GIF Hola a todos, les traigo unas cuantas historias de los saqueos, no son ni el 1% de las historias en el boca a boca, pero es bueno que sepan algunas. La fortaleza del Tiburon La bronca. La desesperación. La impotencia. Hay un remolino de sensaciones en su rostro. Hay sudor en sus manos. Hay lágrimas. Teresa Cristina Canan muestra las marcas internas que le dejaron los días de violencia en la puerta de su supermercado, El Tiburón. Pero también cuela una gran sonrisa: en medio de tanto dolor ella descubrió que tiene unos vecinos de fierro, que arriesgaron sus vidas para que no le desmantelaran el negocio, en Villa Urquiza. Es que para Teresita, como la conocen todos, ya nunca nada fue igual después del 19 de diciembre de 2001. Aquella tarde vio cómo muchos años de sacrificio fueron arrasados por un centenar de personas que salió a las calles en medio de la profunda crisis política, social y económica que vivía el país. “Fue de terror. Nos arruinaron”, dice mientras cuenta que después de ese episodio el Estado les dio $ 1.500 como recompensa, para reiniciar su negocio. “Vergonzoso, ¿0 no?”, exclama. Pasaron 12 años y ese recuerdo está demasiado latente, como una herida abierta. Como un hijo Teresita habla del supermercado como si fuera su hijo. En avenida Siria y Bolivia, abrió el Tiburón hace 47 años junto a su esposo León José Lajud. Su familia se completa con sus tres hijos, Gustavo, Sergio y Cristina. Aunque ya todos se fueron de la casa, los dos varones trabajan en el comercio. Cuando llegó a Villa Urquiza había varios súper en la zona. Por eso, ella le quiso imprimir fuerzas a su negocio. Lo llamó Tiburón. “Una leyenda libanesa, de familia, dice que cuando muere un hijo al próximo que llegue hay que ponerle el nombre de un animal para que sea fuerte y pueda salvarse. Me inspiró esa creencia y hasta ahora me ha dado buenos resultados. Mi tiburón sufrió tres saqueos y siempre pudo salir adelante”, explica. En sus primeros años fue un almacén de barrio. Con el tiempo fue creciendo y sumó electrodomésticos y todo tipo de muebles para el hogar. El lunes, cuando vio que la policía estaba acuartelada, volvieron a su mente los recuerdos de 2001. “Tuvimos una reunión con altos jefes ese día. Me dijeron: ‘Teresita, usted que está en zona caliente, le vamos a mandar dos policías’”. Pero nadie llegó. De repente, ella sintió que alguien le golpeada la puerta de su casa, ubicada justo atrás del supermercado. Abrió apenas la persiana, 10 centímetros. Había unos 40 jóvenes de la zona. “Teresita, quiere que le cuidemos el negocio”, le dijeron. “No pedían nada a cambio. Me emocionaron mucho. Algunos de ellos son marginados, otros estuvieron presos por robo. Pero ese día, todos se jugaron por mi Tiburón. Muchos de ellos dejaron sus casas, sus familias, sin saber si iban a volver a salvo”, cuenta. En seguida se organizaron. Algunos se quedaron en el frente con palos y rifles; otros se fueron al techo. Teresita sacó pirotecnia del galpón y con bombas de estruendo empezaron a ahuyentar a los saqueadores. Nadie en la zona durmió durante 72 horas. “Aparecieron más de 100 motos. Intentamos negociar; les dimos más de 20 carros llenos de mercadería. Pero no les conformó. Ellos no querían fideos, no tenían hambre, querían televisores”, explica. Se sentó a llorar en un rincón. “Pensé que iban a entrar. Y me dije: ‘ya no me salvo más, ya no podré reconstruir esto nunca más con la edad que tengo’. Esto es todo lo que hice en mi vida; empezar de cero a los 77 años es imposible”, recuerda. Fue testigo de la una batalla campal en la que sólo se oían balazos. “Por suerte, y gracias a mis vecinos que me defendieron, mi Tiburón resistió”, insiste, coqueta y sonriente, desde uno de los sillones que están a la venta en el salón. Tuvo ganas de gritar, fuerte, muy fuerte, para que su voz se escuchara en todas partes. “Fueron momentos muy angustiantes. ¿Quién me devuelve los años de vida que perdí en estos días? Me pusieron contra las cuerdas. Es muy injusto lo que pasó”, resalta. Y ahora llora. Termina el relato, toma un sorbo de gaseosa fresca y se refriega los ojos con las manos. “Wan” les enseñó a serenarse