InicioInfoChina, Estados Unidos y el nuevo orden mundial
Dejo tres textos referidos al tema

142fc496eac1104b24ae30fdcb1cffa1.11711001451




China presta más dinero a países en desarrollo que el Banco Mundial


Entre 2008 y 2010 China prestó más dinero a los países en desarrollo que el Banco Mundial, en particular para asegurar sus necesidades de materias primas, según un reporte de Financial Times.

Dos bancos estatales chinos, el China Development Bank y el China Export-Import Bank otorgaron préstamos por 110.000 millones de dólares a los países en desarrollo en 2009 y 2010, mientras que el Banco Mundial financió proyectos por 100.300 millones de dólares entre mediados de 2008 y mediados de 2010, un monto inusualmente elevado para esta institución, que se explica por su voluntad de contrarrestar los efectos de la crisis financiera.






En momentos en que los bancos de los países desarrollados sufrían de falta de liquidez, China firmó acuerdos con países productores para financiar la extracción de petróleo y otros recursos naturales. Los acuerdos petroleros incluían grandes préstamos y fueron firmados por los bancos chinos con Rusia, Venezuela y Brasil.

Otros préstamos fueron utilizados para financiar la compra de equipos para la producción de electricidad por una empresa india, para infraestructura en Ghana o para un ferrocarril en Argentina. Algunos de estos préstamos fueron hechos en yuanes, en el marco de una política para aumentar el uso de la moneda china en el extranjero.

Financial Times señala que estos préstamos, con un importante apoyo del gobierno chino, fueron concedidos en condiciones más favorables que las del Banco Mundial u otros bancos, mientras que otros lo fueron en condiciones cercanas a las normas internacionales.



http://mamvas.blogspot.com/2011/01/china-presta-mas-dinero-paises-en.html?utm_source=feedburner&utm_medium=feed&utm_campaign=Feed%3A+feedburner%2FDqyr+%28Jaque+al+Neoliberalismo%29&utm_content=Google+International





China y el nuevo orden mundial


Noam Chomsky


En medio de todas las supuestas amenazas a la superpotencia mundial reinante, un rival está emergiendo en silencio y con fuerza: China. Y Estados Unidos está analizando de cerca las intenciones de ese país.

El 13 de agosto, un estudio del Pentágono planteó la preocupación de que China estuviera expandiendo sus fuerzas militares de manera que “pudiera neutralizar la capacidad de los buques de guerra estadounidenses de operar en aguas internacionales”, da cuenta Shanker Thom en The New York Times .


Washington ha hecho sonar la voz de alarma de que “la falta de transparencia de China sobre el crecimiento, las capacidades y las intenciones de sus militares inyecta inestabilidad a una región vital del globo”.

Estados Unidos, por el contrario, es bastante transparente sobre sus intenciones de operar libremente a lo largo y ancho de la “región vital del globo” que rodea China (y donde sea).

EEUU publicita su vasta capacidad para hacerlo: con un presupuesto militar en crecimiento que casi alcanza al del conjunto del resto del mundo, cientos de bases militares por todo el planeta, y un indiscutible liderazgo en la tecnología de destrucción y dominación.

La falta de entendimiento de las reglas de urbanidad internacionales por parte de China quedó reflejada en su objeción al plan de que el portaaviones nuclear USS George Washington participara en las maniobras militares de EEUU y Corea del Sur cerca de las costas chinas en julio, alegando que este tendría la capacidad de hacer diana en Pekín.






En cambio, Occidente entiende que dichas operaciones se llevaron a cabo para defender la estabilidad y su propia seguridad.

El término estabilidad tiene un significado técnico en el discurso de las relaciones internacionales: la dominación por parte de EEUU. Así, ninguna ceja se arquea cuando James Chace, ex editor de Foreign Affairs, explicaba que, a fin de conseguir “estabilidad” en Chile en 1973, fue necesario “desestabilizar” el país, derrocando al Gobierno electo del presidente Salvador Allende e instaurando la dictadura del general Augusto Pinochet, que procedió a asesinar y torturar sin miramientos, y estableció una red de terror que ayudó a instalar regímenes similares en otros lugares, con el apoyo de EEUU, por el interés de la estabilidad y la seguridad.

Es fácil reconocer que la seguridad estadounidense requiere un control absoluto. El historiador John Lewis Gaddis, de la Universidad de Yale, dio a esta premisa una impronta académica en Surprise, Security and the American Experience, donde investiga las raíces de la doctrina de la guerra preventiva del presidente George W. Bush. El principio operativo es que la expansión es “el camino a la seguridad”, una doctrina que Gaddis rastrea con admiración dos siglos hacia atrás, hasta el presidente John Quincy Adams, autor intelectual del Destino manifiesto.

En relación con la advertencia de Bush de que los americanos “deben estar listos para acciones preventivas cuando sea necesario luchar por nuestra libertad y defender nuestras vidas”, Gaddis observa que el entonces presidente “se estaba haciendo eco de una vieja tradición, en vez de establecer una nueva” al reiterar principios que varios presidentes ya habían defendido y que desde Adams a Woodrow Wilson “habrían entendido muy bien”.






