HISTORIA DEL BESO
Por una razón o por otra, parece que los seres humanos se besaron desde siempre.
No sólo eso: también se besan los monos. Claro que hay formas y formas de besarse. Algunas pueden ser dulces y otras, muy
peligrosas...
El beso se produce por una especie de movimiento de aspiración de los músculos de los labios, acompañado por un sonido más o
menos suave. Debe practicarse en contacto con otro ser vivo o con un objeto, caso contrario parecería que se está llamando a un
caballo."
Los besos son de naturaleza diversa, pero pueden agruparse en dos grandes conglomerados; los protocolares y rituales, que
constituyen una fórmula social de saludo afectuoso, que generalmente establecen un anodino contacto entre labios y mejillas, y los
encendidamente amorosos, de boca a boca, que agregan el condimento de la sensualidad y así estimulan las ganas de incrementar el
repertorio de contactos físicos.
Los jerarcas soviéticos prodigaron la excepción a esta regla: se besaban en la boca, en pleno Kremlin, a la vista y consentimiento de
todo el mundo. Todavía ningún politicólogo se atrevió a discernir si esa exótica variante de la promiscuidad contribuyó a precipitar la
decadencia del comunismo.
La palabra beso proviene del latín basium , por lo que ya desde sus orígenes está dotada de notable tersura fonética. Su sola
pronunciación moviliza doce músculos faciales, tantos como el beso mismo. Otros diecisiete músculos, pero de la lengua, se ponen en
acción cuando la peripecia adquiere alto voltaje erótico.
Los antropólogos aceptan que, hace más de dos millones años, los homínidos ya se besaban, así como hoy y siempre se besaron los
chimpancés, y que la costumbre deriva de la instintiva necesidad que sentían las mamás homínidas de masticar la comida hasta
convertirla en papilla para alimentar a sus bebés.
La hipótesis de que halagaran de la misma manera al macho dominante de la manada, en un primitivo gesto de adulación y
sometimiento, no parece exagerada.
Por otra parte, nada es tan cierto como que el hábito de aplicar los labios al ejercicio de la succión sólo progresó en las especies
superiores de la escala zoológica -los mamíferos-, dado que apenas alumbrados se zambullen en la teta materna en procura de leche,
protección y abrigo.
El beso constituye la quinta esencia del placer oral, según Sigmund Freud y su vasta progenie de discípulos. Pero además representa
un atajo en el camino hacia la preservación de la raza humana, y no sólo de ella: el león y la leona restriegan sus hocicos y discurren en
lamidas como parte de un cortejo que rematará, si no rondan las hienas u otras alimañas inoportunas, en feliz apareamiento.
El beso compromete los tres sentidos más directamente emparentados con el deseo sexual: el gusto, el tacto y el olfato. En la pareja
humana, sin embargo, la vista y el oído no se quedan afuera, ya que la aproximación que exige el beso requiere un previo semblanteo
de los atributos estéticos de cada cual y un fervoroso intercambio de ronroneos.
Los bípedos encontraron más satisfactorio hacer el amor cara a cara, frente a frente con su pareja y no como las bestias, y así algunos
hábitos y algunos rasgos femeninos obtuvieron la cualidad de encantos eróticos. Es posible que se besaran ya por placer, de puro
mimosos, y que no bien perdieron su vellosidad corporal, hace unos 40.000 años, las glándulas mamarias femeninas pasaran a integrar
ese caudal de atracciones.
Besos y caricias sensibilizaron una vasta red de conexiones neurológicas entre ésa y otras regiones de la anatomía femenina y los
centros del deseo sexual, encargados de inyectar estrógeno -una hormona que fabrican los ovarios- al torrente sanguíneo. Es como
echar leña al fuego.
La creencia de que el alma se expresa a través del aliento vital, y que un beso en la boca promueve la comunión de dos almas,
determinó que su práctica fuera sacralizada por varias religiones.
Esculturas de templos de la India, construidos hace 4500 años, muestran escenas de besos a los que no se puede endilgar
connotación erótica y ni siquiera la simbología de traicionera denuncia del beso de Judas Iscariote a Jesús, representado en un fresco
del Giotto, en una capilla de Padua, Italia.
Ese intercambio de alientos vitales merece para la ciencia una interpretación ciertamente prosaica: fisiólogos de la Facultad de Medicina
de Estocolmo, Suecia, probaron que un beso en la boca de escasos diez segundos puede deparar la transferencia de unas 350
bacterias si sus efusivos protagonistas son personas saludables. Caso contrario, si por lo menos uno de ellos tiene caries, anginas o
bronquitis, el traspaso de insidiosos microorganismos podría multiplicarse por diez.
