InicioOfftopicLa muerte. ¿Que sucede en ese instante?
Hola gente de Taringa!. El presente post fue realizado con un fin SERIO y de carácter INSTRUCTIVO. Los comentarios fuera de lugar serán eliminados. Hoy les traigo el capítulo III (Libro Segundo) de el Libro de Los Espíritus y el capítulo I (Segunda Parte) de El Cielo y El Infierno. Ambos capítulos tratan acerca de las sensaciones en el momento de la muerte, y como se produce el desprendimiento de nuestra alma del cuerpo. Resalté en negrita los puntos más importantes a mi parecer. Antes, si no tenés idea de que te estoy hablando, pasá por éste otro post: http://www.taringa.net/posts/offtopic/19015995/Espiritismo-Esto-va-a-cambiar-tu-vida.html Recordemos que las respuestas a las preguntas fueron dadas por Espíritus Superiores a Allan Kardec, en sesiones mediumnicas. Dichas respuestas (a continuación de las preguntas) fueron escritas entre comillas. Las frases que no lo están, son las reflexiones de Allan Kardec. Estos libros se pueden descargar en formato pdf en la página de la Confederación Espiritista Argentina, en la pestaña Biblioteca Virtual. EL LIBRO DE LOS ESPIRITUS El alma después de la muerte; su individualidad. Vida eterna 149. ¿En qué se convierte el alma en el instante de la muerte? “Vuelve a ser Espíritu, es decir, regresa al mundo de los Espíritus, que había dejado momentáneamente.” 150. Después de la muerte, ¿conserva el alma su individualidad? “Sí, nunca la pierde. ¿Qué sería si no la conservara?” [150a] - ¿Cómo constata el alma su individualidad, puesto que ya no tiene el cuerpo material? “Aún tiene un fluido que le es propio, que extrae de la atmósfera de su planeta y que presenta la apariencia de su última encarnación: su periespíritu.” Aclaración (propia): El termino periespíritu proviene del vocablo griego PERI que significa "alrededor" y del vocablo latín SPÍRITUS que significa "espíritu". Es considerado un cuerpo fluídico de naturaleza etérea semimaterial que envuelve el espíritu del hombre, cuando éste es separado del cuerpo físico. (Definición sintética, solamente para fijar ideas) [150b] - El alma, ¿no se lleva consigo nada de este mundo? “Nada más que el recuerdo y el deseo de ir a un mundo mejor. Es un recuerdo pleno de satisfacción o de amargura, según el empleo que haya hecho de la vida. Cuanto más pura es el alma, mejor comprende la futilidad de lo que ha dejado en la Tierra.” 151. ¿Qué pensar de la opinión según la cual el alma, después de la muerte, regresa al todo universal? “¿Acaso el conjunto de los Espíritus no forma un todo? ¿No constituye todo un mundo? Cuando te encuentras en una asamblea eres parte integrante de ella, y sin embargo conservas siempre tu individualidad.” 152. ¿Qué prueba podemos obtener acerca de la individualidad del alma después de la muerte? “¿No obtenéis esa prueba por medio de las comunicaciones que lográis? Si no sois ciegos, veréis; y si no sois sordos, oiréis, pues muy a menudo os habla una voz que os revela la existencia de un ser que está fuera de vosotros.” Los que piensan que después de la muerte el alma regresa al todo universal están equivocados si por ello entienden que, semejante a una gota de agua que cae al océano, el alma pierde allí su individualidad. En cambio, están en lo cierto si entienden por el todo universal al conjunto de los seres incorporales del cual cada alma o Espíritu es un elemento. Si las almas se confundieran en la masa, sólo tendrían las cualidades del conjunto y nada las distinguiría. No tendrían inteligencia ni cualidades propias. En cambio, todas las comunicaciones revelan la conciencia del yo y una voluntad distinta. La diversidad infinita que presentan en todos los aspectos es la consecuencia misma de las individualidades. Si después de la muerte sólo hubiese lo que se llama el gran Todo, absorbiendo las individualidades, ese Todo sería uniforme y, por consiguiente, todas las comunicaciones que se recibieran del mundo invisible serían idénticas. Puesto que