en la crisis y los vecinos respondieron con solidaridad En el barrio, todos le llaman “Wan”. Así es más fácil de pronunciarlo, pero su nombre es Gang Li. El lunes a la noche, después de que saquearon su local comercial, el hombre salió a la vereda, apoyó su mano sobre la tela de alambre del portón como si esperara a alguien y en silencio, en medio de la oscuridad, miraba lontananza. Era la medianoche del martes, a su alrededor, algunos vecinos se acercaban para hablarle. “Tenemos que matarlos a todos”. “Pongamos electricidad en el portón”. “Si vuelven tenemos que agarrarlos a tiros”, decían casi a gritos. Pero Wan los escuchaba sin decir ni media palabra. Parecía que estaba llorando por dentro. Los vándalos, que andaban de a dos en motos, habían logrado romper el portón del súper “El Cóndor”. Tenían armas de fuego y habían hecho tiros al aire para amedrentar. Durante más de cinco horas desmantelaron el local comercial, ubicado en San Juan y Castro Barros. En el piso quedaron las huellas de la barbarie con restos de aceite, gaseosas, agua mineral y otros líquidos que se mezclaban sobre las baldosas entre vidrios rotos y envases de plástico aplastados como si hubiese pasado un tsunami. Los delincuentes habían sacado todo lo que había al alcance de la mano, se subían a las motos, se iban cargando como trofeos y luego regresaban para seguir saqueando. Todo lo hicieron como un círculo que se repetía varias veces y en el trayecto festejaban, celebraban, se reían y se burlaban de los vecinos. Cuando finalmente se fueron del lugar, pasada la medianoche, los vecinos comenzaron a agruparse para defender lo poco que quedaba en pie. Era más una cuestión de honor. Arrojaron aceite en el asfalto y rompieron botellas de vidrio para que si volvían los saqueadores en moto se cayeran. Había tanta bronca y odio que esperaban con ansias que volvieran los vándalos para poder lincharlos. Al menos eso decían mientras se armaban de valor en medio de la noche en la esquina del local. Con alambres El local de “Wan” tenía un cartel que dice comestibles, verduras, carnicería, pero los vándalos se llevaron hasta la PC, el teclado y la caja registradora. Los vecinos estaban enfurecidos, mientras volvían a cerrar el portón y lo ataban con alambres, cables y todo lo que podían conseguir a mano. La mayoría de los vecinos quería venganza, pero “Wan” les respondía una sola palabra: “gracias”. Las fogatas El martes, la calle amaneció repleta de vidrios y aceite. A la siesta volvieron los rumores de saqueos. La gente armó barricadas como ocurrió en toda la ciudad, mientras los policías mantenían su reclamo de aumento salarial. Antes del anochecer llegó el acuerdo con el Gobierno, pero la desconfianza estaba instalada y los vecinos mantuvieron las fogatas durante la noche por temor a posibles ataques. La historia del saqueo al local de Wan recorrió el país. Se publicó en la edición on line de LA GACETA y se propagó en las redes sociales (Twitter, Facebook y Storify). Las muestras de solidaridad comenzaron a hacerse oír. Mucha gente quería ayudarlo a ponerse de pie. La calma renació el jueves. Los vecinos se acercaron al local para colaborar. Las mujeres formaron varios grupos de trabajo y, con escobas y baldes en mano, comenzaron a limpiar todo. Los hombres levantaban los objetos pesados que habían quedado destruidos y así fueron despejando lo que parecía un campo minado de desperdicios, vidrios y líquidos. Poco a poco, el piso empezaba a verse hasta que a la tarde relució como nuevo. Wan les había enseñado a serenarse en el momento de crisis y los vecinos se lo agradecieron con solidaridad. Y José hizo un arca para salvar a los suyos y al prójimo "No me gustaba lo que estaba pasando. Entonces, le pedí a mi mujer que subiera algunas de las cosas de la casa al ómnibus", contó uno de los héroes de la tragedia. José Frías estaciona el viejo colectivo al lado de su casilla. Es su medio de movilidad y su fuente de trabajo. Durante el año sus 42 asientos se llenan de trabajadores golondrina que bajan en los campos del limón y suben varias horas después con el cuerpo dolorido. Vive en un asentamiento de la Banda