Se advierte que los besos largos son los más subyugantes y a la vez los más difíciles de resistir, entre otras razones porque las
sensaciones de ahogo son casi inevitables. Se recomienda no intentarlo si uno está resfriado, con las fosas nasales taponadas.
Como el beso largo debe acercarse a la eternidad, no está de más "practicar la respiración por la nariz durante el día, inhalando y
exhalando aire con la boca cerrada". Adquirida cierta experiencia, el autor vaticina que las sensaciones de asfixia pueden resultar
estremecedoramente placenteras.
Técnicas no menos depuradas demandan los besos que se dan los esquimales, los malayos y los polinesios: no se trata de entrechocar
las narices como si fueran boxeadores; se trata de frotarlas delicadamente, como si cada uno procurara olfatear el perfume (o el hedor)
de la piel del otro.
Charles Darwin interpretó que las raíces de esta forma del besar, extendida con leves diferencias a todas las culturas, se remontan a la
edad de piedra. ¿Qué otro sentido tienen los besos en la mejilla que se dispensan padres e hijos, tíos y sobrinos, hermanos y amigos
entre sí? Simbolizan un reconocimiento olfativo para determinar que, en efecto, unos y otros son integrantes de un mismo clan, de
una misma familia.
Los mafiosos sicilianos son particularmente fieles a este hábito.
Pero el beso más estrafalario, perturbador y peligroso es el que los hirsutos varones de las islas Trobriand asestan, como prolegómeno
de sus juegos sexuales, a las muchachas lugareñas.
La ceremonia comienza a la manera de los esquimales, pero que en cuanto la pareja manifiesta síntomas de enardecimiento "menudean
los mordiscos y las dentelladas, hasta producirse heridas en labios y lenguas". No sólo eso: "También intercambian sanguinolenta saliva
de boca a boca y, en los momentos más intensos, se tiran del pelo con tanta fuerza que frecuentemente arrancan mechones de la
cabeza de su amado. Probablemente, el paso más inusual de este beso sea el del ritual mordisco de las pestañas... Todos los adultos
de las islas Trobriand tienen heridas en los párpados y pestañas raleadas".
Conviene saber que todo flamígero contacto de esa índole lleva de 70 a 150 los latidos por minuto.
Norberto Firpo
Por una razón o por otra, parece que los seres humanos se besaron desde siempre.
No sólo eso: también se besan los monos. Claro que hay formas y formas de besarse. Algunas pueden ser dulces y otras, muy
peligrosas...
El beso se produce por una especie de movimiento de aspiración de los músculos de los labios, acompañado por un sonido más o
menos suave. Debe practicarse en contacto con otro ser vivo o con un objeto, caso contrario parecería que se está llamando a un
caballo."
Los besos son de naturaleza diversa, pero pueden agruparse en dos grandes conglomerados; los protocolares y rituales, que
constituyen una fórmula social de saludo afectuoso, que generalmente establecen un anodino contacto entre labios y mejillas, y los
encendidamente amorosos, de boca a boca, que agregan el condimento de la sensualidad y así estimulan las ganas de incrementar el
repertorio de contactos físicos.
Los jerarcas soviéticos prodigaron la excepción a esta regla: se besaban en la boca, en pleno Kremlin, a la vista y consentimiento de
todo el mundo. Todavía ningún politicólogo se atrevió a discernir si esa exótica variante de la promiscuidad contribuyó a precipitar la
decadencia del comunismo.
La palabra beso proviene del latín basium , por lo que ya desde sus orígenes está dotada de notable tersura fonética. Su sola
pronunciación moviliza doce músculos faciales, tantos como el beso mismo. Otros diecisiete músculos, pero de la lengua, se ponen en
acción cuando la peripecia adquiere alto voltaje erótico.
Los antropólogos aceptan que, hace más de dos millones años, los homínidos ya se besaban, así como hoy y siempre se besaron los
chimpancés, y que la costumbre deriva de la instintiva necesidad que sentían las mamás homínidas de masticar la comida hasta
convertirla en papilla para alimentar a sus bebés.
La hipótesis de que halagaran de la misma manera al macho dominante de la manada, en un primitivo gesto de adulación y
sometimiento, no parece exagerada.
Por otra parte, nada es tan cierto como que el hábito de aplicar los labios al ejercicio de la succión sólo progresó en las especies
superiores de la escala zoológica -los mamíferos-, dado que apenas alumbrados se zambullen en la teta materna en procura de leche,
protección y abrigo.