allí encontramos seres buenos y malos, sabios e ignorantes, felices y desdichados; puesto que los hay de todos los caracteres: alegres y tristes, frívolos y profundos, etc., es evidente que se trata de seres distintos. La individualidad resulta más evidente aún cuando estos seres prueban su identidad por medio de señales incontestables, detalles personales relativos a su vida terrenal que pueden verificarse. Además, no es posible ponerla en duda cuando ellos se manifiestan a la vista en las apariciones. La individualidad del alma se nos enseñaba en teoría, como un artículo de fe; el espiritismo la hace patente y, en cierto modo, material. 153. ¿En qué sentido se debe entender la vida eterna? “La vida eterna es la vida del Espíritu; la del cuerpo es transitoria y pasajera. Cuando el cuerpo muere, el alma regresa a la vida eterna.” [153a] - ¿No sería más exacto llamar vida eterna a la de los Espíritus puros, los que por haber alcanzado la perfección no habrán de sufrir más pruebas? “Esa es más bien la dicha eterna. No obstante, se trata de una cuestión de palabras. Llamad a las cosas como más os guste, con tal deque os pongáis de acuerdo.” Separación del alma y el cuerpo 154. ¿Es dolorosa la separación del alma y el cuerpo? “No, a menudo el cuerpo sufre más durante la vida que en el momento de la muerte. El alma no interviene en eso para nada. Los padecimientos que a veces se experimentan en el momento de la muerte son un goce para el Espíritu, que ve llegar el término de su exilio.” En la muerte natural, la que ocurre por el agotamiento de los órganos como consecuencia de la edad, el hombre deja la vida sin percatarse de ello: es como una lámpara que se apaga por falta de combustible. 155. ¿Cómo se opera la separación del alma y el cuerpo? “Al romperse los lazos que la retenían, el alma se desprende.” [155a] - La separación, ¿se opera instantáneamente y por una transición brusca? ¿Hay una línea de demarcación netamente trazada entre la vida y la muerte? “No, el alma se desprende gradualmente; no se escapa como un pájaro cautivo que ha sido devuelto súbitamente a la libertad. Los dos estados se tocan y se confunden. Así, el Espíritu se desprende poco a poco de sus lazos: éstos se sueltan, no se quiebran.” Durante la vida, el Espíritu se halla unido al cuerpo por su envoltura semimaterial o periespíritu. La muerte sólo es la destrucción del cuerpo y no la de esa segunda envoltura, la cual se separa del cuerpo cuando cesa en él la vida orgánica. La observación prueba que en el instante de la muerte el desprendimiento del periespíritu no se completa de manera súbita, sino que se opera gradualmente y con una lentitud muy variable según los individuos. En algunos es bastante rápido y podemos decir que el momento de la muerte es también el de la liberación, que se da en unas pocas horas. En otros, por el contrario, sobre todo en aquellos cuya vida ha sido completamente material y sensual, el desprendimiento es mucho menos rápido y a veces dura horas, semanas y hasta meses. Esto no implica que haya en el cuerpo la menor vitalidad ni la posibilidad de un regreso a la vida, sino una simple afinidad entre el cuerpo y el Espíritu, afinidad que siempre depende de la preponderancia que durante la vida el Espíritu dio a la materia. En efecto, es razonable pensar que cuanto más se haya identificado el Espíritu con la materia, tanto más penoso le resultará separarse de ella. En cambio, la actividad intelectual y moral, así como la elevación de los pensamientos, operan un principio de desprendimiento incluso durante la vida del cuerpo, de modo que cuando llega la muerte ese desprendimiento es casi instantáneo. Tal es el resultado de los estudios hechos en los individuos observados en el momento de la muerte. Esas observaciones también prueban que la afinidad que en ciertos individuos persiste entre el alma y el cuerpo esa veces muy penosa, pues el Espíritu puede experimentar el horror de la descomposición. Este caso es excepcional y propio de ciertos géneros de vida y de determinados tipos de muerte; se presenta en algunos suicidas. 