Abel Basti: “Hitler murió en los años 60 en Argentina”
Aspecto externo de la finca patagónica San Ramón, de 10.000 hectáreas, situada a 15 kilómetros de Bariloche, en la que vivió Adolf Hitler, según el investigador Abel Basti. Esta propiedad estuvo en manos de alemanes desde principios del siglo XX, cuando perteneció al principado germánico de Schamburg-Lippe.
El investigador, experto en nazis fugados a latinoamérica, ultima la publicación de ‘Destino Patagonia’ y prepara un filme con financiación europea, así como una expedición para recuperar el supuesto submarino en el que huyó Hitler desde Vigo.
El investigador Abel Basti, uno de los mayores expertos en nazis fugados a Latinoamérica, ha publicado ya Bariloche nazi (2004) y Hitler en la Argentina (2006), en los que desmenuza las supuestas andanzas del líder del nazismo y su esposa Eva Braun en Argentina en base a documentos oficiales argentinos y estadounidenses, y a gente que asegura haber visto e incluso atendido al matrimonio. Toda la prensa española se hizo eco este verano del avance de su tercer libro Destino Patagonia, que será publicado a finales de año, al asegurar que tiene “pruebas fehacientes” de la llegada del führer a España en abril de 1945. Basti, que reveló a LA OPINIÓN que su investigación apunta a que el dictador nazi fue embarcado en Vigo rumbo a Argentina en un submarino, tiene en marcha una película sobre los nazis con investigadores europeos, así como una expedición para recuperar el supuesto submarino en el que Hitler habría viajado a la Patagonia desde Vigo.
–¿Cuál es su tesis de la fuga de Hitler?
–Actualmente estoy terminando de escribir el libro Destino Patagonia, donde se describe con detalle cómo se fugaron Hitler y Eva Braun. Hitler escapó vía aérea a Austria y luego a Barcelona, España. La última etapa fue en submarino, desde Vigo, con rumbo directo al litoral de la Patagonia. Finalmente en automóvil, Hitler y Eva Braun, en un auto con chofer y guardaespaldas —una caravana de por lo menos tres automóviles—, se trasladaron hasta Bariloche. Allí se refugiaron en la estancia San Ramón, ubicada a unos 15 kilómetros al este de ese pueblo. Se trata de una estancia de 100.000 hectáreas, con costa en el lago Nahuel Huapi, que históricamente estuvo en manos de alemanes, desde principios del siglo XX, época en que pertenecía a un principado alemán, el de Schamburg-Lippe.
–¿Cómo vivió Hitler en Argentina?
–Hitler vivió con su esposa y sus guardaespaldas en situación de fugitivo. Los primeros años estuvo en la Patagonia y luego vivió en provincias ubicadas más al norte. Durante los primeros años mantuvo reuniones en diferentes partes de Argentina e inclusive en el exterior —Paraguay— con otros nazis y referentes de la derecha internacional. No tenía el clásico bigotito y estaba rapado, así que no era fácilmente reconocible. Vivió alejado de los grandes centros urbanos, aunque tuvo reuniones en Buenos Aires. Murió en los años 60 en Argentina, siendo en este momento un tema de mi investigación sus últimas horas y el destino final de sus restos.
–¿En qué pruebas se basa?
–En documentos desclasificados y otros a los que he tenido acceso. Pruebas históricas son la posición pública de Stalin, quien hasta su muerte en 1953 sostuvo que Hitler había escapado. Stalin les comunicó esta misma información a los aliados en 1945. Hay tres versiones taquigráficas de Stalin en las cuales se comprueba que sostuvo que el líder alemán había huido. En Argentina he entrevistado a personas que estuvieron con Hitler. En los archivos rusos hay abundante documentación que demuestra que Hitler escapó.
–¿Qué repercusión tuvo su tesis?
