mismo que Montereggione corona de torres su recinto amurallado, así, por el borde que rodea el pozo, se elevaban como torres y hasta la mitad del cuerpo los horribles gigantes, a quienes amenaza todavía Júpiter desde el cielo, cuando truena. Yo podía distinguir ya el rostro, los hombros y el pecho de uno de ellos, y gran parte de su vientre, y sus dos brazos a lo largo de los costados. En verdad que hizo bien la Naturaleza cuando abandonó el arte de crear semejantes animales para quitar pronto a Marte tales ejecutores; y si ella no se arrepiente de producir elefantes y ballenas, quien lo repare sutilmente, verá en esto mismo su justicia y su discreción, porque donde la fuerza del ingenio se une a la malevolencia y al vigor, no hay resistencia posible para los hombres.
Su cabeza me parecía tan larga y gruesa como la piña de San Pedro en Roma, guardando la misma proporción los demás huesos; de suerte que, aun cuando el ribazo le ocultaba de medio cuerpo abajo, se veía lo bastante para que tres frisones no hubieran podido alabarse de alcanzar a su cabellera; porque yo calculaba que tendría treinta grandes palmos desde el borde del pozo hasta el sitio donde el hombre se abrocha la capa.
- Raphel mai amech isabi almi, empezó a gritar la fiera boca, en la cual no estarían bien otras voces más suaves; y mi Guía le dijo:
- Alma insensata, sigue entreteniéndote con la trompa, y desahógate con ella, cuando te agite la cólera u otra pasión. Busca por tu cuello y encontrarás la soga que la sujeta, ¡oh alma turbada!; mírala cómo ciñe tu enorme pecho.
Después me dijo:
- Él mismo se acusa; ese es Nemrod, por cuyo audaz pensamiento se ve obligado el mundo a usar más de una lengua. Dejémosle estar, y no lancemos nuestras palabras al viento; pues ni él comprende el lenguaje de los demás, ni nadie conoce el suyo.
Continuamos, pues, nuestro viaje, siguiendo hacia la izquierda; y a un tiro de ballesta de aquel punto encontramos otro gigante mucho más grande y fiero. No podré decir quién fue capaz de sujetarle, pero sí que tenía ligado el brazo izquierdo por delante y el otro por detrás con una cadena, la cual le rodeaba del cuello abajo, dándole cinco vueltas en la parte del cuerpo que salía fuera del pozo.
- Ese soberbio quiso ensayar su poder contra el sumo Júpiter -dijo mi Guía-, por lo cual tiene la pena que ha merecido. Llámase Efialto, y dio muestras de audacia cuando los gigantes causaron miedo a los Dioses; los brazos que tanto movió entonces, no los moverá ya jamás.
Y yo le dije:
- Si fuese posible, quisiera que mis ojos tuviesen una idea de lo que es el desmesurado Briareo.
A lo que contestó:
- Verás cerca de aquí a Anteo, que habla y anda suelto, el cual nos conducirá al fondo del Infierno. El que tú quieres ver está atado mucho más lejos y es lo mismo que éste, sólo que su rostro parece más feroz.
El más impetuoso terremoto no sacudió nunca una torre con tal violencia como se agitó repentinamente Efialto. Entonces temí la muerte más que nunca, y a no haber visto que el gigante estaba bien atado, bastara para ello el miedo que me poseía. Seguimos avanzando, y llegamos adonde estaba Anteo, que, sin contar la cabeza, salía fuera del abismo lo menos cinco alas.
- ¡Oh tú, que en el afortunado valle donde Escipión heredó tanta gloria, cuando Aníbal y los suyos volvieron las espaldas, recogiste mil leones por presa, y que, si hubieras asistido a la gran guerra de tus hermanos, aún hay quien crea que habrías asegurado la victoria a los hijos de la Tierra! Si no lo llevas a mal, condúcenos al fondo en donde el frío endurece al Cocito. No hagas que me dirija a Ticio ni a Tifeo; este que ves puede dar lo que aquí se desea; por tanto, inclínate y no tuerzas la boca. Todavía puede renovar tu fama en el mundo; pues vive, y espera gozar aún de larga vida, si la gracia no le llama a sí antes de tiempo.