156. La separación definitiva del alma y el cuerpo, ¿puede tener lugar antes de la cesación completa de la vida orgánica? “Durante la agonía, a veces el alma ya abandonó el cuerpo: sólo queda en él la vida orgánica. El hombre ya no tiene conciencia de sí mismo, y a pesar de eso aún le resta un soplo de vida. El cuerpo es una máquina a la que el corazón pone en movimiento; funciona mientras el corazón hace circular la sangre por las venas, y para eso no tiene necesidad del alma.” 157. En el momento de la muerte, ¿tiene a veces el alma un arrebato o éxtasis que le hace entrever el mundo al que regresará? “A menudo el alma siente que los lazos que la atan al cuerpo se quiebran; entonces emplea todos sus esfuerzos para cortarlos por completo. Ya en parte desprendida de la materia, ve el porvenir extenderse ante ella y goza por anticipado del estado de Espíritu.” 158. El ejemplo de la oruga, que primero se arrastra por el suelo y luego se encierra en la crisálida, en estado de muerte aparente, para renacer con una existencia deslumbrante, ¿puede darnos una idea de la vida terrenal, luego la tumba y, por último, nuestra nueva existencia? “Una idea limitada. La imagen es buena, pero no sería conveniente tomarla al pie de la letra, como hacéis a menudo.” 159. ¿Qué sensación experimenta el alma en el momento en que se reconoce en el mundo de los Espíritus? “Eso depende. Si has hecho el mal con el deseo de hacerlo, en un primer momento te sientes muy avergonzado por eso. Para el justo es muy diferente: su alma se siente como aliviada de un gran peso, pues no le teme a ninguna mirada escrutadora.” 160. El Espíritu, ¿encuentra de inmediato a quienes conoció en la Tierra y que murieron antes que él? “Sí, según el afecto que sentía por ellos y el que ellos sentían por él. A menudo acuden a recibirlo a su regreso al mundo de los Espíritus y lo ayudan a desprenderse de las envolturas de la materia. También encuentra a muchos que había perdido de vista durante su estancia en la Tierra. Ve a los que están errantes; y a los que se encuentran encarnados, los va a visitar.” 161. En la muerte violenta o debida a un accidente, cuando los órganos aún no han sido debilitados por la edad o las enfermedades, la separación del alma y el cese de la vida, ¿tienen lugar simultáneamente? “Así sucede por lo general, pero en todos los casos el instante que los separa es muy breve.” 162. Después de la decapitación, por ejemplo, ¿conserva el hombre durante algunos instantes la conciencia de sí mismo? “Suele conservarla durante algunos minutos, hasta que la vida orgánica se haya extinguido por completo. Pero a menudo también el temor a la muerte le hace perder la conciencia antes del instante del suplicio.” Se trata aquí de la conciencia que el ajusticiado tiene de sí mismo en tanto hombre, por intermedio de los órganos, y no como Espíritu. Así pues, si no perdió esa conciencia antes del suplicio, puede conservarla algunos instantes, pero que son muy breves, y cesa necesariamente con la vida orgánica del cerebro, lo que no implica que el periespíritu esté desprendido por completo del cuerpo. Por el contrario, en todos los casos de muerte violenta, como esta no se debe a la extinción gradual de las fuerzas vitales, los lazos que unen el periespíritu al cuerpo son más tenaces, y el desprendimiento completo es más lento. Turbación espírita. 163. El alma, cuando deja el cuerpo, ¿tiene de inmediato conciencia de sí misma? “Conciencia inmediata no es la expresión adecuada. El alma permanece algún tiempo en estado de turbación.” 164. ¿Experimentan todos los Espíritus en el mismo grado y durante el mismo tiempo la turbación que sigue a la separación del alma y el cuerpo? “No, eso depende de la elevación de cada uno. El Espíritu que ya está purificado se reconoce a sí mismo casi inmediatamente, porque ya se desprendió de la materia durante la vida del cuerpo, mientras que el hombre carnal, cuya conciencia no es pura, conserva durante mucho más tiempo la impresión de la materia.” 