aqui les dejo algunos cuentos de poldy bird una escritora argentina muy buena que me abrio la cabeza cuando comence a leer sus cuentos son bastantes didacticos y entretenidos... quizas alguno se identifique con ellos saludos.
Poldy Bird - 1941
Escritora argentina
BIOGRAFÍA
Escritora nacida en el año 1941 Paraná.
Ha publicado poemas, colaboraciones en diversos diarios y revistas argentinos y del exterior.
Se destacó por publicar libros destinados a chicos y jóvenes.
Entre sus obras se encuentran “Cuentos para Verónica”, “Cuentos para leer sin rimel” y “Nuevos cuentos para Verónica”.
AQUÍ NO ES
Poldy Bird
La casa no parecía la misma desde el día en que la madre se había enfermado, y Pablito ya se había acostumbrado, casi, a no hacer ruido con el tambor y a conversar bajito con su regimiento de soldaditos de plomo.
El padre, cada tanto, como acordándose de que existía, le daba una palmada en la mejilla y, guiñándole el ojo, le decía igual que antes:
-Y, amigo...Como marchan los negocios?
Y Pablito reía, porque esas palabras que parecían huecas, querían decir muchas
cosas en su corazón de caramelo.
A la madre la veía pocas veces, un ratito, a la tarde. La miraba con sus ojitos asombrados, se acercaba a su cuerpo cálido y perfumado, y la besaba mucho, como picoteándole la ternura que ya mamá no le daba, tan quieta en su lecho impecable, tapada con las sábanas que bordó la abuela. “Que suerte tiene mamá...dormir con sábanas bordadas con florcitas de colores...”
Después lo mandaban afuera, y hasta le permitían algo que hasta hacía poco le tenían terminantemente prohibido: salir a la calle a correr con los demás niños de la cuadra.
Una mañana llegó la abuela de su lejano pueblo provinciano, y tambien llegaron las dos hermanas del padre.
La abuela le trajo dulces regionales, unos libros de cuentos con figuras en rojo y en azul, y un perro blanco con las orejas marrones y los ojos de vidrio celeste.
Las tías le trajeron un pulóver grande “pero el año que viene le andará”, lo estrujaban y a cada momento movían la cabeza balbuceando “pobrecito, pobrecito”. Todos estaban raros, nadie se reía ya. Ni siquiera el doctor Funes, que siempre le hacía chistes y le llevaba caramelos que no comía porque tenían olor a remedio.
Cada día lo dejaban estar menos tiempo en la habitación de la madre, y a él le parecía que los ojos de ella le pedían que se quedara allí, junto a la cama, hablándole de la escuela, de los chicos de al lado...
Esa tarde todos estaban mas raros todavía, y a través de las puertas y las paredes oyó una palabra que no entendía muy bien.
- Papá...que es la muerte?
- Vos lo sabes, Pablito..., te acordás del patito que te regalé... ese que una mañana se quedó dormido para siempre?
- Si...el patito...como para olvidarlo!..., era chiquito y amarillo, un pedacito de sol gritón que corría por el patio y se metía en la casa sin pedir permiso...
- Bueno..., todos un día nos quedaremos dormidos para siempre..., para descansar de nuestras fatigas... Eso es la muerte: entra en silencio, sin llamar a la puerta... y luego se marcha sin hacer ruido...
- Los juguetes también se mueren?
- No, los juguetes no.
- Entonces mi oso no morirá nunca.
Siguió jugando en su pequeño mundo, y de pronto sintió una angustia enorme creciéndole en el cuerpo pequeño.
- Mamita! – dijo para si.
Se paró junto a la ventana, mirando hacia fuera, buscando en los árboles de la calle, en la gente, en el cielo recortado por los edificios, una solución... una solución...
- Entra sin llamar – se repitió. Y una lucecita se encendió en el fondo de sus ojos.
Corrió a su cuarto, revolvió su valija de la escuela, arrancó una hoja del cuaderno y con una letra redonda, panzona y despareja de primer grado escribió, bien grande, bien fuerte: “AQUI NO ES”. Contempló su obra con satisfacción. Se parecía al cartel que estuvo un mes en la vidriera del almacén y decía: “SE NECESITA MUCHACHO”. Sigilosamente salió a la calle y, pinchándolo con una chinche, colgó el letrerito en la puerta cancel, alta y oscura.
Se alejó unos pasos y lo miró. Si, se podía leer desde lejos. Si la Muerte pasaba por allí, seguiría de largo al leer “AQUI NO ES”.
Entró con el corazón aturdido. Por primera vez hizo caprichos porque no quería salir de la habitación de su madre; tuvieron que sacarlo por la fuerza, y la abuela le contó tres cuentos para que se durmiera. Al día siguiente lo despertaron mas temprano que de costumbre y le dijeron que no iría a la escuela.
No lo dejaron ver a la madre muerta para que tuviera un recuerdo mas hermoso de ella: el recuerdo de sus ojos vivos, de su sonrisa lenta, de sus caricias tibias. Solo vio como se la llevaban en un cajón oscuro y como la seguían unos autos cargados de flores.
Lo dejaron con la mamá de Carlos, el chico de al lado. Y Pablito lloraba, lloraba sin entender porque pasaba todo eso. Y a cada rato se escapaba a la calle y corría hasta la puerta de su casa para leer el cartel bien claro, bien claro, y se preguntaba:
- Si se puede leer bien, porque no siguió de largo?
POR ESTE HOMBRE
Por este hombre de manos como nidos yo recorrí todos los caminos, caí en los precipicios, me zambullí en los lagos y en los mares, me volví loca de sed en los desiertos, me abrasé en el trópico, fui enceguecida por el reflejo de la luz sobre las nieves perennes.
Por este hombre de frecuente sonrisa blasfemé, grité, mordí, me diferencié bien poco de las bestias.
Por este hombre de tranquilos gestos llegué a pensar que Dios era mentira.
Por este hombre que miraba asombrado la tristeza en mi rostro.
Por este hombre que no entendía el motivo de mis llantos.
Por este hombre que huía de mis explosiones y se encerraba en un sueño que lo aislaba de mi dura realidad.
Por este hombre yo he pasado noches levantadas, maquinando venganza al mirarlo dormir como si nada de mí le interesara.
Por este hombre conocí las luciérnagas que se encienden en la sangre y producen una hoguera en el territorio del cuerpo enamorado.
Y aprendí también a castigar diciéndole que no.
Y aprendí la soledad, el empecinamiento, la rabia, la rutina, la garganta ahogada, los celos, la desconfianza, el miedo, los reproches, las espinas, la sal.
Por este hombre conocí la bruma, la oscuridad, la asfixia.
Por este hombre no me quedé quieta desde el día en que decidimos intentar todo juntos.
No tuve reposo, ni quietud.
No tuve tiempo para otra cosa que no fuera exigirle, exigirme, pedirle, darle, quitarle, obligarlo a recibir.
Por este hombre de voz pausada y ojos comprensivos ya no me queda nada por conocer.
Todas las tramas, todas las redes, todas las cadenas, todos los matices.
Y soy una mujer igual a todas.
Y él un hombre muy parecido a todos.
Y la nuestra, una historia que se repite a diario, una historia que se escucha y se huele detrás de las puertas cerradas y las persianas bajas. la historia que comienza a entretejerse cuando los platos de la mesa quedan limpios y los niños se duermen.
La historia con iniciales de cansancio, que a cada uno le parece única, irrepetible, diferente.
Es la historia de la falta de tiempo para estar juntos. La historia del cansancio y el sueño. La historia de ser jóvenes y tener que luchar por el futuro.
Y él no entiende por qué una es tan dramática.
Y él no entiende por qué una le da importancia a cosas pequeñitas como el olvido de una rosa.
Y una lo ve un monstruo frío, sin compasión ni sentimientos.
Y él la ve a una imposible, incapaz de aceptarlo, de conocerlo.
Y el orgullo de ambos, el empecinamiento, la fatiga, las heridas constantes van dibujando un límite que separa...; primero puntos suspensivos, como los de los mapas; después, un hilo de agua; por fin, una montaña.
¿Y dónde están los que una vez sintieron que no podían vivir separados?
¿Dónde están los que temblaban cuando sus manos se rozaban apenas?
¿Dónde están los que recibían la madrugada conversando?
Allí, a cada lado de la montaña, solos.
Cuestión de dar un paso y voltearla.
Cuestión de hacer caer la piedra con los llantos.
Cuestión de desviar el curso de los ríos para que la echen abajo.
Sólo bastó que yo le entregara mis ojos mansamente y lo dejara mirarme en ellos.
Que se ablandara mi tensión, y mi cuerpo reconociera en él al dios, al mago.
Que refloreciera mi ternura.
Que dejara fluir naturalmente mis palabras, mis pensamientos, mis ganas.
Por este hombre de manos como nidos. Por este hombre de tranquilos gestos. Por este hombre de voz pausada y ojos comprensivos, conozco la felicidad, la paz, la suerte de haber llegado a un puerto sin tormentas, a una orilla de luz, a una permanente construcción, a un encuentro en el que nos reconocemos y nos necesitamos.
Poldy Bird
CARTA
Por si no estoy cuando ya
sepas leer con los ojos y con
el corazón al mismo tiempo.
Cuando te miro, Verónica, tan chiquita, tan redonda, con tu pelito de seda, haciendo morisquetas frente al espejo, soy feliz... y tengo miedo.
Porque el miedo es un raro ingrediente de la felicidad, sobre todo de esta felicidad mía tan pulida, tan dulce, tan nueva.
Ahora no lo entiendes, claro, tienes nada mas que un año, un añito que pregonas con tu índice en alto y una sonrisa de solo seis dientitos de conejo.
Ahora tu mundo se reduce a los pajaritos de cartulina que papá colgó del techo de tu cuarto y el aire mueve constantemente para tu asombro y tu alegría. Y a la muñeca que buscando tu amistad solo encontró que te diviertas tirándola al suelo desde tu cuna. Y al muñeco de celuloide pintado de rosa que tiene campanas en la barriga y suena a gloria cuando lo mueves.
Ah . . . tu mundo . . . tu mundo de sopa, de puré, de torpes balbuceos, de rodillas sucias de gatear por el piso, de chupetes, de pañales, de agua tomada con bombilla y verdaderas proezas para sacarle las perillas al televisor. Es un mundo chiquito, vigilado, seguro, con olor a colonia para bebes.
Un mundo que cabe en la palma de tu mano gorda.
Yo estoy en ese mundo, soy una enamorada de ese mundo. Sí, Verónica, ahora mamá esta. Lloras de noche y corre a tu cuarto, te acaricia la cabeza, te dice que vuelvas a dormite.
Mama ya te conoce bien, sabe todo lo que te gusta y lo que no te gusta, y cuando pone sus ojos sobre ti, te estudia, te analiza, trata de comprenderte, de aprender cual es el camino que llega a tu corazón, para transitar siempre por el.
Y ese es mi miedo.
Hoy estoy aquí, tan cerca de ti, pensando la manera de hacerte feliz, segura de que a mi lado encontraras la dicha. Pero . . . ¿si me muero antes de que seas grande? ¿Y si me muero antes de poder responder a todas tus preguntas, antes de poder aclarar tus dudas, antes de poder secar las lagrimas de tus primeras desilusiones, esas que duelen tanto?
No, no tengo que morirme, no quiero.
Pero si me muero, quiero dejarte entre muchas cosas ( mi vida, mis sueños, mi inmenso amor por ti) una carta para que la leas con los ojos y con el corazón al mismo tiempo. Y sientas que estoy a tu lado, que estirando la mano puedes tocarme en el aire y afinando el oído puedes escuchar mi voz y mi risa (porque por sobre todas las cosas quiero que te acuerdes de mi risa . . .)
Verónica, gorrión, esta es la carta:
"A tu alrededor hay un mundo con todo lo que conoces, con todo lo que amas.
Mas allá, un mundo grande, bello y peligroso, donde te espera todo lo que te hará mujer: el amor, el hombre, la decepción, la angustia, el llanto, la felicidad.
Para entrar a ese mundo no uses cábalas, no cierres los ojos, pero tampoco los abras con la intención de ver todo lo malo, lo negativo, lo gris.
No cierres tu corazón con siete llaves . . . pero tampoco lo dejes sin ninguna cerradura.
No te guardes todo, pero no lo des todo.
No pienses que los caminos son fáciles y te lances a andar con los pies desnudos, las manos abiertas y los ojos lavados con el agua de los arroyos limpios.
Tienes que llevar algo para el viaje, para cualquier viaje que emprendas; un equipaje sencillo y necesario que te ayude y te proteja: la pequeña armadura de tu voluntad para recuperarte de las caídas, así ninguno de los golpes que recibas llegara a romper tu fe; la ternura, porque con la ternura se curan los pajaritos enfermos, se hace reír a los niños y se llena de alegría el corazón de los que queremos.
Y lleva amor, mucho amor, para los que te amen y para los que te odien.
Porque alguien te va a odiar, no sé quien y no sé por que . . . alguien te va a odiar sin motivos para odiarte, y el que odia, Verónica, no es malo . . . solamente esta enfermo.
Recuerda que en tu mundo viejo y en tu camino nuevo tienes un amigo.
Es un hombre que te conoce desde que naciste.
Es un hombre que te quiere mas que a sí mismo y, aun no comprendiéndote, aun equivocado, siempre va a buscar lo mejor para ti, te va a proteger, te va a ayudar.
Un hombre que hará por ti lo que sea necesario hacer y más!
Un hombre que busca tu luz para iluminarse y busca tu risa para sentir que la vida no se ha vivido en vano.
Un hombre que cuando eras chiquita te compro unos pajaritos de cartulina blanca y negra y los colgó del techo de tu cuarto con hilo de coser. Papa. Tu papá, Verónica.
Puede ser que lo encuentres muy severo o demasiado intransigente . . . pero si tienes algún problema acércate a él y díselo.
No hallaras mejor amigo que quien ha pasado noches en vela cuando estabas enferma y rezo por ti cuando ya había olvidado las palabras de las plegarias, y lloro de emoción la primera vez que lo llamaste "papá".
Y, al fin, no quiero engañarte, decirte que te dejo en un mundo de rosas, ruiseñores y todas cosas bellas. . . Pero tu puedes hacer que tu corazón las invente y cuando lo lastime una espina, sepa que detrás de la espina esta el maravilloso milagro de una flor.
