dijo:De niño, en las películas del Oeste, en las que me gustaba zambullirme para imaginar que transitaba parajes infecundos y vastos donde era posible la aventura, cuando las cosas se ponían feas y los indios amenazaban con arrancarte la cabellera, de repente, al final de la escapada, siempre aparecía un deus ex machina oxigenante: los muchachos del Séptimo de Caballería recomponiendo el caos.
Ahora que las sociedades han roto prejuicios tontos y el Séptimo de Caballería es negro o twitea en los despachos de Bruselas, más que nunca, a los que enredamos por la Red, se nos hace sospechosa su pasividad. Es ahora precisamente, que parece más bueno, cuando necesitamos que ponga en práctica las ideas que defiende.
Ya no nos vale que nos lea el prospecto simplista de que su V flota está en Bahréin protegiéndonos contra el demonio nuclear iraní. Son otros tiempos. Internet ha acabado de esfumarnos los últimos restos de inocencia. Ya sabemos que Bin Laden no canta para Unicef por Navidad, pero también que la foto del cormorán ennegrecido por petróleo iraquí era un montaje, y sobretodo, que las carnicerías que nos enseña el Periodismo ciudadano con sus teléfonos móviles son infumables. Que en Bahréin -ya saben, donde van la troupe de la Fórmula 1- gente desarmada que grita a favor de la libertad acabe desangrada en el suelo por disparos del ejército; que los muertos en Libia superen los centenares por culpa de francotiradores, mercenarios a sueldo, y bombardeos indiscriminados sobre la población por parte de un régimen dirigido por un psicópata narcisista, ya no hay por donde cogerlo.
En este siglo, aunque muchos apocalípticos se empeñen en lo contrario, a la Humanidad empiezan a quedarle pequeños los pantalones de campana de la autocracia. Mentir a millones de jóvenes que se dejan las pestañas en las redes sociales susurrando al teclado que un mundo mejor puede ser es de carcas. El petróleo, los intereses geoestratégicos en la región, el oportunismo diplomático, en un planeta que presume de no haber perdido el manual de instrucciones y quiere seguir mirándose al espejo, empiezan a ser valores secundarios. Si de algo puede servirnos el XXI es para acabar de comprender que la metafísica ha de estar por encima de la realpolitik. Es hora de jubilar a toda una generación de cínicos.
Ya no podemos ver a uno de los hijos de Gadafi, Saif al Islam, con el dedito amenazante levantado, en el único medio de comunicación no vetado en Libia, advirtiendo de que si continúan las protestas dejará de cooperar en materia de inmigración con Europa y que habrá un baño de sangre. Como fantasearía Tarantino, lo mínimo que soñamos que le debe pasar a ese vástago de dictador es que la jakuza japonesa le haga la manicura. Los ilustres representantes europeos deberían cortar inmediatamente a semejante vecino la luz y el agua, para que, de una vez, saliera por patas hacia donde habita el olvido.
Quiero ver aparecer al Séptimo de Caballería, ahora sí, para que ejerza una presión asfixiante y borre de la Historia a homínidos como estos, concebidos en otros tiempos de silencio que ya no conjugan con el nuevo verbo de la Historia. No puedo evitar congelar en mi portátil esas imágenes de críos entrando heridos a los hospitales. Me pasa como a Baroja, que no soporto el llanto de un niño, sobretodo cuando le veo reventado por la metralla. Ya sé que quienes devoran cadáveres exquisitos que malviven en el fango de sus corruptos regímenes son cocodrilos, como los Gadafi, pero nosotros, el Eje del Bien, les pusimos, o cuando menos, los sostuvimos en fosas alrededor de nuestras aparentemente seguras fortalezas, para que aplastasen todo conato de amenaza en nuestros prósperos supermercados de intramuros.
En este mundo global donde los castillos salen tan caros, ahora que paseamos a lo ancho del orbe con nuestras cámaras digitales, vender en el ágora mentiras unilaterales no se lleva. La música sutil que suena en el walkman de la Tierra ya no es la de viejos cantautores de las relaciones internacionales que se lo montan de gorra en foros de dieta y prima pagada donde embriagan al personal con abstractas declaraciones sobre las bondades democráticas, sino la lucha real de millones de anonymous que se columpian por las redes denunciando manipulaciones y convocan a gente real para combatir los restos de formas de vivir caducas y disonantes.
Gracias a las generaciones previas por darnos un soporte económico para estudiar, pero me temo que el mundo ordenado que soñasteis para nosotros, a veces tan interesante como esperar en la puerta del Instituto Anatómico Forense, aquel donde era mejor no alzar demasiado la voz contra los tiranos, ya no es posible. A estas alturas de la película, a millones de jóvenes nos importa un carajo defender una ideología política de un signo u otro. Lo único que de verdad consideramos cardinal es la defensa de la libertad para reclamar un mundo donde minorías dominadoras no esquilmen toda clase de recursos y sueños a las nuevas generaciones.
Muchos lobbies de poder, porque seguramente olvidaron la historia del Golem, que yo escuché atentamente de labios de un rabino en el cementerio judío de Praga, se están encontrando con que esas nuevas tecnologías que crearon para maximizar beneficios movilizan a millones de almas hasta ahora en sordina en contra precisamente de sus propios intereses. En el rumor de las casas y los cibercafés se está reescribiendo un nuevo diccionario del mundo.
Rochefoucauld decía que sucede con el amor lo que con el fuego, que la llama tenue se apaga con el viento, pero que la fuerte se aviva. Supongo que ser joven está ligado a mantener intacta esa llama del amor hacia los ideales. Si hacerse adulto pasa por comprender que la practicidad debe imperar sobre la justicia, prefiero seguir siendo aquel niño que se tumbaba a ver cómo al final siempre llegaba el Séptimo de Caballería, que un muerto maduro que paga puntualmente sus letras manteniendo a raya sus constantes vitales. Quizás por eso estas revoluciones en el norte de África sólo pueden liderarlas los jóvenes, quienes en vez de leerse en la letra impresa de la Historia prefieren lanzarse a su piscina, aunque tengan que bañarse en la propia sangre para escribir los primeros borradores. En este mundo extraño que jamás ha dejado de rular siempre fue así.