Así le dijo el Maestro; y el gigante, apresurándose a extender aquellas manos que tan rudamente oprimieron a Hércules, cogió a mi Guía. Cuando Virgilio se sintió agarrar, me dijo: Acércate para que yo te tome. Y en seguida me abrazó, de modo que los dos juntos formábamos un solo fardo.
Como al mirar la Carisenda por el lado a que está inclinada, cuando pasa una nube por encima de ella en sentido contrario, parece próxima a derrumbarse, tal me pareció Anteo cuando le vi inclinarse; y fue para mí tan terrible aquel momento, que habría querido ir por otro camino. Pero él nos condujo suavemente al fondo del abismo que devora a Lucifer y a Judas; y sin demora cesó su inclinación, volviendo a erguirse como el mástil de un navío.
CANTO TRIGÉSIMO SEGUNDO
Si poseyese un estilo áspero y ronco, cual conviene para describir el sombrío pozo, sobre el que se apoyan todas las otras rocas, expresaría mucho mejor la esencia de mi pensamiento; pero como no lo tengo, me decido a ello con temor; pues no es empresa que pueda tomarse como juego, ni para ser acometida por una lengua balbuciente, la de describir el fondo de todo el universo. Pero vengan en auxilio de mis versos aquellas Mujeres que ayudaron a Anfión a fundar Tebas, para que el estilo no desdiga de la naturaleza del asunto. ¡Oh gentes malditas sobre todas las demás, que estáis en el sitio del que me es tan duro hablar; más os valiera haber sido aquí convertidas en ovejas o cabras!
Cuando llegamos al fondo del obscuro pozo, mucho más abajo de donde tenia los pies el gigante, como yo estuviese aún mirando el alto muro, oí que me decían: Cuidado cómo andas; procura no pisar las cabezas de nuestros infelices y torturados hermanos, Volvime al olr esto, y vi delante de mí y a mis pies un lago, que por estar helado, parecía de vidrio y no de agua. Ni el Danubio en Austria durante el invierno, ni el Tanais allá, bajo el frío cielo, cubren su curso de un velo tan denso como el de aquel lago, en el cual, aunque hubieran caído el Tabernick o el Pietrapana, no habrían causado el menor estallido. Y a la manera de las ranas cuando gritan con la cabeza fuera del agua, en la estación en que la villana sueña que espiga, así estaban aquellas sombras llorosas y lívidas, sumergidas en el hielo hasta el sitio donde aparece la vergüenza, produciendo con sus dientes el mismo sonido que la cigüeña con su pico. Tenían todas el rostro vuelto hacia abajo; su boca daba muestras del frío que sentían, y sus ojos las daban de la tristeza de su corazón. Cuando hube examinado algún tiempo en torno mío, miré a mis pies, y vi dos sombras tan estrechamente unidas, que sus cabellos se mezclaban.
- Decidme quiénes sois, vosotros, que tanto unís vuestros pechos -dije yo.
Levantaron la cabeza, y después de haberme mirado, sus ojos, que estaban preñados de lágrimas, se derramaron en los párpados, pero el frío congeló en ellos aquellas lágrimas, volviéndolos a cerrar. Ninguna grapa unió jamás tan fuertemente dos trozos de madera, por lo cual ambos condenados se entrechocaron como dos carneros; tanta fue la ira que los dominó. Y otro, a quien el frío había hecho perder las orejas, me dijo, sin levantar la cabeza:
- ¿Por qué nos miras tanto? Si quieres saber quiénes son estos dos, te diré que el valle por donde corre el Bisenzio fue de su padre Alberto y de ellos. Ambos salieron de un mismo cuerpo; y aunque recorras toda la Caína, no encontrarás una sombra más digna de estar sumergida en el hielo, ni aun la de aquel a quien la mano de Arturo rompió de un golpe el pecho y la sombra, ni la de Focaccia, ni la de éste que me impide con su cabeza ver más lejos, y que se llamó Sassolo Mascheroni; si eres toscano, bien sabrás quién es. Y para que no me hagas hablar más, sabe que yo soy Camiccione de Pazzi y que espero a Carlino, cuyas culpas harán aparecer menos graves las mías.
Después vi otros mil rostros amoratados por el frío, tanto que desde entonces tengo horror, y lo tendré siempre a los estanques helados. Y mientras nos dirigíamos hacia el centro, donde converge toda la gravedad de la Tierra, yo temblaba en la lobreguez eterna; y no sé si lo dispuso Dios, el Destino o la Fortuna; pero al pasar por entre aquellas cabezas, di un fuerte golpe con el pie en el rostro de una de ellas, que me dijo llorando:
- ¿Por qué me pisas? Si no vienes a aumentar la venganza de Monteaperto, ¿por qué me molestas?