del Río Salí, detrás del ingenio Concepción, camino a Lastenia. En una casilla de madera, que la humedad y el viento han inclinado, con su mujer, Alejandra y sus dos hijos, Joaquín de dos años y Florencia, de ocho. El lunes por la noche, ese colectivo les sirvió para huir y protegerse de la amenaza del saqueo. “A las 10 de la noche le dije a mi mujer: ‘subite con los chicos que te llevo’”, cuenta José. Atemorizados por lo que se podía venir, también se treparon otras mujeres con sus hijos. Algunas cargaban bolsas con ropa con la intención de proteger algo. José calcula que en total había más de 40 personas en su colectivo cuando arrancó rumbo a una estación de servicio cercana a Lastenia. “Dejé el ómnibus ahí porque iban a estar seguras y me volví a mi casa para protegerla”. Esa tarde Desde las 17, las motos habían comenzado a circular en masa, como salidas de un hormiguero. Desde la noche anterior ya se corría el rumor de que iba a haber saqueos, es por eso que para José todo estaba arreglado. “Se las veía pasar por la ruta con televisores, también camionetas con heladeras. Después que robaron electrodomésticos, recién ahí comenzaron a llevarse mercadería”, comenta José. Su casilla está ubicada a la orilla de la ruta, así que fueron testigos directos de los botines que se llevaban. Alejandra cuenta que se escuchaban disparos y que tuvo que encerrarse con sus hijos. “Al más chiquito lo puse en la cama y lo di vuelta contra la pared, yo lo hacía jugar para que no escuche nada”, dice sonriendo. La más grande, que entendía que algo malo estaba pasando, se largó a llorar. “Estaba muy nerviosa y lloraba sin parar”, cuenta su mamá. A esa hora, José, alertó a su mujer y le pidió que se preparara. “No me gustaba lo que estaba pasando. Le pedí que subiera algunas cosas de la casa al ómnibus”. Con ayuda de su hija cargaron el televisor y un poco de ropa. Esa noche ¿Se veían entrar cosas en el asentamiento? José encoge los hombros y Alejandra no quiere decir nada. ¿Te invitaron a que participes? “No”, contesta José. “Me duele que otros crean que todos los que vivimos aquí somos iguales. No es así”. José cuenta que llegó a ver colectivos que llevaban personas para saquear. Cerca de las 22, lejos de calmarse, la situación empeoró. “Empezaron a decir que ahora se venían para el asentamiento porque aquí había cosas saqueadas”, explica. A esa altura nada parecía imposible, de hecho ya se hablaba de que estaban comenzando a entrar en las casas. José decidió no esperar más y le dio la orden a su familia de que subiera. “Le dije a mi mujer que le avisara a otros vecinos por si querían venir”. En menos de 10 minutos el colectivo estaba lleno y José arrancó. Durante los 10 kilómetros que anduvieron por la ruta seguían se veían hombres armados y mucho movimiento Sin dormir En la estación permanecieron hasta después de la medianoche. Cuando todo parecía que se había tranquilizado, José volvió a buscar a su familia y vecinos. “Esa noche no pudimos dormir. Al día siguiente, otra vez comenzaron a decir que iban a entrar en el asentamiento. Mi hija me dijo: ‘mami, vamos, te ayudo a cargar las cosas en el ómnibus”, cuenta Alejandra. Los rumores y el temor se renovaban a cada hora el martes. Por suerte, José no tuvo que encender otra vez el motor de su arca. “ Yo solo robé comida” “Yo solo robé comida, por necesidad. Los que han robado televisores, electrodomésticos, son delincuentes”, afirma Juan, del otro lado de un celular que alguien le habilitó para su charla con LA GACETA. Nacido y criado en el barrio 11 de marzo, Juan, 24 años, es hijo de cartoneros que, asegura, “nunca han estado en el choreo”. En la charla, Juan borra parte de su biografía: varias estadías en el Roca y tres en Villa Urquiza, dos por robo a mano armada y una por portación de armas. Juan fue uno de los saqueadores del súper chino “Salud”, en Lavaisse y Próspero Mena. Jura que fue solo, sin que nadie lo convocara. Y que “en parte se arrepiente”. “La verdad que no pensaba que iba a llegar a tanto, dice. Y asegura que se sumó “porque venía pasando, y ha visto el tumulto y ha entrado”. Que se llevó “mercadería, arroz, gaseosas, fideos”, pero