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Asesino Serial: El Matricida Satánico.

Info1/20/2011
QUE ONDA OTRO POST QUE HE REALIZADO CON OTRO TEMA MISTERIOSO QUE USTEDES DEBEN DE VER Y SI ES QUE YA LO HAN VISTO VALE LA PENA RECORDARLO, YA SABEN TODAS LAS NOCHES DE TARINGA SON DE MISTERIOS CON ESTOS POST DIARIOS QUE ESTOY HACIENDO, SIN MAS AQUI LA INFO Y VIDEOS DE LA INVESTIGACION DE HOY:



“Yo estaba allí, mirándolos. Y mi madre… de la cabeza le salía un reguero de sangre. Me quedé allí y me reí”.


SEAN SELLERS




Sean Richard Sellers nació en California el 18 de mayo de 1969. Sus padres, una joven de 16 años llamada Vonda y un hombre alcohólico e inestable, se divorciaron cuando él tenía tres o cuatro años. La madre se casó entonces con un camionero, Paul Bellofatto, con el que salía a menudo de viaje por el país, dejando al niño al cuidado de parientes. No obstante, Sean Sellers los acompañaba en muchos de estos viajes.

Cuando tenía seis o siete años, Sean Sellers comenzó a oír voces en su cabeza, que a menudo lo criticaban. En ese momento pensó que todo el mundo oía voces así. Durante años mostró una conducta extremadamente paranoide. En su habitación, ponía hilos en las puertas y cepillaba la alfombra en una dirección determinada antes de salir para saber luego si había entrado alguien. Sufría drásticos cambios de humor, que lo llevaban de la euforia a la depresión suicida. Al llegar a la adolescencia se obsesionó con el Bien y el Mal, con Dios y con el Demonio. Una noche, Vonda Sellers Bellofatto abandonó a su hijo Sean: aunque decía que lo quería, no vivía con él. Sean añoraba su amor y su comprensión, pero jamás los tuvo. Este enorme vacío emocional se llenó cuando se convirtió en miembro de una secta satánica. Sean estuvo solo desde los catorce años, mientras sus padres viajaban como camioneros. Entonces fue cuando se unió a la secta que se reunía en una casa abandonada para practicar sacrificios con muñecas. Coleccionaba objetos rituales. Las reuniones secretas de los satanistas eran una expresión de desafío contra los adultos.


LA CASA DONDE SE REUNIA LA SECTA


Sellers se extraía sangre y la guardaba en el refrigerador, en frascos que a veces bebía en la escuela. Llevaba a cabo actos de automutilación, como introducirse objetos puntiagudos en el cuero cabelludo. Comenzó a tomar drogas, entre ellas, anfetaminas que lo ayudaban a mantenerse despierto para realizar sus ritos. Cuando se dormía, soñaba con matar y mutilar a personas. En cierto momento comenzó a tener sueños en los que mataba a sus padres. El consumo de drogas y la ingestión de sangre eran actos de rebeldía contra el mundo “normal”, representado por esos padres que abandonaban a sus hijos. La apasionada necesidad de amor materno le transformó en el severo juez de sus actos. Había sufrido una seria privación emocional, y la combinación de drogas alucinógenas y magia negra, mermó trágicamente el sentido moral que pudiera tener. El valor de la vida era insignificante para él. Sobre esos días, Sellers declararía:

dijo:

“Invitaba a los demonios a entrar en mi cuerpo y oía todas esas voces en mi cabeza... Me decían cosas como ‘dispara contra la clase, mata a todos los de la clase’. Al principio me gustaba. Luego llegué a un punto en el que perdía el contacto con mis emociones. Llevaba mucho tiempo sin sentir nada. Ya no podía llorar. Sólo me sentía vacío por dentro. No era odio ni enfado, sino vacío”.



En septiembre de 1985, un sábado por la noche, Sean Sellers, ya con dieciséis años de edad, tomó prestada una pistola Magnum 357 que pertenecía al abuelo de su amigo Richard y los dos amigos se fueron con ella al supermercado Circle K, cuyo dependiente, Robert Bower, se había negado en una ocasión a venderles un lote de seis latas de cerveza. Al llegar al mostrador, charlaron con él un momento mientras terminaba su café; entonces, sin previo aviso, Sean sacó el arma y le disparó en la cabeza.

