¿Y por qué no intentarlo con los insectos?
Los condicionamientos sociales y culturales hacen que en medio mundo, los crustáceos marinos sean considerados un manjar (mariscos) mientras que sus compañeros de Tierra (las cochinillas) no entren en los planes de ningún cocinero cuerdo. Lo mismo sucede con los arácnidos e insectos, en las selvas amazónicas los indígenas consideran que las tarántulas son un plato delicioso, los tailandeses aprecian mucho los gusanos, cucarachas y saltamontes fritos.
Un pescador estadounidense arrojará normalmente por la borda los calamares que capture, mientras que en España se paga realmente caro el kilo de este cefalópodo. Muchos turistas que alaban la cocina ibérica preferirían no saber cómo se preparan los callos, o cuál es el ingrediente clave de las criadillas. En el nordeste de China y en algunas zonas de Corea gustan de comer perros grandes. En la isla de Coco se comen a las ratas, mientras que nosotros no soportamos a los roedores, aunque nos encantan sus parientes los lagomorfos (conejos, liebres). Si como decía un viejo sabio mexicano: “cualquier cosa que se mueva, puede comerse”. ¿Por qué no intentarlo con una de las fuentes de proteínas más abundantes del planeta: los insectos?
Todo esto que os cuento en los párrafos anteriores viene a cuento por el comentario dejado por un lector, en el que añadía un enlace muy interesante sobre un viejo estudio en entomología realizado por la Universidad de Ohio en 1996 y centrado en la posibilidad de usar insectos como alimento para humanos (al final incluso sugieren alguna receta). La tabla que os muestro a continuación me ha llamado especialmente la atención, ilustra perfectamente lo estúpido de algunos de nuestros prejuicios y realmente da que pensar.
http://www.maikelnai.es/?p=596
Los condicionamientos sociales y culturales hacen que en medio mundo, los crustáceos marinos sean considerados un manjar (mariscos) mientras que sus compañeros de Tierra (las cochinillas) no entren en los planes de ningún cocinero cuerdo. Lo mismo sucede con los arácnidos e insectos, en las selvas amazónicas los indígenas consideran que las tarántulas son un plato delicioso, los tailandeses aprecian mucho los gusanos, cucarachas y saltamontes fritos.
Un pescador estadounidense arrojará normalmente por la borda los calamares que capture, mientras que en España se paga realmente caro el kilo de este cefalópodo. Muchos turistas que alaban la cocina ibérica preferirían no saber cómo se preparan los callos, o cuál es el ingrediente clave de las criadillas. En el nordeste de China y en algunas zonas de Corea gustan de comer perros grandes. En la isla de Coco se comen a las ratas, mientras que nosotros no soportamos a los roedores, aunque nos encantan sus parientes los lagomorfos (conejos, liebres). Si como decía un viejo sabio mexicano: “cualquier cosa que se mueva, puede comerse”. ¿Por qué no intentarlo con una de las fuentes de proteínas más abundantes del planeta: los insectos?
Todo esto que os cuento en los párrafos anteriores viene a cuento por el comentario dejado por un lector, en el que añadía un enlace muy interesante sobre un viejo estudio en entomología realizado por la Universidad de Ohio en 1996 y centrado en la posibilidad de usar insectos como alimento para humanos (al final incluso sugieren alguna receta). La tabla que os muestro a continuación me ha llamado especialmente la atención, ilustra perfectamente lo estúpido de algunos de nuestros prejuicios y realmente da que pensar.
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