165. El conocimiento del espiritismo, ¿ejerce alguna influencia sobre el tiempo que dura la turbación? “Ejerce una influencia muy grande, puesto que el Espíritu comprende por anticipado esa situación. No obstante, la práctica del bien y la conciencia pura ejercen la mayor influencia.” En el momento de la muerte todo es confuso al principio. El alma necesita algún tiempo para reconocerse. Está como aturdida, como en el estado de un hombre que acaba de salir de un profundo sueño e intenta percatarse de su situación. La lucidez de las ideas y el recuerdo del pasado vuelven a ella a medida que se borra la influencia de la materia de la que acaba de desprenderse, y que se disipa la especie de niebla que oscurece sus pensamientos. El tiempo que dura la turbación que sigue a la muerte es muy variable: puede extenderse desde algunas horas hasta muchos meses, e incluso muchos años. Es menos prolongado en quienes, cuando vivían, se identificaron con su estado futuro, porque entonces comprenden inmediatamente su situación. Esa turbación presenta circunstancias particulares según el carácter de los individuos y, sobre todo, según el tipo de muerte. En los casos de muerte violenta, producida por suicidio, suplicio, accidente, apoplejía, heridas,etcétera, el Espíritu se halla sorprendido, asombrado. No cree estar muerto y lo sostiene con obstinación. Sin embargo, ve su cuerpo, sabe que ese cuerpo es el suyo y no comprende que se separó de él. Se acerca a las personas a quienes aprecia, les habla y no entiende por qué no lo oyen. Esa ilusión se mantiene hasta que el periespíritu se desprende por completo. Sólo entonces el Espíritu se reconoce y comprende que ya no forma parte de los vivos. Este fenómeno se explica fácilmente. Sorprendido de improviso por la muerte, el Espíritu queda aturdido por el brusco cambio que se operó en él. La muerte todavía es para él sinónimo de destrucción, de aniquilamiento. Ahora bien, como piensa, ve y oye, a su entender no está muerto. Lo que aumenta su ilusión es que se ve con un cuerpo semejante al anterior por la forma, pero cuya naturaleza etérea aún no ha tenido tiempo de estudiar. Le parece sólido y compacto como el primero, y cuando se le llama la atención acerca de este punto se asombra de no poder palparse. Este fenómeno es análogo al de los sonámbulos novatos, que no creen estar dormidos. Para ellos el dormir es sinónimo de suspensión de las facultades. Ahora bien, como piensan libremente y pueden ver, suponen que están despiertos. Algunos Espíritus presentan esta particularidad aunque la muerte no les haya llegado de modo inesperado. No obstante, siempre es más general en los que, aunque estaban enfermos, no pensaban en morirse. Vemos en ese caso el singular espectáculo de un Espíritu que asiste a su funeral como si fuese el de un extraño, y que se refiere a ello como si se tratara de algo que no le incumbe, hasta el momento en que comprende la verdad. La turbación que sigue a la muerte no es penosa en absoluto para el hombre de bien. Es calma y en todo semejante a la que acompaña a un despertar apacible. Para aquel cuya conciencia no es pura, la turbación está colmada de ansiedad y angustias, que aumentan a medida que se reconoce a sí mismo. En los casos de muerte colectiva, se ha observado que los que fallecen al mismo tiempo no siempre se vuelven a ver de inmediato. En la turbación que sigue a la muerte, cada uno va por su lado o sólo se preocupa por los que le interesan. En la muerte natural, la turbación comienza antes de la cesación de la vida orgánica, y el Espíritu pierde por completo la conciencia de sí mismo en el momento de la muerte. De ahí se sigue que el Espíritu jamás es testigo del último suspiro. Incluso las convulsiones de la agonía son efectos nerviosos que casi nunca lo afectan. Decimos casi porque en ciertos casos esos padecimientos han sido impuestos al Espíritu como expiación. EL CIELO Y EL INFIERNO La transición. 