Tu mamá
Poldy Bird
ESA NO ERA MAMA
Andrés se escondió detrás del tronco del laurel, Martín se agachó tras el barril que estaba lleno de mezcla para hacer el piso del gallinero. Yo contaba, apoyada en la mesa que Eugenia había sacado para que comiéramos en el jardín. Contaba, con la cabeza colocada sobre los brazos cruzados y espiaba a través de mi flequillo.
El flequillo siempre me protegía de la gente. Cuando iban visitas a casa, yo ba¬jaba un poco la cabeza y, mientras decían todas esas gansadas de ¡ qué grande!, ¡ qué cambiada!, ¡qué linda!, ¡ya pronto va a ser una señorita!, ¡debe ser una buena compañía para vos, Clelia!, yo miraba los arabescos de las alfombras, sacaba cuen¬tas de las flores marrones y las verdes, o pensaba en cualquier otra cosa sin que nadie advirtiera que no estaba prestando atención.
Dije treinta, bien fuerte, y caminando unos pasos hacia adelante —para disimular—, grité: "¡ Piedra libre para Martín que está detrás del barril! ¡ Piedra libre para An¬drés que está detrás del laurel!" Los dos salieron de sus escondites con cara de ra¬bia, y justo cuando me iba a tocar escon¬derme a mí —ya tenía pensado hacerlo de¬bajo de la mesa, sin hacer ruido para to¬car piedra libre sin que mi primo se avi¬vara—, Eugenia me llamó desde la puerta de la casa.
—Vení en seguida, Virginia. Vení a cam¬biarte, que dentro de un rato te vienen a buscar.
Cosa rara en ella, Eugenia me tomó de la mano cariñosamente y me llevó hacia adentro. Era la primera vez que me habla¬ba despacito, como en secreto, y que no re¬zongaba por las marcas de barro de mis pisadas.
—Lávate las manos, la cara y las piernas y pónete el vestido celeste. Yo te voy a peinar.
Me llamó la atención su cara pálida, y los ojos brillantes, como si quisiera llorar.
—¿Qué pasa? —le pregunté. Ella se secó una lágrima con la punta del delantal y sacudió la cabeza hacia uno y otro cos¬tado. —Nada, mi niña, nada.
El tío Alfonso tocó la bocina para avisar que había llegado y yo me tiré en el asien¬to de adelante, a su lado. No me dijo: "Pa¬reces un potro, no una chica". Arrancó en silencio y noté que su cara también estaba rara.
Mientras cruzábamos la barrera, carras¬peó y abrió la boca para decir algo. Des¬pués la cerró. Recién cuando pasamos fren¬te a la quinta de los Márquez volvió a abrir la boca y, con una voz que no le conocía me dijo:
—Virginia, nena, vos sabías que mamita estaba enferma, que te trajimos a casa a pasar unos días para que ella pudiera es¬tar tranquila. —Sí, tío.
—Bueno, ella..., se agravó, se puso cada vez peor... y esta mañana..., esta ma¬ñana se murió. Ahora su alma está en el cielo.
No sé qué más siguió diciendo. Debajo de mi flequillo, mis ojos se pusieron a llorar copiosamente; oí algunas palabras sueltas como "estrella"', "te mirará", "seas bue¬na". Las lágrimas me mojaban el vestido celeste; me temblaban las manos y las ro¬dillas. Mi madre estaba muerta. Eso era lo que ellos decían. A lo mejor estaba dor¬mida y ellos creían que estaba muerta.
Sí, seguramente estaba dormida. Resolví que estaba dormida y me limpié los mocos con el brazo, pero a pesar de ello no podía dejar de llorar.
Llegamos a mi casa. No parecía mi casa. Había gente en la vereda, enormes coronas de flores, gente en el pasillo. Todos se da¬ban vuelta para mirarme, y algunos me pasaban la mano por las mejillas. En la sala, más flores y más gente. Mis tías me apretaron entre sus brazos. El olor de las flores me mareaba y me daba asco. Dema¬siado olor, demasiadas flores. Papá, más flaco, con una corbata negra y peinado sin gomina, me alzó y me besó. Al¬guien dijo "pobrecita", otras voces repi¬tieron lo mismo.
Una señora gorda qué yo no conocía, me tomó de la mano y me condujo a la habita¬ción de mis padres.
—Pobrecita... vaya a ver a su mamita, queridita.
Yo esperaba encontrar a mi madre acos¬tada en su cama, pero la cama no estaba y en su lugar había un gran cajón oscuro alumbrado por velones emergidos de enor¬mes candelabros plateados. Me acerqué al cajón, sorprendida. Ahí den¬tro había una mujer joven, rubia, con los ojos cerrados, envuelta en una túnica rara y con un ramo de flores color lila, entre las manos.
La cara y las manos parecían de madera blanca.
—Dale un beso —ordenó la mujer gorda, alzándome para que pudiera alcanzar la cara blanca. Mis labios tropezaron con una mejilla fría, rígida. Me eché hacia atrás, asustada, y empecé a llorar fuerte para que alguien fuera a sacarme de allí. Esa no era mamá. Mamá tenía las meji¬llas rosadas y tibias. Cuando yo la besaba sonreía y me apretaba contra su pecho. Esa mujer blanca y dura me daba miedo. No quería tocarla. No quería seguir mirán¬dola. Se parecía a los muertos de los ce¬menterios que se escapaban por las noches para ir a bailar y regresaban al amanecer apurados por meterse en sus bóvedas. Lloraba a los gritos y la mujer gorda me dejó en el suelo. Tía Marcela me sacó de allí y me llevó a mi cuarto. —No te desesperes, querida, mamita no te abandonará nunca, ella estará junto a vos aunque no la veas..., te cuidará, te protegerá, y de noche brillará en una es¬trella para que puedas mirarla y rezarle. Me ayudó a recostarme en mi cama y lue¬go me acarició. —Quédate aquí, vas a estar más tranquila.
Allí no había tanto olor a flores, ése era el único lugar de mi casa que se parecía a mi casa: con las muñecas sentadas sobre la cómoda, la mesita para hacer los debe¬res, la valija de la escuela sobre la silla. Al rato me llevaron un plato de sopa. Tía Tita, la menor de mis tías. Me sacó los zapatos y el vestido y me hizo acostar bajo las sábanas. —Dormí un poco, tesoro. Yo me quedaré con vos hasta que te duermas. Estuve unos minutos mirando el techo y luego cerré los ojos haciéndome la dormida para que se marchara. No sé en qué momento me dormí de veras. Cuando desperté era de mañana y papá estaba sentado en la cama, junto a mí. —Papá —me abracé a él llorando. Sus ma¬nos eran blandas, su cara también. Eso me dio un gran alivio. —Vamos a llevar a mamita al cemente¬rio..., si querés podes quedarte con algu¬na de tus tías.
—No. Quiero ir.
—Entonces es mejor que te vistas. Papá salió, me vestí y me quedé en mi pie¬za, mirando por la ventana entreabierta los grandes autos negros y en uno de ellos, en letras doradas, las iniciales de mamá. Tenía miedo de que la señora gorda me
llevara otra vez a besar la cara de made¬ra blanca. O no, de piedra blanca, porque la piedra es más fría. Me espantaba la sola idea de que ello ocurriera. Pero me tran¬quilicé al ver unos hombres subiendo el cajón al auto con las iniciales. Salí de mi cuarto y me agarré de la mano de papá, que lloraba.
Subimos a uno de los autos negros. A nues¬tro paso la gente se persignaba, los hom¬bres se quitaban las gorras, algunos los sombreros. Los vehículos nos cedían el pa¬so. Entonces... no era solamente yo la que tenía miedo de esa muerta blanca, eran todos: los que se persignaban, los que se quitaban las gorras o los sombreros, los que se detenían para dejarla pasar... Na¬die se animaba a enfrentarla, a contra¬riarla con una falta de respeto, con un gesto inconveniente.
En el cementerio había mucho sol y yo te¬nía calor. Me dolían los zapatos y me ha¬bía entrado una piedrita que me lasti¬maba un pie. Nadie me prestaba atención, todos estaban pendientes del cajón que ba¬jaba lentamente hacia el fondo de la fosa. Todos querían verlo desaparecer allí, to¬dos querían estar seguros de que la mujer blanca estuviera, por fin, en el sitio que le correspondía.
Papá arrojó un puñado de tierra, mis tías también lo hicieron, por turno, y dos hom¬bres llenaron el hueco con rápidas paladas. Sobre la tierra removida colocaron las flo¬res y luego cada cual se marchó a su casa. Fue un largo día, un día interminable.
Entre papá y tío pusieron la cama en la pieza de mamá. Tía Tita dejó las persia¬nas bajas y abrió las ventanas para ven¬tilar, pero el olor a flores había impreg¬nado las paredes, los muebles, las cortinas. A la noche todavía había olor a flores —o sería yo, que lo tenía pegado a la nariz. Felisa, la muchacha, nos preparó la cena. Todos se habían marchado, papá y yo co¬mimos solos. La silla de mamá estaba va¬cía y yo no podía tragar, imaginando que en cualquier momento podía abrirse la puerta y entraría la mujer blanca. Papá me acompañó a acostarme; hubiera queri¬do pedirle que me dejara dormir con él, pero no me animé.
Me pasé la noche despierta con los ojos cerrados, encogida bajo las cobijas, tapa¬da hasta las orejas, alerta a los ruidos de la casa. Temía oír los pasos de ella regre¬sando, temía abrir los ojos y verla de pie junto a mi cama, con su larga túnica su¬cia en los bordes por la tierra del cemen¬terio.
—Mamá —murmuré llorando—. Mami¬ta..., ¿dónde estás? ¿Por qué pusiste en tu lugar a esa mujer que no conozco y me da tanto miedo? ¿Por qué todos dijeron que esa muerta eras vos? ¿Por qué me de¬jaste tan sola?
Durante muchas noches dormí sobresalta¬da, tuve horribles pesadillas, me sentí per¬seguida por la mujer blanca, rozada por sus manos duras y frías. Porque ésa no era mamá. Esa no. A mamá, tibia, sonriente, blanda, levemen¬te rosada, la sigo buscando entre la gente que camina por las calles, entre la gente que viaja en los colectivos, los trenes, los autos, los subterráneos
Las fotos te roban el alma
Una arropa a este niño, lo abraza, pone los labios sobre su frente para ver si tiene fiebre, llama al médico... "le duele la barriga, tiene tos,..."
Se te anudan las tripas porque a este niño amado le duele la cabeza.
Ha faltado a la escuela.
Le silba un poco el pecho...
Una abraza a este niño y ruega a Dios que todos sus dolores se pasen a tu cuerpo.
Por el cielo de afuera pasa una nube blanca que parece una oveja.
Por el cielo de adentro, ángeles invisibles se hamacan en el aire con olor a manzanas y amasan, como si fuera plastilina, las notas de la música que baila por la casa.
Allá no hay cielo.
Allá, donde los chicos esperan el rayo de metal que los parta en pedazos.
Allá, donde les enseñan a usar una escafandra que los disfraza de monstruos. Y a aplicarse inyecciones entre ellos... Y ya no lloran de hambre, ni de frío, ni de dolor... sino de miedo.
Los niños tienen miedo.
Los han amenazado... señores con trajes impecables y corbatas bonitas.
Señores que no parecen seres de otros planetas. Tienen dos ojos inexpresivos. Tienen la boca que pronuncia con desdén las palabras.
Tienen apuro por comenzar la guerra porque estas armas de hoy están ocupando el lugar que ya está destinado para las armas nuevas, que fabrican con prisa.
Esos señores no tienen emociones. Para hacerlos, han clonado a las piedras.
Cuando miran a un niño, no lo ven. Ven un bulto de andrajos, unas moscas molestas, unas llagas que nunca cicatrizan, y oyen ese quejido monocorde que se parece al llanto, a un llanto sordo, áspero, inaguantable... Deberán encontrar a un flautista que los guíe hacia el borde del precipicio y termine con ellos como lo hizo con aquellas ratas...
Los niños tienen miedo. Se toman de las manos. Se apretujan.
No quieren inyecciones ni escafandras. Máscaras parecidas al diablo. Huesitos que la piel apenas tapa. Y miedo, mucho miedo.
No miedo de las fieras de afilados colmillos, ni del diluvio, ni del terremoto...
Los niños tienen miedo de la camisa bien planchada, de los gemelos de oro, de la sonrisa de dientes perfectos con la que estos señores leen los titulares de los diarios y los discursos en los que la palabra "libertad" está marcada con resaltador amarillo... Y también tienen miedo de salir en las fotos que darán la vuelta al mundo mostrando su desesperación o sus tripas desparramadas por el suelo... porque han oído, alguna vez, y no lo han olvidado... que las fotos te roban el alma...
Poldy Bird
QUE EL AMOR SEA SUFICIENTE
El ángel está como suspendido en un estante alto de la biblioteca, con su gesto preparado para volar. Ese ángel de madera de guindo hecho por tus manos un tono más pálidas que su color de oro ruboroso. Qué extraño lo nuestro...
Cada vez que hablábamos parecía que algo profundo nos acercaba, algo con magia y tripas, unos lazos de esos que no se desatan nunca más. Pero no.
No había lazos. Ni bien nos separábamos, se soltaban los hilos intangibles que nos unían. Servían para unos breves momentos, los del encuentro. La más corta distancia los hacía desaparecer. Y otra vez la espera, otra vez volver a ser dos desconocidos, y la espera, la campanilla del teléfono que no suena, pulsar la tecla del contestador al llegar de la calle... y nunca tu voz con un mensaje..., y la espera, la espera, la espera... hasta reunir fuerzas y llamarte. ¿Qué tal, "extraño", cómo estás? No me pases facturas. Tuve unos líos bárbaros, vos sabes cómo anda todo... ¿Las cosas has cambiado tanto? ¿Ya no es lo más importante el amor, la relación humana, el compartir con otro penas, sueños, problemas, alegrías? Escuchar una vieja canción, leer en voz alta aquel poema de la Vilariño o la Orozco, usar los ojos como telescopios para encontrar la Cruz del Sur en las noches de agosto... Una vez le abrí la pajarera a Magaldi (así se llamaba el jilguero) y el pequeño pájaro voló. No tuvo miedo. No se detuvo. No miró hacia atrás. ¡Y nosotros, tan fuertes, tan pensantes, tan declamadores de frases maravillosas... no nos atrevemos a traspasar la puerta que está siempre abierta, que nadie cierra...! Vos ahí.
Yo aquí. No quiero hacer reproches. No quiero oírlos, tampoco. Me parece que tendríamos que hacer las cosas de otro modo. Dejar que el amor sea lo que debe ser: la savia del árbol, las alas del alma, el color del agua, las estrellas en el fondo de los ojos, la locura en el pensamiento, el calor de la piel... Dejar que el amor sea suficiente.