Entonces dije yo:
- Maestro mío, espérame aquí, a fin de que éste me esclarezca una duda; en seguida me daré cuanta prisa quieras.
El Guía se detuvo, y yo dije a aquel que aún estaba blasfemando:
- ¿Quién eres tú, que así reprendes a los demás?
Me contestó:
- Y tú, que vas por el recinto de Antenor, golpeando a los demás en el rostro, de modo que, si estuvieras vivo, aún serían tus golpes demasiado fuertes, ¿quién eres?
- Yo estoy vivo -fue mi respuesta-; y puede serte grato, si fama deseas, que ponga tu nombre entre los otros que conservo en la memoria.
A lo que repuso:
- Deseo todo lo contrario; vete de aquí, y no me causes más molestia, pues suenan mal tus lisonjas en esta caverna.
Entonces le cogí por los pelos del cogote, y le dije:
- Es preciso que digas tu nombre, o no te quedará ni un solo cabello.
Pero él me replicó:
- Aunque me repeles, ni te diré quién soy, ni verás mi rostro, por más que me golpees mil veces en la cabeza.
Yo tenía ya sus cabellos enroscados en mi mano, y le había arrancado más de un puñado de ellos, mientras él aullaba con los ojos fijos en el hielo, cuando otro condenado gritó: ¿Qué tienes, Bocca? ¿No te basta castañear los dientes, sino que también ladras? ¿Qué demonio te atormenta?
- Ahora -dije- ya no quiero que hables, traidor maldito; que para tu eterna vergüenza, llevaré al mundo noticias ciertas de ti.
- Vete pronto -repuso-, y cuenta lo que quieras; pero si sales de aquí, no dejes de hablar de ese que ha tenido la lengua tan suelta, y que está llorando el dinero que recibió de los franceses: Yo vi, podrás decir, a Buoso de Duera, allí donde los pecadores están helados. Si te preguntan por los demás que están aquí, a tu lado tienes al de Becchería, cuya garganta segó Florencia. Creo que más allá está Gianni de Soldanieri con Ganelón y Tebaldello, el que entregó a Faenza cuando sus habitantes dormían.
Estábamos ya lejos de aquél, cuando vi a otros dos helados en una misma fosa, colocados de tal modo, que la cabeza del uno parecía ser el sombrero del otro. Y como el hambriento en el pan, así el de encima clavó sus dientes al de debajo en el sitio donde el cerebro se une con la nuca. No mordió con más furor Tideo las sienes de Menalipo, que aquél roía el cráneo de su enemigo y las demás cosas inherentes al mismo.
- ¡Oh tú, que demuestras, por medio de tan brutal acción, el odio que tienes al que estás devorando! Dime qué es lo que te induce a ello -le pregunté- bajo el pacto de que, si te quejas con razón de él, sabiendo yo qué crimen es el suyo y quiénes sois, te vengaré en el mundo, si mi lengua no llega antes a secarse.