nada más”. En cambio, aquellos que se llevaron televisores y electrodométicos, “fueron a delinquir”. Dice que ahora que “piensa las cosas en frío”, se siente “un poco culpable”; que en los barrios 11 de marzo, Victoria y San Fernando, la Policía no ha entrado hasta ahora a decomisar todo lo que muchos de sus vecinos robaron y están vendiendo. Y que si hay un segundo saqueo, “no se sumará, porque ha visto que es muy peligroso”. “Demasiados tiros”. Un día en la vida de Mariana Mariana no ha dormido. No ha comido. Es un nudo de nervios. Las manos le sudan, la cabeza le estalla. Pero ante sus hijos, intenta simular que está bien. Que ellos no se den cuenta, piensa. La noche ha caído hace horas, y desde entonces se oyen tiros. ¡Pum!, hacia un costado. ¡Pum!, hacia otro lado. ¡Pum!, en el fondo. ¡Pum!, en la parte de adelante. Mariana ha cerrado las puertas y las ventanas. Ha encendido una vela frente a las estampas de vírgenes y de santos, y les ha confiado su destino. Pero por momentos se descubre temblando. Está encerrada con los tres niños en una de las habitaciones, y ha puesto una película para entretenerlos. Sus ojos negros miran la pantalla. Su mente se halla en otro lado: imagina que un grupo de personas, como si fuera un ejército de hormigas coloradas, entra a la casa, destroza y roba lo que puede. Si eso llegara a ocurrir, planea, meterá a los chicos debajo de la cama, tomará un palo que ha dejado a mano y golpeará a cualquiera que quiera traspasar. Aunque le cueste la vida. Mariana vive en un barrio privado llamado La Cañadita. Está situado en una zona de barrios cerrados de Yerba Buena, ciudad distante a unos 11 kilómetros de la capital provincial, al pie de la cadena montañosa del cerro San Javier. Ahí, como en el resto de Tucumán, respirar se ha vuelto peligroso. El día anterior estalló una revuelta policial, seguida de saqueos a tiendas y a supermercados. Como los policías no quieren salir de su cuartel, hasta que el Gobierno les aumente el salario, la gente se ha armado para defenderse de los oportunistas. Los hombres se parapetan en las esquinas, con las armas por delante del cuerpo, más para que los vean que otra cosa. El objetivo es amedrentar. Las calles se han convertido en trincheras. Esta noche todo ha empeorado. Los ladrones, en su mayoría provenientes de barrios humildes, ya no se conforman con robar los negocios, sino que se aproximan a las viviendas. Y eso es lo que está pasando ahora donde vive Mariana. Las mujeres y los niños están enclaustrados, y los padres de familia se han trepado a los techos. Desde ahí vigilan. Que nadie se aproxime al cerco que establece los límites del country. - Hijo de putaaaaaaa -se oyen gritos. - ¡Pum! -suena un tiro. Después se escuchan corridas y estampidos de motonetas. Mariana va al baño. Abre el grifo. Se echa agua fría en la cara y en la nuca. Los escopetazos están cada vez más cerca. El día después Son las 9.30 de la mañana. Un día después, Mariana Díaz entra a una cafetería localizada en el centro de Yerba Buena. Los policías sublevados han regresado a sus puestos y el Gobierno nacional ha enviado gendarmes. La ciudad va recobrando su ritmo, aunque todavía parece mortalmente tranquila. De la avenida no llega el ruido de los ómnibus, de ordinario fragorosos a esta hora. De a poco, los comerciantes suben sus persianas. Mariana barre el lugar con la mirada. Se sienta sobre un puf y pide un cortado en jarrita. Luego se excusa por la demora. El camino -explica- todavía se encuentra plagado de ramas, de palos y de cascotes que antenoche los ciudadanos colocaron en las esquinas para bloquear el paso de los saqueadores. Ciertamente -opina- el miedo sigue fresco. - Fue tremendo, horrible. Todavía tengo los pelos de punta. Los guardias estuvieron haciendo disparos al aire toda la noche. Acabaron cuando amaneció. Los chicos se despertaban asustados y preguntaban qué pasaba -dice. Lo que más le impresionó a Mariana ocurrió cuando atardecía. Apartó la cortina y vio lo siguiente: los varones se estaban armando con escopetas, palos de golf, cuchillos y piedras. En seguida, los vigilantes llegaron a los bramidos, diciéndoles