Que lo demás estorbe, sobre no importe. Con tus manos hiciste un ángel para que me cuidara. Ahí está. Cerca de mí. Ahuyentando oscuridades y demonios con su aura rosada. Al tallarlo y pulirlo pensando en mí, invadiste mi territorio, te metiste en mi mundo reservado y secreto... ¿Cómo vas a salir de aquí? No podrás. Cuando alguien llega donde vos llegaste, ahí se queda para siempre. Te parecerá que podes salir, fantasearás con ello, pero no... una red invisible te ha atrapado, lo quieras o no. Estás en mi realidad virtual, en este espacio de zorzales que cantan al amanecer, cassettes que escucho cuatrocientas veces sin parar, libros que releo, papeles que escribo y no dejo que nadie lea, una alta palmera que veo desde la ventana... Estás. Vestido como yo quiero. Diciendo lo que quiero que digas. Pensando lo que quiero que pienses. Sintiendo lo que quiero que sientas. Porque mi mente está muy entrenada y es capaz de fabricar imágenes y situaciones que son las de la vida, o parecidas a la vida.
Quizás sea esos lo que a muchos nos mantenga vivos: soñar que vivimos...
Mientras la vida cree que anda por ahí... Mientras vos creas que andás por ahí. Y no se den cuanta, ni vos ni la vida, que si yo no los invento en mí ¡ustedes no existen! Deja que el amor sea suficiente. Y que no necesites nada más, porque el amor te alcanza.
Poldy Bird
NO QUISIERA MORIRME SIN VOLVER A VERTE
Yo tenía un vestido blanco con ventanitas de broderie en el ruedo. Había luna y un patio y naranjada y se bailaba dos pasos largos y un pasito corto.
Las chicas nos reuníamos en el baño para contarnos cosas y reírnos de nervios.
Vos no eras invitado; solamente el amigo de un amigo, pero nadie te dijo que te fueras. Tenías una camisa bien planchada y los ojos más bellos de la noche.
Creí que te acercabas para sacar a bailar a la dueña de casa, pero era a mí.
Al principio casi no podía hablarte porque tenía que contar los pasos un-dos-tres un-dos-tres, después la música hizo de maestra de danzas e intercambiamos nombres y teléfonos
La vida era tan nueva, era tan larga, era tan sin estrenar y dulce, era tantas preguntas, era tantas promesas y esperanzas, era una extraordinaria omnipotencia: un territorio de descubrimiento donde todo el tiempo era nuestro y moriríamos de viejos algún lejano día en un lejano año . . .
La vida era una estrella lustrada con el pañuelo de lustrar manzanas, ese pañuelo del que aun no conocíamos su vuelo de alondra gris para el adiós, su textura de nube para secar el llanto de los desconsuelos . . .
La vida era el instante en que vivíamos, una página en blanco para garabatearla o estrujarla, para hacer un barquito que navegara en charco de la lluvia o cruzara el Atlántico, porque todo, absolutamente todo era posible y bello y luminoso.
Por todo esto, por un bolero que cantaste a capella y que me dio vergüenza que los demás oyeran ( Mujer . . . si puedes tú con Dios hablar . . . pregúntale si yo alguna vez . . . ), y más que nada por un breve beso . . . MI PRIMER BESO . . . , sentimos que ese encuentro era un encuentro "para siempre jamás".
Tal vez hubiese sido así si no hubiera tenido que marcharme con mi familia por tres largos años a un pueblo de Corrientes.
Digo "tal vez" porque no estoy segura si hubiese continuado, de quedarme yo aquí, la magia y el romance. O solamente fue el olor del verano, el un dos tres del baile, tus ojos desbordantes, tu barítona voz, mis ganas de saber lo que era un beso . . .
Y sin embargo ahora, después de tanto tiempo, de tantas cosas y tantos desencuentros que se juntaron para hacer mi vida, me gustaría verte otra vez.
No quisiera morirme sin volverte a verte.
Claudio: si por casualidad leés estas líneas, si recordás que fuiste aquel muchacho, si mi nombre te dice alguna historia que no borraste de tu corazón, llamame.
Hay media naranjada en cada vaso, que nunca terminamos de beber.
Sólo quiero contarte algunas cosas, saber qué fue de vos, y quizás . . . tener catorce años otra vez, por un rato.
Poldy Bird
Buscándonos
Nadie encuentra lo que no está buscando. No es verdad que las cosas aparecen de pronto; que, sorpresivamente, cuando para la lluvia, vemos una hermosísima flor en el tallo en el que antes no había nada. Allí hubo, por lo menos, un capullo cerrado, algo que estaba por abrirse, por transformarse en flor...
Cuando un hombre encuentra a una mujer, cuando una mujer encuentra a un hombre... los dos estaban buscándose. Por soledad. O por dolor. O por ganas de revivir la vida insuflándole oxígeno a los pulmones. O porque sí. ¿Por qué explicarlo todo? ¿Por qué decir que la causa, el efecto, que la casualidad no existe, que...? Mejor pensemos que lo importante es que, cuando no hay alguien a nuestro lado, no hacemos tostadas (¿para mí solamente? No...), no gastamos el frasco de perfume, duran menos las latas de atún y más las milanesas en el freezer, compramos con más nostalgia que alegría un ramito de flores para llevar a casa, y estrenamos muy pocas cosas. Se van yendo las ganas, como se va la luz, poquito a poco... Y la noche nos asesta su golpe con el recuerdo, nos envía sus fantasmas más tristes, sus sombras incansables e inclementes. La noche que no termina nunca, que crece, que atormenta, que entrevera nombres, que ronda, que agiganta las lágrimas hasta transformarlas en un océano. Estamos solos porque no hacemos una llamada. Porque no damos el paso que nos acerca.
Porque no decimos la primera palabra que se transforme en puente. Nadie encuentra lo que no está buscando. ¿Por qué creés que vos y yo nos encontramos? ¿Desde dónde venías acercándote? ¿Desde cuándo yo esperaba que llegaras? ¿Por qué yo? ¿Por qué vos? ¿Por qué nosotros? ¿Por qué creés que no te desviaste, con otro rumbo, que no fuiste más hacia el sur, o más al norte, o al otro lado del mar incalculable? ¿Por qué pensás que me detuve para que pudieras alcanzarme, extender las dos ramas de tus brazos, abarcarme con toda tu ternura como diciéndome "ahora ya no te pasará nada malo, nada triste, nada cruel"; podés dejar de llorar, podés dormir con los ojos cerrados, mansamente y, al despertar, no estarás sola... Nunca más estarás sola. "¿Y yo no estaré solo nunca más...?" ¿Por qué? Porque los dos estábamos buscándonos.
Porque desde aquella lejana, lejanísima primera vez que nos vimos, quedó un delgado, finísimo, invisible hilo uniéndonos... un hilo que nada puede cortar, un hilo que atraviesa paredes, muros, montañas... un hilo indestructible que no soltaste, que no solté, y que al fin volvió a reunirnos para que la historia termine su retrato, tal vez poniendo un poco menos de tonalidad en la paleta, o distintos colores y brillos, pero retornando a los dos mismos protagonistas.
Vos y yo. Regresando. Volviendo al paraíso prometido que salimos a buscar sin saber que lo teníamos tan cerca, debajo de los pies.
Cuando un hombre encuentra a una mujer, cuando una mujer encuentra a un hombre... los dos estaban buscándose. Nadie encuentra lo que no está buscando. ¿Me entendés, ahora?
Poldy Bird
PASARÁN COSAS
Ha empezado otro año.
Como un cuaderno nuevo está ante mí, y me acuerdo de cuando era chica, iba a la escuela y me apuraba para terminar el viejo cuaderno y así comenzar el otro. En las últimas páginas hacía letra grande, enormes dibujos apresurados. Pegaba dos hojas con engrudo de fabricación casera: agua y harina en la cocina.
Los cuadernos nuevos se empiezan con letra pequeña, pareja, prolija, cuidada...
Igual que los años.
Igual que éste.
¿Borrón y cuenta nueva?
No, no, sin borrón.
Y sumando a la cuenta nueva las otras cuentas que antes nos sirvieron.
Porque no todo está para el olvido.
Porque no todo fue para dejarlo atrás, disimulado entre las hierbas secas del otoño.
Pasaron cosas.
NOS PASARON COSAS.
Crecimos un poquito, un poquito así, pero crecimos.
Llorar hace crecer, es esa lluviecita de uvas de cristal sobre el techo de chapa de nuestro corazón. Pica, repica, musiquea, despierta.
Nadie es el mismo después de haber llorado.
Reír hace crecer.
También reímos.
Algunas veces, quizá podemos contarlas con los dedos de una mano... ¡Y cómo une la risa!: dos que se rieron juntos, a carcajadas limpia, no se desatan nunca en el recuerdo.
Yo tengo siete chistes favoritos, y me acuerdo de quiénes fueron las siete personas que me los contaron.
En cambio, no me acuerdo de todas las que me hicieron llorar o compartieron mis angustias.
No creas que se trata de mala memoria... me parece que es puro instinto de conservación.
Fíjate que la gente le huye a la tragedia.
En algún tiempo me daba mucha rabia, pero ahora lo entiendo y no la juzgo mal.
Una amiga de la infancia, que quiero profundamente, todavía no habló conmigo desde que murió mi compañero. Y si yo no la llamo no es porque no tenga ganas de hacerlo ni porque piense que es a ella a quien le corresponde llamarme... sino simplemente porque me da miedo que se sienta mal...
A ella le digo: si leés esto, no busques entre líneas... te quiero mucho, me gustaría que estuvieras cerca. No temas, no estoy desahuciada, no contagio las penas, las tengo dentro de mí, tan escondidas que para hallarlas tendrías que escarbar demasiado. Y, además, a los muertos queridos no los recuerdo muertos, los recuerdo con su olor a perfume y su camisa favorita, con la música que les gustaba, con las anécdotas que los muestran en su mejor momento. No hablaremos de heridas ni agonías ni hablaremos de nieblas o tormentas... no, ¿sabes qué haremos?... terminaremos la charla aquella que empezamos una tarde en un café de la calle Córdoba... o la seguiremos, porque las charlas entre amigas no se terminan nunca, son siempre una continuación de la anterior, que fue una continuación de la anterior... y así, siempre, siempre, hayan pasado días, meses, años.
Trabajar, hace crecer.
Y me ha dado un poco de trabajo trabajar.
Porque mi trabajo es solitario, callado, sin jefes que me obliguen a hacerlo, sin un horario que cumplir.
Se trata de transformarme en médium y sentir lo que todos sienten a mi alrededor... e interpretarlo con palabras escritas que traduzcan exactamente eso que siento, eso que sentís, eso que sienten otros.
Admirar hace crecer.
Es tan larga la lista de la gente que admiro, que te cansaría leerla. Pero en esos nombres seguramente nos reconoceremos, hermanadas, vos y yo. Violeta Parra, Mozart, Mick Jagger, Horacio Molina, Paganini, Cortázar, Woody Allen, Silvio Rodríguez, Beethoven, Raúl Porcheto, Chopin, Alejo Carpentier, Fellini, la hermana Teresa, Silvina Ocampo, Bergman, Ricardo Montener, siempre mi Felisberto Hernández que releo, los hermanos Marx, Olga Orozco, Humphrey Bogart reviviendo cada vez que pasan "Casablanca" por televisión (ojalá que no dejen de pasarla nunca).
Al admirar abrimos una ventanita del alma que, a veces, está cerrada con candado. Al abrirla, nos abrimos. Dejamos que eche a volar un pájaro cautivo y que entre el aire con olor a magnolias y a flores de tilo, ese olor que es olor a verano y a plaza. Cuando era chica llevaba botellitas a la plaza, las movía, dando vueltas, y luego las tapaba, creyendo que en ellas podían guardarse los olores. Tal vez sí. Nunca las encontré, después, nunca tuve oportunidad de destaparlas...
Agradecer es crecer.
Amar es crecer.
Crear es crecer.
Ha empezado otro año.
Cuadernito nuevo.
Cuadernito de hojas inmaculadas, todavía en blanco.
Cuadernito que en la tapa dice Poldy.
Solamente que yo podré escribir en él los días que vendrán.
Poldy Bird
LA VIDA ES HERMOSA
por Poldy Bird
¿Y qué puedo hacer ahora para demostrarte lo que entre broncas y recelos escondí?
¿Qué puedo hacer ahora, que no sé hacia qué lado dirigir mi voz para hablarte?
Ahora que el norte no importa, que la lluvia es pintada, que esté de mas el sol, que para qué sirven los jazmines, que nunca mas un tango, un Wagner, los Rollings, Patsie Claine enloqueciéndose, que las culpas abruman, que al fin sabés que te metiste en camisa de once varas por un amigo y fue el que te pateó, porque nadie aguanta tener que agradecer (y si no, como decía Arnaldo, mirá Cristo. Lo crucificaron porque les dio demasiado).
¿Vos me ves?
¿Vos andas dando vueltas todavía por aquí?
¿Vos no dejas que nadie me venga bien, que todos me parezcan poco menos que imbéciles, que los tipos que se me acercan digan justo, justito lo que me resulta ridículo, tonto, remanido, presuntuoso, predecible, inútil?
¿Vos hacés que pierda los papeles, los anillos, los anteojos, que no me acuerde de lo que tengo que hacer, que NO ME IMPORTE...?
No estoy.
No soy.
No puedo.
No me esfuerzo.
No se me dá la gana.
No me importa.
No espero que me digan "quédate", "veni", "andate".
No espero nada.
Van pasando las cosas, la vida va pasando.
Sucede.
A pesar de mí, sucede.
Ha llegado otro verano, que se escurrió entre lluvias y vientos anunciados por los que se alegran anunciando las catástrofes.
Unos azareros que pusimos en la terraza sobrevivieron el crudo invierno.Los compramos en un vivero de Maldonado hace cuatro años, ¿o cinco?, titubeando:
"¿aguantaran, no aguantaran?"
Nada es tan frágil como parece.
Nada es tan fuerte como creemos.
Casi todos los premios están arreglados.
Esperan que cumplas ochenta años para rendirte los honores que merecías desde los cuarenta y así se quedan con la conciencia tranquila cuando te morís. La alfombra roja solo es para los poderosos, no para los creadores, para los que cambian el pensamiento de la gente mejorándola, haciéndole subir un escaloncito a la raza humana.
Y no es que "el mundo es así".
