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No a la ignorancia, no al Socialismo, Comunismo, Anarquismo.

Offtopic3/28/2015

Las mentiras del Socialismo del Siglo XXI






La semana pasada escribimos sobre una de las mentiras más repetidas en los últimos tiempos a todos los venezolanos, que consiste en echarle la culpa de todos nuestros males al supuesto capitalismo neoliberal que existía en Venezuela antes de la llegada del socialismo. Es decir, hace más de dieciséis años.

La semana pasada aclaramos que en Venezuela nunca pero nunca existió un capitalismo real y mucho menos uno salvaje y que en Venezuela nunca se respetaron las reglas del libre mercado.

Hoy nos toca hablar de socialismo. En Venezuela - como siempre nosotros tan creativos - le pusieron al socialismo un apellido y le llamaron "socialismo del siglo veintiuno". Estrategia de mercadeo y venta muy ingeniosa de la que somos expertos por estos lados. Es decir, nos vendieron "gato por liebre".

Para aclarar las cosas como debe ser, vamos a echar el cuento de lo que para mí es el socialismo del siglo XXI, espero le quede claro:

"Un grupo de jóvenes militares soñadores juraron frente a un samán no descansar hasta lograr la libertad de Venezuela. Estos hombres dicen haber estado comprometidos con la libertad de los pueblos y hastiados de la corrupción del país (aunque uno de ellos -el líder- había sido edecán del supuesto Presidente corrupto) y todos ellos recibían su quince y último de ese gobierno que posteriormente intentaron derrocar.

Jurando ideales de paz, amor y libertad, decidieron tomar las armas que les habían dado en custodia y utilizarlas para derrocar a los supuestos corruptos. En la intentona murió mucha gente (muchos chamos y chamas) por ello, los líderes fueron a prisión, pero por alguna razón fueron liberados y habilitados para participar en unas elecciones presidenciales.

Esos jóvenes convencieron a la sociedad de que los eligieran para poder "cambiar" al país. Ofrecieron acabar con la corrupción, la impunidad y la delincuencia. Ninguno hablaba de socialismo ni mucho menos de comunismo. Sin embargo, al día siguiente de las elecciones el líder supremo hizo su primer viaje oficial y se fue a la mismísima Cuba. El último bastión comunista en el mundo. Se fue a agradecer los favores recibidos y a prometer amor eterno.

A partir de ese momento empezaron a usarse las menciones socialismo, revolución armada pero pacífica, y luego le pusieron apellido al nombre Socialismo. Lo llamaron del Siglo XXI.

Los líderes de todos estos "cambios" siempre habían negado ser socialistas. Incluso hoy en día cuando uno le pregunta a esos líderes ¿Qué quiere decir socialismo? no te saben explicar de que se trata.

Es por ello que para poder escudriñar lo que verdaderamente significa socialismo del siglo XXI necesitamos acudir a fuentes extranjeras. En una entrevista realizada por Vanessa Davies y Mario Silva al mismísimo Fidel Castro, Vanessa le preguntó a Fidel con una total ingenuidad y ávida de obtener luz sobre el tema (igual que todos) algo más o menos así: "Comandante Castro: ¿y qué es para usted el socialismo del Siglo XXI?.

Fidel la miró fijamente y le dijo: "El Socialimo del Siglo XXI es lo mismo que el comunismo cubano".

Aquella entrevista pasó un poco desapercibida por todos nosotros en su momento. La verdad es que ni el más pesimista (es decir yo) podía imaginar que Venezuela se pudiese parecer a Cuba... Ahora solamente tenemos que salir y pasar por el frente de un supermercado y vemos a Cuba en vivo y en directo sin tener que agarrar un avión de Conviasa. La misma cola de gente, la misma cara de tristeza, frustración, y resignación en los que hacen la cola, la misma sensación de impotencia frente al todopoderoso gobierno, la misma incredulidad ante el desparpajo y mitomanía de los funcionarios de turno que niegan la realidad.

Como bien decía otro prócer cubano, Raúl Castro, en una entrevista que le hicieron: "Venezuela y Cuba son la misma cosa".

