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Joaquin Penina: Anarquista fusilado en Rosario

InfoFecha desconocida
Continuando un poco con lo q hice hace un par de dias, el post sobre el anarquismo (), dejo la historia de un anarquista fusilado en mi ciudad natal, un español llamado Joaquín Penina, la historia de la trágica noche y lo q fue su vida, resumida en algunas línea





Historias de siglo y medio


La muerte de Joaquín Penina, anarquista y fusilado en Rosario

Jorge Benazar

Todavía era de noche cuando los canas descuajaron a patadas la puertita del altillo y, a prepo de tirones, puteadas y culatazos, levantaron por los pelos a los dos hombres que dormían.

-¡Vestirse, carajo! -vociferó el que mandaba. Los otros desparramaban libros, hurgaban el mimeógrafo, desbarataban enseres de pobre y bolsiqueaban las pocas pilchas que colgaban de piolines y clavos. Ahí nomás, aturdidos, esposados y mal vestidos los arrearon a la Jefatura.

Pablo Antonio Porta entró a las nueve en el cuarto deshecho. Nada de Constantini ni de Penina. Corrió al local de la Fora; lo prendieron a la media cuadra y lo metieron en el calabozo con los compañeros que buscaba.

Por la tarde empezó el baile. Marcelino Calambé no anduvo con vueltas.

-Así que vos sos... Victorio Constantini. ¿Vos escribiste esta mierda? ¡Contestá, carajo!

-No sé quién lo escribió -alcanzó a decir el preso antes del primer cachetazo en la oreja izquierda. El jefe de la División Orden Social de la Policía cambió de mano los volantes que sostenía en la zurda, cerró el puño y golpeó la otra oreja.

-¡Hablá, comunista de mierda! ¿Quién lo escribió? -Calambé preguntaba y pegaba, pegaba y preguntaba, duras las cerdas negras del pescuezo, tieso el bigote finito. El preso gritó pero no habló.

Para interrogar a Porta -por cansancio, por higiene o por afición al método- Calambé prefirió el talero. Con la lonja lo sobó por el costillar; con el cabo le curtió los riñones y le enderezó las canillas. Porta, blanco de espanto, se desmayó dos veces y lo mejoraron con baldazos de agua. No sirvió; ya ni lloraba.

Tres días antes, al sonar "la hora de la espada" que reclamaba Leopoldo Lugones, el general José Félix Uriburu había volteado al presidente Hipólito Yrigoyen, el 6 de septiembre de 1930. Estado de sitio, ley marcial, juicios sumarísimos y pena capital para quienes alteraran el orden de las bayonetas. La Liga Patriótica festejaba y los trabajadores anarquistas de la Federación Obrera Regional Argentina dudaban sobre qué hacer. Algunos militantes de la Fora rosarina -tarde, mal o como pudieron- habían salido al cruce del golpe con pintadas y manifiestos.

-¡Traigan al otro! -ordenó el jefe. Ahí estaba Joaquín Penina, esposado a una silla de fierro.

-¿Así que sos anarquista vos?

-Sí, soy anarquista.

-Puta que hablás raro che. ¿Y de dónde sos?

-Vine de España, de Barcelona.

-Decime ya quién escribió esta mierda o te hago cagar a tiros.

-No sé -Penina no dijo más. Calambé se hartó de pegarle.

El 10 de septiembre, desde la madrugada hasta el mediodía, otra vez los molieron bien a palos. Se dice que los tres resistieron y que ninguno habló. Después, cada quien a su suerte, no volvieron a verse. Porta regresó a España y Constantini recaló en el Uruguay cuando les dejaron elegir entre el paredón y el exilio.

Penina quedó en Rosario, sepultado como NN en la fosa 540 del solar dos del cementerio La Piedad. Porque esa noche, tres soldados y un oficial del Ejército lo clavaron a las barrancas del Saladillo con siete tiros de pistola.

Antes de las diez y media de la noche, la caravana arrancó hacia el sur, a Pueblo Nuevo. En el camión cerrado, que rechinaba a los barquinazos sobre el empedrado grueso, al subteniente Jorge Rodríguez le sudaban los sobacos y lo atravesaban los escalofríos. Hacia el fin del invierno, "la noche era suavemente fresca, de una luna fuerte que por momentos ocultaban las nubes; una noche más para soñar que para morir", recordaría. La orden era matar. No sabía a quién ni lo había visto; el reo, callado y quieto, tal vez dormido, viajaba en su celdilla ciega.

Joaquín Penina dormía, tal vez, y acaso soñaba con peces y con ríos. Con el Llobregat de su infancia, a medio rumbo hacia el mar, y con sus peces plateados, pequeños y trémulos. O con el río enorme de aquí, que tanto lo asombraba.

Los autos pararon y ya no hubo sueños. Bajó el subteniente Rodríguez, bajaron los soldados, bajó Joaquín Penina con las manos esposadas a la espalda y supo que iba a morir ahí nomás, cerquita de ese arroyo más oscuro y más caudaloso que su río Llobregat.
Un cabo lo puso donde alumbraban los faros de los coches. La orden era matarlo con pistolas. Joaquín Penina se plantó frente a los focos.

Dos años después, el subteniente Rodríguez contaría así la ejecución:

"-¡Carguen! -ordené a la tropa. Penina dio medio paso y se enderezó.

"-¡Apunten!

"-¡Viva la anarquía! -gritó con pronunciado acento catalán. Su voz era templada. No vi temor en él.