Lo mismo ocurre con los sucesores de Wilson hasta el presente. La doctrina de Bill Clinton era que EEUU estaba autorizado a utilizar la fuerza militar para asegurar “el acceso desinhibido a mercados clave, suministros energéticos y recursos estratégicos”, sin siquiera la necesidad de inventar pretextos del tipo de los de Bush hijo.

Según el secretario de Defensa de Clinton, William Cohen, EEUU debe consecuentemente mantener una enorme avanzadilla de fuerzas militares “desplegadas” en Europa y Asia “con el fin de moldear la opinión de la gente sobre nosotros”, y “para forjar acontecimientos que afectarán nuestra subsistencia y nuestra seguridad”. Esta receta para la guerra permanente –observa el historiador militar Andrew Bacevich– es una nueva doctrina estratégica, que fue amplificada más tarde por Bush Jr. y por Barack Obama.

Como todo capo de la Mafia sabe, incluso la pérdida de control más sutil puede desembocar en el desmoronamiento del sistema de dominación cuando otros son animados a seguir un camino similar.

Este principio central de poder es formulado como la teoría dominó en el lenguaje de los estrategas políticos. Se traduce en la práctica en el reconocimiento de que el “virus” del exitoso desarrollo independiente puede “contagiarse” en cualquier otro lugar y, de esta manera, debe ser destruido mientras las víctimas potenciales de la plaga son inoculadas, normalmente a manos de brutales dictaduras.

Según el estudio del Pentágono, el presupuesto militar de China se expandió a unos 150.000 millones de dólares, cerca de “la quinta parte de lo que el Pentágono se ha gastado para operar y llevar a cabo las guerras de Irak y Afganistán” en ese año, lo cual es sólo un fragmento del total del presupuesto militar estadounidenes, por supuesto.






Las preocupaciones de Estados Unidos son comprensibles si uno toma en cuenta la virtual e indiscutida suposición de que EEUU debe mantener un “poder incustionable” sobre la mayoría del resto de países, con “una supremacía militar y económica”, mientras asegura la “limitación de cualquier ejercicio de soberanía” por parte de los estados que pueda interferir con sus designios globales.

Estos fueron los principios establecidos por los planificadores de alto nivel y expertos de política exterior durante la Segunda Guerra Mundial, cuando desarrollaron el marco para el mundo de la posguerra, el cual fue ampliamente ejecutado.

EEUU debía mantener esta dominación en una “Gran Área”, que debía incluir, como mínimo, el hemisferio occidental, el lejano Oriente y el antiguo Imperio Británico, incluyendo cruciales recursos energéticos de Oriente Próximo.

Mientras Rusia comenzaba a pulverizar a los ejércitos nazis tras Stalingrado, las metas de la “Gran Área” se extendieron lo máximo posible por Eurasia. Siempre se ha entendido que Europa pudiera escoger seguir una causa alternativa, quizás la visión gaullista de una Europa desde el Atlántico hasta los Urales. La Organización del Tratado del Atlántico Norte nació en parte para contrarrestar esta amenaza y este asunto permanece muy vivo hoy en día en momentos en que la Otan se expande hacia una fuerza de intervención de Estados Unidos, responsable del control de “infraestructuras cruciales” del sistema global del que depende Occidente.

Desde que se convirtiera en la potencia mundial dominante durante la Segunda Guerra Mundial, Estados Unidos ha buscado mantener un sistema global de control. Pero ese proyecto no es fácil de mantener. El sistema se erosiona visiblemente, con implicaciones significativas para el futuro. China es un jugador potencial muy influyente y desafiante.


China y el nuevo orden mundial (y II)


De todas las “amenazas” al orden mundial, la más consistente es la democracia –a menos que esté bajo algún control imperial– y, más generalmente, la afirmación de independencia. Estos temores han guiado al poder imperial a lo largo de la historia.

En Latinoamérica, tradicional patio trasero de Washington, los sujetos son cada vez más desobedientes. Sus pasos hacia la independencia experimentaron un avance adicional en febrero pasado con la formación de la Comunidad de Estados de América Latina y el Caribe, que abarca a todos los países del hemisferio excepto Estados Unidos y Canadá.

Por primera vez desde las conquistas española y portuguesa hace más de 500 años, América Latina está avanzando hacia la integración, un prerrequisito para la independencia. También está empezando a resolver el escándalo interno de un continente dotado de ricos recursos pero dominado por diminutas islas de élites acaudaladas en un mar de miseria.

Además, las relaciones Sur-Sur se encuentran en pleno desarrollo, con China desempeñando un papel destacado tanto como consumidor de materias primas como inversionista. Su influencia está creciendo rápidamente y ha superado a la de Estados Unidos en algunos países ricos en recursos.





Más significativos aún son los cambios en la arena de Oriente Medio. Hace 60 años, el influyente planificador A. A. Berle aconsejó que controlar los incomparables recursos energéticos permitiría “un control sustancial del mundo”. A su vez, la pérdida de control amenazaría el proyecto de dominio global. En los años setenta, los productores importantes habían nacionalizado sus reservas de hidrocarburos, pero Occidente retenía una influencia sustancial. En 1979, Irán se “perdió” con el derrocamiento de la dictadura del Sha, que había sido impuesta por un golpe militar de EEUU y Reino Unido en 1953 para garantizar que este trofeo permaneciera en las manos adecuadas.