El beso constituye la quinta esencia del placer oral, según Sigmund Freud y su vasta progenie de discípulos. Pero además representa
un atajo en el camino hacia la preservación de la raza humana, y no sólo de ella: el león y la leona restriegan sus hocicos y discurren en
lamidas como parte de un cortejo que rematará, si no rondan las hienas u otras alimañas inoportunas, en feliz apareamiento.
El beso compromete los tres sentidos más directamente emparentados con el deseo sexual: el gusto, el tacto y el olfato. En la pareja
humana, sin embargo, la vista y el oído no se quedan afuera, ya que la aproximación que exige el beso requiere un previo semblanteo
de los atributos estéticos de cada cual y un fervoroso intercambio de ronroneos.
Los bípedos encontraron más satisfactorio hacer el amor cara a cara, frente a frente con su pareja y no como las bestias, y así algunos
hábitos y algunos rasgos femeninos obtuvieron la cualidad de encantos eróticos. Es posible que se besaran ya por placer, de puro
mimosos, y que no bien perdieron su vellosidad corporal, hace unos 40.000 años, las glándulas mamarias femeninas pasaran a integrar
ese caudal de atracciones.
Besos y caricias sensibilizaron una vasta red de conexiones neurológicas entre ésa y otras regiones de la anatomía femenina y los
centros del deseo sexual, encargados de inyectar estrógeno -una hormona que fabrican los ovarios- al torrente sanguíneo. Es como
echar leña al fuego.
La creencia de que el alma se expresa a través del aliento vital, y que un beso en la boca promueve la comunión de dos almas,
determinó que su práctica fuera sacralizada por varias religiones.
Esculturas de templos de la India, construidos hace 4500 años, muestran escenas de besos a los que no se puede endilgar
connotación erótica y ni siquiera la simbología de traicionera denuncia del beso de Judas Iscariote a Jesús, representado en un fresco
del Giotto, en una capilla de Padua, Italia.
Ese intercambio de alientos vitales merece para la ciencia una interpretación ciertamente prosaica: fisiólogos de la Facultad de Medicina
de Estocolmo, Suecia, probaron que un beso en la boca de escasos diez segundos puede deparar la transferencia de unas 350
bacterias si sus efusivos protagonistas son personas saludables. Caso contrario, si por lo menos uno de ellos tiene caries, anginas o
bronquitis, el traspaso de insidiosos microorganismos podría multiplicarse por diez.
Se advierte que los besos largos son los más subyugantes y a la vez los más difíciles de resistir, entre otras razones porque las
sensaciones de ahogo son casi inevitables. Se recomienda no intentarlo si uno está resfriado, con las fosas nasales taponadas.
Como el beso largo debe acercarse a la eternidad, no está de más "practicar la respiración por la nariz durante el día, inhalando y
exhalando aire con la boca cerrada". Adquirida cierta experiencia, el autor vaticina que las sensaciones de asfixia pueden resultar
estremecedoramente placenteras.
Técnicas no menos depuradas demandan los besos que se dan los esquimales, los malayos y los polinesios: no se trata de entrechocar
las narices como si fueran boxeadores; se trata de frotarlas delicadamente, como si cada uno procurara olfatear el perfume (o el hedor)
de la piel del otro.
Charles Darwin interpretó que las raíces de esta forma del besar, extendida con leves diferencias a todas las culturas, se remontan a la
edad de piedra. ¿Qué otro sentido tienen los besos en la mejilla que se dispensan padres e hijos, tíos y sobrinos, hermanos y amigos
entre sí? Simbolizan un reconocimiento olfativo para determinar que, en efecto, unos y otros son integrantes de un mismo clan, de
una misma familia.
Los mafiosos sicilianos son particularmente fieles a este hábito.
Pero el beso más estrafalario, perturbador y peligroso es el que los hirsutos varones de las islas Trobriand asestan, como prolegómeno
de sus juegos sexuales, a las muchachas lugareñas.
La ceremonia comienza a la manera de los esquimales, pero que en cuanto la pareja manifiesta síntomas de enardecimiento "menudean
los mordiscos y las dentelladas, hasta producirse heridas en labios y lenguas". No sólo eso: "También intercambian sanguinolenta saliva
de boca a boca y, en los momentos más intensos, se tiran del pelo con tanta fuerza que frecuentemente arrancan mechones de la
cabeza de su amado. Probablemente, el paso más inusual de este beso sea el del ritual mordisco de las pestañas... Todos los adultos
de las islas Trobriand tienen heridas en los párpados y pestañas raleadas".
Conviene saber que todo flamígero contacto de esa índole lleva de 70 a 150 los latidos por minuto.
Norberto Firpo