¿Un mundo sin TV?
Quienes, como yo, de un tiempo a esta parte se preguntan –al encender la televisión, o al escuchar accidentalmente el último chusmerío barato sobre alguna “estrella” del jet-set televisivo- cómo sería el mundo sin ese aparato tecnológicamente maravilloso pero potencialmente peligroso según como se lo use (como la energía nuclear, digamos), encontrarán de interés el siguiente artículo que reproduzco.
Bajo el título “Réquiem para una televisión difunta”, el semiólogo argentino Eliseo Verón opina sobre una posibilidad que no por poco probable resulta menos tentadora: ¿llegará el día en que la televisión (ese aparato que comenzó siendo parecido a un mueble, como dice Verón, y que cada día más se parece a un cuadro…) no sólo no ocupe un rol central en la vida de las sociedades sino que incluso desaparezca? Porque la vida sin televisión (y no me refiero al aparato en sí mismo, sino a lo que a través de él se transmite como contenido, como información, como entretenimiento, o como mero producto de consumo) es posible. Sé que para muchos es algo difícil de imaginar, pero hace poco estuve en dos apartamentos en Buenos Aires; en uno no había televisión (no había aparato), en el otro había televisión pero sin conexión de antena ni cable, sólo se usaba para ver DVDs. En ambos casos, sus habitantes parecen personas sanas, inteligentes y, sobre todo, llevan vidas normales y hasta se diría que son felices.
Claro que la ausencia de un televisor (ya sea mueble o plasma) no garantiza la desconexión del mundo ni de contenidos televisivos. Cualquiera que tenga una computadora y una buena conexión a internet puede ver prácticamente cualquier cosa, siempre que así lo quiera. El tema –como con la actual “crisis de la alimentación”- no pasa tanto por tener o no tener, sino por cómo administramos lo que tenemos. Por lo que elegimos ver o no ver, consumir o no. Después de todo, no somos autómatas… ¿cierto?
Leamos a Verón:
Aunque por el momento de una manera discreta, la idea comienza a circular: la televisión tiene los días contados, está condenada. En verdad, algunos de los que trabajamos en distintos lugares del mundo sobre los medios de comunicación estamos alimentando ese rumor voluntaria y cuidadosamente desde hace un cierto tiempo. Han comenzado a publicarse reflexiones sobre la cuestión, se están organizando coloquios y seminarios sobre el asunto en distintos lugares del mundo, inclusive entre nosotros, y uno de los especialistas franceses más reconocidos, Jean-Louis Missika, publicó recientemente un libro cuyo título no podría ser más explícito y directo: El fin de la televisión.
En mi caso particular, la primera vez que me atreví a lanzar el rumor fue en un seminario sobre los públicos de la televisión que tuvo lugar en Arrábida, Portugal, en 2001. Fui bastante criticado, pero menos de lo que me había imaginado. Según mi propia experiencia, tanto en América latina como en Europa, la reacción más inmediata que ese rumor provoca en la mayoría de las personas por así decir normales es de incredulidad y, en muchos casos (particularmente en el Brasil), incluso de hilaridad, como si se tratase de un chiste: la profecía es considerada insólita, absurda, hasta ridícula. ¿Cómo imaginar que esa presencia inseparable de la cotidianidad contemporánea, que ya ha acompañado desde la cuna a varias generaciones de individuos en las sociedades modernas, pueda desaparecer?
Ante todo: ¿de qué se está hablando cuando se anuncia el fin de la televisión? Se está hablando, por decirlo brutalmente, de ese objeto (que comenzó siendo un mueble y que es cada vez más chato) componente esencial del hogar durante ya casi sesenta años, y del sistema económico, técnico y profesional que lo ha sustentado. Y sobre todo de la modalidad de "puesta en el mercado" de los contenidos, inseparable del dispositivo: la grilla de programas. Esa televisión ha sido históricamente, junto con la radio en un segundo plano, la gran organizadora del tiempo social de la cotidianidad durante la segunda mitad del siglo pasado.
Si consideramos el sistema de los medios de comunicación como un mercado de consumo (de discursos), una de sus diferencias con el mercado de consumo de productos es que, hasta ahora y desde el inicio, los productores no sólo han fabricado los contenidos (textos, imágenes, música, etc.), sino que también han programado el consumo: es como si comprara una botella de gaseosa programada para abrirse sólo a tal hora del día o de la noche. Con lo que se suele llamar la "convergencia tecnológica" (informática, audiovisual y telecomunicaciones), ese gran privilegio de los productores de contenidos está condenado a muerte. Y con él morirá la televisión tradicional: como ocurrió desde siempre en el mercado de consumo de productos masivos, la programación del consumo de discursos también será hecha por el consumidor.
¿Subsistirán algunos momentos de encuentros multitudinarios en los que millones de personas, el mismo día y a la misma hora, están consumiendo lo mismo? Sin duda, al menos en el caso de los deportes tan globalizados. ¿Y en la política? Quizá, no lo podemos saber aún. Es verdad que la fantasía de la coincidencia entre "realidad" y "representación", o sea el deseo de presenciar algo que está pasando en el momento mismo en que está pasando, puede tal vez permanecer en terapia intensiva durante mucho tiempo.
En la cultura joven, donde la mutación empieza a sentirse más claramente, están presentes varias actitudes. En Europa, existe ya claramente un sector donde, cuando los jóvenes acceden a la autonomía de vida, el televisor ha desaparecido del entorno doméstico, y el escaso consumo de la TV tradicional se hace por Internet, sin agenda horaria.