Ahora, sin embargo, el control se está escapando incluso de los clientes tradicionales de EEUU.

Las mayores reservas de crudo se encuentran en Arabia Saudí, una dependencia estadounidense desde que EEUU desplazó a Reino Unido en una miniguerra librada durante la Segunda Guerra Mundial. EEUU sigue siendo de lejos el mayor inversor en Arabia Saudí y su mayor socio comercial, y el país árabe apoya la economía estadounidense vía inversiones.

No obstante, más de la mitad de las exportaciones petroleras saudíes se dirigen ahora a Asia, y sus planes de crecimiento apuntan a Oriente. Lo mismo puede resultar cierto con Irak, el país con las segundas reservas más importantes del mundo, si puede reconstruirse después de las asesinas sanciones impuestas por EEUU y Reino Unido y de la posterior invasión. Y la política de EEUU está empujando a Irán, el tercer productor mundial de petróleo, en la misma dirección.






China es actualmente el segundo mayor importador de crudo de Oriente Medio y el mayor exportador a la región, reemplazando a EEUU. Las relaciones comerciales están creciendo de manera acelerada y se han duplicado en los pasados cinco años.

Las implicaciones para el orden mundial son significativas, como lo es el ascenso de la Organización de Cooperación de Shanghái, que incluye buena parte de Asia, pero que ha rechazado a EEUU. Se trata “potencialmente de un nuevo cártel energético que involucra a productores y consumidores”, comenta el economista Stephen King, autor de Perdiendo control: las amenazas emergentes a la prosperidad occidental.

Entre los diseñadores de estrategias políticas y los comentaristas políticos occidentales, 2010 es llamado “el año de Irán”. La amenaza iraní se considera el mayor peligro para el orden mundial y enfoque prioritario de la política exterior de EEUU, doctrina que Europa sigue cortesmente un poco atrás, como de costumbre. Oficialmente se reconoce que la amenaza no es militar. En realidad, la amenaza es de independencia.

Para mantener la “estabilidad”, EEUU ha impuesto severas sanciones a Irán, pero, fuera de Europa, pocos están prestándole atención. Los países no alineados –la mayor parte del mundo– se han opuesto vigorosamente durante años a la política de EEUU hacia Irán.






Las cercanas Turquía y Pakistán se han embarcado en la construcción de nuevos oleoductos hacia Irán, y el comercio va en aumento. La opinión pública árabe está tan encolerizada por las políticas occidentales que la mayoría incluso aprueba el desarrollo iraní de un arma nuclear.

El conflicto beneficia a China. “Los inversores y comerciantes de China ahora están llenando un vacío en Irán a medida que los inversores de muchas otras naciones, particularmente de Europa, se retiran”, informa Clayton Jones en The Christian Science Monitor. En particular, China está expandiendo su papel dominante en las industrias energéticas iraníes.

Washington reacciona a todo esto con un toque de desesperación. En agosto, el Departamento de Estado advirtió de que “si China quiere hacer negocios en todo el mundo, también tendrá que proteger su propia reputación, y si alguien adquiere la reputación de un país dispuesto a evadir y esquivar las responsabilidades internacionales, eso tendrá un impacto a largo plazo… Sus responsabilidades internacionales son claras”. En otras palabras, que debe seguir las órdenes de Washington.

Es poco probable que los líderes chinos se sientan impresionados por tales declaraciones, que constituyen el lenguaje de una potencia imperial tratando desesperadamente de aferrarse a una autoridad que ya no posee. Una amenaza mucho mayor que Irán a su dominio internacional es una China que rehúsa obedecer sus órdenes. Y que, de hecho, como potencia mayor y en crecimiento, las descarta con desprecio.



http://mamvas.blogspot.com/2010/10/noam-chomsky-china-y-el-nuevo-orden.html






Disputas geopolíticas en Asia



Higinio Polo
El viejo topo






A principios del pasado mes de octubre, el ex presidente estadounidense Bill Clinton afirmaba en Yalta (en el foro Yalta European Strategy, o Estrategia Europea de Yalta) que su país debe prepararse para perder su condición de país dominante en la escena internacional. Por ello, Clinton reflexionó en voz alta sobre la conveniencia de que Estados Unidos renunciase a algunos privilegios para prepararse para un mundo nuevo, en el que citó a China y la India como dos potencias en ascenso. Las palabras de Clinton son reveladoras del dilema al que se enfrenta el poder estadounidense: es consciente de su pérdida relativa de influencia, pero mientras algunos sectores (hoy, minoritarios) la consideran inevitable y juzgan conveniente prepararse para ese momento con una política exterior menos agresiva que haga posible una convivencia futura, otros apuestan por la continuidad de una acción imperial que impida, o cuando menos retrase, el temido momento de verse superados por China.

