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Cuando el Servicio Postal podia llevar Borrachos a su casa

Offtopic3/19/2016



En algunas ocasiones, cuando los excesos con el alcohol nublan nuestro juicio y bloquean la memoria, se hace difícil llegar hasta casa. Con suerte, puedes parar un taxi y entre balbuceos lograr transmitir al sufrido taxista la dirección de tu domicilio. Pues hubo un tiempo, a comienzos de siglo pasado, cuando ese servicio te lo podía proporcionar el Servicio Postal británico, el Royal Mail.


En 1913, en EEUU se puso en marcha el Servicio Postal de envío de paquetes. Para popularizar aquel nuevo servicio los precios eran muy competitivos y las limitaciones en cuanto al contenido y tamaño de los paquetes escasas. Eso permitió que, el mismo año que se inauguró el servicio, William H. Coltharp, un hombre de negocios de Vernal (Utah), enviase mediante este servicio los 80.000 ladrillos que necesitaba para construir un edificio o que el 19 de febrero de 1914 se enviase una niña de 4 años llamada May Pierstorff de Grangeville a Lewiston (Idaho); los padres de la niña la enviaban con sus abuelos pero no podían pagar el billete del tren y, aprovechando una laguna en la normativa, pagaron 53 centavos en sellos -pegados en su ropa- y la enviaron por correo. Conforme se iban produciendo estas situaciones, se iba adecuando la normativa.




Y lo mismo debió pensar el inglés Reginald W. Bray. Bray era un coleccionista de sellos, postales, billetes de tren… e incluso novias (antes de casarse con Mabel había salido con sus dos hermanas). Llegado el momento, quiso poner a prueba al Royal Mail enviando toda clase de objetos para comprobar la eficacia del sistema postal y si cumplían su propia normativa. Se calcula que llegó a enviar unos 32.000 objetos, tan variados como un cigarrillo a medio fumar, el cuello de una camisa, un bombín, un cráneo de conejo (la dirección en el hueso nasal y los sellos pegados a la parte posterior), un penique, un nabo (con la dirección tallada), una zapatilla, algas secas, una tubería… Igualmente se estudio la normativa y comprobó que, cumpliendo la normativa en tema de tamaños, se podía enviar desde una abeja hasta un elefante. Así que, decidió probar con un tamaño intermedio… su perro Bob. El 10 de febrero de 1900, Bray se presentó con Bob a las 18:54 en la oficina de Forest Hill, cercana a su domicilio, para un nuevo envío… a las 19:00 Bob era entregado en la casa de Bray. Y rizando el rizo, con seres vivos, quiso probar con él mismo. El 14 de noviembre de 1903 un cartero de la misma oficina hacía entrega de un paquete certificado… el propio Bray en bicicleta. Para evitar el coste por el peso de la bicicleta -las tarifas dependían de la distancia y el peso de los paquetes-, Bray fue pedaleando y el cartero simplemente hizo de “guía” hasta su casa. En la siguiente foto se puede ver a Bray con la bicicleta y al sufrido cartero esperando que el padre de Bray firme el recibo de la entrega (la cara del padre dice estar un poco harto de todo esto).



La conclusión de Bray, publicada en un artículo de prensa, fue que…

este servicio era particularmente útil cuando en una noche de mucha niebla, típica de Londres, en la que no puedes encontrar la casa de un amigo, en lugar de vagar durante horas puedes dirigirte a un oficina postal y que te lleven. Igualmente, cuando has bebido en exceso y eres incapaz de encontrar tu casa, el cartero te podía llevar. Y, sobre todo, este servicio era mucho más barato que coger un taxi .

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