
El joven tunecino Mohamed Buazizi, convertido en símbolo de la revuelta árabe y de cuya muerte se cumplen mañana dos meses, no solo quemó su propia humillación al inmolarse, sino que también prendió fuego al "viejo regimen" árabe.
Sin pretenderlo, Buazizi, un humilde vendedor ambulante de 26 años, que poseía un título univeristario en informática, puso en evidencia la desconexión entre los dirigentes que se perpetuaban en el poder y las jóvenes poblaciones con ansias de cambio y transparencia, que se mueven sin censura en internet.
Cuando la policía confiscó a Buazizi el carrito de fruta y verdura y el joven se roció con nafta, el fósforo que lo quemó también incendió la línea roja entre poblaciones sin expectativas económicas y sus dirigentes y clanes familiares, con millones de dólares en cuentas corrientes fuera de sus países.
Pocas veces en la historia el sacrificio de un joven pobre y desconocido ha terminado con un Gobierno y un líder autócrata instalado en el poder durante más de dos décadas. La historia de Bouazizi, atormentado por la imposibilidad de encontrar un trabajo mientras el precio de los alimentos continúa al alza, no es un hecho aislado. El 40% de la población de los países árabes, es decir, más de 140 millones de personas, está por debajo del índice de la pobreza. Y lo que es peor, el dato no ha mejorado en los últimos 20 años.
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