Más allá de la duración de la administración Obama, que puede llegar, a lo sumo, hasta el 2016, Estados Unidos está impulsando hoy una política exterior que pretende, en lo sustancial, limitar los daños de las aventuras exteriores de George W. Bush y preparar la retirada de tropas de Oriente Medio, cuyo elevado presupuesto no puede ya sostener su economía declinante; y, junto a ello, desarrollar su plan de “contención de China”, con la intención de mantener la hegemonía estadounidense en el siglo XXI. Washington sabe que no le va a resultar fácil conseguirlo. Globalmente Estados Unidos busca, a medio plazo, seguir manteniendo la dependencia de la Unión Europea con respecto a su estrategia global; recuperar áreas de influencia en América Latina (por lo que no hay que descartar planes de desestabilización más agresivos que los desarrollados hasta ahora por Estados Unidos en algunos países del continente, e incluso la vuelta a los golpes de Estado); reforzar sus bazas en la disputa por la influencia en África, donde China está consolidando sus alianzas (y soportando las constantes campañas de descrédito lanzadas por los países occidentales, quienes, con consumada hipocresía, le acusan de “colonialismo”); y dificultar el fortalecimiento chino en Asia. Examinaremos aquí con más detalle la situación en Asia, donde, en buena parte, se juega el futuro de la humanidad.

China, Japón, India, la ASEAN (Thailandia, Indonesia, Malaisia, Singapur, Filipinas, Vietnam, Laos, Camboya, Brunei y Myanmar), y las dos potencias exteriores, Estados Unidos y Rusia, son los protagonistas de las disputas geopolíticas en el continente que configurarán el nuevo papel de Asia en el mundo, y entre esos cinco países y el bloque del sudeste se está perfilando, en abierta competencia, un nuevo equilibrio asiático. El conjunto de la Unión Europea está fuera de juego en ese escenario (también las viejas potencias coloniales, Gran Bretaña, Francia y Alemania), donde el tradicional poder económico japonés, la emergencia china y la creación del área de libre comercio entre China y la ASEAN, y los acuerdos desarrollados por el llamado grupo 10+3 (que reúne a los diez países de la ASEAN, más chinos, japoneses y surcoreanos) han situado a la región oriental de Asia en el centro del desarrollo mundial.






En Asia, Estados Unidos busca mantener su hegemonía blanda entre sus mejores aliados asiáticos: Japón, Corea del Sur, Taiwán, Thailandia, Indonesia y Filipinas, donde, en todos ellos, tiene bases militares. También pretende conservar el control de Oriente Medio, reduciendo tropas en Iraq y Afganistán, manteniendo la presión sobre Irán, asegurándose el control del armamento nuclear pakistaní e intentando resolver la “cuestión palestina”, que dificulta su diplomacia en el mundo árabe, para aumentar así su influencia sobre el mundo islámico y seguir disputando el “gran juego” con Moscú y Pekín sobre el Asia central y el Caspio. Además quiere reforzar su posición en el sudeste asiático, donde en la última década ha perdido influencia. Y, por último, quiere atraerse a la India en su esfuerzo por contener a China.

Es obvio que entre las prioridades internacionales de Washington está, en primer lugar, su relación con China, que ha sido definida por el Departamento de Estado estadounidense como “la más importante para el siglo XXI”. En segundo lugar, el control de la situación en Oriente Medio, donde la expansionista política de Bush inició dos guerras, Afganistán e Iraq, y desestabilizó toda la zona, acompañada con el acoso a Irán, el desinterés o impotencia ante Israel para resolver la cuestión palestina, y el indeseado agravamiento de la crisis en Pakistán, no le ha dado los resultados esperados. Después de esas dos áreas, ocupan los siguientes focos de interés de Estados Unidos la relación con Rusia; y, tras ella, con la Unión Europea y, finalmente, la atención hacia América Latina. Al igual que Estados Unidos, también Rusia y la Unión Europea consideran que sus relaciones con China han pasado a formar parte del núcleo central de su estrategia mundial. Si hasta hoy las relaciones entre ambos lados del océano Atlántico eran la cuestión primordial para el predominio mundial de las potencias capitalistas occidentales dirigidas por Estados Unidos, que contaba además con una corona de potencias periféricas clientes que iba desde Japón hasta Australia, pasando por Israel y por los principales países latinoamericanos, el fortalecimiento asiático ha roto ese mosaico, haciendo que las relaciones con China, y, en menor medida, con la India, pasen a ser prioritarias para Washington, pero también para Moscú y Bruselas. Buena parte de la evolución mundial de los próximos años dependerá de hacia qué lado se incline Moscú, que, pese la disminución de su papel estratégico, puede fortalecer tanto a la Unión Europea (si se estableciese un eje París-Berlín-Moscú), como a Washington o Pekín. De hecho, pese al desconcierto y la parálisis en que se encuentra la diplomacia europea, la única posibilidad para la Unión Europea de crear un polo político y económico que pueda hablar en condiciones de igualdad con Washington, Pekín y Delhi pasa por la alianza con Moscú, pero esa es una cuestión que escapa de los límites de este artículo.