El mundo es generoso, paciente, productivo, sensible, ¡no hace más que perdonar el daño espantoso que le hacemos, nuestra imparable depredación, nuestra autosuficiencia de matones!
Nos da y nos vuelve a dar. Flor tras flor. Color tras color. Sonido tras sonido.
Fruta tras fruta.
Nos da todo lo que necesitamos para vivir mientras agujereamos su ozono para freírlo.
¿Cómo le vas a echar la culpa al mundo, que cuida el delicado y pequeño nido del colibrí y la maravillosa telaraña de plata?
Y nos presta todo su aire para que nos comuniquemos.Pobre mundo debe creerse que nos hace sentir mas acompañados con las ondas de Internet...
No sabe (porque es ingenuo como mi tía Elsa) que la soledad no tiene nada que ver con la vida que tanto cuida.
Que la soledad es un virus que no tiene vacuna porque nadie la fabrica.
¡Imaginate la industria de la droga, las armas, y la corrupción si la vacuna se repartiera gratis! Porque debiera ser gratuita y obligatoria.
¿Vos me oís?
¿O estás concentradísimo atendiendo tu ausencia?
¿Ves tus libros ordenados por temas?
¿Ves mis lágrimas, ordenadas también por temas en las cajitas de los recuerdos y las añoranzas?
Si, te extraño. Si, te amo. Si, te pienso. Si, te ubico en el lugar de siempre, porque no creo en la desaparición total de nadie.
Si, sos parte de mi vida. Eso no puede cambiarse.
Vos sabés que lo único que no podemos cambiar es el pasado.
Menos mal, porque hay cosas tan bellas en el pasado, que locos como somos los humanos, podríamos cambiarlas en un rapto de bronca.
Hace un tiempo vi una inscripción, estaba escrita con aerosol en una paresita larguísima detrás de las vías del tren que va para Retiro. Decía, extendiendo el mensaje unos cien metros:
ALMA, LA VIDA ES HERMOSA
Y si no, pregúntale al mundo, a los azahares de los azareros, a la vaca del dulce de leche, a la carcajada de Beatriz Guido, al refinamiento de José Bianco, al trébol de los Irlandeses de mis ancestros, a los dientes nuevos de mi nieto el futbolista (que me oye fascinado cuando le cuento que ví a Neil Armstrong pisar la luna el 20 de julio de 1969, el día en que menos delitos se cometieron en el planeta, (¿sabías?)
Sí, terminante: LA VIDA ES HERMOSA
LOS NIÑOS TIENEN MIEDO
por Poldy Bird
Una arropa a este niño,
lo abraza,
pone los labios sobre su frente para ver si tiene fiebre,
llama al médico. . .
"le duele la barriga,
tiene tos, . . . "
Se te anudan las tripas porque a este niño amado le duele la cabeza.
Ha faltado a la escuela.
Le silba un poco el pecho. . .
Una abraza a este niño y ruega a Dios que todos sus dolores se pasen a tu cuerpo.
Por el cielo de afuera pasa una nube blanca que parece una oveja.
Por el cielo de adentro ángeles invisibles se hamacan en el aire con olor a manzanas
y amasan,
como si fuera plastilina,
las notas de la música que baila por la casa.
Allá no hay cielo.
Allá.
Donde los chicos esperan el rayo de metal que los parta en pedazos.
Allá,
donde les enseñan a usar una escafandra que los disfraza de monstruos.
Y a aplicarse inyecciones entre ellos...
Y ya no lloran de hambre,
ni de frío,
ni de dolor...
sino de miedo.
Los niños tienen miedo.
Los han amenazado...
señores con trajes impecables y corbatas bonitas.
Señores que no parecen seres de otros planetas.
Tienen dos ojos inexpresivos.
Tienen la boca que pronuncia con desdén las palabras.
Tienen apuro por comenzar la guerra
porque estas armas de hoy están ocupando el lugar que ya está destinado
para las armas nuevas,
que fabrican con prisa.
Esos señores no tienen emociones.
Para hacerlos,
han clonado a las piedras.
Cuando miran a un niño,
no lo ven.
Ven un bulto de andrajos,
unas moscas molestas,
unas llagas que nunca cicatrizan,
y oyen ese quejido monocorde que se parece al llanto,
a un llanto sordo,
áspero,
inaguantable...
Deberán encontrar a un flautista que los guíe hacia el borde del precipicio
y termine con ellos como lo hizo con aquellas ratas...
Los niños tienen miedo.
Se toman de las manos.
Se apretujan.
No quieren inyecciones ni escafandras.
Máscaras parecidas al diablo.
Huesitos que la piel apenas tapa.
Y miedo,
mucho miedo.
No miedo de las fieras de afilados colmillos,
ni del diluvio,
ni del terremoto...
Los niños tienen miedo de la camisa bien planchada,
de los gemelos de oro,
de la sonrisa de dientes perfectos con la que estos señores
leen los titulares de los diarios
y los discursos en los que la palabra libertad está marcada con resaltador amarillo...
Y también tienen miedo de salir en las fotos que darán la vuelta al mundo
mostrando su desesperación o sus tripas desparramadas por el suelo...
porque han oído,
alguna vez,
y no lo han olvidado...
que las fotos te roban el alma...
SOBRAN ARMAS
por Poldy Bird
Si no lo digo
mis palabras se volverán grises.
Si me lo callo
el corazón se cerrará con llave,
ramos de sol se apagarán al viento,
y el mundo explotará si lo silencio.
Hay que desactivar
el llanto, la ignorancia,
la nave con plutonio,
los negociados con el hambre,
la inmutable indiferencia
frente a lo que no tiene conocida marca.
Hay que nombrar al niño,
a los millones de niños
que antes de dejar la niñez
se vuelven viejos.
Panzas con hambre,
huesos deformados
de tanto trabajar.
Hay que desactivar
la ambición que destruye la esperanza.
Está faltando amor.
Está faltando pan...
¡y sobran armas!
TODAVIA
POLDY BIRD
Anoche estuvimos hablando de vos. Llegaste por el camino de una nostálgica charla sobre la adolescencia; estabas sentado en una rueda de amigos, pero yo solamente veía tu mentón obstinado, tu frente limpia, tu risa con las comisuras raramente hacia abajo.
Era el tiempo en que se hablaba abiertamente, en que "amistad" significaba confiarse sin tapujos, decirlo todo sin hacer cálculos sobre lo que "es o no es conveniente". Los viejos se morían y nosotros íbamos a vivir eternamente jóvenes. Sabíamos de memoria estrofas enteras de poemas famosos, frases grandilocuentes de Ingenieros, y me prestaste un libro para que me enamorara de "la casa en la cascada" diseñada por Wright. Las injusticias nos sublevaban y nos metíamos en camisa de once varas peleándonos a los gritos con un taxista que no quería levantar a una pasajera morenita con una enorme bolsa de ropa. Le pagábamos diez vueltas de calesita a un chico de zapatillas rotas...; íbamos a transformar el mundo...
No sabía quiénes eran los hermanos Marx y me llevaste a ver "Una noche en Casablanca"; me reí tanto que me caí de la butaca. Era la primera vez que me ponía pestañas postizas, se me despegaron, las guardaste en el bolsillo de tu saco y nunca más las encontramos.
¡Vivir era tan fácil!
Era... mirar el reloj quinientas veces para que se hiciera la hora de salir del trabajo. Era olvidarnos de las obligaciones cuando poníamos un pie en la calle. Tararear las canciones de moda, tratar de descifrar los símbolos de Bergman, fascinarnos con "Hiroshima mon amour", dejar el tocadiscos en automático para que se repitiera cincuenta veces un disco de Louis Armstrong, caminar por las calles del barrio a un metro de distancia para que el vecindario no nos inventara un romance, tentarnos de risa y reír hasta perder las fuerzas y el aliento...
Nunca más volví a reírme así...
Y nada es tan gracioso, ni tan asombroso, ni nuevo, ni refulgente...
Ahora los amigos tienen ocupaciones que les impiden dedicar una larga tarde a una charla sin rentabilidad. Nadie dice exactamente cuánto gana, cuánto gasta, cuándo se va de viaje, qué quiere, qué sueña, a qué le tiene miedo.
Porque nosotros no teníamos miedo; solamente belleza y omnipotencia...
Pero ahora el miedo está en medio de las cosas que hacemos, que tocamos, que queremos.
No lo creerías..., pero lo que dábamos a manos llenas seguros de que conseguiríamos más, siempre más... hoy se guarda como un tesoro irrepetible: fe, ternura, compañía, cariño, ayuda, tiempo. Son ingredientes raros en el mundo de los adultos.
Las chicas... se casaron, e invitan a sus casas a los jefes de sus maridos para quedar bien; van a la peluquería dos veces por semana y llevan a los hijos a guitarra, inglés, equitación, danzas, además juegan canasta, bridge y golf (juego muy conveniente para que los consortes atrapen clientes para el diván o el bufete de abogado o la operación de plástica)...
Los muchachos saludan con un beso en el aire, a medio centímetro de la mejilla cuando cada muerte de obispo los encuentro por la calle; sacan pecho, hunden la panza; lo que no pueden -muchos de ellos- es "sacar pelo" que ya les ralea.
Ninguno puede esperar, los ojos en el cielo de la noche, que caiga una estrella para pedirle tres cosas.
Ninguno puede llegar al hormiguero arrastrándose pacientemente detrás de cinco hormigas cargadas con pedacitos de pétalos de rosa.
Hablarles a las plantas para que no se marchiten; tender el oído en el aire fino de la tarde, como una red, para atrapar las mil variantes del canto de los pájaros en una alejada casa de campo...
No, no quiero engañarte... yo me parezco mucho a ellos... también me han vencido, también he claudicado algunas veces, y al mirarme al espejo no siempre encuentro ese brillo de lentejuela loca que animaba mis ojos... Pero trato de no traicionar del todo a los rosales y a las alas.
Cada tanto me quedo sola en esta casa que amo, lejos de la ciudad, con un tren que a cada hora pasa por el fondo sacudiendo las paredes, una hoja de roble que cae... que no cae... que se agita en la brisa como una pandereta anunciando el otoño; una abeja que se acerca peligrosamente a mi vestido confundida por su color de flor; el olor de los pinos, de la tierra húmeda, de mi cuerpo soleado...
Ay, amigo... sólo los viejos se morían y vos no supiste esperar...
Hace ya tantos años... cuando sólo los viejos se morían, suspendiste tu gesto de asombro y rabia para siempre en la sala de guardia de un hospital, Jota Eme Be: accidentado.
Ay, amigo, ¿cómo serías ahora? ¿Cuánto tiempo tendrías para estudiar jazmines? ¿Cuánto apuro en tu beso al cruzarnos por la calle? ¿Cuánta sed de palabras? ¿Cuánta luz? ¿Cuánto encuentro?
Silencio, shh... no movamos el aire... que se asusta, y a mí me gusta tanto, todavía, mirar al colibrí de verde plata bebiéndole el azúcar a las lilas...
DE PURA AUSENCIA
un cuento de POLDY BIRD
De pura ausencia me has dejado el corazón de ceniza.
No lo puedo acunar porque se deshace,
se vuela en pájaros grises.
No le puedo poner una coraza
porque se escapa en llantos azules.
Corazón que a veces ha sido una coraza.
Corazón que a veces ha sido un par de alas.
Corazón que se empecina y lucha...o tiembla y se entrega
como un puñadito de arena de una playa lejana.
Corazón que se entregó sin dudas cuando llegaste
con tus pasos seguros, que apresuró latidos y se metió por la puerta que abrías,
entró en tu cuerpo, se meció en la marea incesante de tu sangre,
nada lo detuvo, ni un pensamiento, ni una duda, ni una
minúscula desconfianza...
Corazón confiado...corazón entregado, al que no le tuviste piedad...
De pura ausencia me has dejado los ojos sin estrellas...
Miran viendo las cosas como si los colores no existieran
y el sol diera una luz envejecida.
Te buscan...No te ven...
Miles de interrogantes preguntan sin descanso dónde estás,
y tu ser es una sombra...y tu sombra es la sombra de algo que
no se ve, que ya partió, que no ha dejado huellas...
tu ser huyó de mis abrazos, se escapó de mis pupilas,
como si nunca hubiesa sido una realidad, una presencia concreta...
Mis ojos, que brillaron iluminándote, que recorrieron el mapa de
tu cuerpo, que aprendieron tu norte y tu sur, tus colores,tus líneas...
De pura ausencia me has enceguecido...
De pura ausencia me has dejado los pasos sin camino.
Me llevan de aquí para allá,
de un rincón a otro de la casa,
de una vereda de la calle a otra,
siempre inquietos, empujados por vientos que cambian de rotación a cada rato.
Doblas la esquina...
Entras por puertas que desaparecen...
Saltas a precipicios que cuando llego no existen...
Pero todo lo ocupas...TODO
No sé lo que esto quiere decir para vos,
pero sé lo que significa para mí: TODO, ABSOLUTAMENTE TODO.
Que ocupas el cielo y el infierno de mi ser infinito.
Significa que a pesar de la angustia y la tristeza
del silencio como forma de respuesta,
mis células se asfixian con el veneno de tu desamor,
pero igual agonizan con esa escasa cuotita de oxígeno de una letra
esporádica o una efímera conversación cada tanto, cuando nos cruzamos
por casualidad y no puedes hacerte el que no me ves...
Eso me vuelve loca y me hace apretar los puños llenos de lágrimas.
¿Hubo una vez una cosa llamada felicidad ?
La necesito.
Es el antídoto y la resurrección.
De pura ausencia me has dejado rondando tu recuerdo,
estatua de aire que trato de contener entre mis manos
para que no se disperse...
y corro, arrebatándola de todo...
Pero hasta te has confabulado con el recuerdo para que elrecuerdo se borre.
Huyendo,terco, siempre huyendo...
Mi voz es lo único que me dejó tu ausencia...
mi voz para llamarte y rodar detrás tuyo:
apenas voz...apenas lágrima...
Y la lágrima crece y se hace río.
Y el río se embravece.
Pero tu indiferencia lo convierte en piedra.
Y es una muralla,ahora de piedra,la que nos separa.
Jardinero de rosas trepadoras,
cosechador de pan que horneó mi aliento,
guardián de los luceros de mi sangre...
¿cómo es que me has dejado abierto el pecho,
sin protección,
el corazón desnudo,
ni una puerta siquiera, ni una llave
para encerrarme en él, fuera del mundo?