–Mi libro ha tenido una importante repercusión, pero la versión de la fuga es rechazada oficialmente en Rusia, donde descartado sistemáticamente los pedidos de hacer una prueba de ADN a los supuestos restos de Hitler, aunque la reunión que acabo de mantener con el embajador ruso en Buenos Aires me da esperanzas de que esto cambie. Lo mismo ocurre con las naciones involucradas en la guerra: Estados Unidos acaba de reclasificar a 20 años todo el material oficial relacionado con esta historia, y cuando se cumpla ese plazo seguramente volverá a ser reclasificado; los ingleses han reclasificado a 60 años la documentación que demuestra que Hitler escapó. Los investigadores no podemos tener acceso a esa información por ese lapso.
–¿Quién protegió a Hitler?
–Al final de la segunda guerra mundial se produjo un impresionante trasvase de tecnología, cuadros de espionaje —la base de la CIA— y capital nazis a los aliados, que fueron empleados en la incipiente guerra fría. La complejidad de la trama es enorme y aunque Hitler aparece en ella como lo más llamativo y fantástico, desde el punto de vista estratégico fue apenas un elemento menor.
El fenómeno espectacular de la globalización de la información ha producido grandes cambios en los últimos tiempos. La situación no era como hoy durante la Segunda Guerra Mundial, cuando se admitía sin cuestionamientos que los Aliados, liderados por Estados Unidos, eran los abanderados de la libertad, la defensa de los derechos humanos, la moral y de todos los valores positivos de la humanidad. Por el contrario Adolf Hitler representaba al demonio y encarnaba las ideas diabólicas que, a cualquier costo, había que aniquilar. Esta clasificación, en blanco y negro sin grises posibles, fue la que se transmitió y aceptó la humanidad. Bajo esos conceptos se desarrolló el conflicto bélico más grande de la historia que generó millones de muertos y cuantiosos daños.
Pero los acontecimientos recientes, de fines del siglo XX y comienzos del XXI -difundidos masivamente mediante una colosal red global de información- nos permiten vislumbrar que esa “verdad” sobre la Segunda Guerra Mundial podría haber sido distinta. O sea que “el mal” no era una característica exclusiva de Hitler y los nazis, sino que se extendía y ramificaba a los Aliados. Esto hoy es una realidad palpable de la política internacional, la que se puede conocer por las informaciones que nos llegan todos los días de los sucesos que se registran en cualquier lugar del globo. Así por ejemplo sobre el conflicto de Irak se conoció la versión de los norteamericanos pero también otras distintas que trasmitieron las cadenas de información no alineadas a los intereses de Estados Unidos.
Cuando por ejemplo en el 2004 la humanidad pudo ver por televisión los bombardeos que sufrió la población civil de Irak -generalmente sucesos terribles calificados como "daños colaterales"- o las torturas a las que fueron sometidos los prisioneros de guerra iraquíes, por parte del ejército de los Estados Unidos, mucha gente se dio cuenta que John Wayne murió, que no siempre los malos están del otro lado y que el gobierno de USA (United States of America), así como las grandes empresas multinacionales, crean guerras, matan -con armas o generando situaciones de pobreza extrema- y desequilibran a otras naciones, instauran líderes despóticos y sanguinarios, y los sostienen impunemente.
Esto antes también era así, pero la diferencia es que hoy la humanidad puede tener acceso a más datos, provenientes de distintas fuentes, ampliando la cantidad de información necesaria como para poder elaborar una opinión propia.
Años atrás la realidad era muy diferente, especialmente durante la guerra cuando, como se sabe, la verdad se deshace en pedazos. La falta de múltiples canales de información, a diferencia del presente, ayudó a que no se conocieran ciertos hechos que el revisionismo comienza a sacar a la luz más de medio siglo después.
Hay que pensar que Adolf Hitler llegó al poder admirando la política racista de los Estados Unidos e instando a los alemanes a imitar en ese sentido a los norteamericanos. En la década del ‘20, cuando difundía la ideología nazi, Hitler decía: “Al prohibir terminantemente la entrada en su territorio de inmigrantes afectados de enfermedades infecto-contagiosas y excluir de la naturalización, sin reparo alguno, a los elementos de determinadas razas, los Estados Unidos reconocen en parte el principio que fundamenta la concepción racial del Estado Nacionalsocialista”.