1. La confianza en la vida futura no excluye los temores acerca de la transición de esta vida a la otra. Muchas personas no temen a la muerte en sí misma, sino al momento de la transición. ¿Se sufre o no en ese viaje? Esto los inquieta, y con razón, dado que nadie puede escaparse de él. Podemos evitar algún viaje en este mundo, menos ese. Tanto los ricos como los pobres deben realizarlo y, si es doloroso, ni la jerarquía ni la fortuna podrán atenuar su amargura. 2. Si se observa la serenidad de algunos moribundos, y las terribles convulsiones de la agonía de otros, se puede deducir por anticipado que las sensaciones experimentadas no siempre son las mismas. Sin embargo, ¿quién podrá informarnos al respecto? ¿Quién nos describirá el fenómeno fisiológico de la separación entre el alma y el cuerpo? ¿Quién nos relatará las impresiones de ese instante supremo? En ese punto la ciencia y la religión guardan silencio. ¿Por qué? Porque les falta el conocimiento de las leyes que rigen las relaciones del Espíritu con la materia. La una se detiene en el borde de la vida espiritual, y la otra en los límites de la vida material. El espiritismo es la línea de unión entre ambas, y sólo él puede decirnos cómo se produce la transición, ya sea a través de las nociones más positivas que nos brinda de la naturaleza del alma, o a través de la descripción proporcionada por aquellos que han dejado este mundo. El conocimiento del lazo fluídico que une el alma con el cuerpo es la clave de este fenómeno, así como de muchos otros. 3. La insensibilidad de la materia inerte es un hecho positivo, y sólo el alma experimenta las sensaciones de dolor y placer. Durante la vida, la desagregación de la materia repercute en el alma, que recibe una impresión más o menos dolorosa. Es el alma la que sufre, y no el cuerpo. Este no es más que un instrumento del dolor. En cambio, el alma es el paciente. Por el contrario, después de la muerte, el alma y el cuerpo están separados, de modo que, así como el cuerpo puede ser impunemente mutilado, pues no siente nada, del mismo modo el alma, que se encuentra aislada, no se ve afectada por la desorganización del cuerpo. El alma tiene sus propias sensaciones, cuya fuente no reside en la materia tangible. El periespíritu es la envoltura fluídica del alma, de la que no se separa ni antes ni después dela muerte. Ambos forman, por decirlo así, una sola entidad, de modo que no se puede concebir a la una sin el otro. Durante la vida, el fluido periespiritual impregna el cuerpo en todas sus partes y sirve de vehículo a las sensaciones físicas del alma. Es también por su intermedio que el alma actúa sobre el cuerpo y dirige sus movimientos. 4. La extinción de la vida orgánica hace que el alma se separe del cuerpo, debido a la ruptura del lazo fluídico que los unía. Con todo, esa separación nunca es brusca. El fluido periespiritual se desprende poco a poco de los órganos, de manera que la separación llega a ser completa y absoluta cuando no queda ni un átomo del periespíritu unido a una molécula del cuerpo. La sensación dolorosa que experimenta el alma en el momento de la muerte depende de la suma de los puntos de contacto que existen entre el cuerpo y el periespíritu, así como del grado de dificultad y lentitud que presenta la separación. Así pues, debemos aceptar que,conforme a las circunstancias, la muerte puede ser más o menos penosa. Esas diferentes circunstancias son las que nos corresponde analizar. 5. Establecemos, en primer lugar, y como principio, los cuatro casos siguientes, que podemos considerar como situaciones extremas, entre los cuales existe una infinidad de variantes: 1º.) Si en el momento de la extinción de la vida orgánica el desprendimiento del periespíritu es completo, el alma no siente absolutamente nada. 2º.) Si en ese momento la cohesión entre los dos elementos está en el auge de su intensidad, se produce una especie de desgarramiento que reacciona dolorosamente sobre el alma. 3º.) Si la cohesión es débil, la separación resulta fácil y se produce sin conmoción. 