En general, el dispositivo que comienza a dibujarse en el mundo joven es un dispositivo multimedia, y "la" televisión ya no tiene una identidad propia.
http://blogdecartelera.blogspot.com/2008/07/un-mundo-sin-tv.html
Quienes, como yo, de un tiempo a esta parte se preguntan –al encender la televisión, o al escuchar accidentalmente el último chusmerío barato sobre alguna “estrella” del jet-set televisivo- cómo sería el mundo sin ese aparato tecnológicamente maravilloso pero potencialmente peligroso según como se lo use (como la energía nuclear, digamos), encontrarán de interés el siguiente artículo que reproduzco.
Bajo el título “Réquiem para una televisión difunta”, el semiólogo argentino Eliseo Verón opina sobre una posibilidad que no por poco probable resulta menos tentadora: ¿llegará el día en que la televisión (ese aparato que comenzó siendo parecido a un mueble, como dice Verón, y que cada día más se parece a un cuadro…) no sólo no ocupe un rol central en la vida de las sociedades sino que incluso desaparezca? Porque la vida sin televisión (y no me refiero al aparato en sí mismo, sino a lo que a través de él se transmite como contenido, como información, como entretenimiento, o como mero producto de consumo) es posible. Sé que para muchos es algo difícil de imaginar, pero hace poco estuve en dos apartamentos en Buenos Aires; en uno no había televisión (no había aparato), en el otro había televisión pero sin conexión de antena ni cable, sólo se usaba para ver DVDs. En ambos casos, sus habitantes parecen personas sanas, inteligentes y, sobre todo, llevan vidas normales y hasta se diría que son felices.
Claro que la ausencia de un televisor (ya sea mueble o plasma) no garantiza la desconexión del mundo ni de contenidos televisivos. Cualquiera que tenga una computadora y una buena conexión a internet puede ver prácticamente cualquier cosa, siempre que así lo quiera. El tema –como con la actual “crisis de la alimentación”- no pasa tanto por tener o no tener, sino por cómo administramos lo que tenemos. Por lo que elegimos ver o no ver, consumir o no. Después de todo, no somos autómatas… ¿cierto?
Leamos a Verón:
Aunque por el momento de una manera discreta, la idea comienza a circular: la televisión tiene los días contados, está condenada. En verdad, algunos de los que trabajamos en distintos lugares del mundo sobre los medios de comunicación estamos alimentando ese rumor voluntaria y cuidadosamente desde hace un cierto tiempo. Han comenzado a publicarse reflexiones sobre la cuestión, se están organizando coloquios y seminarios sobre el asunto en distintos lugares del mundo, inclusive entre nosotros, y uno de los especialistas franceses más reconocidos, Jean-Louis Missika, publicó recientemente un libro cuyo título no podría ser más explícito y directo: El fin de la televisión.
En mi caso particular, la primera vez que me atreví a lanzar el rumor fue en un seminario sobre los públicos de la televisión que tuvo lugar en Arrábida, Portugal, en 2001. Fui bastante criticado, pero menos de lo que me había imaginado. Según mi propia experiencia, tanto en América latina como en Europa, la reacción más inmediata que ese rumor provoca en la mayoría de las personas por así decir normales es de incredulidad y, en muchos casos (particularmente en el Brasil), incluso de hilaridad, como si se tratase de un chiste: la profecía es considerada insólita, absurda, hasta ridícula. ¿Cómo imaginar que esa presencia inseparable de la cotidianidad contemporánea, que ya ha acompañado desde la cuna a varias generaciones de individuos en las sociedades modernas, pueda desaparecer?
Ante todo: ¿de qué se está hablando cuando se anuncia el fin de la televisión? Se está hablando, por decirlo brutalmente, de ese objeto (que comenzó siendo un mueble y que es cada vez más chato) componente esencial del hogar durante ya casi sesenta años, y del sistema económico, técnico y profesional que lo ha sustentado. Y sobre todo de la modalidad de "puesta en el mercado" de los contenidos, inseparable del dispositivo: la grilla de programas. Esa televisión ha sido históricamente, junto con la radio en un segundo plano, la gran organizadora del tiempo social de la cotidianidad durante la segunda mitad del siglo pasado.
Si consideramos el sistema de los medios de comunicación como un mercado de consumo (de discursos), una de sus diferencias con el mercado de consumo de productos es que, hasta ahora y desde el inicio, los productores no sólo han fabricado los contenidos (textos, imágenes, música, etc.), sino que también han programado el consumo: es como si comprara una botella de gaseosa programada para abrirse sólo a tal hora del día o de la noche. Con lo que se suele llamar la "convergencia tecnológica" (informática, audiovisual y telecomunicaciones), ese gran privilegio de los productores de contenidos está condenado a muerte. Y con él morirá la televisión tradicional: como ocurrió desde siempre en el mercado de consumo de productos masivos, la programación del consumo de discursos también será hecha por el consumidor.
¿Subsistirán algunos momentos de encuentros multitudinarios en los que millones de personas, el mismo día y a la misma hora, están consumiendo lo mismo? Sin duda, al menos en el caso de los deportes tan globalizados. ¿Y en la política? Quizá, no lo podemos saber aún. Es verdad que la fantasía de la coincidencia entre "realidad" y "representación", o sea el deseo de presenciar algo que está pasando en el momento mismo en que está pasando, puede tal vez permanecer en terapia intensiva durante mucho tiempo.
En la cultura joven, donde la mutación empieza a sentirse más claramente, están presentes varias actitudes. En Europa, existe ya claramente un sector donde, cuando los jóvenes acceden a la autonomía de vida, el televisor ha desaparecido del entorno doméstico, y el escaso consumo de la TV tradicional se hace por Internet, sin agenda horaria.
En general, el dispositivo que comienza a dibujarse en el mundo joven es un dispositivo multimedia, y "la" televisión ya no tiene una identidad propia.
http://blogdecartelera.blogspot.com/2008/07/un-mundo-sin-tv.html