Dentro de dos años se celebrarán elecciones presidenciales en Estados Unidos y también en Rusia, y es probable que Moscú haya definido más sus opciones. En muchas cancillerías occidentales se sigue especulando con las diferencias entre Putin y Medvédev, donde, en los círculos del poder ruso, éste último representaría el sector más proclive al entendimiento con Occidente. Es un hecho que pese a la ambivalencia que ha presidido los últimos años de la política exterior rusa, ora atraída por Occidente, ora mostrando interés por Oriente, Moscú no deja de constatar que el poder económico mundial está basculando hacia el área del Pacífico asiático, y eso le hace reconsiderar muchas cosas. Moscú, además, está interesado en desarrollar sus territorios asiáticos, y eso puede hacerlo en asociación con China y otras potencias asiáticas… opción que desagrada en Washington. En los últimos años, la insistencia de la prensa occidental, y también de una buena parte de la rusa, en la supuesta llegada masiva de millones de chinos a Siberia y en la hipotética pérdida de los territorios orientales a favor de China tenía unos claros objetivos: dificultar la colaboración entre Moscú y Pekín, por la vía de sembrar la desconfianza entre ambos y de estimular los sentimientos nacionalistas rusos ante el supuesto peligro chino. Ese peligro, que se ha revelado falso, ha dejado de asustar a Rusia, pero ha tenido algunos efectos: el gobierno de Medvédev y Putin quiere que el desarrollo de Siberia se produzca en cooperación con China y también con Estados Unidos, Japón y otros países.






Tras las serias tensiones de finales de 2008, debidas a la guerra en Osetia y al proyecto de escudo antisimisiles estadounidense, cuando se inició el mandato del actual presidente de EE.UU., Medvédev y Obama apostaron por un nuevo rumbo en las relaciones entre Moscú y Washington, ilustrado con el gesto de Hillary Clinton entregando en Moscú un simbólico botón de “reinicio” de las relaciones mutuas, deterioradas durante la presidencia de Bush, y que se revelaron frías durante la primera entrevista entre Medvédev y Obama, en Londres, en abril de 2009. La firma del nuevo START (todavía pendiente de ratificación en el Senado estadounidense) pareció inaugurar una nueva etapa, y, además, Medvédev ha insistido en impulsar la colaboración con Estados Unidos y la Unión Europea para modernizar la economía rusa, y bajo su presidencia se han firmado acuerdos de colaboración con Washington en la energía nuclear para usos civiles, para la persecución del tráfico de drogas y para la continuidad de las facilidades logísticas que ofrece Moscú para el ejército estadounidense en Afganistán. A finales de 2010, las principales diferencias siguen centrándose en la vinculación entre armamento nuclear ofensivo y defensivo, con la cuestión del escudo antimisiles estadounidense en Europa, en el futuro de la política de desarme nuclear (la propia ratificación del nuevo Tratado START no es segura), y en las actividades ofensivas que Estados Unidos sigue impulsando en la periferia soviética, desde Georgia y Azerbeiján, y el propio Cáucaso ruso, hasta el Asia central. Además, Washington busca sustituir a Moscú en la relación preferente con Delhi, y limitar en lo posible su acción en Asia, tanto en las antiguas repúblicas soviéticas de Asia central, como en Irán y en las relaciones con países del sudeste asiático como Vietnam, aunque esta última posibilidad se le presenta muy difícil de alcanzar por la política del gobierno vietnamita. La opción estratégica estadounidense de favorecer la desintegración de Rusia ha perdido importancia, pero no se ha descartado. La inercia de las relaciones históricas entre ambas potencias hará que sigan siendo enemigos vigilantes, pese a la propuesta de Medvédev para asociar a Washington y Bruselas al programa ruso de modernización económica.

También la relación rusa con China es importante, y puede ser determinante en Asia. En febrero de 2009, las compañías petrolíferas rusas Transneft y Rosneft suscribieron un acuerdo con la CNPC (Corporación Nacional del Petróleo de China) por el que Rusia recibió un crédito de veinticinco mil millones de dólares para construir el “ramal chino” del oleoducto que unirá Siberia oriental con el océano Pacífico, y que permitirá suministrar a China quince millones de toneladas de petróleo anuales hasta el año 2030. La parte del oleoducto que transcurre por territorio ruso para llevar el petróleo a China se concluyó el verano de 2010 y fue motivo de un nuevo encuentro de Medvédev y Hu Jintao, y Wen Jiabao, en Pekín a finales de septiembre, donde Wen definió a Rusia como "el socio estratégico más importante" para China. Hay que recordar que lo que podemos denominar el “partido prooccidental” de los círculos del poder ruso había criticado y puesto numerosas dificultades a la conclusión del proyecto del oleoducto Skovorodino-Daqing. Si se produce un aumento de los intercambios, por el que apuestan Hu Jintao y Medvédev, las posibilidades son enormes: China y Rusia apenas superan los 50.000 millones de dólares anuales en intercambios comerciales, mientras que el saldo entre China y Estados Unidos es de 300.000 millones. De hecho, en las importaciones petrolíferas, China todavía importa más petróleo de Arabia, Irán, Angola y Omán que de Rusia.