que dos despensas vecinas habían sido saqueadas. Entonces corrieron en esa dirección. - Era como una guerra. Llegué a escuchar un tiro cada minuto, durante 10 minutos sin parar. - Si pudieras borrar un instante de lo que ha sucedido estos días, ¿cuál sería? - A las 9 de la noche vivimos la situación más próxima. Unas personas estuvieron a punto de pasar al barrio, por uno de los costados. Gracias a Dios, no lo hicieron. Ahí sentí mucha angustia y desesperación. Pensé en mi marido y en los que estaban afuera. Podría haber sido una masacre. Mariana termina su cortado. Nunca más quiere vivir algo así, dice. Nadie estaba preparado para lo que vivió. Nadie vio llegar eso que nadie esperaba. Dos días que los chicos vivieron dramaticamente ¿Por qué no les damos todo de una vez así nos quedamos tranquilos? Paul (6 años) Tenía muchas ganas de abrazarte, papi. Me gustó que los vecinos se unan; no me gustó que sea para protegerse de otras personas. Franco (12 años) ¡Cohetes! Están tirando cohetes antes de Navidad... Andrés (5 años) Mamá: cuando pase el señor sangriento avisame, así vuelvo a ver la tele con vos. Mateo (5 años) ¿Cuál es el número de la Policía así los llamamos para que vengan? Nahuel (6 años) ¿Cuándo entren qué vamos a hacer? ¿Nos tenemos que esconder? Martina (9 años) ¿Los policías son malos? ¿Por qué no nos quieren ayudar con los ladrones? Benjamín (8 años) Mamáaa, ¿los señores que andan en moto son todos malos? Lara (5 años) ¿Qué pasa abu...? ¿por qué salen todos juntos en moto? ¿Qué van hacer...? María Victoria (6 años) ¿Qué hace esa gente en la televisión? ¿Por qué están ahí? En el centro vive la abuela, ¿a ella también le están haciendo eso? Ignacio (4 años) ¿Por qué papá y los otros hombres están con un palo afuera? Martina (10 años) Papá ¿por qué hacen fuego en la calle? ¿nos vienen a robar a nosotros? Alzame, tengo miedo... Rosarito (4 años) Juan, el héroe de la cuadra A Juan Sandez en el barrio Echeverría le dicen Juancho. El era uno más en la zona, al que todos saludaban cada noche cuando volvía a casa. Pero después del lunes, su imagen cambió. Y aunque no tiene capa voladora ni poderes especiales, para sus vecinos él es el “héroe de la cuadra”, al que ahora todos lo tienen agendado en sus celulares “por cualquier cosa”. Juan no habla demasiado. No le gusta hacer alarde. Su rostro todavía transpira la angustia que vivió durante tres días, cuando enfrentó a cientos de saqueadores que querían desmantelar los negocios de la avenida Ejército del Norte, desde el 2.200 hasta el 2.300. Sin embargo, en esas dos cuadras no pudieron saquear ningún comercio. Y eso fue, en gran parte, gracias a Juan. Tiene 29 años, vive en el pasaje Unamuno, a 50 metros de la Ejército del Norte, junto a su novia, a su papá y a su hermano. Esa es la casa en la que nació. Y no quisiera nunca irse de ahí. Durante la semana trabaja como celador de chicos adictos que están en tratamiento en el hospital Obarrio y en el centro de rehabilitación Las Moritas, en la Aguadita. “Elegí estar ahí porque creo que toda persona puede cambiar”, explica. Será por esa misma razón que no les tiene bronca a los saqueadores con los que peleó cuerpo a cuerpo el lunes. Recuerda que todo empezó como a las 5 de la tarde. El volvía de comprar un repuesto para su auto y percibió que había movimientos raros. “Estaba seguro de que se venía algo feo. Llegué rápido a casa y busqué las armas que tenía guardada: pistola, escopeta”, describe. Y enseguida aclara: “todo legal, con papeles”. Juan vio que cada vez estaban más cerca los saqueadores. La zona iba a convertirse en cualquier momento en una trampa mortal. “No te vayas”, le gritó su papá. Juan lo miró a los ojos y le dijo, con calma, lo que pensaba: “no es justo, no tienen por qué llevarse lo que a otra gente le costó tanto tener. Y esa otra gente son nuestros vecinos, a todos los conocemos y sabemos bien que muchos son humildes y muy trabajadores”. Salió rápido. Hizo unos cuantos disparos (“con balas de goma”, aclara). Eso ayudó a frenar un poco a los saqueadores. Mientras tanto, Juan iba sumando a otros vecinos y a los comerciantes para que armaran un cinturón