Entonces amigo lector Socialismo y Comunismo son la misma cosa (lo dicen los expertos en el tema). Ya está bueno de creerse las mentiras. Piense, analice y haga lo correcto... La democracia y el capitalismo son la verdadera solución a los problemas de los pueblos y especialmente los de Venezuela.Las mentiras del Socialismo del Siglo XXI













Estafas y mentiras de la leyenda comunista






El 27 de febrero de 1933 a primeras horas de la noche, un incendio se declara de manera imprevista en el Reichstag, las Cortes alemanas, en Berlín. Hacía exactamente un mes que Adolfo Hitler había sido nombrado Canciller, tras haber ganado unas elecciones amañadas. La sorpresa fue total, no estaba previsto por nadie, ni por los nazis, ni por sus adversarios. Hitler, que escuchaba a Wagner, en casa de los Goebbels, y tras una apacible cena, fue avisado por teléfono, y se puso a dar brincos de histérica alegría: ¡Ya está! ¡Ahora los aplastamos! Y de inmediato dio ordenes para que comenzara la represión a gran escala contra toda su oposición. La ley de excepción en este sentido fue proclamada el 1º de marzo. Delenda la República de Weimar.

En cuestión de horas, a lo sumo unos días, dos versiones oficiales sobre el incendio, se afrontan: la versión nazi, según la cual el incendio del Reichstag era obra de los comunistas y la señal del comienzo de una nueva insurrección armada. Recordemos, cosa totalmente olvidada, que apenas finalizada la Gran Guerra, varios conatos insurreccionales habían tenido lugar en Alemania, a lo que a veces se ha calificado de "movimiento espartaquista". Fueron sangrientamente sofocados por el ejercito. Por parte de la Internacional Comunista, la versión oficial denunciaba a los nazis como los incendiarios del Reichstag, una provocación que les servía de coartada para desencadenar la represión. La cual fue muy real y atacó a todos, a los comunistas, desde luego, pero también a los socialistas, demócratas, y, no faltaba más, a los judíos.

La verdad es que si tanto los nazis como los comunistas lograron en gran medida utilizar en beneficio propio dicho incendio, su autor fue quien había sido detenido la misma noche en el lugar mismo del incendio, Marinus Van der Lubbe, un joven holandés desquiciado, patético psicópata, que había querido realizar un acto sublime, espectacular, histórico. Todo el mundo decía entonces que un hombre sólo jamás hubiera podido desencadenar un incendio tal. Pues por lo visto, sí. Ese casi minusválido tenía pocas dotes, pero era buen pirómano y el viejo edificio tenía suficiente madera y cortinas deshilachadas, para que una sola persona pudiera prender fuego a todo.

Las dos potentes máquinas de propaganda y fraude, la nazi y la comunista, se ponen en marcha. En Berlín, fueron detenidos varios comunistas alemanes, el más conocido fue el diputado Ernst Tergler, y tres búlgaros, entre ellos, el ya muy conocido Jorge Dimitrov, responsable de la Internacional Comunista para Europa, luego secretario general, y tras la guerra, presidente de Bulgaria comunista. Y claro, el alelado de Van der Lubbe, el único que sería condenado a muerte y ejecutado.

Si los nazis organizaron un espectacular proceso de Leipzig contra los detenidos comunistas que durará semanas, la Internacional Comunista organizó varios contraprocesos en París, Londres, y en donde pudo -y podía mucho- muchas campañas de prensa, conferencias, etc, en estos y otros países, como los USA. Los de siempre, convencidos o engañados, H.G. Wells, André Malraux, y un larguísimo etcétera, se lanzaron en una gran campaña antinazi que tuvo rápidamente resultados políticos prácticos: gran simpatía hacia la URSS, y creación de los Frentes Populares, en España y Francia, por ejemplo. Todo ello controlado y dirigido por Moscú, o sea por Stalin, y sus agentes. Esa misma operación, bajo diferentes pretextos, pero siempre a favor de la URSS, se ha repetido desde 1933 hasta la implosión de esa misma URSS. Después de la guerra, una de las estrellas más vistosas y más asquerosas de esa política fue Jean-Paul Sartre, que se "rehabilita" cíclicamente.