CANTO TRIGÉSIMO TERCERO
Aquel pecador apartó su boca de tan horrible alimento, limpiándosela en los pelos de la cabeza cuya parte posterior acababa de roer; y luego empezó a hablar de esta manera:
- Tú quieres que renueve el desesperado dolor que oprime mi corazón, sólo al pensar en él, y aun antes de hablar. Pero si mis palabras deben ser un germen de infamia para el traidor a quien devoro, me verás llorar y hablar a un mismo tiempo. No sé quién eres, ni de qué medios te has valido para llegar hasta aquí, pero al oírte, me pareces efectivamente florentino. Has de saber que yo fui el conde Ugolino, y éste el arzobispo Ruggieri; ahora te diré por qué le trato así. No es necesario manifestarte que por efecto de sus malos pensamientos, y fiándome de él, fui preso y muerto después. Pero te contaré lo que no puedes haber sabido; esto es, lo cruel que fue mi muerte, y comprenderás cuánto me ha ofendido. Un pequeño agujero abierto en la torre, que por mi mal se llama hoy del Hambre, y en la que todavía serán encerrados otros, me había permitido ver por su hendidura ya muchas lunas, cuando tuve el mal sueño que descorrió para mí el velo del porvenir. Ruggieri se me aparecía como señor y caudillo, cazando el lobo y los lobeznos en el monte que Impide a los pisanos ver la ciudad de Luca. Se había hecho preceder de los Gualandi, de los Sismondi y los Lanfranchi, que iban a la cabeza con perros hambrientos diligentes y amaestrados. El padre y sus hijuelos me parecieron rendidos después de una corta carrera, y creí ver que aquellos les desgarraban los costados con sus agudas presas. Cuando desperté antes de la aurora, oí llorar entre sueños a mis hijos, que estaban conmigo, y pedían pan. Bien cruel eres, si no te contristas pensando en lo que aquello anunciaba a mi corazón; y si ahora no lloras, no sé lo que puede excitar tus lágrimas. Estábamos ya despiertos, y se acercaba la hora en que solían traernos nuestro alimento; pero todos dudábamos, porque cada cual había tenido un sueño semejante. Oí que clavaban la puerta de la horrible torre, por lo cual miré al rostro de mis hijos sin decir palabra; yo no podía llorar, porque el dolor me tenía como petrificado; lloraban ellos, y mi Anselmito dijo: ¿Qué tienes, padre, que así nos miras? Sin embargo, no lloré ni respondí una palabra en todo aquel día, ni en la noche siguiente, hasta que el otro Sol alumbró el mundo. Cuando entró en la dolorosa prisión uno de sus débiles rayos, y consideré en aquellos cuatro rostros el aspecto que debía tener el mío, empecé a morderme las manos desesperado; y ellos, creyendo que yo lo hacía obligado por el hambre, se levantaron con presteza y dijeron: Padre, nuestro dolor será mucho menor, si nos comes a nosotros; tú nos diste estas miserables carnes; despójanos, pues, de ellas. Entonces me calmé para no entristecerlos más; y aquel día y el siguiente permanecimos mudos. ¡Ay, dura tierra! ¿Por qué no te abriste? Cuando llegamos al cuarto día, Gaddo se tendió a mis pies, diciendo: Padre mío, ¿por qué no me auxilias? Allí murió; y lo mismo que me estás viendo, vi yo caer los tres, uno a uno, entre el quinto y el sexto día. Ciego ya, fui a tientas buscando a cada cual, lIamándolos durante tres días después de estar muertos; hasta que, al fin, pudo en mí más la inedia que el dolor.
Cuando hubo pronunciado estas palabras, torciendo los ojos, volvió a coger el miserable cráneo con los dientes, que royeron el hueso como los de un perro. ¡Ah, Pisa, vituperio de las gentes del hermoso país donde el sí suena! Ya que tus vecinos son tan morosos en castigarte, muévanse la Capraja y la Gorgona, y formen un dique a la embocadura del Amo, para que sepulte en sus aguas a todos tus habitantes; pues si el conde Ugolino fue acusado de haber vendido tus castillos, no debiste someter a sus hijos a tal suplicio. Su tierna edad patentizaba, ¡oh nueva Tebas!, la inocencia de Ugucción y del Brigata, y la de los otros dos que ya he nombrado.
Seguimos luego más allá, donde el hielo oprime duramente a otros condenados, que no están con el rostro hacia abajo, sino vueltos hacia arriba. Su mismo llanto no les deja llorar; pues las lágrimas, que al salir encuentran otras condensadas, se vuelven adentro, aumentando la angustia; porque las primeras lágrimas forman un dique, y como una visera de cristal, llenan debajo de los párpados toda la cavidad del ojo. Y aunque mi rostro, a causa del gran frío, había perdido toda sensibilidad, como si estuviera encallecido, me pareció que sentía algún viento, por lo cual dije:
- Maestro, ¿qué causa mueve este viento? ¿No está extinguido aquí todo vapor?
A lo cual me contestó:
- Pronto llegarás a un sitio donde tus ejes te darán la respuesta, viendo la causa de ese viento.
Y uno de los desgraciados de la helada charca nos gritó:
- ¡Oh almas tan culpables que habéis sido destinadas al último recinto! Arrancadme de los ojos este duro velo, a fin de que pueda desahogar el dolor que me hincha el corazón, antes que mis lágrimas se hielen de nuevo.
Al oír tales palabras, le dije:
- Si quieres que te alivie, dime quién fuiste; y si no te presto ese consuelo, véame sumergido en el fondo de ese hielo.