Ahora estoy desarmada,
sin fuerzas, sin defensas:
de pura ausencia me has dejado muerta.
bueno estos son algunos de los muchos cuentos y poemas que tiene espero les guste y le sirva gracias
Poldy Bird - 1941
Escritora argentina
BIOGRAFÍA
Escritora nacida en el año 1941 Paraná.
Ha publicado poemas, colaboraciones en diversos diarios y revistas argentinos y del exterior.
Se destacó por publicar libros destinados a chicos y jóvenes.
Entre sus obras se encuentran “Cuentos para Verónica”, “Cuentos para leer sin rimel” y “Nuevos cuentos para Verónica”.
AQUÍ NO ES
Poldy Bird
La casa no parecía la misma desde el día en que la madre se había enfermado, y Pablito ya se había acostumbrado, casi, a no hacer ruido con el tambor y a conversar bajito con su regimiento de soldaditos de plomo.
El padre, cada tanto, como acordándose de que existía, le daba una palmada en la mejilla y, guiñándole el ojo, le decía igual que antes:
-Y, amigo...Como marchan los negocios?
Y Pablito reía, porque esas palabras que parecían huecas, querían decir muchas
cosas en su corazón de caramelo.
A la madre la veía pocas veces, un ratito, a la tarde. La miraba con sus ojitos asombrados, se acercaba a su cuerpo cálido y perfumado, y la besaba mucho, como picoteándole la ternura que ya mamá no le daba, tan quieta en su lecho impecable, tapada con las sábanas que bordó la abuela. “Que suerte tiene mamá...dormir con sábanas bordadas con florcitas de colores...”
Después lo mandaban afuera, y hasta le permitían algo que hasta hacía poco le tenían terminantemente prohibido: salir a la calle a correr con los demás niños de la cuadra.
Una mañana llegó la abuela de su lejano pueblo provinciano, y tambien llegaron las dos hermanas del padre.
La abuela le trajo dulces regionales, unos libros de cuentos con figuras en rojo y en azul, y un perro blanco con las orejas marrones y los ojos de vidrio celeste.
Las tías le trajeron un pulóver grande “pero el año que viene le andará”, lo estrujaban y a cada momento movían la cabeza balbuceando “pobrecito, pobrecito”. Todos estaban raros, nadie se reía ya. Ni siquiera el doctor Funes, que siempre le hacía chistes y le llevaba caramelos que no comía porque tenían olor a remedio.
Cada día lo dejaban estar menos tiempo en la habitación de la madre, y a él le parecía que los ojos de ella le pedían que se quedara allí, junto a la cama, hablándole de la escuela, de los chicos de al lado...
Esa tarde todos estaban mas raros todavía, y a través de las puertas y las paredes oyó una palabra que no entendía muy bien.
- Papá...que es la muerte?
- Vos lo sabes, Pablito..., te acordás del patito que te regalé... ese que una mañana se quedó dormido para siempre?
- Si...el patito...como para olvidarlo!..., era chiquito y amarillo, un pedacito de sol gritón que corría por el patio y se metía en la casa sin pedir permiso...
- Bueno..., todos un día nos quedaremos dormidos para siempre..., para descansar de nuestras fatigas... Eso es la muerte: entra en silencio, sin llamar a la puerta... y luego se marcha sin hacer ruido...
- Los juguetes también se mueren?
- No, los juguetes no.
- Entonces mi oso no morirá nunca.
Siguió jugando en su pequeño mundo, y de pronto sintió una angustia enorme creciéndole en el cuerpo pequeño.
- Mamita! – dijo para si.
Se paró junto a la ventana, mirando hacia fuera, buscando en los árboles de la calle, en la gente, en el cielo recortado por los edificios, una solución... una solución...
- Entra sin llamar – se repitió. Y una lucecita se encendió en el fondo de sus ojos.
Corrió a su cuarto, revolvió su valija de la escuela, arrancó una hoja del cuaderno y con una letra redonda, panzona y despareja de primer grado escribió, bien grande, bien fuerte: “AQUI NO ES”. Contempló su obra con satisfacción. Se parecía al cartel que estuvo un mes en la vidriera del almacén y decía: “SE NECESITA MUCHACHO”. Sigilosamente salió a la calle y, pinchándolo con una chinche, colgó el letrerito en la puerta cancel, alta y oscura.
Se alejó unos pasos y lo miró. Si, se podía leer desde lejos. Si la Muerte pasaba por allí, seguiría de largo al leer “AQUI NO ES”.
Entró con el corazón aturdido. Por primera vez hizo caprichos porque no quería salir de la habitación de su madre; tuvieron que sacarlo por la fuerza, y la abuela le contó tres cuentos para que se durmiera. Al día siguiente lo despertaron mas temprano que de costumbre y le dijeron que no iría a la escuela.
No lo dejaron ver a la madre muerta para que tuviera un recuerdo mas hermoso de ella: el recuerdo de sus ojos vivos, de su sonrisa lenta, de sus caricias tibias. Solo vio como se la llevaban en un cajón oscuro y como la seguían unos autos cargados de flores.
Lo dejaron con la mamá de Carlos, el chico de al lado. Y Pablito lloraba, lloraba sin entender porque pasaba todo eso. Y a cada rato se escapaba a la calle y corría hasta la puerta de su casa para leer el cartel bien claro, bien claro, y se preguntaba:
- Si se puede leer bien, porque no siguió de largo?
POR ESTE HOMBRE
Por este hombre de manos como nidos yo recorrí todos los caminos, caí en los precipicios, me zambullí en los lagos y en los mares, me volví loca de sed en los desiertos, me abrasé en el trópico, fui enceguecida por el reflejo de la luz sobre las nieves perennes.
Por este hombre de frecuente sonrisa blasfemé, grité, mordí, me diferencié bien poco de las bestias.
Por este hombre de tranquilos gestos llegué a pensar que Dios era mentira.
Por este hombre que miraba asombrado la tristeza en mi rostro.
Por este hombre que no entendía el motivo de mis llantos.
Por este hombre que huía de mis explosiones y se encerraba en un sueño que lo aislaba de mi dura realidad.
Por este hombre yo he pasado noches levantadas, maquinando venganza al mirarlo dormir como si nada de mí le interesara.
Por este hombre conocí las luciérnagas que se encienden en la sangre y producen una hoguera en el territorio del cuerpo enamorado.
Y aprendí también a castigar diciéndole que no.
Y aprendí la soledad, el empecinamiento, la rabia, la rutina, la garganta ahogada, los celos, la desconfianza, el miedo, los reproches, las espinas, la sal.
Por este hombre conocí la bruma, la oscuridad, la asfixia.
Por este hombre no me quedé quieta desde el día en que decidimos intentar todo juntos.
No tuve reposo, ni quietud.
No tuve tiempo para otra cosa que no fuera exigirle, exigirme, pedirle, darle, quitarle, obligarlo a recibir.
Por este hombre de voz pausada y ojos comprensivos ya no me queda nada por conocer.
Todas las tramas, todas las redes, todas las cadenas, todos los matices.
Y soy una mujer igual a todas.
Y él un hombre muy parecido a todos.
Y la nuestra, una historia que se repite a diario, una historia que se escucha y se huele detrás de las puertas cerradas y las persianas bajas. la historia que comienza a entretejerse cuando los platos de la mesa quedan limpios y los niños se duermen.
La historia con iniciales de cansancio, que a cada uno le parece única, irrepetible, diferente.
Es la historia de la falta de tiempo para estar juntos. La historia del cansancio y el sueño. La historia de ser jóvenes y tener que luchar por el futuro.
Y él no entiende por qué una es tan dramática.
Y él no entiende por qué una le da importancia a cosas pequeñitas como el olvido de una rosa.
Y una lo ve un monstruo frío, sin compasión ni sentimientos.
Y él la ve a una imposible, incapaz de aceptarlo, de conocerlo.
Y el orgullo de ambos, el empecinamiento, la fatiga, las heridas constantes van dibujando un límite que separa...; primero puntos suspensivos, como los de los mapas; después, un hilo de agua; por fin, una montaña.
¿Y dónde están los que una vez sintieron que no podían vivir separados?
¿Dónde están los que temblaban cuando sus manos se rozaban apenas?
¿Dónde están los que recibían la madrugada conversando?
Allí, a cada lado de la montaña, solos.
Cuestión de dar un paso y voltearla.
Cuestión de hacer caer la piedra con los llantos.
Cuestión de desviar el curso de los ríos para que la echen abajo.
Sólo bastó que yo le entregara mis ojos mansamente y lo dejara mirarme en ellos.
Que se ablandara mi tensión, y mi cuerpo reconociera en él al dios, al mago.
Que refloreciera mi ternura.
Que dejara fluir naturalmente mis palabras, mis pensamientos, mis ganas.
Por este hombre de manos como nidos. Por este hombre de tranquilos gestos. Por este hombre de voz pausada y ojos comprensivos, conozco la felicidad, la paz, la suerte de haber llegado a un puerto sin tormentas, a una orilla de luz, a una permanente construcción, a un encuentro en el que nos reconocemos y nos necesitamos.
Poldy Bird
CARTA
Por si no estoy cuando ya
sepas leer con los ojos y con
el corazón al mismo tiempo.
Cuando te miro, Verónica, tan chiquita, tan redonda, con tu pelito de seda, haciendo morisquetas frente al espejo, soy feliz... y tengo miedo.
Porque el miedo es un raro ingrediente de la felicidad, sobre todo de esta felicidad mía tan pulida, tan dulce, tan nueva.
Ahora no lo entiendes, claro, tienes nada mas que un año, un añito que pregonas con tu índice en alto y una sonrisa de solo seis dientitos de conejo.
Ahora tu mundo se reduce a los pajaritos de cartulina que papá colgó del techo de tu cuarto y el aire mueve constantemente para tu asombro y tu alegría. Y a la muñeca que buscando tu amistad solo encontró que te diviertas tirándola al suelo desde tu cuna. Y al muñeco de celuloide pintado de rosa que tiene campanas en la barriga y suena a gloria cuando lo mueves.
Ah . . . tu mundo . . . tu mundo de sopa, de puré, de torpes balbuceos, de rodillas sucias de gatear por el piso, de chupetes, de pañales, de agua tomada con bombilla y verdaderas proezas para sacarle las perillas al televisor. Es un mundo chiquito, vigilado, seguro, con olor a colonia para bebes.
Un mundo que cabe en la palma de tu mano gorda.
Yo estoy en ese mundo, soy una enamorada de ese mundo. Sí, Verónica, ahora mamá esta. Lloras de noche y corre a tu cuarto, te acaricia la cabeza, te dice que vuelvas a dormite.
Mama ya te conoce bien, sabe todo lo que te gusta y lo que no te gusta, y cuando pone sus ojos sobre ti, te estudia, te analiza, trata de comprenderte, de aprender cual es el camino que llega a tu corazón, para transitar siempre por el.
Y ese es mi miedo.
Hoy estoy aquí, tan cerca de ti, pensando la manera de hacerte feliz, segura de que a mi lado encontraras la dicha. Pero . . . ¿si me muero antes de que seas grande? ¿Y si me muero antes de poder responder a todas tus preguntas, antes de poder aclarar tus dudas, antes de poder secar las lagrimas de tus primeras desilusiones, esas que duelen tanto?
No, no tengo que morirme, no quiero.
Pero si me muero, quiero dejarte entre muchas cosas ( mi vida, mis sueños, mi inmenso amor por ti) una carta para que la leas con los ojos y con el corazón al mismo tiempo. Y sientas que estoy a tu lado, que estirando la mano puedes tocarme en el aire y afinando el oído puedes escuchar mi voz y mi risa (porque por sobre todas las cosas quiero que te acuerdes de mi risa . . .)
Verónica, gorrión, esta es la carta:
"A tu alrededor hay un mundo con todo lo que conoces, con todo lo que amas.
Mas allá, un mundo grande, bello y peligroso, donde te espera todo lo que te hará mujer: el amor, el hombre, la decepción, la angustia, el llanto, la felicidad.
Para entrar a ese mundo no uses cábalas, no cierres los ojos, pero tampoco los abras con la intención de ver todo lo malo, lo negativo, lo gris.
No cierres tu corazón con siete llaves . . . pero tampoco lo dejes sin ninguna cerradura.
No te guardes todo, pero no lo des todo.
No pienses que los caminos son fáciles y te lances a andar con los pies desnudos, las manos abiertas y los ojos lavados con el agua de los arroyos limpios.
Tienes que llevar algo para el viaje, para cualquier viaje que emprendas; un equipaje sencillo y necesario que te ayude y te proteja: la pequeña armadura de tu voluntad para recuperarte de las caídas, así ninguno de los golpes que recibas llegara a romper tu fe; la ternura, porque con la ternura se curan los pajaritos enfermos, se hace reír a los niños y se llena de alegría el corazón de los que queremos.
Y lleva amor, mucho amor, para los que te amen y para los que te odien.
Porque alguien te va a odiar, no sé quien y no sé por que . . . alguien te va a odiar sin motivos para odiarte, y el que odia, Verónica, no es malo . . . solamente esta enfermo.
Recuerda que en tu mundo viejo y en tu camino nuevo tienes un amigo.
Es un hombre que te conoce desde que naciste.
Es un hombre que te quiere mas que a sí mismo y, aun no comprendiéndote, aun equivocado, siempre va a buscar lo mejor para ti, te va a proteger, te va a ayudar.
Un hombre que hará por ti lo que sea necesario hacer y más!
Un hombre que busca tu luz para iluminarse y busca tu risa para sentir que la vida no se ha vivido en vano.
Un hombre que cuando eras chiquita te compro unos pajaritos de cartulina blanca y negra y los colgó del techo de tu cuarto con hilo de coser. Papa. Tu papá, Verónica.
Puede ser que lo encuentres muy severo o demasiado intransigente . . . pero si tienes algún problema acércate a él y díselo.
No hallaras mejor amigo que quien ha pasado noches en vela cuando estabas enferma y rezo por ti cuando ya había olvidado las palabras de las plegarias, y lloro de emoción la primera vez que lo llamaste "papá".
Y, al fin, no quiero engañarte, decirte que te dejo en un mundo de rosas, ruiseñores y todas cosas bellas. . . Pero tu puedes hacer que tu corazón las invente y cuando lo lastime una espina, sepa que detrás de la espina esta el maravilloso milagro de una flor.
Tu mamá
Poldy Bird
ESA NO ERA MAMA
Andrés se escondió detrás del tronco del laurel, Martín se agachó tras el barril que estaba lleno de mezcla para hacer el piso del gallinero. Yo contaba, apoyada en la mesa que Eugenia había sacado para que comiéramos en el jardín. Contaba, con la cabeza colocada sobre los brazos cruzados y espiaba a través de mi flequillo.