Por los años treinta, en medio de ese derroche de mentiras, había una trágica y nauseabunda realidad: el nazismo y su represión totalitaria. Claro que la ideología marxista al denunciar al nazismo cometió graves y voluntarios errores porque no podían ir al fondo de un análisis demoledor del totalitarismo nazi, ya que un tal análisis les hubiera conducido a condenarse ellos mismos y a condenar el totalitarismo comunista, tan semejantes eran los dos sistemas enfrentados. Bueno, aparentemente enfrentados, ya que el "proceso Dimitrov" fue una farsa. La ideología comunista, y mucho perdura hoy de ese sofisma, denunciaba al nazismo únicamente como una forma extrema de capitalismo, y por lo tanto, el enemigo central, histórico, seguía siendo el capitalismo; el nazismo no era más que uno de sus avatares.

El "proceso Dimitrov" fue una farsa porque entre bambalinas y a través de sus agentes de la Gestapo y el GPU, siglas entonces del KGB, Stalin y Hitler se habían puesto de acuerdo para que Dimitrov y sus dos lugartenientes búlgaros no fueran condenados. Que se condenara a los comunistas alemanes, no le importaba un bledo a Stalin. Fueron deportados. Es cierto que, preventivamente, cuando Dimitrov fue detenido, Stalin ordenó el arresto de 20 ingenieros y peritos alemanes que trabajaban en la URSS acusándoles de ser espías como baza para un posible canje, pero no fue necesario, el acuerdo fue mucho más profundo y político.

Efectivamente, después de un proceso a bombo y platillo, en el que se permitió a Dimitrov pronunciar un vehemente discurso de fe comunista -que se dio a conocer al mundo entero- y de algunos meses de cárcel, Dimitrov y sus lugartenientes son liberados y se marchan a Moscú donde se les recibe como héroes. Stephen Koch, en su libro El fin de la inocencia, del que me he servido para escribir estas líneas (junto con las autobiografías de Arthur Koestler y otros), comenta un aspecto interesante de estos episodios: toda la propaganda comunista y "antifascista" realizada en torno al incendio y al proceso atacaba esencialmente a Ernst Ron, mucho más que a Hitler y a sus Secciones de Asalto (SA), la organización nazi más extremista y proletaria que Hitler liquidaría pocos meses después asesinando masivamente a sus dirigentes y al propio Rohn durante "la noche de los cuchillos largos". ¿Se trata de una coincidencia o de una colaboración secreta? El caso es que a partir de esa matanza, Stalin consideró a Hitler como un jefe de Estado serio y responsable que había que tener en consideración. Este fue el inicio del camino secreto que condujo al pacto nazi-comunista de 1939.

En mi breve periodo de militante comunista me extrañaba de que esos bárbaros nazis, cuyas atrocidades se conocían después de la guerra, no hubieran ni fusilado ni deportado a un líder como Dimitrov. Se me respondía que la estatura moral, el valor y la inteligencia de Dimitrov aplastaron a sus mequetrefes jueces. No me lo creía. También que la URSS imponía respeto y temor. Tal vez, pero en 1941 los nazis la atacaron, sin temor ni respeto. Llegué a la conclusión de que en 1933 el nazismo incipiente aún no había montado su máquina perfecta de represión y exterminio y cometió ese fallo. Jamás hubiera pensado que todo era mentira y comedia. Como mentira y fraude fueron: el proceso del POUM, el de Kravechenko, la masacre de Katyn, el caso de los esposos Rosenberg y tantos otros que iré comentando al compás de mis relecturas. Porque la mentira y la leyenda perduran.