"-¡Fuego! -ordené sin ver ya nada. Tres tiros.

"Dobló las rodillas y se inclinó hacia adelante. No quise prolongar su agonía y, sin mirar ni apuntar, hice fuego hacia él. Dos soldados hicieron fuego también. El ejecutado redobló su gemido, se encogió más y más y cayó para siempre.

"Salí al frente del pelotón hasta colocarme a unos dos pasos del caído. Aún temblaba en el polvo pero ya no gemía. Sin mirar casi, tiré. Parece que no le di porque sentí una voz que me dijo:

"-¡A la cabeza!

"Tiré de nuevo y el reo quedó inmóvil. Fui hasta mi capitán y le dije:

"-He cumplido la orden".





Un obrero calificado y libertario


De padres pobres, campesinos y analfabetos, Joaquín Penina nació en 1901 en Gironella, pueblo catalán -hoy con 12 mil habitantes- recostado sobre el río Llobregat, 110 kilómetros al norte de Barcelona. De chico aprendió a poner baldosas, mosaicos y azulejos. Se abrió paso en la lectura junto a sus compañeros anarquistas y, por amor reverencial a la letra impresa, se convirtió en un difusor de los textos libertarios. Llegó a la Argentina en 1924 y se radicó en Rosario, donde encontró trabajo en la construcción como oficial calificado.

Se sumó a las actividades de la Fora (Federación Obrera Regional Argentina) como afiliado al Sindicato de Oficios Varios de Rosario, pero nunca asumió responsabilidades de jerarquía en el movimiento obrero. Por ideología y por elección, antes que agitar a las masas prefería difundir y vender la prensa y la literatura libertarias. Penina adhería a las ideas anarquistas y pacifistas de León Tolstoi; practicaba el naturismo, prescindía del alcohol y del tabaco y era vegetariano estricto.

Su único antecedente policial fue una detención que sufriera en 1927 cuando distribuía el quincenario La Protesta, por entonces empeñado en una campaña internacional por la vida y la libertad de Nicola Sacco y Bartolomeo Vanzetti, libertarios italianos presos en Estados Unidos por un delito que no habían cometido y que luego fueron ejecutados en la silla eléctrica.

Dicen que vivía una vida modesta, activa y ordenada, que trabajaba bien, mucho y siempre por su cuenta, que gastaba lo mínimo y enviaba el resto a su familia, que su única expansión eran las lecturas interminables, los paseos dominicales por la costa y la contemplación del río. Nunca se le conocieron romances. Su última vivienda fue un altillo de pensión en Salta 1581.

Del otro lado del mar y durante la República Española, al enterarse de su muerte, los vecinos de Gironella impusieron el nombre de Joaquín Penina a la calle principal del pueblo. El franquismo abolió el homenaje durante 40 años. La memoria popular fue paciente y empecinada. Hoy la calle principal de Gironella se llama Joaquín Penina.

Otros son, en Rosario, los caminos de la memoria. Alguien se robó la placa que recordaba a Penina en Salta al 1500; el memorial que plantó la Municipalidad en el parque Sur está deteriorado.

Sobre esa vida breve y esa muerte aciaga, el lector inquieto podrá encontrar más datos y detalles en la obra "1930-Joaquín Penina-Primer fusilado", de Fernando Quesada, del Grupo Editor de Estudios Sociales (1974). Se trata de una edición de bolsillo (ciento diez páginas en rústica) que imprimió en Rosario la casa Tipografía Llordén y de la que quedan apenas diez o doce ejemplares maltrechos que se venden a dos pesos la unidad en la Biblioteca y Archivo Histórico Social Alberto Ghiraldo, con sede en Paraguay 2212.





De verdugos, ladrones y sepultureros


Los responsables directos de la muerte de Joaquín Penina fueron el teniente coronel Rodolfo Lebrero, jefe de Policía de Rosario, quien dio la orden de matarlo y ordenó que se lo sepultara en secreto y como NN; el mayor Carlos Ricchieri; el capitán Luis Sarmiento, que organizó el traslado y el fusilamiento; Félix de la Fuente, jefe de Investigaciones de la Policía; Marcelino Calambé, quien dirigió los interrogatorios, y el comisario Angel Benavídez.

Además de un giro por poca plata para su familia -que tenía en un bolsillo cuando lo mataron- Penina guardaba en su cuarto 600 pesos para pagar deudas con editoriales libertarias argentinas y españolas. La Policía se quedó con ese dinero y quemó sus libros y papeles. Un par de años después, en un camino rural de San Juan, dos desconocidos cosieron a balazos al capitán Luis Sarmiento.

La madrugada del 11 de septiembre, los represores se pasearon con el cadáver por las dos sedes de la Asistencia Pública. Ningún médico quiso firmar el certificado de defunción. Al fin, cuatro conscriptos amenazados de muerte cavaron una fosa en La Piedad y sepultaron a Joaquín Penina. El gobierno de la provincia investigó e identificó a los responsables pero nunca hubo sanciones ni condenas.


Fuentes:
http://www.google.com.ar/search?hl=es&q=%22Joaqu%C3%ADn+Penina%22&btnG=Buscar+con+Google&meta=cr%3DcountryAR

http://www.lacapital.com.ar/2002/06/09/articulo_14.html

http://www.lacapital.com.ar/2002/06/09/articulo_15.html




Antes q nada, pido q se comente con prudencia, debatiendo en buena onda. Nada de puteadas, q el tema esta barbaro

Un saludo
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