Entonces me contestó:
- Yo soy fray Alberigo; soy aquel, cuyo huerto ha producido tan mala fruta, que aquí recibo un dátil por un higo.
- ¡Oh! -le dije-, ¿también tú has muerto?
-No sé cómo estará mi cuerpo allá arriba -repuso-; esta Ptolomea tiene el privilegio de que las almas caigan con frecuencia en ella antes de que Atropos mueva los dedos; y para que de mejor grado me arranques las congeladas lágrimas del rostro, sabe que en cuanto un alma comete alguna traición como la que yo cometí, se apodera de su cuerpo un demonio, que después dirige todas sus acciones, hasta que llega el término de su vida. En cuanto al alma, cae en esta cisterna; y por eso tal vez aparezca todavía en el mundo el cuerpo de esa sombra que está detrás de mí en este hielo. Debes conocerle, si es que acabas de llegar al Infierno: es ser Branca d'Oria, el cual hace ya muchos años que fue encerrado aquí.
- Yo creo -le dije- que me engañas; porque Branca d'Oria no ha muerto aún, y come, y bebe, y duerme, y va vestido.
- Aún no había caído Miguel Zanche -repuso aquél- en la fosa de Malebranche, allí donde hierve continuamente la pez, cuando Branca d'Oria ya dejaba un diablo haciendo sus veces en su cuerpo y en el de uno de sus parientes, que fue cómplice de su traición. Extiende ahora la mano y ábreme los ojos.
Yo no se los abrí, y creo que fue una lealtad el ser con él desleal.
¡Ah, genoveses!, ¡hombres diversos de los demás en costumbres y llenos de toda iniquidad!, ¿por qué no sois desterrados del mundo? Junto con el peor espíritu de la Romanía he encontrado uno de vosotros, que, por sus acciones, tiene el alma sumergida en el Cocito, mientras que su cuerpo aparece aún vivo en el mundo.
CANTO TRIGÉSIMO CUARTO
Vexilla regis prodeunt inferni hacia nosotros. Mira adelante -dijo mi Maestro-, a ver si lo distingues.
Como aparece a lo lejos un molino, cuyas aspas hace girar el viento, cuando éste arrastra una espesa niebla, o cuando anochece en nuestro hemisferio, así me pareció ver a gran distancia un artificio semejante; y luego, para resguardarme del viento, a falta de otro abrigo, me encogí detrás de mi Guía. Estaba ya (con pavor lo digo en mis versos) en el sitio donde las sombras se hallaban completamente cubiertas de hielo, y se transparentaban como paja en vidrio. Unas estaban tendidas, otras derechas; aquéllas con la cabeza, éstas con los pies hacia abajo, y otras por fin con la cabeza tocando a los pies como un arco. Cuando mi Guía creyó que habíamos avanzado lo suficiente para enseñarme la criatura que tuvo el más hermoso rostro, me dejó libre el paso, e hizo que me detuviera.
- He ahí a Dite -me dijo-, y he aquí el lugar donde es preciso que te armes de fortaleza.
No me preguntes, lector, si me quedaría entonces helado y yerto; no quiero escribirlo, porque cuanto dijera sería poco. No quedé muerto ni vivo; piensa por ti, si tienes alguna imaginación, lo que me sucedería viéndome así privado de la vida sin estar muerto. El emperador del doloroso reino salía fuera del hielo desde la mitad del pecho; mi estatura era más proporcionada a la de un gigante, que la de uno de éstos a la longitud de los brazos de Lucifer; juzga, pues, cuál deba ser el todo que a semejante parte corresponda. Si fue tan bello como deforme es hoy, y osó levantar sus ojos contra su Creador, de él debe proceder sin duda todo mal. ¡Oh! ¡Cuánto asombro me causó, al ver que su cabeza tenía tres rostros! Uno por delante, que era de color bermejo; los otros dos se unían a éste sobre el medio de los hombros, y se juntaban por detrás en lo alto de la coronilla, siendo el de la derecha entre blanco y amarillo, según me pareció; el de la izquierda tenía el aspecto de los oriundos del valle del Nilo. Debajo de cada rostro salían dos grandes alas proporcionadas a la magnitud de tal pájaro; y no he visto jamás velas de buque comparables a ellas; no tenían plumas, pues eran por el estilo de las del murciélago; y se agitaban de manera que producían tres vientos, con los cuales se helaba todo el Cocito. Con seis ojos lloraba Lucifer, y por las tres barbas corrían sus lágrimas, mezcladas de baba sanguinolenta. Con los dientes de cada boca, a modo de agramadera, trituraba un pecador, de suerte que hacía tres desgraciados a un tiempo. Los mordiscos que sufría el de adelante no eran nada en comparación de los rasguños que le causaban las garras de Lucifer, dejándole a veces las espaldas enteramente desolladas.