de defensa en las dos cuadras, repletas de todo tipo de negocios: peluquerías, forrajerías, tiendas de ropa, carnicerías y fiambrerías. “Como no podían hacer nada, los saqueadores siguieron hacia un supermercado y una heladería ubicados más adelante. Eso nos dio tiempo a organizarnos mejor porque sabíamos que en cualquier momento iban a volver”, relata. Y tenía razón. Los atacantes no tardaron en volver a la carga. Las horas más dramáticas, con más incidentes, sucedieron poco después, cuando caía la tarde. Estaban ensañados con el supermercado “Tatito”, ubicado en Ejército del Norte al 2.200. El clima se puso muy tenso: volaban botellas, palos y proyectiles. “Los vecinos estábamos replegados frente a los comercios y en los techos de las casas, desde donde hacíamos tiros. No se si herimos a alguien, ojalá que no”, relata Juan. También se enredaron en trompadas, patadas y empujones. Pasó, junto a sus vecinos, tres noches sin dormir. “Pudimos resistir y no se llevaron nada de aquí”, remarca. No le quedó ni una herida en su robusto cuerpo. Se siente orgulloso. Sobre todo, dice, porque ninguno de sus vecinos se amilanó a la hora de defender lo que, según define, “es de todo el barrio”. “Demostramos que somos fuertes, que no es fácil vencernos” Fabián duerme con un ojo abierto El teléfono sonó justo cuando Fabián Salguero se disponía a ir a abrir el supermercado. “Se viene fea. Muchas, muchísimas motos en la cuadra. Yo estoy armado, aquí a la puerta de tu negocio, por las dudas”, le dijo un vecino. Fabián pensó que la tercera tal vez iba a ser la vencida. Que en esta ocasión no iba a poder resistir. Pero no lo fue. Una vez más, el súper “Tatito”, ubicado en el corazón del barrio Echeverría, fue defendido por los clientes y los vecinos. Los saqueos ya lo habían amenazado dos veces en diciembre de 2001. “Esta vez la cosa pintaba peor. Había como 300 tipos, en motos, carros y autos, con palos y armas, dispuestos a todo para entrar”, describe Salguero, en referencia a lo que ocurrió el lunes a la tarde frente a su negocio. El comerciante no perdía la fe. Mientras estaba atrincherado junto a sus vecinos, el teléfono no paraba de sonar. “Hola Fabián. Esto es tremendo, nos pusieron armas en la cabeza, están desmantelando todo”, le informó uno de sus empleados. El saqueo estaba ocurriendo en una distribuidora que Salguero tiene en el barrio Independencia. Los miedos “Tomé aire. Y sólo pensaba en que ojalá no entraran a este negocio, porque ahí sí me quedaba en la calle”, confiesa “Tatito”, como lo conocen sus vecinos. Está casado y es padre de tres hijos. Uno de ellos, el varón de 16 años, estuvo a la par de él, defendiendo el supermercado. “En el otro local, perdí todo. No se si podré volver a armarlo”, cuenta. Y tuvo que llorar En el siguiente llamado telefónico, Salguero no pudo aguantar la angustia y se largó a llorar. Al otro lado del celular, la que hablaba era una de sus hijas. Desde su casa, le pedía que por favor se cuidara. “Fue un momento muy doloroso, sentir que podía perder todo, que uno estaba arriesgando su vida, la de su familia”, resalta Salguero. Viene de una familia de supermercadistas. En Villa Angelina, desde hace 25 años, sus padres tienen un negocio. El quiso armar su propio comercio. Fue hace 16 años, cuando se instaló en la Ejército del Norte al 2.200. No había nada en la zona. Ahora, todo se mueve entorno al supermercado. Ni las grandes cadenas multinacionales que abrieron cerca de allí lograron opacar su funcionamiento. “Usted, señor cliente, es lo más importante aquí”, reza el cartel de entrada al súper. “Estoy sorprendido y muy emocionado por la cantidad de vecinos y clientes que vinieron a ayudarme, a defender este lugar. Muchos arriesgaron sus vidas, sus familias quedaron llorando, preocupadas en las casas. Y ellos, realmente, se jugaron todo”, dice. Fabián está más tranquilo. Pero no del todo. “Soy un nudo de nervios, aunque no parezca”, confiesa. Tiene miedo. Alguien le ha dicho que el riesgo no se fue del todo. Que la amenaza está latente. Que hasta fin de año habrá que dormir con un ojo abierto. GIF
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