El fracaso del anarquismo





A pesar de la espectacularidad de los atentados anarquistas de las décadas de 1880 y 1890, a pesar de que teóricos anarquistas como Kropotkin, Elisée Reclus, Charles Malato, Jean Grave, Errico Malatesta, Emma Goldman, o John Most elaborarían una abundante y polémica producción teórica y panfletaria (de la que lo más interesante sería la redefinición del anarquismo por Kropotkin como "comunismo libertario", el anarquismo era una fuerza declinante, salvo en España, Italia y Rusia. Por dos razones: porque la violencia terrorista aisló a los anarquistas (y así, en 1896 fueron expulsados de la II Internacional, la organización creada en 1889 por iniciativa de los sindicatos británicos y de los socialistas franceses para integrar al movimiento obrero de toda Europa); y porque los anarquistas -que hacían de la abolición de todo poder instituido uno de los puntos centrales de su doctrina- no entendieron el papel del Estado en la sociedad moderna.
Fue precisamente para contrarrestar ese aislamiento por lo que Pelloutier -secretario de la Federación Nacional de Cámaras de Trabajo desde 1895 evolucionó del anarquismo hacia el "sindicalismo revolucionario", como concretó en los artículos que en aquel mismo año escribió en la revista Les Temps Nouveaux. Pelloutier instaba en ellos a los anarquistas a penetrar en los sindicatos, a convertir éstos en laboratorio de las luchas económicas, y a impulsar desde ellos la acción revolucionaria de las masas al margen de la acción política de los partidos. Un grupo de dirigentes eficaces y activos -Emile Pouget, Victor Griffuelhes, G. Yvetot, A. Merrheim, Paul Delesalle, Pierre Monatte- hicieron de la CGT francesa, fusionada en 1902 con la Federación de Cámaras, el bastión del sindicalismo revolucionario, que tuvo su mejor formulación en la llamada Carta de Amiens, el documento programático que el secretario de la sindical, Griffuelhes, presentó e hizo aprobar en el congreso de octubre de 1906. La Carta era un llamamiento a la revuelta de los trabajadores contra todas las formas de opresión y explotación a través de los sindicatos, y perfilaba la doble función que, en esa concepción, correspondía al sindicalismo: la "obra reivindicativa cotidiana" para la realización de mejoras inmediatas para los trabajadores, y la preparación de la emancipación integral de la clase trabajadora, a través de la huelga general, para forzar la reorganización social en el marco de una sociedad igualitaria estructurada y dirigida por los sindicatos.
El sindicalismo revolucionario apareció, por tanto, como una verdadera alternativa revolucionaria al reformismo gradualista y parlamentario de los partidos socialistas. La propia CGT desencadenó en los años 1907 y 1908 una verdadera ofensiva revolucionaria de huelgas. En España, el ejemplo francés llevaría a la creación en 1911 de la sindical anarco-sindicalista Confederación Nacional del Trabajo (CNT), fuerte en Cataluña y con influencia en Aragón, Valencia y Andalucía. En Italia, fue configurándose en el interior del propio partido socialista (PSI) un ala sindicalista cuyos principales líderes eran Arturo Labriola y Enrico Leone, que rechazaba el reformismo del partido, quería opciones más radicales y enérgicas en cuestiones como el Mezzogiorno, la Monarquía y el Ejército, sostenía que el parlamentarismo acabaría por llevar al PSI a compromisos oportunistas, y hacía del sindicato, y no del partido, el auténtico organismo de la clase obrera. Los sindicalistas salieron del PSI en julio de 1907, y en 1912 crearon su propia sindical, la Unión Sindical Italiana, como alternativa a la reformista CGIL.
El sindicalismo revolucionario tuvo también impacto no desdeñable en algunos países anglosajones. En Estados Unidos, se creó en 1905 la organización Trabajadores Industriales del Mundo, conocida por sus siglas inglesas IWW (Industrial Workers of the World, popularmente los Wobblies), que aglutinó a 43 organizaciones sindicales opuestas a la línea pragmática y negociadora de la American Federation of Labour (AFL, la Federación Americana del Trabajo), la poderosa sindical creada en 1886 y dirigida hasta 1924 por Samuel Gompers. Sobre todo, el ala radical de los IWW dirigida por Big Bill Haywood, se orientó desde 1908 hacia el sabotaje industrial y la huelga revolucionaria como formas extremas de la lucha de clases, y logró, además del éxito en una serie de huelgas resonantes, indudable ascendencia entre los trabajadores (aunque nunca pudo desbordar a la AFL: ésta tenía en 1914 unos 2 millones de afiliados; los IWW, unos 100.000).
El ejemplo norteamericano, mucho más que el francés, influyó en Gran Bretaña. La radicalización obrera de los años 1910-14, protagonizada por mineros, estibadores y ferroviarios, fue en parte debida a la evidente impregnación sindicalista de un sector del movimiento obrero, que tuvo un líder de extraordinaria capacidad en Tom Mann, y su traducción ideológica en el folleto El próximo paso de los mineros, aparecido en 1912, que llamaba a una acción extremadamente drástica y militante y a la huelga general, como formas de presión para la transformación de la economía y de la sociedad.