El flequillo siempre me protegía de la gente. Cuando iban visitas a casa, yo ba¬jaba un poco la cabeza y, mientras decían todas esas gansadas de ¡ qué grande!, ¡ qué cambiada!, ¡qué linda!, ¡ya pronto va a ser una señorita!, ¡debe ser una buena compañía para vos, Clelia!, yo miraba los arabescos de las alfombras, sacaba cuen¬tas de las flores marrones y las verdes, o pensaba en cualquier otra cosa sin que nadie advirtiera que no estaba prestando atención.
Dije treinta, bien fuerte, y caminando unos pasos hacia adelante —para disimular—, grité: "¡ Piedra libre para Martín que está detrás del barril! ¡ Piedra libre para An¬drés que está detrás del laurel!" Los dos salieron de sus escondites con cara de ra¬bia, y justo cuando me iba a tocar escon¬derme a mí —ya tenía pensado hacerlo de¬bajo de la mesa, sin hacer ruido para to¬car piedra libre sin que mi primo se avi¬vara—, Eugenia me llamó desde la puerta de la casa.
—Vení en seguida, Virginia. Vení a cam¬biarte, que dentro de un rato te vienen a buscar.
Cosa rara en ella, Eugenia me tomó de la mano cariñosamente y me llevó hacia adentro. Era la primera vez que me habla¬ba despacito, como en secreto, y que no re¬zongaba por las marcas de barro de mis pisadas.
—Lávate las manos, la cara y las piernas y pónete el vestido celeste. Yo te voy a peinar.
Me llamó la atención su cara pálida, y los ojos brillantes, como si quisiera llorar.
—¿Qué pasa? —le pregunté. Ella se secó una lágrima con la punta del delantal y sacudió la cabeza hacia uno y otro cos¬tado. —Nada, mi niña, nada.
El tío Alfonso tocó la bocina para avisar que había llegado y yo me tiré en el asien¬to de adelante, a su lado. No me dijo: "Pa¬reces un potro, no una chica". Arrancó en silencio y noté que su cara también estaba rara.
Mientras cruzábamos la barrera, carras¬peó y abrió la boca para decir algo. Des¬pués la cerró. Recién cuando pasamos fren¬te a la quinta de los Márquez volvió a abrir la boca y, con una voz que no le conocía me dijo:
—Virginia, nena, vos sabías que mamita estaba enferma, que te trajimos a casa a pasar unos días para que ella pudiera es¬tar tranquila. —Sí, tío.
—Bueno, ella..., se agravó, se puso cada vez peor... y esta mañana..., esta ma¬ñana se murió. Ahora su alma está en el cielo.
No sé qué más siguió diciendo. Debajo de mi flequillo, mis ojos se pusieron a llorar copiosamente; oí algunas palabras sueltas como "estrella"', "te mirará", "seas bue¬na". Las lágrimas me mojaban el vestido celeste; me temblaban las manos y las ro¬dillas. Mi madre estaba muerta. Eso era lo que ellos decían. A lo mejor estaba dor¬mida y ellos creían que estaba muerta.
Sí, seguramente estaba dormida. Resolví que estaba dormida y me limpié los mocos con el brazo, pero a pesar de ello no podía dejar de llorar.
Llegamos a mi casa. No parecía mi casa. Había gente en la vereda, enormes coronas de flores, gente en el pasillo. Todos se da¬ban vuelta para mirarme, y algunos me pasaban la mano por las mejillas. En la sala, más flores y más gente. Mis tías me apretaron entre sus brazos. El olor de las flores me mareaba y me daba asco. Dema¬siado olor, demasiadas flores. Papá, más flaco, con una corbata negra y peinado sin gomina, me alzó y me besó. Al¬guien dijo "pobrecita", otras voces repi¬tieron lo mismo.
Una señora gorda qué yo no conocía, me tomó de la mano y me condujo a la habita¬ción de mis padres.
—Pobrecita... vaya a ver a su mamita, queridita.
Yo esperaba encontrar a mi madre acos¬tada en su cama, pero la cama no estaba y en su lugar había un gran cajón oscuro alumbrado por velones emergidos de enor¬mes candelabros plateados. Me acerqué al cajón, sorprendida. Ahí den¬tro había una mujer joven, rubia, con los ojos cerrados, envuelta en una túnica rara y con un ramo de flores color lila, entre las manos.
La cara y las manos parecían de madera blanca.
—Dale un beso —ordenó la mujer gorda, alzándome para que pudiera alcanzar la cara blanca. Mis labios tropezaron con una mejilla fría, rígida. Me eché hacia atrás, asustada, y empecé a llorar fuerte para que alguien fuera a sacarme de allí. Esa no era mamá. Mamá tenía las meji¬llas rosadas y tibias. Cuando yo la besaba sonreía y me apretaba contra su pecho. Esa mujer blanca y dura me daba miedo. No quería tocarla. No quería seguir mirán¬dola. Se parecía a los muertos de los ce¬menterios que se escapaban por las noches para ir a bailar y regresaban al amanecer apurados por meterse en sus bóvedas. Lloraba a los gritos y la mujer gorda me dejó en el suelo. Tía Marcela me sacó de allí y me llevó a mi cuarto. —No te desesperes, querida, mamita no te abandonará nunca, ella estará junto a vos aunque no la veas..., te cuidará, te protegerá, y de noche brillará en una es¬trella para que puedas mirarla y rezarle. Me ayudó a recostarme en mi cama y lue¬go me acarició. —Quédate aquí, vas a estar más tranquila.
Allí no había tanto olor a flores, ése era el único lugar de mi casa que se parecía a mi casa: con las muñecas sentadas sobre la cómoda, la mesita para hacer los debe¬res, la valija de la escuela sobre la silla. Al rato me llevaron un plato de sopa. Tía Tita, la menor de mis tías. Me sacó los zapatos y el vestido y me hizo acostar bajo las sábanas. —Dormí un poco, tesoro. Yo me quedaré con vos hasta que te duermas. Estuve unos minutos mirando el techo y luego cerré los ojos haciéndome la dormida para que se marchara. No sé en qué momento me dormí de veras. Cuando desperté era de mañana y papá estaba sentado en la cama, junto a mí. —Papá —me abracé a él llorando. Sus ma¬nos eran blandas, su cara también. Eso me dio un gran alivio. —Vamos a llevar a mamita al cemente¬rio..., si querés podes quedarte con algu¬na de tus tías.
—No. Quiero ir.
—Entonces es mejor que te vistas. Papá salió, me vestí y me quedé en mi pie¬za, mirando por la ventana entreabierta los grandes autos negros y en uno de ellos, en letras doradas, las iniciales de mamá. Tenía miedo de que la señora gorda me
llevara otra vez a besar la cara de made¬ra blanca. O no, de piedra blanca, porque la piedra es más fría. Me espantaba la sola idea de que ello ocurriera. Pero me tran¬quilicé al ver unos hombres subiendo el cajón al auto con las iniciales. Salí de mi cuarto y me agarré de la mano de papá, que lloraba.
Subimos a uno de los autos negros. A nues¬tro paso la gente se persignaba, los hom¬bres se quitaban las gorras, algunos los sombreros. Los vehículos nos cedían el pa¬so. Entonces... no era solamente yo la que tenía miedo de esa muerta blanca, eran todos: los que se persignaban, los que se quitaban las gorras o los sombreros, los que se detenían para dejarla pasar... Na¬die se animaba a enfrentarla, a contra¬riarla con una falta de respeto, con un gesto inconveniente.
En el cementerio había mucho sol y yo te¬nía calor. Me dolían los zapatos y me ha¬bía entrado una piedrita que me lasti¬maba un pie. Nadie me prestaba atención, todos estaban pendientes del cajón que ba¬jaba lentamente hacia el fondo de la fosa. Todos querían verlo desaparecer allí, to¬dos querían estar seguros de que la mujer blanca estuviera, por fin, en el sitio que le correspondía.
Papá arrojó un puñado de tierra, mis tías también lo hicieron, por turno, y dos hom¬bres llenaron el hueco con rápidas paladas. Sobre la tierra removida colocaron las flo¬res y luego cada cual se marchó a su casa. Fue un largo día, un día interminable.
Entre papá y tío pusieron la cama en la pieza de mamá. Tía Tita dejó las persia¬nas bajas y abrió las ventanas para ven¬tilar, pero el olor a flores había impreg¬nado las paredes, los muebles, las cortinas. A la noche todavía había olor a flores —o sería yo, que lo tenía pegado a la nariz. Felisa, la muchacha, nos preparó la cena. Todos se habían marchado, papá y yo co¬mimos solos. La silla de mamá estaba va¬cía y yo no podía tragar, imaginando que en cualquier momento podía abrirse la puerta y entraría la mujer blanca. Papá me acompañó a acostarme; hubiera queri¬do pedirle que me dejara dormir con él, pero no me animé.
Me pasé la noche despierta con los ojos cerrados, encogida bajo las cobijas, tapa¬da hasta las orejas, alerta a los ruidos de la casa. Temía oír los pasos de ella regre¬sando, temía abrir los ojos y verla de pie junto a mi cama, con su larga túnica su¬cia en los bordes por la tierra del cemen¬terio.
—Mamá —murmuré llorando—. Mami¬ta..., ¿dónde estás? ¿Por qué pusiste en tu lugar a esa mujer que no conozco y me da tanto miedo? ¿Por qué todos dijeron que esa muerta eras vos? ¿Por qué me de¬jaste tan sola?
Durante muchas noches dormí sobresalta¬da, tuve horribles pesadillas, me sentí per¬seguida por la mujer blanca, rozada por sus manos duras y frías. Porque ésa no era mamá. Esa no. A mamá, tibia, sonriente, blanda, levemen¬te rosada, la sigo buscando entre la gente que camina por las calles, entre la gente que viaja en los colectivos, los trenes, los autos, los subterráneos
Las fotos te roban el alma
Una arropa a este niño, lo abraza, pone los labios sobre su frente para ver si tiene fiebre, llama al médico... "le duele la barriga, tiene tos,..."
Se te anudan las tripas porque a este niño amado le duele la cabeza.
Ha faltado a la escuela.
Le silba un poco el pecho...
Una abraza a este niño y ruega a Dios que todos sus dolores se pasen a tu cuerpo.
Por el cielo de afuera pasa una nube blanca que parece una oveja.
Por el cielo de adentro, ángeles invisibles se hamacan en el aire con olor a manzanas y amasan, como si fuera plastilina, las notas de la música que baila por la casa.
Allá no hay cielo.
Allá, donde los chicos esperan el rayo de metal que los parta en pedazos.
Allá, donde les enseñan a usar una escafandra que los disfraza de monstruos. Y a aplicarse inyecciones entre ellos... Y ya no lloran de hambre, ni de frío, ni de dolor... sino de miedo.
Los niños tienen miedo.
Los han amenazado... señores con trajes impecables y corbatas bonitas.
Señores que no parecen seres de otros planetas. Tienen dos ojos inexpresivos. Tienen la boca que pronuncia con desdén las palabras.
Tienen apuro por comenzar la guerra porque estas armas de hoy están ocupando el lugar que ya está destinado para las armas nuevas, que fabrican con prisa.
Esos señores no tienen emociones. Para hacerlos, han clonado a las piedras.
Cuando miran a un niño, no lo ven. Ven un bulto de andrajos, unas moscas molestas, unas llagas que nunca cicatrizan, y oyen ese quejido monocorde que se parece al llanto, a un llanto sordo, áspero, inaguantable... Deberán encontrar a un flautista que los guíe hacia el borde del precipicio y termine con ellos como lo hizo con aquellas ratas...
Los niños tienen miedo. Se toman de las manos. Se apretujan.
No quieren inyecciones ni escafandras. Máscaras parecidas al diablo. Huesitos que la piel apenas tapa. Y miedo, mucho miedo.
No miedo de las fieras de afilados colmillos, ni del diluvio, ni del terremoto...
Los niños tienen miedo de la camisa bien planchada, de los gemelos de oro, de la sonrisa de dientes perfectos con la que estos señores leen los titulares de los diarios y los discursos en los que la palabra "libertad" está marcada con resaltador amarillo... Y también tienen miedo de salir en las fotos que darán la vuelta al mundo mostrando su desesperación o sus tripas desparramadas por el suelo... porque han oído, alguna vez, y no lo han olvidado... que las fotos te roban el alma...
Poldy Bird
QUE EL AMOR SEA SUFICIENTE
El ángel está como suspendido en un estante alto de la biblioteca, con su gesto preparado para volar. Ese ángel de madera de guindo hecho por tus manos un tono más pálidas que su color de oro ruboroso. Qué extraño lo nuestro...
Cada vez que hablábamos parecía que algo profundo nos acercaba, algo con magia y tripas, unos lazos de esos que no se desatan nunca más. Pero no.
No había lazos. Ni bien nos separábamos, se soltaban los hilos intangibles que nos unían. Servían para unos breves momentos, los del encuentro. La más corta distancia los hacía desaparecer. Y otra vez la espera, otra vez volver a ser dos desconocidos, y la espera, la campanilla del teléfono que no suena, pulsar la tecla del contestador al llegar de la calle... y nunca tu voz con un mensaje..., y la espera, la espera, la espera... hasta reunir fuerzas y llamarte. ¿Qué tal, "extraño", cómo estás? No me pases facturas. Tuve unos líos bárbaros, vos sabes cómo anda todo... ¿Las cosas has cambiado tanto? ¿Ya no es lo más importante el amor, la relación humana, el compartir con otro penas, sueños, problemas, alegrías? Escuchar una vieja canción, leer en voz alta aquel poema de la Vilariño o la Orozco, usar los ojos como telescopios para encontrar la Cruz del Sur en las noches de agosto... Una vez le abrí la pajarera a Magaldi (así se llamaba el jilguero) y el pequeño pájaro voló. No tuvo miedo. No se detuvo. No miró hacia atrás. ¡Y nosotros, tan fuertes, tan pensantes, tan declamadores de frases maravillosas... no nos atrevemos a traspasar la puerta que está siempre abierta, que nadie cierra...! Vos ahí.
Yo aquí. No quiero hacer reproches. No quiero oírlos, tampoco. Me parece que tendríamos que hacer las cosas de otro modo. Dejar que el amor sea lo que debe ser: la savia del árbol, las alas del alma, el color del agua, las estrellas en el fondo de los ojos, la locura en el pensamiento, el calor de la piel... Dejar que el amor sea suficiente.