Hitler se mantuvo en el poder, antes y durante la guerra, recibiendo el apoyo permanente de los sectores de la ultraderecha de la nación del norte y de Inglaterra. Esta situación es clave para comprender los hechos que se narran en esta obra: el vínculo entre nazis y anglo-norteamericanos fue mayor del que se piensa.
Al respecto todos los días surgen elementos y pruebas nuevas que comprometen en ese sentido a quienes fueran reconocidos políticos, empresarios y militares de la nación más poderosa del planeta.
El mundo de hoy nos ayuda a comprender una versión no oficial de la historia, sobre la cual este libro representa solamente un pequeño aporte, un grano de arena para conocer la verdad. Si Hitler escapó en 1945 -sobre su suerte se construyó un gran fraude cuya piedra angular era el supuesto suicidio- es impensable que esto ocurriera sin apoyo de Estados Unidos y de poderosos sectores ideológicos afines al Führer, independientemente del país donde se encontraran los partidarios del nazismo.
Esta afirmación -que suele golpear y que en principio genera asombro pero raramente indiferencia- tiene una explicación posible en el contexto internacional que se registraba a fines de la Segunda Guerra.
Fueron los rusos, o sea las fuerzas comunistas, las que avanzaron sobre Berlín en dirección al bunker donde un Hitler de 56 años resistía los acontecimientos que a esa altura, como él mismo sabía, eran irreversibles.
Fueron los soviéticos quienes doblegaron las fuerzas de defensa de la ciudad y finalmente ingresaron al hasta entonces inexpugnable refugio de Berlín para apresar a Hitler.
A esa altura de los sucesos -los nazis ya sabían que perderían la guerra desde hacía un par de años y por ello habían preparado un plan de evacuación- el Führer, el gran enemigo que en un momento había parecido invencible, estaba derrotado. Pero aun así era útil en la lucha contra el comunismo en Europa. Esto lo sabían los Aliados y la muerte de Hitler hubiera representado una gran pérdida -si no la mayor que podría ocurrir respecto a los líderes anticomunistas- para una futura contienda contra los soviéticos. En consecuencia Estados Unidos, y especialmente los intereses de la derecha anglo-norteamericana, tenían en claro que había que salvar a Hitler.
Se podía sacrificar, tal como se hizo, una pequeña parte de la “primera línea” nazi, que fue condenada por los tribunales de Nüremberg, pero no al “número uno”. Gozaban también de protección absoluta su legítima esposa, Eva Braun, así como algunos jerarcas que jamás fueron capturados.
Por eso Hitler es evacuado -el plan original fue concebido por los nazis, así como su instrumentación, pero se pudo ejecutar recién a partir del momento que Berlín recibió la luz verde de Washington- hacia un lugar alejado y seguro en el mundo, como lo era la Patagonia.
Cuando los efectivos soviéticos entraron al refugio de Hitler, el líder ruso Joseph Stalin inmediatamente pidió un informe sobre la suerte corrida por el presidente de Alemania. La noticia que le dieron sus generales fue terminante: el hombre más buscado había escapado. En esos mismos términos Stalin comunicó la novedad a Estados Unidos. La ampliación de la impactante información inicial es inquietante ya que los soviéticos afirmaron además que Hitler había huido en submarino, con destino presunto a España o Argentina.
Todo lo antedicho se encuentra documentado -fue publicado inclusive por los diarios de la época- y quien quiera cuestionar la huída de Hitler debería empezar por conocer esta parte de la historia oficial tapada luego con desinformación también oficial.
Era claro en aquel momento -con las fuerzas militares de Stalin sobre Alemania y gran parte de Europa- que se estaba en los albores de una nueva situación mundial, que implicaba una creciente tensión entre los países aliados y el gobierno de Moscú. En definitiva, se enfrentaba el capitalismo contra el comunismo ateo. Los nazis rechazaban la ideología de Carlos Marx y, a diferencia de la ideología de izquierda, permitían la existencia del capital y la iniciativa privada. La economía alemana tenía un fuerte control estatal pero consentía a las empresas particulares y a la propiedad privada. Por lo tanto la posición del Tercer Reich era más cercana a Washington que a Moscú.