- El alma que está sufriendo la mayor pena allá arriba -dijo el Maestro- es la de Judas Iscariote, que tiene la cabeza dentro de la boca de Lucifer y agita fuera de ella las piernas. De las otras dos, que tienen la cabeza hacia abajo, la que pende de la boca negra es Bruto; mira cómo se retuerce sin decir una palabra; el otro, que tan membrudo parece, es Casio. Pero se acerca la noche, y es hora ya de partir, pues todo lo hemos visto.
Según le plugo, me abracé a su cuello; aprovechó el momento y el lugar favorable, y cuando las alas estuvieron bien abiertas, agarróse a las velludas costillas de Lucifer, y de pelo en pelo descendió por entre el hirsuto costado y las heladas costras. Cuando llegamos al sitio en que el muslo se desarrolla justamente sobre el grueso de las caderas, mi Guía, con fatiga y con angustia, volvió su cabeza hacia donde aquél tenía las zancas, y se agarró al pelo como un hombre que sube, de modo que creí que volvíamos al Infierno.
- Sostente bien -me dijo jadeando como un hombre cansado-; que por esta escalera es preciso partir de la mansión del dolor.
Después salió fuera por la hendidura de una roca, y me sentó sobre el borde de la misma, poniendo junto a mí su pie prudente. Yo levanté mis ojos, creyendo ver a Lucifer como le había dejado; pero vi que tenía las piernas en alto. Si debí quedar asombrado, júzguelo el vulgo, que no sabe qué punto es aquel por donde yo había pasado.
- Levántate -me dijo el Maestro-; la ruta es larga, el camino malo, y ya el Sol se acerca a la mitad de tercia.
El sitio donde nos encontrábamos no era como la galería de un palacio, sino una caverna de mal piso y escasa de luz.
- Antes que yo salga de este abismo, Maestro mío -le dije al ponerme en pie-, dime algo que me saque de confusiones. ¿Dónde está el hielo, y cómo es que Lucifer está de ese modo invertido? ¿Cómo es que, en tan pocas horas, ha recorrido el Sol su carrera desde la noche a la mañana?
Me contestó:
- ¿Te imaginas sin duda que estás aún al otro lado del centro, donde me cogí al pelo de ese miserable gusano que atraviesa el mundo? Allá te encontrabas mientras descendíamos; cuando me volví, pasaste el punto hacia el que converge toda la gravedad de la Tierra; y ahora estás bajo el hemisferio opuesto a aquel que cubre el árido desierto, y bajo cuyo más alto punto fue muerto el Hombre que nació y vivió sin pecado. Tienes los pies sobre una pequeña esfera, que por el otro lado mira a la Judesca. Aquí amanece, cuando allí anochece; y éste de cuyo pelo nos hemos servido como de una escala, permanece aún fijo del mismo modo que antes. Por esta parte cayó del cielo; y la Tierra, que antes se mostraba en este lado, aterrorizada al verle, se hizo del mar un velo, y se retiró hacia nuestro hemisferio; y quizá también huyendo de él, dejó aquí este vacío la que aparece por acá formando un elevado monte.
Hay allá abajo una cavidad que se aleja tanto de Lucifer cuanta es la extensión de su tumba; cavidad que no puede reconocerse por la vista, sino por el rumor de un arroyuelo, que desciende por el cauce de un peñasco que ha perforado con su curso sinuoso y poco pendiente. Mi Guía y yo entramos en aquel camino oculto, para volver al mundo luminoso; y sin concedernos el menor descanso, subimos, él delante y yo detrás, hasta que pude ver por una abertura redonda las bellezas que contiene el Cielo, y por allí salimos para volver a ver las estrellas.
bueno eso fue todo solo son los cantos de El Infierno despues les pongo El Purgatorio y El Cielo
espero q les haya gustado mi post