La búsqueda de la paz y la estabilidad concentra muchos esfuerzos de las potencias asiáticas. Además de las guerras abiertas en Iraq y Afganistán, existen enfrentamientos armados y situaciones de inestabilidad de diversa envergadura en Indonesia, Filipinas, Pakistán, Myanmar, Nepal, India y Sri Lanka. Por ello, Washington quiere asegurarse un papel de intermediario y de guardián de la seguridad asiática, lo que le otorgaría una gran influencia en el futuro del continente. No hay que olvidar que los mecanismos de seguridad en Asia son parciales e incompletos, y muchos de ellos feudatarios de los acuerdos entre Estados Unidos y sus Estados cliente forjados durante la guerra fría o la ocupación de la posguerra mundial, como en Japón y Corea del Sur. China ha desarrollado con éxito, en asociación con Rusia, la OCS, Organización de Cooperación de Shanghai, aunque su objetivo está sobre todo centrado en Asia central para impedir la ampliación de la presencia estadounidense en las cinco repúblicas soviéticas situadas entre el mar Caspio y China. Al mismo tiempo, en un complicado equilibrio, Moscú, que sabe que no le conviene ingresar en ninguna alianza hostil a China (como la del hipotético escudo antimisiles conjunto ruso-estadounidense, o incluso en la aún más hipotética integración en la OTAN, especie lanzada desde el otro lado del Atlántico), y que se opone a la presencia estadounidense en Europa, en especial cerca de sus fronteras, considera, en cambio, que la presencia estadounidense en algunas zonas de Asia puede contribuir a la estabilidad del continente.






Mientras China prosigue la larga marcha hacia su desarrollo y se ha configurado ya como una potencia mundial, Japón juega un papel secundario, importante en el plano económico, por sus intercambios con Corea y China, pero insignificante en las cuestiones políticas, donde su diplomacia sigue siendo de bajo perfil y feudataria de la estrategia estadounidense. Las recientes disputas entre China y Japón (siempre alentadas por Estados Unidos, que pretende mantener ese foco de crisis en el flanco oriental chino, centrado en la cuestión del supuesto peligro norcoreano y en sus lazos históricos con Seúl y Tokio), fueron objeto de la reciente reunión entre los ministros de Asuntos exteriores chino y japonés, Yang Jiechi y Seiji Maehara, después del incidente por la detención del barco pesquero chino y las diferencias sobre las islas Diaoyu. El canciller japonés pidió a China volver a abrir la explotación de gas conjunta en el mar de la China oriental (cuyas negociaciones Pekín suspendió tras la detención del barco pesquero), y que el gobierno chino reanudara la venta a Japón de metales raros que son imprescindibles para las empresas niponas de tecnología sofisticada. China, pese a la severidad de su respuesta a Japón y a la dureza mostrada por su ministro de Asuntos exteriores, pretende rebajar las diferencias e impulsar la cooperación entre ambos, que es vista con desconfianza por Washington. Mientras tanto, Estados Unidos ha conseguido paralizar el propósito del anterior gobierno nipón de desmantelar la base militar estadounidense de Okinawa.

El sudeste asiático es una de las zonas de mayor interés para las grandes potencias. En septiembre de 2010, se celebró en Nueva York (con la significativa ausencia del presidente de Indonesia) la cumbre entre Estados Unidos y la ASEAN, la asociación de países del sudeste asiático, un área de enorme importancia estratégica: baste decir que por el estrecho de Malaca —entre la isla de Sumatra y Malaisia— circulan las dos terceras partes del petróleo mundial, triplicando el volumen del crudo que pasa por el canal de Suez y multiplicando por quince el que atraviesa el canal de Panamá.

En esa cumbre, Obama insistió en arrancar una declaración que pusiese de manifiesto la necesidad de “fortalecer la seguridad marítima”, asegurar el “comercio libre” y mantener la “libertad de navegación” en los mares de Asia oriental, añadiendo que su país pretende desempeñar una función dirigente en la zona. La declaración era un mensaje dirigido a Pekín, y suponía la continuación del viaje realizado por Hillary Clinton a la zona, donde dedicó especial atención a Vietnam, con el propósito de crear nuevas alianzas para Washington en Asia con la vista puesta en China, a quien Estados Unidos califica de peligro para el sudeste asiático. Como si Obama no hubiera aprendido de sus antecesores los riesgos que comporta una obsesiva apuesta por la hegemonía, insistió en la cumbre en que su país debe desempeñar una función de “liderazgo” en el sudeste asiático. Dificulta su política el hecho de que el pacto de libre comercio que desean configurar los países de la ASEAN con Estados Unidos es rechazado por Washington por los problemas que crearía en su propia economía, y también la entorpece el hecho de que China se ha convertido de facto en el principal socio económico de esos países.