El radicalismo obrerista del sindicalismo abrió ciertamente expectativas revolucionarias: años después, John Dos Passos (1896-1970), el escritor norteamericano, escribiría una romántica evocación de los wobblies y de Big Bill Haywood en Paralelo 42 (1930), la primera de las tres novelas de su trilogía U.S.A. Mucho antes, en 1908, el ensayista francés Georges Sorel (1842-1922), un ingeniero de caminos que, al jubilarse con 50 años, se hizo socialista y se interesó por el marxismo, escribió Reflexiones sobre la violencia, un largo ensayo sobre la lucha de clases cuyo espíritu y tesis coincidían con los planteamientos del sindicalismo revolucionario (aunque Griffuelhes, en concreto, no debió leerlo, pues dijo que sólo leía novelas de Dumas). El libro de Sorel era una verdadera diatriba contra el gradualismo del socialismo parlamentario, encarnado por Jaurès, el líder de la SFIO, contra el reformismo, contra el humanitarismo ilustrado y contra el positivismo. Y a la inversa, Sorel exaltaba la fuerza de los mitos y de las ideas, el heroísmo y la acción, la violencia proletaria (en la que veía una nueva moral de libertad). Esbozaba, pues, una teoría de la revolución en la que los sindicalistas adquirían el papel de héroes homéricos, el sindicalismo revolucionario se revelaba como la nueva virtud o religión que sostendría a la humanidad, y la huelga general, como el mito del proletariado y manifestación de la fuerza de las masas.
Y sin embargo, el sindicalismo revolucionario fue -tal vez salvo en España- un hecho efímero y contradictorio. Su éxito inicial se debió sin duda a la insatisfacción de muchos trabajadores con el gradualismo socialista, y a su énfasis en la acción directa de los obreros en las fábricas, porque ello suponía una forma radical de defensa de sus intereses inmediatos. Pero esa era la raíz de su debilidad, como vieron desde el primer momento algunos de los dirigentes anarquistas, como Malatesta, que habían seguido con gran atención la aproximación anarquismo-sindicalismo desde que la planteara Pelloutier: pues el sindicalismo, pese a su retórica revolucionaria, no era en la práctica sino un movimiento sin otra finalidad que el mejoramiento de las condiciones laborales de los trabajadores. Además, la CGT se recuperó mal de la derrota que Briand infligió a los ferroviarios franceses en octubre de 1910. La aprobación de nuevas leyes sociales -como el descanso semanal en 1906 y la ley de retiros obreros en 1910- disminuyó el malestar social. El mismo Sorel se decepcionó pronto y en los años 1911-14 se aproximó al nacionalismo de Acción Francesa. Bajo la dirección de Léon Jouhaux, nuevo secretario general desde 1910, la CGT optó por una línea más pragmática y prudente e inició una aproximación política a los socialistas: incluso apoyaría el esfuerzo de Francia en la guerra durante la I Guerra Mundial.
En Italia, la Unión Sindical Italiana, aunque tuvo parte activa en los conflictos de los años 1911-14, nació aislada y nunca amenazó realmente la hegemonía de la reformista Confederación General Italiana del Trabajo. Algunos dirigentes sindicalistas -como Labriola y Pannunzio- hicieron suyos los argumentos nacionalistas que definían a Italia como nación proletaria y defendieron la guerra de Libia. Se abrió, así, la posibilidad de una hipotética confluencia entre nacionalismo populista y sindicalismo, que volvió a dibujarse en 1914 ante la guerra mundial, al extremo que el sector intervencionista de la USI, dirigido por De Ambris y Corridoni, terminó por escindirse y crear una nueva sindical, la Unión Italiana del Trabajo (Unione Italiana del Laboro, U.I.L.). Que hacia esa confluencia nacional-sindicalista basculara por las mismas fechas alguien como Benito Mussolini, hasta entonces uno de los líderes de la izquierda socialista, no era sorprendente. Desde 1911-12, Mussolini, sobre quien Sorel tuvo reconocida influencia, se había situado, aun dentro del PSI, en posiciones muy próximas a las del sindicalismo revolucionario, condenando el reformismo de PSI y CGIL, y defendiendo el espontaneísmo revolucionario de las masas, la autonomía sindical y la huelga general revolucionaria. En Gran Bretaña, el sindicalismo no llegó a constituirse ni siquiera como corriente organizada dentro de los sindicatos. En Estados Unidos, finalmente, la influencia y prestigio de los IWW disminuyó sensiblemente durante la I Guerra Mundial, y la organización no sobrevivió a las polémicas y crisis internas que surgieron en la postguerra en torno al problema de su afiliación o no al movimiento comunista.
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