El “salvataje” de Hitler significaba un triunfo ante el amenazante “peligro rojo”, dispuesto a avanzar sobre otros países del globo. Era una garantía, una precaución. Una forma de asegurarse la supervivencia de un líder que, a no dudarlo, quizás podía ser útil en el día de mañana. Ese momento futuro se vislumbraba como una tercera guerra mundial -había que hacer retroceder a los rusos de Europa hacia el Este por todos los medios posibles- que podría comenzar a los pocos meses de haber culminado la Segunda. Esto ya estaba en los planes de las potencias aliadas.
¿Quién podría comandar ese combate en Europa contra los soviéticos?
¿Quién con un solo discurso pondría en pie al ejército alemán?
¿Quién haría levantar a las masas en contra de Moscú?
Evidentemente el dirigente más capaz para esa “cruzada” era Hitler. Y el ejército ideológicamente mejor preparado, para ese combate contra el comunismo, era el nazi.
Cuando Berlín se rinde, el 8 de mayo de 1945, los estrategas estaban viendo el día después, el reparto del mundo, el próximo conflicto en puerta y todo lo que ello significaba.
Esta explicación, acerca de la “obligación” de salvar a Hitler, quizás no hubiera sido comprendida hace algunos años atrás, cuando todavía en el mundo occidental se pensaba que había un bando bueno y otro malo. El primero liderado por Estados Unidos, y conformado por países así como sectores empresarios y políticos afines, con intereses comunes, y con “buenas intenciones”. Enfrente el nazismo. De haber sido realmente así Hitler no hubiera tenido escapatoria…
Hoy en cambio, se desnuda la verdad de que los buenos no son tan buenos. Se comprende que la causa de los grandes males del mundo son los fuertes intereses económicos que hacen y deshacen países, generan guerras, y matan a millones de personas inocentes.
Quizás entonces ahora, con esta visión del planeta distinta, asequible a todos por los modernos circuitos de comunicación, la historia del escape de Hitler se vuelve creíble y comprensible. O al menos tema de debate y no una mera verdad impuesta por los intereses de turno. Quizás quienes critican esta nueva visión de la historia puedan hacerlo desde una perspectiva que enriquezca la temática, porque una cosa es segura, sólo de la confrontación de ideas surge la verdad, y cada día más todo parece indicar que ésta fue muy distinta a la que nos contaron.
Dirección de Joseph Mengele en Buenos Aires
En la agenda personal del piloto Nazi Albrecht Boehme
TUMBA DE HITLER: ESTARIA EN PATAGONIA ARGENTINA.
de (KolIsrael.Info) Fabian Spagnoli - Tuesday, 5 de September de 2006, 11:29
Independientemente de los datos y hechos historicos, el peligro es el presente con sus nuevas formas de judeofobia.
Argentina: La presunta estancia de Hitler
Abel Basti lanzó un libro en el que asegura que Hitler pasó sus últimos años de vida totalmente aislado del mundo, en un ambiente bucólico y con la única compañía de su pareja Eva Braun y un grupo minúsculo de fieles guardaespaldas. Murió en la más absoluta impunidad a fines de los años 60. Su tumba, bajo un nombre falso de origen italiano, se encuentra en algún lugar desconocido de la Patagonia argentina.
Esta es la teoría que esboza el periodista y escritor Abel Basti en su libro Hitler en la Argentina, un país que paradójicamente ha sido receptor de numerosos criminales nazis tras la Segunda Guerra Mundial, y alberga al mismo tiempo una de las comunidades judías más importantes del mundo, la tercera después de Israel y Estados Unidos.
La investigación de Basti, nacido en Buenos Aires pero radicado en Bariloche, comenzó en 1994 cuando en esa ciudad patagónica fue arrestado el criminal de guerra nazi Erich Priebke, posteriormente condenado a cadena perpetua en Italia por la muerte de 335 personas el 24 de marzo de 1944, en una acción conocida como la matanza de las Fosas Adreatinas, en las puertas de Roma.
Priebke había vivido décadas en la más absoluta impunidad en la zona de Bariloche, donde habita una numerosa colonia alemana. “Ahí empecé a investigar el fenómeno nazi” en la Patagonia, dice Basti en entrevista con Apro.