De manera que el intento de Obama de preparar una salida del infierno iraquí y afgano (con la retirada parcial de Iraq y el inicio de negociaciones secretas con los talibanes opciones que continúan teniendo una difícil concreción), y el “regreso a Asia” de Estados Unidos, tal y como fue verbalizado por Hillary Clinton, revelan la intención de recuperar parte de sus recursos para, sin perder el control de Oriente Medio, contener en lo posible el fortalecimiento de China. Los países de la ASEAN tienen intereses diversos, pero todos están interesados en el desarrollo económico, y China ofrece una oportunidad única para ellos, puesto que los crecientes intercambios con el coloso chino están fortaleciendo con rapidez el papel del sudeste asiático. De todos ellos, Indonesia —el gigante del área—, Thailandia, y Vietnam con los países más dinámicos y con un mayor potencial de crecimiento. Thailandia e Indonesia, aliados de Washington, basculan entre la fidelidad tradicional hacia Estados Unidos y las oportunidades que abre su creciente relación económica con China. Vietnam, con un rápido crecimiento económico, está siendo tentada por Washington para atraerlo hacia su campo, aunque es muy dudoso que Hanoi, más allá de su interés en mantener buenas relaciones con Estados Unidos, acepte participar en una estrategia de contención antichina. Pero un rasgo de la nueva situación es el propósito estadounidense de estimular en el sudeste asiático los recelos contra China, e incluso de crear peligrosos focos de conflicto, como en Myanmar, aunque también allí está elaborando una nueva estrategia. Es decir, en su regreso a Asia, Washington, en lugar de apostar por una política de cooperación en la zona, estimula los conflictos, seguro de que la desconfianza y el enfrentamiento entre los países del sudeste asiático y entre estos y China son la llave para mantener su hegemonía. Más allá, Washington pretende “internacionalizar” las diferencias entre los países del sudeste asiático en el Mar de la China meridional, para convertirse así en partícipe de las decisiones. No en vano, Obama proclamó, en 2009, su deseo de ser “un presidente procedente del océano Pacífico”.

La reciente celebración en Hanoi de la Conferencia de ministros de Defensa de la ASEAN Ampliada (la llamada ADMM-Plus, que cuenta con los socios de la ASEAN más ocho países “de diálogo”: Australia, China, India, Japón, Corea del Sur, Nueva Zelanda, Rusia y Estados Unidos), propició la reunión entre los ministros de Defensa chino y estadounidense, Liang Guanglie y Robert Gates, tras muchos meses de desencuentro debido a la venta de armas estadounidenses a Taiwán por valor de seis mil cuatrocientos millones de dólares que Pekín consideró una provocación. Liang insistió en la apuesta china por la estabilidad de la zona Asia-Pacífico y por la cooperación con Estados Unidos, planteamiento que Gates no podía sino suscribir. Al mismo tiempo, dada la preocupación de Pekín por el intento de acercamiento de EE.UU. a Hanoi hurgando en las diferencias históricas entre los dos países asiáticos y su propósito de alejarlo de la órbita china, Liang se reunió también con Nong Duc Manh, secretario general del Partido Comunista vietnamita, y con Nguyen Tan Dung, primer ministro de Vietnam.

Las relaciones chinas con la India han mejorado mucho. Desde la firma de la Declaración de principios conjunta de 2003, la apuesta por la colaboración para el desarrollo ha sido el punto de encuentro entre ambos países, aunque las potencias occidentales intentan dificultar el acercamiento. De manera singular, Estados Unidos intenta atraerse a la India a su plan para contener a China, y, a su vez, los acuerdos nucleares estadounidenses con la India son una fuente de preocupación para Moscú; por ello, esa cuestión fue una de las abordadas durante la visita de Vladimir Putin a Delhi, durante el pasado mes de marzo. La India, una potencia en ascenso, está también interesada en la definición de los nuevos equilibrios estratégicos en Asia, donde desempeña un papel creciente aunque secundario.






El llamado BRIC, un concepto que surgió en 2001 en un informe de Goldman & Sachs que analizaba las potencias del futuro, se ha ido consolidando desde los primeros y titubeantes contactos de las cuatro potencias (Brasil, Rusia, India y China) hasta las reuniones que congregan a ministros de diferentes áreas, articulando una colaboración que se concreta ya en una coordinación ante las reuniones del G-20, en la posibilidad de incorporar a Sudáfrica (creando un BRICS) y, sobre todo, en el impulso a la cooperación para el desarrollo, cuestión que agrupa los intereses de los cuatro países, más allá de diferencias históricas como las protagonizadas por China e India. El papel de China en la dinámica del BRIC ha sido el de motor de sus nuevas iniciativas en la escena internacional: en vísperas de la cumbre anterior, celebrada en Brasil, se habían convocado cuatro reuniones de los ministros de Finanzas, los gobernadores de los Bancos Centrales y de los Bancos del Desarrollo, y se entrevistaron también responsables de los Consejos de Seguridad y los ministros de Agricultura, entre otros.

Tanto Moscú como Pekín trabajan por un nuevo orden mundial que sustituya a la declinante hegemonía estadounidense, y ese objetivo conviene al conjunto del planeta porque redundará en una democratización de las relaciones internacionales, que van mucho más allá de los acuerdos y debates en el Consejo de Seguridad de la ONU, y porque, pese a la insistencia de los laboratorios de pensamiento neoliberales en vender la bondad de un mundo dirigido por Washington (“Estados Unidos tiene vocación de líder planetario”, ha afirmado Obama), el resto de países de la Tierra reclaman tener voz en el futuro que se avecina. ¿Por qué iban a aceptar Pekín, Moscú, Delhi o Brasilia que el mundo se dirija desde Washington? Una potencia, Estados Unidos, que no dudó, con Bush, en mantener un Comando Conjunto de Operaciones Especiales (JSOC, en inglés), una unidad de élite clandestina del Pentágono a las órdenes de Cheney, que, según ha revelado Seymour Hersh, viajaba por muchos países para asesinar a personas previamente seleccionadas. En decenas de países de diferentes zonas del mundo ejecutaron no sabemos aún a cuántas víctimas, como tampoco sabemos si esa unidad clandestina continúa existiendo con otro nombre. Ninguna otra potencia mundial ha hecho algo semejante.

