Durante la trasmisiones de los partidos de la RWC2007 mi hijo menor me preguntó quien era el grandote que comentaba los encuentros. Con ustedes... ¿Quién es Patricio Noriega? Es el único rugbier argentino que ganó una Copa del Mundo, hazaña que logró con el equipo de los Wallabies, que representaba a Australia en el Campeonato del Mundo de Gales en 1999. En esta entrevista, el “Pato” nos cuenta sus ganas de enseñar en nuestro pais después de una larga estadía en el extranjero. En la ciudad australiana de Canberra, el “Pato” Noriega jugó en los Brumbies, equipo con el que finalizó quinto, en su primer año de competición, en el nuevo Súper 12. Su coach era, en ese momento, Rod McQueen. Allí firmó un contrato por dos años que después fue prorrogado por tres temporadas, en las que los Brumbies, dirigidos por Eddie Jones –un gran amigo de Noriega–, consiguieron un sub campeonato y se mantuvieron siempre en los primeros puestos. En noviembre de 1998, el scrum debutó en tierras francesas con la camiseta de los Wallabies; dos años más tarde, una vez finalizado el Súper 12, el “Pato” firmó contrato por tres años con el club Stade Français de París, uno de los mejores del continente, pese a una operación en uno de sus hombros. En abril de 2001, su manager en Australia le acercó una propuesta de parte del entrenador de los Wallabies, el ya citado Eddie Jones, para que volviera a jugar en ese país. Después de largas tratativas, la propuesta prosperó y Noriega se alistó en los Waratahs de Sidney, el eterno rival de los Brumbies. Al poco tiempo, volvió a lucirse en los Wallabies, pero a principios de 2003 sufrió una lesión en la espalda que lo obligó a dejar definitivamente los campos de juego. Ese mismo año, impulsado por el retiro, empezó sus estudios para convertirse en coach profesional de rugby: realizó los primeros cursos en Canberra, donde debutó como entrenador de los menores de 23, nuevamente en los Brumbies. Después, vinieron el Marist College, el East Suburb y el ACT Rugby Union, en el que entrenó a los scrums. Actualmente –y desde hace dos temporadas– es el coach de la primera división del Hindú Club de Argentina. ¿Cuándo empezaste en el rugby? Empecé a jugar a los 11; me llevó a Hindú Club un amigo que se llamaba Diego y mi primer entrenador fue “Colacho”, un gran tipo, y ahí nomás me enamoré del club. Antes, fui jugador de fútbol, pero muy malo. Estaba siempre en el banco; era muy inquieto, bastante caradura y, después de muchos años de estar en el banco y entrar sólo cinco minutos por partido (jugaba de 2), le pregunté al técnico por qué no me ponía de titular y me contestó que tenía que cambiar de deporte, que yo era muy grandote y muy pesado para jugar al fútbol; me enojé y no fui más. ¿A qué edad debutaste en la primera de Hindú? A los 19, aunque tuve dos debuts. Uno, en diciembre de 1990, contra un equipo australiano que vino de gira; fue un partido amistoso y entré de segunda línea. Y el otro, el oficial, en el torneo, al año siguiente. Esto no lo conté nunca. Fue bastante gracioso cómo se dio porque yo tenía que pelear el puesto con Grotte y Diviesti, dos pilares históricos de Hindú y, además, dos grandes jugadores. El día del debut, yo jugaba en intermedia y hacía banco. Esto me lo contó Isabel, mi mamá, que estaba viendo el partido: justo detrás de ella aparecen cuatro tipos con sobretodo negro. Era pleno invierno. Uno de ellos era “Pochola” Silva –entrenador del seleccionado de Buenos Aires–, que buscaba jugadores nuevos, que empezó a los abrazos con el “Negro” Fernández Miranda, todo el mundo los miraba y, cuando le preguntaron qué hacía en el club, contestó que venía a ver jugar al “Pato” Noriega para llevarlo al seleccionado. Al partido siguiente, me pusieron en primera, Pulido pasó a jugar de octavo y, junto con Grotte y Diviesti, ¡formamos la primera línea más poderosa de la historia del mundo! ¿Alguna vez imaginaste que te nombrarían el mejor pilar del mundo? Jamás imaginé todo lo que me pasaría. Soy un tipo que, de chico, era muy competitivo, trataba con honestidad de mejorar, de ganar y de ser el mejor, y eso –creo– me dio fuerzas para seguir luchando. Siempre quise ser el mejor, pero eso significaba para mí serlo en cada entrenamiento, en cada scrum y en cada partido; así me mentalicé toda la vida. ¿Pensás que la mentalidad de un deportista es determinante en su carrera? En cada deporte, creo que los logros de un deportista exitoso se miden por lo que ha alcanzado, por su proyección, y no por el talento que pueda tener. Ser ganador y competitivo va más allá del talento. ¿En qué te ayudó el aspecto formativo y social que tiene el rugby? La verdad, me enseñó muchísimo. Hoy por hoy, si me dieran la oportunidad de elegir de nuevo, por toda la cultura y la tradición que implica, no dudaría en elegir el rugby. Transmitir los logros y objetivos a través del sacrificio, ser leal y tener compromiso con el equipo es una experiencia única. De chico, te enseñan qué es un forward, un pack, una unión, y así es como lográs objetivos en grupo. Es una forma de vida. ¿Qué sería de vos sin la ovalada? Creo que sería un tipo muy laburador. Si no hubiera jugado al rugby, habría practicado algún otro deporte, pero me imagino que en alguna empresa, trabajando y tratando de ser el mejor en lo que fuese. Me tocó trabajar de barrendero: quería barrer como el mejor y cuidaba todos los detalles para destacarme. ¿Cuál fue tu peor laburo? Fue en una fábrica de neumáticos recapados. Tenía 15 años y era el que pulía todas las cubiertas de camiones con una máquina; el caucho volaba para todas partes y me entrenaba levantando las cubiertas, que pesaban ¡70 kilos! Fue mi primer laburo y la guita que gané en esos cuatro meses me sirvió mucho. ¿Qué te dio y qué te quitó el rugby? Me dio la posibilidad de darles a mis hijos una mejor educación de la que yo tuve, de viajar y conocer el mundo. Vivimos seis años en Canberra, tres en Sidney y uno en París, con lo cual los chicos hablan varios idiomas. Tuve la suerte de ver las cosas desde otro punto de vista y eso me hizo un tipo honesto y muy sacrificado. Creo que no me quitó nada; tal vez, la oportunidad de ser campeón del mundo de peso pesado. En un momento hacía boxeo y me gustaba mucho, pero lo largué por el rugby. ¿Quiénes son tus referentes? Tengo muchos. Sin ser fanático, soy muy creyente y respeto mucho a personas como Gandhi o la Madre Teresa. Es gente especial que la sociedad necesita para tomar consciencia de que hoy estamos pero nos vamos a ir en poco tiempo. Hoy se necesita esa clase de gente que da y trabaja sin pedir nada a cambio y piensa en un futuro mejor para todos. En el deporte, siempre seguí mucho a Hugo Porta, a quien conocí en 1993, en una gira por Sudáfrica, cuando él era el embajador argentino. Es un tipo que te transmitía el amor por la camiseta de los Pumas, además de la seriedad y un sentimiento especial, mas allá de que yo era pilar y nunca iba a patear a los palos. De chico, también, me gustaba Enzo Francescoli. Patricio Noriega con la camiseta de Australia http://www.revistag7.com/2006/site/elelegido/elelegido.php?id=4799
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