Así surgió su primer libro, Bariloche nazi, donde se mencionan los lugares donde llegaron los fugitivos y criminales que escapaban de los aliados tras la guerra.
Basti, excorresponsal de la agencia de noticias Dyn y del diario Ámbito Financiero en la región, ahondó su investigación y empezó “a hacer acopio de mucho material” que, según dice, lo llevó hasta el mismísimo Hitler.
Según cuenta, logró hablar personalmente con “cinco personas” que afirman haber visto al exdictador alemán en distintos puntos de la Argentina y, a través de esos relatos, logró armar la historia que promete seguir en un próximo tercer libro.
Anuencia aliada
Basti sostiene en su libro que Hitler no se suicidó junto con su compañera Eva Braun en su búnker de Berlín, ante el asedio de los soviéticos en el final de la guerra. “Tenía un plan de escape elaborado en los últimos años y ese plan era refugiarse en la Patagonia”, dice.
“La historia oficial niega la llegada de un grupo de submarinos nazis a las costas de la Patagonia tras el conflicto. Pero tras la rendición alemana arribaron a nuestras costas 12 submarinos que seguían un plan de escape. Uno de sus capitanes fue German Wolf, ya fallecido, y a cuyo círculo íntimo entrevisté y pude conocer la historia”, señala Basti.
En uno de esos submarinos, cuenta, viajaban Hitler y Braun, 30 años menor que el dictador nazi, con la anuencia de los Aliados.
“Los nazis y los Aliados tenían un enemigo en común: los soviéticos. El acuerdo incluyó, además del escape de Hitler y de un grupo de jerarcas, el resguardo del capital del Tercer Reich. Les dieron apoyo. Estados Unidos recibió 300 mil nazis entre científicos, soldados y hasta criminales de guerra. Los reciclaron en instructores de boinas verdes, expertos en tecnología espacial, desarrollo nuclear y misilístico”, indica.
Basti afirma que logró reconstruir las vías de escape a través del relato de personas que convivieron con jerarcas perseguidos por su papel en la guerra y crímenes cometidos en ella.
“Hubo distintas vías de escape. El grueso de los nazis lo hizo mediante barcos, desde Génova y otros puertos bajo protección aliada. Tengo el relato de la mujer de un excapitán nazi que cuenta cómo les daban pasaportes falsos argentinos cuando embarcaban”, señala.
El plan, asegura, “era del conocimiento de la dictadura militar que entonces gobernaba argentina. Posteriormente, el gobierno de Juan Domingo Perón (1945-1955) siguió dando amparo a los nazis”.
--¿Por qué la Argentina?
--Porque para Hitler la Patagonia representaba cierta seguridad por las distancias. La región es casi un continente, con baja densidad de población, 3 mil kilómetros de costas, y una zona andina cuyo clima es similar al europeo. Por entonces era inaccesible y tenía una eventual salida hacia el Pacífico.
“La zona había sido estudiada por un espía alemán, el almirante Canaris Wilhem. Su estudio encajaba perfectamente con el plan para resguardar a Hitler”, dice.
“El país –prosigue-- se pobló de nazis: el médico Joseph Menguele (quien murió en Paraguay), Adolf Eichman (secuestrado en Buenos Aires por una célula israelí y ejecutado en Israel en 1961) y Priebke, entre muchos otros, vivieron muy tranquilos en Argentina”.
El periplo
El libro de Basti asegura que Hitler vivió los últimos años de su vida en compañía de Eva Braun, con quien se habría casado en su búnker de Berlín antes de suicidarse, según la historia oficial.
“Tras su desembarco, se radicó en la estancia San Ramón, a 20 kilómetros de Bariloche, que pertenecía a capitales alemanes. Allí vivió por lo menos algunos meses. Fue el primer campo alambrado de la región; tenía 6 mil hectáreas. Los descendientes de la cocinera de la hacienda (ya fallecida) me contaron que la mujer relataba historias de cuando atendía personalmente a Hitler”, sostiene Basti.