Las disputas geopolíticas en Asia cobran así una importancia decisiva en el nuevo equilibrio que está naciendo en el mundo, con graves riesgos porque hay diferencias sustanciales entre las grandes potencias: mientras, no sin daños, Estados Unidos ha hecho de la economía de guerra (Iraq, Afganistán, Pakistán) y de la expansión militar uno de los ejes de su política exterior, Pekín y Moscú, así como Delhi y Brasilia, apuestan por un entorno pacífico para apuntalar su desarrollo económico. De manera que mientras estos consolidan la paz, Estados Unidos no descarta la guerra, y esa evidencia plantea muchos peligros y serios interrogantes para el futuro. La naciente asociación estratégica entre Moscú y Pekín refuerza los vectores pacíficos, y, precisamente por ello, son vistos con tanta preocupación por China tanto las dudas rusas como los intentos de aproximación de EE.UU. a Moscú, conscientes como son, además, de la oscilación de la política exterior rusa de los últimos años, con etapas de atracción hacia oriente y otras hacia occidente.






La globalización económica, que fue vista como una oportunidad para que Estados Unidos y las viejas potencias coloniales europeas se apoderasen de los mercados y de las economías del resto del planeta, debe ser una oportunidad para todos los países, y los beneficios deben alcanzar a todos. Incluso los tradicionales aliados de Estados Unidos, como Japón o la Unión Europea están interesados en esa democratización de las relaciones internacionales, por mucho que su diplomacia continúe la inercia de la vieja sumisión a Washington que nació con la guerra fría.

En ese difícil equilibrio asiático, la diplomacia y los centros de análisis y pensamientos estadounidenses siembran dudas sobre las verdaderas intenciones de China. Así, Foreign Policy, la revista de política internacional que fundó Huntington, afirmaba recientemente que Pekín había dejado atrás la estrategia del “auge pacífico” para internarse en la senda de la dominación de otros países; y el inefable Robert Kaplan escribía en Foreign Affairs, antes del verano, sobre “la geografía del poder chino” sembrando la inquietud sobre el fortalecimiento de Pekín y afirmando que el arco de países formado por Corea del Sur, Japón, Taiwán, Filipinas, Indonesia y Australia contienen la expansión china, y que Taiwán es la clave para contener a Pekín. Otros portavoces de esa línea conservadora de pensamiento, que se resisten a renunciar a la visión de un mundo unipolar, insisten en que Estados Unidos venció en la guerra fría pero que, sin embargo, la nueva distensión no les ha beneficiado, mientras que China sí que ha aprovechado el nuevo clima internacional para su fortalecimiento; incluso llegan a afirmar que el “esfuerzo” y “sacrificio” de los estadounidenses en Iraq y Afganistán no le han reportado más que dificultades políticas y gastos cuantiosos, mientras que China está empezando a hacer negocios en esos países sin haber arriesgado nada, añadiendo que su expansión marítima es un riesgo para la estabilidad mundial. En cambio, esas tesis que postulan la “amenaza china” apenas encuentran defensores entre los círculos de poder y pensamiento rusos.

En los años de la guerra de Corea, Emmet John Hughes, el autor de los discursos de Eisenhower, recordó ante el presidente de EE.UU., utilizando las palabras de John Foster Dulles, que Estados Unidos no podía alcanzar un acuerdo que pusiera fin a la guerra “hasta que hayamos demostrado —ante toda Asia— nuestra aplastante superioridad dando una buena lección a China”. Ese continúa siendo uno de los riesgos y de las tentaciones del gobierno de Washington, prisionero de la visión del papel providencial de Estados Unidos en el mundo y receloso ante los vertiginosos cambios de estos últimos años. Pero cada época tiene su afán. El Diario del Pueblo, órgano central del Partido Comunista Chino, contestaba a esas tentaciones estadounidenses con la publicación, hace unas semanas, de un artículo de Li Hongmei con un revelador título: “El Tío Sam ya está muy viejo para ser líder en Asia”.


Rebelión ha publicado este artículo con el permiso del autor mediante una licencia de Creative Commons, respetando su libertad para publicarlo en otras fuentes.









Barras separadoras extraidas del post: del usuario Psychofixe
Datos archivados del Taringa! original
0puntos
659visitas
0comentarios
Actividad nueva en Posteamelo
0puntos
0visitas
0comentarios
Dar puntos:

Posts Relacionados

Anónimo
0
archivado
Anónimo
0
archivado
Anónimo
0
archivado
Anónimo
0
archivado

Dejá tu comentario

0/2000

No hay comentarios nuevos todavía

Autor del Post

3
Usuario
Puntos0
Posts42
Ver perfil →
PosteameloArchivo Histórico de Taringa! (2004-2017). Preservando la inteligencia colectiva de la internet hispanohablante.

CONTACTO

18 de Septiembre 455, Casilla 52

Chillán, Región de Ñuble, Chile

Solo correo postal

© 2026 Posteamelo.com. No afiliado con Taringa! ni sus sucesores.

Contenido preservado con fines históricos y culturales.