4º.) Si después del cese completo de la vida orgánica existen todavía numerosos puntos de contacto entre el cuerpo y el periespíritu, el alma puede llegar a sentir los efectos de la descomposición del cuerpo, hasta que ese lazo se deshaga completamente. De ahí resulta que el sufrimiento que acompaña a la muerte está subordinado a la fuerza de cohesión que une el cuerpo con el periespíritu; que todo lo que pueda contribuir a la disminución de esa fuerza y a la rapidez del desprendimiento hace que la transición sea menos dolorosa; por último, que si el desprendimiento se produce sin ninguna dificultad, el alma no experimenta ninguna sensación desagradable. 6. Durante la transición de la vida corporal a la vida espiritual se produce otro fenómeno muy importante: el de la turbación. En ese momento, el alma experimenta un embotamiento que paraliza momentáneamente sus facultades, y neutraliza al menos en parte sus sensaciones. Es como si estuviera en un estado de catalepsia, de modo que el alma casi nunca es testigo consciente del último suspiro. Decimos casi nunca porque en algunos casos el alma puede estar consciente, como en breve veremos. Así pues, la turbación puede ser considerada el estado normal en el momento de la muerte. Su duración es indeterminada y varía entre algunas horas y varios años. A medida que se libera, el alma se encuentra en una situación comparable a la de un hombre que despierta de un sueño profundo. Sus ideas son confusas, vagas e inciertas; ve como a través de unaniebla. Poco a poco se le aclara la vista y recuperala memoria. Ese despertar, con todo, varía según los individuos. En unos es sereno y abunda en sensaciones deliciosas; en otros está repleto de terror y ansiedad, como si se tratara de una horrible pesadilla. 7. El momento del último suspiro no es, pues, el más penoso, porque lo más común es que el alma no tenga conciencia de sí misma. Antes de eso, el alma padece la desagregación de la materia durante las convulsiones de la agonía y, con posterioridad, la angustia de la turbación. Desde ya afirmamos que ese estado no es general. La intensidad y duración del sufrimiento dependen, como hemos dicho, del grado de afinidad que existe entre el cuerpo y el periespíritu. Así, cuanto mayor es esa afinidad,tanto más penosos y prolongados son los esfuerzos del Espíritu para desprenderse de esos lazos. Con todo, hay personas en las que la cohesión es tan débil que el desprendimiento se produce por sí mismo, con naturalidad. El Espíritu se separa del cuerpo como el fruto maduro se suelta de su tallo. Es el caso delas muertes serenas y de los despertares apacibles. 8. El estado moral del alma es la causa principal de la mayor o menor facilidad de desprendimiento. La afinidad entre el cuerpo y el periespíritu es proporcional al apego del Espíritu a la materia, y alcanza su culminación en el hombre cuyas preocupaciones se concentran en la vida terrenal y en los goces materiales. Esa afinidad es casi nula en aquellas personas cuyas almas, ya purificadas, se identifican por anticipado con la vida espiritual. Y puesto que la lentitud y la dificultad de la separación guardan relación con el grado de purificación y desmaterialización del alma, depende de cada uno hacer que ese viaje sea fácil o penoso, agradable o doloroso. Una vezestablecido esto, a la vez como teoría y como resultado de la observación, nos queda examinar la influencia del género de muerte sobre las sensaciones del alma en el último momento de vida. 9. En la muerte natural, la que resulta de la extinción de las fuerzas vitales debido a la vejez o la enfermedad, el desprendimiento se opera gradualmente. En el hombre cuya alma está desmaterializada y cuyos pensamientos se apartan de las cosas terrenales, el desprendimiento está casi completo antes de la muerte