Que lo demás estorbe, sobre no importe. Con tus manos hiciste un ángel para que me cuidara. Ahí está. Cerca de mí. Ahuyentando oscuridades y demonios con su aura rosada. Al tallarlo y pulirlo pensando en mí, invadiste mi territorio, te metiste en mi mundo reservado y secreto... ¿Cómo vas a salir de aquí? No podrás. Cuando alguien llega donde vos llegaste, ahí se queda para siempre. Te parecerá que podes salir, fantasearás con ello, pero no... una red invisible te ha atrapado, lo quieras o no. Estás en mi realidad virtual, en este espacio de zorzales que cantan al amanecer, cassettes que escucho cuatrocientas veces sin parar, libros que releo, papeles que escribo y no dejo que nadie lea, una alta palmera que veo desde la ventana... Estás. Vestido como yo quiero. Diciendo lo que quiero que digas. Pensando lo que quiero que pienses. Sintiendo lo que quiero que sientas. Porque mi mente está muy entrenada y es capaz de fabricar imágenes y situaciones que son las de la vida, o parecidas a la vida.
Quizás sea esos lo que a muchos nos mantenga vivos: soñar que vivimos...
Mientras la vida cree que anda por ahí... Mientras vos creas que andás por ahí. Y no se den cuanta, ni vos ni la vida, que si yo no los invento en mí ¡ustedes no existen! Deja que el amor sea suficiente. Y que no necesites nada más, porque el amor te alcanza.
Poldy Bird
NO QUISIERA MORIRME SIN VOLVER A VERTE
Yo tenía un vestido blanco con ventanitas de broderie en el ruedo. Había luna y un patio y naranjada y se bailaba dos pasos largos y un pasito corto.
Las chicas nos reuníamos en el baño para contarnos cosas y reírnos de nervios.
Vos no eras invitado; solamente el amigo de un amigo, pero nadie te dijo que te fueras. Tenías una camisa bien planchada y los ojos más bellos de la noche.
Creí que te acercabas para sacar a bailar a la dueña de casa, pero era a mí.
Al principio casi no podía hablarte porque tenía que contar los pasos un-dos-tres un-dos-tres, después la música hizo de maestra de danzas e intercambiamos nombres y teléfonos
La vida era tan nueva, era tan larga, era tan sin estrenar y dulce, era tantas preguntas, era tantas promesas y esperanzas, era una extraordinaria omnipotencia: un territorio de descubrimiento donde todo el tiempo era nuestro y moriríamos de viejos algún lejano día en un lejano año . . .
La vida era una estrella lustrada con el pañuelo de lustrar manzanas, ese pañuelo del que aun no conocíamos su vuelo de alondra gris para el adiós, su textura de nube para secar el llanto de los desconsuelos . . .
La vida era el instante en que vivíamos, una página en blanco para garabatearla o estrujarla, para hacer un barquito que navegara en charco de la lluvia o cruzara el Atlántico, porque todo, absolutamente todo era posible y bello y luminoso.
Por todo esto, por un bolero que cantaste a capella y que me dio vergüenza que los demás oyeran ( Mujer . . . si puedes tú con Dios hablar . . . pregúntale si yo alguna vez . . . ), y más que nada por un breve beso . . . MI PRIMER BESO . . . , sentimos que ese encuentro era un encuentro "para siempre jamás".
Tal vez hubiese sido así si no hubiera tenido que marcharme con mi familia por tres largos años a un pueblo de Corrientes.
Digo "tal vez" porque no estoy segura si hubiese continuado, de quedarme yo aquí, la magia y el romance. O solamente fue el olor del verano, el un dos tres del baile, tus ojos desbordantes, tu barítona voz, mis ganas de saber lo que era un beso . . .
Y sin embargo ahora, después de tanto tiempo, de tantas cosas y tantos desencuentros que se juntaron para hacer mi vida, me gustaría verte otra vez.
No quisiera morirme sin volverte a verte.
Claudio: si por casualidad leés estas líneas, si recordás que fuiste aquel muchacho, si mi nombre te dice alguna historia que no borraste de tu corazón, llamame.
Hay media naranjada en cada vaso, que nunca terminamos de beber.
Sólo quiero contarte algunas cosas, saber qué fue de vos, y quizás . . . tener catorce años otra vez, por un rato.
Poldy Bird
Buscándonos
Nadie encuentra lo que no está buscando. No es verdad que las cosas aparecen de pronto; que, sorpresivamente, cuando para la lluvia, vemos una hermosísima flor en el tallo en el que antes no había nada. Allí hubo, por lo menos, un capullo cerrado, algo que estaba por abrirse, por transformarse en flor...
Cuando un hombre encuentra a una mujer, cuando una mujer encuentra a un hombre... los dos estaban buscándose. Por soledad. O por dolor. O por ganas de revivir la vida insuflándole oxígeno a los pulmones. O porque sí. ¿Por qué explicarlo todo? ¿Por qué decir que la causa, el efecto, que la casualidad no existe, que...? Mejor pensemos que lo importante es que, cuando no hay alguien a nuestro lado, no hacemos tostadas (¿para mí solamente? No...), no gastamos el frasco de perfume, duran menos las latas de atún y más las milanesas en el freezer, compramos con más nostalgia que alegría un ramito de flores para llevar a casa, y estrenamos muy pocas cosas. Se van yendo las ganas, como se va la luz, poquito a poco... Y la noche nos asesta su golpe con el recuerdo, nos envía sus fantasmas más tristes, sus sombras incansables e inclementes. La noche que no termina nunca, que crece, que atormenta, que entrevera nombres, que ronda, que agiganta las lágrimas hasta transformarlas en un océano. Estamos solos porque no hacemos una llamada. Porque no damos el paso que nos acerca.
Porque no decimos la primera palabra que se transforme en puente. Nadie encuentra lo que no está buscando. ¿Por qué creés que vos y yo nos encontramos? ¿Desde dónde venías acercándote? ¿Desde cuándo yo esperaba que llegaras? ¿Por qué yo? ¿Por qué vos? ¿Por qué nosotros? ¿Por qué creés que no te desviaste, con otro rumbo, que no fuiste más hacia el sur, o más al norte, o al otro lado del mar incalculable? ¿Por qué pensás que me detuve para que pudieras alcanzarme, extender las dos ramas de tus brazos, abarcarme con toda tu ternura como diciéndome "ahora ya no te pasará nada malo, nada triste, nada cruel"; podés dejar de llorar, podés dormir con los ojos cerrados, mansamente y, al despertar, no estarás sola... Nunca más estarás sola. "¿Y yo no estaré solo nunca más...?" ¿Por qué? Porque los dos estábamos buscándonos.
Porque desde aquella lejana, lejanísima primera vez que nos vimos, quedó un delgado, finísimo, invisible hilo uniéndonos... un hilo que nada puede cortar, un hilo que atraviesa paredes, muros, montañas... un hilo indestructible que no soltaste, que no solté, y que al fin volvió a reunirnos para que la historia termine su retrato, tal vez poniendo un poco menos de tonalidad en la paleta, o distintos colores y brillos, pero retornando a los dos mismos protagonistas.
Vos y yo. Regresando. Volviendo al paraíso prometido que salimos a buscar sin saber que lo teníamos tan cerca, debajo de los pies.
Cuando un hombre encuentra a una mujer, cuando una mujer encuentra a un hombre... los dos estaban buscándose. Nadie encuentra lo que no está buscando. ¿Me entendés, ahora?
Poldy Bird
PASARÁN COSAS
Ha empezado otro año.
Como un cuaderno nuevo está ante mí, y me acuerdo de cuando era chica, iba a la escuela y me apuraba para terminar el viejo cuaderno y así comenzar el otro. En las últimas páginas hacía letra grande, enormes dibujos apresurados. Pegaba dos hojas con engrudo de fabricación casera: agua y harina en la cocina.
Los cuadernos nuevos se empiezan con letra pequeña, pareja, prolija, cuidada...
Igual que los años.
Igual que éste.
¿Borrón y cuenta nueva?
No, no, sin borrón.
Y sumando a la cuenta nueva las otras cuentas que antes nos sirvieron.
Porque no todo está para el olvido.
Porque no todo fue para dejarlo atrás, disimulado entre las hierbas secas del otoño.
Pasaron cosas.
NOS PASARON COSAS.
Crecimos un poquito, un poquito así, pero crecimos.
Llorar hace crecer, es esa lluviecita de uvas de cristal sobre el techo de chapa de nuestro corazón. Pica, repica, musiquea, despierta.
Nadie es el mismo después de haber llorado.
Reír hace crecer.
También reímos.
Algunas veces, quizá podemos contarlas con los dedos de una mano... ¡Y cómo une la risa!: dos que se rieron juntos, a carcajadas limpia, no se desatan nunca en el recuerdo.
Yo tengo siete chistes favoritos, y me acuerdo de quiénes fueron las siete personas que me los contaron.
En cambio, no me acuerdo de todas las que me hicieron llorar o compartieron mis angustias.
No creas que se trata de mala memoria... me parece que es puro instinto de conservación.
Fíjate que la gente le huye a la tragedia.
En algún tiempo me daba mucha rabia, pero ahora lo entiendo y no la juzgo mal.
Una amiga de la infancia, que quiero profundamente, todavía no habló conmigo desde que murió mi compañero. Y si yo no la llamo no es porque no tenga ganas de hacerlo ni porque piense que es a ella a quien le corresponde llamarme... sino simplemente porque me da miedo que se sienta mal...
A ella le digo: si leés esto, no busques entre líneas... te quiero mucho, me gustaría que estuvieras cerca. No temas, no estoy desahuciada, no contagio las penas, las tengo dentro de mí, tan escondidas que para hallarlas tendrías que escarbar demasiado. Y, además, a los muertos queridos no los recuerdo muertos, los recuerdo con su olor a perfume y su camisa favorita, con la música que les gustaba, con las anécdotas que los muestran en su mejor momento. No hablaremos de heridas ni agonías ni hablaremos de nieblas o tormentas... no, ¿sabes qué haremos?... terminaremos la charla aquella que empezamos una tarde en un café de la calle Córdoba... o la seguiremos, porque las charlas entre amigas no se terminan nunca, son siempre una continuación de la anterior, que fue una continuación de la anterior... y así, siempre, siempre, hayan pasado días, meses, años.
Trabajar, hace crecer.
Y me ha dado un poco de trabajo trabajar.
Porque mi trabajo es solitario, callado, sin jefes que me obliguen a hacerlo, sin un horario que cumplir.
Se trata de transformarme en médium y sentir lo que todos sienten a mi alrededor... e interpretarlo con palabras escritas que traduzcan exactamente eso que siento, eso que sentís, eso que sienten otros.
Admirar hace crecer.
Es tan larga la lista de la gente que admiro, que te cansaría leerla. Pero en esos nombres seguramente nos reconoceremos, hermanadas, vos y yo. Violeta Parra, Mozart, Mick Jagger, Horacio Molina, Paganini, Cortázar, Woody Allen, Silvio Rodríguez, Beethoven, Raúl Porcheto, Chopin, Alejo Carpentier, Fellini, la hermana Teresa, Silvina Ocampo, Bergman, Ricardo Montener, siempre mi Felisberto Hernández que releo, los hermanos Marx, Olga Orozco, Humphrey Bogart reviviendo cada vez que pasan "Casablanca" por televisión (ojalá que no dejen de pasarla nunca).
Al admirar abrimos una ventanita del alma que, a veces, está cerrada con candado. Al abrirla, nos abrimos. Dejamos que eche a volar un pájaro cautivo y que entre el aire con olor a magnolias y a flores de tilo, ese olor que es olor a verano y a plaza. Cuando era chica llevaba botellitas a la plaza, las movía, dando vueltas, y luego las tapaba, creyendo que en ellas podían guardarse los olores. Tal vez sí. Nunca las encontré, después, nunca tuve oportunidad de destaparlas...
Agradecer es crecer.
Amar es crecer.
Crear es crecer.
Ha empezado otro año.
Cuadernito nuevo.
Cuadernito de hojas inmaculadas, todavía en blanco.
Cuadernito que en la tapa dice Poldy.
Solamente que yo podré escribir en él los días que vendrán.
Poldy Bird
LA VIDA ES HERMOSA
por Poldy Bird
¿Y qué puedo hacer ahora para demostrarte lo que entre broncas y recelos escondí?
¿Qué puedo hacer ahora, que no sé hacia qué lado dirigir mi voz para hablarte?
Ahora que el norte no importa, que la lluvia es pintada, que esté de mas el sol, que para qué sirven los jazmines, que nunca mas un tango, un Wagner, los Rollings, Patsie Claine enloqueciéndose, que las culpas abruman, que al fin sabés que te metiste en camisa de once varas por un amigo y fue el que te pateó, porque nadie aguanta tener que agradecer (y si no, como decía Arnaldo, mirá Cristo. Lo crucificaron porque les dio demasiado).
¿Vos me ves?
¿Vos andas dando vueltas todavía por aquí?
¿Vos no dejas que nadie me venga bien, que todos me parezcan poco menos que imbéciles, que los tipos que se me acercan digan justo, justito lo que me resulta ridículo, tonto, remanido, presuntuoso, predecible, inútil?
¿Vos hacés que pierda los papeles, los anillos, los anteojos, que no me acuerde de lo que tengo que hacer, que NO ME IMPORTE...?
No estoy.
No soy.
No puedo.
No me esfuerzo.
No se me dá la gana.
No me importa.
No espero que me digan "quédate", "veni", "andate".
No espero nada.
Van pasando las cosas, la vida va pasando.
Sucede.
A pesar de mí, sucede.
Ha llegado otro verano, que se escurrió entre lluvias y vientos anunciados por los que se alegran anunciando las catástrofes.
Unos azareros que pusimos en la terraza sobrevivieron el crudo invierno.Los compramos en un vivero de Maldonado hace cuatro años, ¿o cinco?, titubeando:
"¿aguantaran, no aguantaran?"
Nada es tan frágil como parece.
Nada es tan fuerte como creemos.
Casi todos los premios están arreglados.
Esperan que cumplas ochenta años para rendirte los honores que merecías desde los cuarenta y así se quedan con la conciencia tranquila cuando te morís. La alfombra roja solo es para los poderosos, no para los creadores, para los que cambian el pensamiento de la gente mejorándola, haciéndole subir un escaloncito a la raza humana.
Y no es que "el mundo es así".
El mundo es generoso, paciente, productivo, sensible, ¡no hace más que perdonar el daño espantoso que le hacemos, nuestra imparable depredación, nuestra autosuficiencia de matones!