De acuerdo con el libro, por ese entonces Hitler se mantenía activo. Sostenía reuniones periódicas con representantes de la Croacia nazi. “Entrevisté a un testigo de esas reuniones”, afirma el periodista.
Este testigo relató que entonces “había una expectativa de Tercera Guerra Mundial entre aliados y rusos, y en ese caso, una alternativa era que resucitara Hitler y liderara el ejército nazi para combatir el comunismo. Esa expectativa se fue perdiendo con la Guerra Fría”, dice.
El “círculo íntimo” de Hitler, según Basti, “era muy limitado”. Las únicas autoridades argentinas que conocían su estancia en el país y sus actividades eran el entonces presidente Juan Domingo Perón y su amigo y consejero Jorge Antonio. “Y no muchos más”, agrega.
“La hija de un general amigo de Perón cuenta que Hitler visitaba a su padre en Buenos Aires. Este hombre formaba parte de un circulo muy cerrado de argentinos y nazis alemanes y croatas que conocían la situación”, prosigue.
Y agrega: “Después, Hitler tuvo una permanencia en el sur de la Patagonia, luego hay movimientos por el norte, hasta que recaló en la provincia de Córdoba (centro del país).
“Entrevisté a una persona que lo atendía en la localidad de La Falda. Allí estaban los principales financistas nazis”, afirma.
De acuerdo con su relato, en La Falda hay “cartas, películas y regalos” de Hitler. “Incluso hay documentos del FBI de la época que hablaban de transferencias de dinero del partido nazi a la Argentina”, sostiene.
“Vi cartas (de Hitler) con fechas anteriores al suicidio. Entrevisté al depositario de las cartas y fotos, y a la única mujer que vivía en el chalet donde estuvo Hitler. Se llama Catalina Gomero, es la hija adoptiva de un matrimonio, dueño del hotel El Edén, que dio albergue a Hitler en la zona de La Falda”, señala.
Y prosigue: “Ella recuerda una estadía muy corta en 1949 y, después, un traslado al cerro Paz de Azúcar, cerca de La Falda. Era un lugar desolado. Lo llevaron allí a un chalet de su propiedad y lo asistían desde la ciudad. Un chofer le llevaba víveres y elementos para vivir, y ellos iban todos los domingos a visitarlo y se quedaban a almorzar. Hitler se movía con Eva Braun, y lo cuidaban dos guardaespaldas alemanes”.
Basti añade que la estadía duró varias semanas. Luego “todas las semanas entraba una llamada de Hitler, vía operadora, desde Mendoza (limítrofe con Chile). Las llamadas duraron hasta 1964”, y cesaron con la muerte del matrimonio dueño del hotel.
El rastro se pierde a fines de los 60. “El seguía viviendo con Eva Braun cuando muere y es enterrado. Esta parte de la historia es motivo de investigación y los expondré en mi próximo libro”, cuenta el periodista.
Sólo señala que Hitler vivió su vida argentina bajo un nombre italiano falso
“Aparentemente, tuvo una vida modesta, no era en el lujo. Si bien aquí vivió en residencias importantes, su condición era de una vida semisecreta. No hacía ostentación. No le faltaba nada, pero vivía en la clandestinidad. Sus últimos años los vivió como cualquier persona anciana: leía mucho, dormía la siesta y no tenía mucho más por hacer en un marco rural”, señala.
--¿De confirmarse esta teoría, como es posible que Israel no interviniera en su captura, como sí lo hizo con otros jerarcas nazis, como Eichman?
--Por alianzas internacionales. Los gobiernos de Estados Unidos y de Gran Bretaña tenían conocimiento de todo. Hay muchos documentos aún clasificados. Da la sensación que se avanzó hasta donde se quiso llegar. Existen documentos que ya debían haberse desclasificado y fueron reclasificados por otros 20 años. Algún motivo debe haber.
--¿Y qué pasó con Eva Braun?
--Hitler debe haber muerto a los 80 años. Eva Braun tenía 30 años menos y no hay ningún indicio sobre su suerte. Le perdí el rastro. Es un gran misterio. Hoy podría ser una anciana de 90 años.
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HASTA LUEGO.........