real: el cuerpo aún tiene vida orgánica, pero el alma ya penetró en la vida espiritual y apenas está vinculado a aquel por un lazo tan frágil que se corta con el último latido del corazón. En estas condiciones, es posible que el Espíritu haya recobrado ya su lucidez, y que sea testigo consciente de la extinción de la vida del cuerpo, por lo que se siente feliz de haberse liberado. Para él, la turbación es casi nula; se asemeja a un instante de sueño apacible del cual despierta con una indefinible sensación de esperanza y felicidad. En el hombre materialista y sensual, que vivió más para el cuerpo que para el espíritu, y para quien la vida espiritual no significa nada, ni siquiera a nivel del pensamiento, todo contribuye a estrechar los lazos que lo atan a la materia, pues no ha hecho nada en la vida para aflojarlos. Y cuando la muerte se aproxima, si bien el desprendimiento se realiza gradualmente, demanda continuos esfuerzos. Las convulsiones de la agonía son indicios de la lucha del Espíritu, que algunas veces trata de romper los lazos resistentes, y otras se aferra al cuerpo, del cual una fuerza irresistible lo arranca con violencia, parte por parte. 10. El Espíritu se apega tanto más a la vida corporal cuanto menos ve más allá de la misma. Siente que la vida se le escapa y desea retenerla a toda costa. En lugar de abandonarse al movimiento que lo arrastra, resiste con todas sus fuerzas. De ese modo, puede prolongar la lucha durante días, semanas y meses enteros. No cabe duda de que en ese momento el Espíritu no goza de toda su lucidez, pues la turbación ha comenzado bastante antes de la muerte, pero no por eso sufre menos; y el vacío en que se encuentra, así como la incertidumbre de lo que habrá de sucederle, aumentan su angustia.La muerte llega, pero no todo ha concluido. La turbación continúa; el Espíritu siente que está vivo, pero no distingue si esa vida es material o espiritual. Sigue luchando hasta que los últimos lazos del periespíritu se hayan cortado por completo. La muerte ha puesto fin a la enfermedad física que padecía, pero no anuló sus consecuencias. Mientras haya puntos de contacto entre el cuerpo y el periespíritu, el Espíritu sentirá sus efectos y sufrirá por ello. 11. Muy diferente es la situación del Espíritu desmaterializado, incluso en las enfermedades más crueles. Los lazos fluídicos que lo unen al cuerpo son muy frágiles, de modo que se cortan sin la menor conmoción. Además, su confianza en el porvenir, que ya ha vislumbrado con el pensamiento, o a veces también en la realidad, le permite considerar a la muerte como una liberación, y a sus males como una prueba. De ahí resultan la calma moral y la resignación que alivian su padecimiento. Después de la muerte, dado que esos lazos se cortaron de inmediato, no lo afecta ninguna reacción dolorosa. Al despertar se siente libre, bien dispuesto, aligerado de un gran peso y muy feliz porque ya no sufre. 12. En la muerte violenta las condiciones no son exactamente las mismas. Ninguna desagregación parcial ha hecho posible una separación anticipada entre el cuerpo y el periespíritu. La vida orgánica, pese a toda su fuerza, es aniquilada de súbito. En ese caso, el desprendimiento del periespíritu recién comienza después de la muerte, y no puede completarse rápidamente. El Espíritu, sorprendido de improviso, queda como aturdido. Como siente y piensa, cree que aún está vivo, y esa ilusión se prolonga hasta que comprende su situación. Ese estado intermedio entre la vida corporal y la vida espiritual es uno de los más interesantes objetos de estudio, porque presenta el espectáculo singular de un Espíritu que confunde su cuerpo fluídico con su cuerpo material, y que al mismo tiempo experimenta todas las sensaciones de la vida orgánica. Aquí se presenta una serie infinita de matices que difieren según el carácter, los conocimientos y el grado de adelanto moral del Espíritu. Para las personas cuya alma se encuentra purificada, ese estado tiene una duración breve, porque en ellas había un desprendimiento anticipado, y la muerte súbita no hace más que apresurar su término. Otras veces se prolonga durante años. También es muy frecuente en los casos de muerte común, y si bien no resulta penoso para los Espíritus adelantados, se vuelve terrible para los atrasados. Esta circunstancia resulta aún más aflictiva en los casos de suicidio. Como el periespíritu se halla sujeto al cuerpo a través de todas sus fibras, todas las convulsiones del cuerpo repercuten en el alma, que de ese modo experimenta atroces padecimientos. 