Nos da y nos vuelve a dar. Flor tras flor. Color tras color. Sonido tras sonido.
Fruta tras fruta.
Nos da todo lo que necesitamos para vivir mientras agujereamos su ozono para freírlo.
¿Cómo le vas a echar la culpa al mundo, que cuida el delicado y pequeño nido del colibrí y la maravillosa telaraña de plata?
Y nos presta todo su aire para que nos comuniquemos.Pobre mundo debe creerse que nos hace sentir mas acompañados con las ondas de Internet...
No sabe (porque es ingenuo como mi tía Elsa) que la soledad no tiene nada que ver con la vida que tanto cuida.
Que la soledad es un virus que no tiene vacuna porque nadie la fabrica.
¡Imaginate la industria de la droga, las armas, y la corrupción si la vacuna se repartiera gratis! Porque debiera ser gratuita y obligatoria.
¿Vos me oís?
¿O estás concentradísimo atendiendo tu ausencia?
¿Ves tus libros ordenados por temas?
¿Ves mis lágrimas, ordenadas también por temas en las cajitas de los recuerdos y las añoranzas?
Si, te extraño. Si, te amo. Si, te pienso. Si, te ubico en el lugar de siempre, porque no creo en la desaparición total de nadie.
Si, sos parte de mi vida. Eso no puede cambiarse.
Vos sabés que lo único que no podemos cambiar es el pasado.
Menos mal, porque hay cosas tan bellas en el pasado, que locos como somos los humanos, podríamos cambiarlas en un rapto de bronca.
Hace un tiempo vi una inscripción, estaba escrita con aerosol en una paresita larguísima detrás de las vías del tren que va para Retiro. Decía, extendiendo el mensaje unos cien metros:
ALMA, LA VIDA ES HERMOSA
Y si no, pregúntale al mundo, a los azahares de los azareros, a la vaca del dulce de leche, a la carcajada de Beatriz Guido, al refinamiento de José Bianco, al trébol de los Irlandeses de mis ancestros, a los dientes nuevos de mi nieto el futbolista (que me oye fascinado cuando le cuento que ví a Neil Armstrong pisar la luna el 20 de julio de 1969, el día en que menos delitos se cometieron en el planeta, (¿sabías?)
Sí, terminante: LA VIDA ES HERMOSA
LOS NIÑOS TIENEN MIEDO
por Poldy Bird
Una arropa a este niño,
lo abraza,
pone los labios sobre su frente para ver si tiene fiebre,
llama al médico. . .
"le duele la barriga,
tiene tos, . . . "
Se te anudan las tripas porque a este niño amado le duele la cabeza.
Ha faltado a la escuela.
Le silba un poco el pecho. . .
Una abraza a este niño y ruega a Dios que todos sus dolores se pasen a tu cuerpo.
Por el cielo de afuera pasa una nube blanca que parece una oveja.
Por el cielo de adentro ángeles invisibles se hamacan en el aire con olor a manzanas
y amasan,
como si fuera plastilina,
las notas de la música que baila por la casa.
Allá no hay cielo.
Allá.
Donde los chicos esperan el rayo de metal que los parta en pedazos.
Allá,
donde les enseñan a usar una escafandra que los disfraza de monstruos.
Y a aplicarse inyecciones entre ellos...
Y ya no lloran de hambre,
ni de frío,
ni de dolor...
sino de miedo.
Los niños tienen miedo.
Los han amenazado...
señores con trajes impecables y corbatas bonitas.
Señores que no parecen seres de otros planetas.
Tienen dos ojos inexpresivos.
Tienen la boca que pronuncia con desdén las palabras.
Tienen apuro por comenzar la guerra
porque estas armas de hoy están ocupando el lugar que ya está destinado
para las armas nuevas,
que fabrican con prisa.
Esos señores no tienen emociones.
Para hacerlos,
han clonado a las piedras.
Cuando miran a un niño,
no lo ven.
Ven un bulto de andrajos,
unas moscas molestas,
unas llagas que nunca cicatrizan,
y oyen ese quejido monocorde que se parece al llanto,
a un llanto sordo,
áspero,
inaguantable...
Deberán encontrar a un flautista que los guíe hacia el borde del precipicio
y termine con ellos como lo hizo con aquellas ratas...
Los niños tienen miedo.
Se toman de las manos.
Se apretujan.
No quieren inyecciones ni escafandras.
Máscaras parecidas al diablo.
Huesitos que la piel apenas tapa.
Y miedo,
mucho miedo.
No miedo de las fieras de afilados colmillos,
ni del diluvio,
ni del terremoto...
Los niños tienen miedo de la camisa bien planchada,
de los gemelos de oro,
de la sonrisa de dientes perfectos con la que estos señores
leen los titulares de los diarios
y los discursos en los que la palabra libertad está marcada con resaltador amarillo...
Y también tienen miedo de salir en las fotos que darán la vuelta al mundo
mostrando su desesperación o sus tripas desparramadas por el suelo...
porque han oído,
alguna vez,
y no lo han olvidado...
que las fotos te roban el alma...
SOBRAN ARMAS
por Poldy Bird
Si no lo digo
mis palabras se volverán grises.
Si me lo callo
el corazón se cerrará con llave,
ramos de sol se apagarán al viento,
y el mundo explotará si lo silencio.
Hay que desactivar
el llanto, la ignorancia,
la nave con plutonio,
los negociados con el hambre,
la inmutable indiferencia
frente a lo que no tiene conocida marca.
Hay que nombrar al niño,
a los millones de niños
que antes de dejar la niñez
se vuelven viejos.
Panzas con hambre,
huesos deformados
de tanto trabajar.
Hay que desactivar
la ambición que destruye la esperanza.
Está faltando amor.
Está faltando pan...
¡y sobran armas!
TODAVIA
POLDY BIRD
Anoche estuvimos hablando de vos. Llegaste por el camino de una nostálgica charla sobre la adolescencia; estabas sentado en una rueda de amigos, pero yo solamente veía tu mentón obstinado, tu frente limpia, tu risa con las comisuras raramente hacia abajo.
Era el tiempo en que se hablaba abiertamente, en que "amistad" significaba confiarse sin tapujos, decirlo todo sin hacer cálculos sobre lo que "es o no es conveniente". Los viejos se morían y nosotros íbamos a vivir eternamente jóvenes. Sabíamos de memoria estrofas enteras de poemas famosos, frases grandilocuentes de Ingenieros, y me prestaste un libro para que me enamorara de "la casa en la cascada" diseñada por Wright. Las injusticias nos sublevaban y nos metíamos en camisa de once varas peleándonos a los gritos con un taxista que no quería levantar a una pasajera morenita con una enorme bolsa de ropa. Le pagábamos diez vueltas de calesita a un chico de zapatillas rotas...; íbamos a transformar el mundo...
No sabía quiénes eran los hermanos Marx y me llevaste a ver "Una noche en Casablanca"; me reí tanto que me caí de la butaca. Era la primera vez que me ponía pestañas postizas, se me despegaron, las guardaste en el bolsillo de tu saco y nunca más las encontramos.
¡Vivir era tan fácil!
Era... mirar el reloj quinientas veces para que se hiciera la hora de salir del trabajo. Era olvidarnos de las obligaciones cuando poníamos un pie en la calle. Tararear las canciones de moda, tratar de descifrar los símbolos de Bergman, fascinarnos con "Hiroshima mon amour", dejar el tocadiscos en automático para que se repitiera cincuenta veces un disco de Louis Armstrong, caminar por las calles del barrio a un metro de distancia para que el vecindario no nos inventara un romance, tentarnos de risa y reír hasta perder las fuerzas y el aliento...
Nunca más volví a reírme así...
Y nada es tan gracioso, ni tan asombroso, ni nuevo, ni refulgente...
Ahora los amigos tienen ocupaciones que les impiden dedicar una larga tarde a una charla sin rentabilidad. Nadie dice exactamente cuánto gana, cuánto gasta, cuándo se va de viaje, qué quiere, qué sueña, a qué le tiene miedo.
Porque nosotros no teníamos miedo; solamente belleza y omnipotencia...
Pero ahora el miedo está en medio de las cosas que hacemos, que tocamos, que queremos.
No lo creerías..., pero lo que dábamos a manos llenas seguros de que conseguiríamos más, siempre más... hoy se guarda como un tesoro irrepetible: fe, ternura, compañía, cariño, ayuda, tiempo. Son ingredientes raros en el mundo de los adultos.
Las chicas... se casaron, e invitan a sus casas a los jefes de sus maridos para quedar bien; van a la peluquería dos veces por semana y llevan a los hijos a guitarra, inglés, equitación, danzas, además juegan canasta, bridge y golf (juego muy conveniente para que los consortes atrapen clientes para el diván o el bufete de abogado o la operación de plástica)...
Los muchachos saludan con un beso en el aire, a medio centímetro de la mejilla cuando cada muerte de obispo los encuentro por la calle; sacan pecho, hunden la panza; lo que no pueden -muchos de ellos- es "sacar pelo" que ya les ralea.
Ninguno puede esperar, los ojos en el cielo de la noche, que caiga una estrella para pedirle tres cosas.
Ninguno puede llegar al hormiguero arrastrándose pacientemente detrás de cinco hormigas cargadas con pedacitos de pétalos de rosa.
Hablarles a las plantas para que no se marchiten; tender el oído en el aire fino de la tarde, como una red, para atrapar las mil variantes del canto de los pájaros en una alejada casa de campo...
No, no quiero engañarte... yo me parezco mucho a ellos... también me han vencido, también he claudicado algunas veces, y al mirarme al espejo no siempre encuentro ese brillo de lentejuela loca que animaba mis ojos... Pero trato de no traicionar del todo a los rosales y a las alas.
Cada tanto me quedo sola en esta casa que amo, lejos de la ciudad, con un tren que a cada hora pasa por el fondo sacudiendo las paredes, una hoja de roble que cae... que no cae... que se agita en la brisa como una pandereta anunciando el otoño; una abeja que se acerca peligrosamente a mi vestido confundida por su color de flor; el olor de los pinos, de la tierra húmeda, de mi cuerpo soleado...
Ay, amigo... sólo los viejos se morían y vos no supiste esperar...
Hace ya tantos años... cuando sólo los viejos se morían, suspendiste tu gesto de asombro y rabia para siempre en la sala de guardia de un hospital, Jota Eme Be: accidentado.
Ay, amigo, ¿cómo serías ahora? ¿Cuánto tiempo tendrías para estudiar jazmines? ¿Cuánto apuro en tu beso al cruzarnos por la calle? ¿Cuánta sed de palabras? ¿Cuánta luz? ¿Cuánto encuentro?
Silencio, shh... no movamos el aire... que se asusta, y a mí me gusta tanto, todavía, mirar al colibrí de verde plata bebiéndole el azúcar a las lilas...
DE PURA AUSENCIA
un cuento de POLDY BIRD
De pura ausencia me has dejado el corazón de ceniza.
No lo puedo acunar porque se deshace,
se vuela en pájaros grises.
No le puedo poner una coraza
porque se escapa en llantos azules.
Corazón que a veces ha sido una coraza.
Corazón que a veces ha sido un par de alas.
Corazón que se empecina y lucha...o tiembla y se entrega
como un puñadito de arena de una playa lejana.
Corazón que se entregó sin dudas cuando llegaste
con tus pasos seguros, que apresuró latidos y se metió por la puerta que abrías,
entró en tu cuerpo, se meció en la marea incesante de tu sangre,
nada lo detuvo, ni un pensamiento, ni una duda, ni una
minúscula desconfianza...
Corazón confiado...corazón entregado, al que no le tuviste piedad...
De pura ausencia me has dejado los ojos sin estrellas...
Miran viendo las cosas como si los colores no existieran
y el sol diera una luz envejecida.
Te buscan...No te ven...
Miles de interrogantes preguntan sin descanso dónde estás,
y tu ser es una sombra...y tu sombra es la sombra de algo que
no se ve, que ya partió, que no ha dejado huellas...
tu ser huyó de mis abrazos, se escapó de mis pupilas,
como si nunca hubiesa sido una realidad, una presencia concreta...
Mis ojos, que brillaron iluminándote, que recorrieron el mapa de
tu cuerpo, que aprendieron tu norte y tu sur, tus colores,tus líneas...
De pura ausencia me has enceguecido...
De pura ausencia me has dejado los pasos sin camino.
Me llevan de aquí para allá,
de un rincón a otro de la casa,
de una vereda de la calle a otra,
siempre inquietos, empujados por vientos que cambian de rotación a cada rato.
Doblas la esquina...
Entras por puertas que desaparecen...
Saltas a precipicios que cuando llego no existen...
Pero todo lo ocupas...TODO
No sé lo que esto quiere decir para vos,
pero sé lo que significa para mí: TODO, ABSOLUTAMENTE TODO.
Que ocupas el cielo y el infierno de mi ser infinito.
Significa que a pesar de la angustia y la tristeza
del silencio como forma de respuesta,
mis células se asfixian con el veneno de tu desamor,
pero igual agonizan con esa escasa cuotita de oxígeno de una letra
esporádica o una efímera conversación cada tanto, cuando nos cruzamos
por casualidad y no puedes hacerte el que no me ves...
Eso me vuelve loca y me hace apretar los puños llenos de lágrimas.
¿Hubo una vez una cosa llamada felicidad ?
La necesito.
Es el antídoto y la resurrección.
De pura ausencia me has dejado rondando tu recuerdo,
estatua de aire que trato de contener entre mis manos
para que no se disperse...
y corro, arrebatándola de todo...
Pero hasta te has confabulado con el recuerdo para que elrecuerdo se borre.
Huyendo,terco, siempre huyendo...
Mi voz es lo único que me dejó tu ausencia...
mi voz para llamarte y rodar detrás tuyo:
apenas voz...apenas lágrima...
Y la lágrima crece y se hace río.
Y el río se embravece.
Pero tu indiferencia lo convierte en piedra.
Y es una muralla,ahora de piedra,la que nos separa.
Jardinero de rosas trepadoras,
cosechador de pan que horneó mi aliento,
guardián de los luceros de mi sangre...
¿cómo es que me has dejado abierto el pecho,
sin protección,
el corazón desnudo,
ni una puerta siquiera, ni una llave
para encerrarme en él, fuera del mundo?
Ahora estoy desarmada,
sin fuerzas, sin defensas:
de pura ausencia me has dejado muerta.
bueno estos son algunos de los muchos cuentos y poemas que tiene espero les guste y le sirva gracias