Poco después de la medianoche del martes 4 de marzo, Sean Sellers apagó dos velas, una blanca y otra negra, que ardían en su habitación del dúplex en que vivía en la ciudad de Oklahoma y salió sigilosamente al vestíbulo. Satán lo ayudaba. Y esa noche, Satán dictó una sentencia de muerte. Sean lo escuchó. Descalzo y vestido sólo con la ropa interior, se movió lo más deprisa posible. Llevaba en las manos una pistola Smith and Wesson calibre .44 que pertenecía a su padrastro, Paul Bellofatto. Abrió la puerta de la habitación. Paul y Vonda, su madre, dormían plácidamente. Sean se detuvo lo suficientemente cerca de la cabecera de la cama de agua, para asegurarse de que estaban profundamente dormidos. Entonces levantó el arma tranquilamente y efectuó un disparo en la cabeza de Bellofatto. Vonda Sellers se despertó confusa al oír el tiro y alargó la mano para tocar a su marido, justo cuando su hijo volteaba la pistola hacia ella y disparaba de nuevo. A diferencia de su esposo, ella no murió instantáneamente. La primera bala le atravesó la mejilla y se desplomó aturdida sobre la cama tratando de identificar entre las sombras al asesino. Tras el segundo disparo, la sangre brotó de un lado de la cabeza y quedó inmóvil sobre la almohada.


LOS CADAVERES DE SU PADRASTRO Y SU MADRE


Sean Sellers salió de la habitación y se dirigió a su recámara. Después de ducharse y vestirse, el joven regresó al cuarto de su madre y lo saqueó. Quitó el pestillo de seguridad de la puerta del patio y la abrió, para que pareciera que alguien la había forzado desde afuera. Luego cogió el coche y recorrió dieciséis kilómetros hasta llegar a la casa de un amigo del colegio, Richard Howard, donde escondió el arma. Los dos compañeros charlaron toda la noche sobre lo que Sellers había sentido al disparar. A las 08:30 horas se marchó rumbo a la pizzería donde trabajaba su madre; pidió hablar con ella. Explicó que se había quedado a dormir en casa de un amigo, que iba a llegar tarde al colegio y que necesitaba que le escribiera una nota para justificar el retraso. Pero no la esperaban hasta las nueve, así que Sellers se marchó diciendo que seguramente la encontraría en casa. Media hora más tarde, los vecinos del tranquilo barrio de Summit Place vieron a Sellers corriendo por la calle, de arriba abajo, gritando algo sobre sangre. Pasaron unos minutos antes de que alguien consiguiera tranquilizarle para que hablara con algún sentido. Lo primero que hizo fue pedir una ambulancia.

Despues de que un detective lo interrogo y el tranquilamente le explico lo que segun habia hecho aquella noche, investigaciones posteriores dieron como resultado que la puerta del jardin habia sido abierta desde dentro sin ser forzada, eso y varias entrevistas con vecinos dieron como resultado y apuntaron al unico sospechoso: Sellers.

El jueves, 6 de marzo de 1986, Sean Sellers fue acusado de tres cargos de asesinato en primer grado. El juicio comenzó el 24 de septiembre de 1986, en el Palacio de Justicia del condado de Oklahoma; presidía la sala el juez Charles Owens. Sean se declaró inocente de todos los cargos. El asesino rubio de los ojos azules permaneció callado el resto del proceso, guardando el código de silencio satánico. Uno de sus abogados, Ravitz, intentó que lo enviaran a un centro de tratamiento para delincuentes juveniles. El ayudante del fiscal del Distrito, Wendell Smith, replicó presentando un informe psicológico en el que se decía que era probable que Sean opusiera resistencia al tratamiento. Smith señaló, además, que estos centros ponen en libertad a los pacientes en dos años, incluso menos, tiempo insuficiente para mantener al asesino fuera de la sociedad. El juez Manville T. Burford estuvo de acuerdo con él y el acusado fue procesado corno un adulto.



El 5 de febrero de 1999, a las 00:17 horas, Sean Sellers fue ejecutado con una inyección letal. Sus últimas palabras fueron: "Toda la gente que me odia ahora y está aquí esperando para verme morir, cuando se levante por la mañana, no se va a sentir diferente”.

dijo:

“¡Ahí lo tenéis señores es la bestia! ¡El hombre sin entrañas, el ladino, el ser más despreciable, el asesino que priva de la vida sin molestia! ¡Es un chacal! malvado y truculento, un ente sin piedad ¡Un matricida! Quien con sus garras arrancó la vida de la mujer que le brindó el sustento. De la mujer que lo veló de niño, de la mujer que lo forjó en su sangre, de esa mujer que como toda madre le arrulló alguna vez en su corpiño…” Efraín Alatriste Nava. “El Matricida”





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