13. El estado del Espíritu en el momento de la muerte puede resumirse así: El sufrimiento del Espíritu es tanto mayor cuanto más lento resulta el desprendimiento del periespíritu. La rapidez del desprendimiento es proporcional al grado de adelanto moral del Espíritu. Para el Espíritu desmaterializado, cuya conciencia es pura, la muerte equivale a un sueño de algunos instantes, exento de sufrimiento, y cuyo despertar es muy sereno. 14. Para que alguien pueda trabajar por su purificación, mediante la contención de sus malas tendencias y el dominio de sus pasiones, hace falta que conozca los beneficios que obtendrá en el porvenir, puesto que para identificarse con la vida futura, encaminar hacia ella todas las aspiraciones y optar por ella antes que por la vida terrenal, no basta con creer en esa vida: es necesario comprenderla. Hay que considerar la vida futura desde un punto de vista que satisfaga a la razón, que esté completamente de acuerdo con la lógica y el buen sentido, al igual que con la idea que nos formamos de la grandeza, la bondad y la justicia de Dios. En ese aspecto, entre todas las doctrinas filosóficas, el espiritismo es la que ejerce la influencia más poderosa, gracias a la fe inquebrantable que proporciona. El espírita serio no se limita a creer, sino que cree porque comprende; y comprende porque emplea la razón. La vida futura es una realidad que se despliega constantemente ante sus ojos: la ve y la toca, por así decirlo, en todo momento, de modo que la duda no tiene guarida en su alma. La vida corporal, tan limitada, se desvanece para él frente a la vida espiritual, que es la verdadera vida. A eso se debe la escasa importancia que atribuye a los inconvenientes del camino, y su resignación ante las vicisitudes, cuyas causas y utilidad comprende perfectamente. Su alma se eleva mediante las relaciones directas que establece con el mundo invisible. Los lazos fluídicos que lo sujetan a la materia se debilitan, con lo cual se produce por anticipado un desprendimiento parcial que facilita su transición a la otra vida. La turbación, inseparable de la transición, dura poco, porque una vez que ha dado ese paso se reconoce de inmediato. Nada le causa extrañeza, y comprende su nueva situación. 15. Por cierto, el espiritismo no es indispensable para la obtención de este resultado; razón por la cual no tiene la pretensión de ser la única garantía para la salvación del alma. No obstante, facilita esa salvación, tanto por los conocimientos que proporciona, como por los sentimientos que inspira y las condiciones en que coloca al Espíritu, pues hace que comprenda la necesidad de mejorar. Además, confiere a cada uno los medios para colaborar con el desprendimiento de otros Espíritus en el momento en que dejan la envoltura terrestre, y les abrevia el lapso de su turbación mediante la plegaria y la evocación. Por medio de la plegaria sincera, que es una magnetización espiritual, se provoca una desagregación más rápida del fluido periespiritual; y por medio de una evocación conducida con conocimiento y prudencia, mediante palabras benevolentes y reconfortantes, se libera al Espíritu del embotamiento en que se encuentra, y se lo ayuda a que se reconozca más rápidamente. Si fuese un Espíritu sufridor, se lo impulsa al arrepentimiento, que es el único recurso para abreviar sus padecimientos.
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