Un apasionado y verborrágico fiscal compartió la pelota y la cancha con dos delincuentes... y unos días después tuvo que verles la cara en Tribunales. El final de esta loca historia... en una nueva crónicas Insólitas de Mendoza.
Por Enrique Pfaab
Hay tipos que viven apasionadamente. El fiscal de esta historia es uno de ellos. Al menos así lo cuentan quienes lo conocen de cerca, que aseguran que no hay como él para disputar un juicio o un partido de
fútbol.
Una de las historias que lo ha tenido de protagonista sucedió hace un par de años en la ciudad de Mendoza. Rigurosamente, una vez por semana un grupo de funcionarios judiciales acostumbra a juntarse a jugar al fútbol. Algunos son simples picados y otros son partidos un tanto mas formales contra grupos de otros ámbitos.
El caso comenzó a hilvanarse una de esas tardes, cuando en la cancha alquilada debían enfrentarse el equipo de estos judiciales contra otro conformado por un rejunte de profesionales. Vaya a saber por qué razón, dos de los hombres del equipo de Tribunales faltaron sin aviso.
El fiscal, conformado naturalmente en capitán por su espíritu aguerrido, su visión del juego y especialmente por su ánimo natural para protestarle al árbitro hasta la forma de peinarse, fue quien más insultó a los ausentes y, ante la crisis, decidió hacer llamar a dos muchachos mal entrazados que miraban desde el alambrado.
“¿Quieren jugar? Necesitamos un 3 y un 6”, preguntó desde su 1,60 de estatura, su barba prolijamente recortada y sus medias bajas. Los desconocidos contestaron que “si”, y sin muchos preparativos ni preocupándose por sus pantalones raperos y sus zapatillas dos números más grandes, que podrían complicarlos en el juego, se metieron a la cancha. El partido arrancó trabado, duro,áspero. A los 10 minutos iban 0 a 0 y ya la mayoría tenía los tobillos pelados de tanta patada.
El fiscal insultaba a propios y ajenos, y se trenzaba con el pobre tipo al que habían designado como árbitro. “¡¿Qué cobrás, vos?!. ¡No ves un carajo!”, le gritó en un momento en que el referí había pitado un foul. “¡Cáyese!”, le
ordenó el referí, “¡yo soy la ley!”.
Totalmente exaltado y poniéndose en puntas de pie para poder apoyar su frente contra la del árbitro, el fiscal bramó: “¡De ninguna manera, la ley soy yo!”. La carcajada casi unánime de los que escucharon la discusión hizo calmar al funcionario, al menos por los siguientes 5 minutos.
Los judiciales aguantaron el ritmo del partido hasta los 30 minutos. Después comenzó a notarse que “las dos recientes incorporaciones” no tenían sintonía con el resto, que sus estados físicos eran calamitosos y que estaban lejos de tener ánimo de luchar para evitar la vergüenza de la derrota. “¡Metan ustedes dos!”, les gritaba el fiscal. Pero nada.
Dos groserías defensivas de los desconocidos hicieron que se comieran los primeros goles. El resto del partido fue olvidable y, pese a que la voluntad y la habilidad de algunos evitó el oprobio, los judiciales perdieron cómodamente.
Ya se había aplacado sobradamente la angustia de la derrota, mitigada por la conjunción del paso del tiempo y algunos triunfos posteriores, cuando una mañana el fiscal de Cámara debió presentarse en la sala de audiencias para atender un caso de robo a mano armada. Los dos imputados ingresaron a la sala esposados y, como casi siempre, mirando al piso. Fueron sentados en sus lugares, les quitaron los grilletes
y allí el fiscal los reconoció inmediatamente: eran el “3” y el “6” que habían reclutado de apuro esa tarde ingrata.
Sin embargo, el representante del Ministerio Público logró evitar que se notara su sorpresa y haciéndose el desentendido inició el trabajo de acusarlos, analizando pruebas y testimonios. Los imputados también habían reconocido al fiscal y se habían alertado entre si a los codazos. Incluso, habían tratado de cruzar alguna mirada con él y hacerle recordar que habían sido compañeros de fútbol. Fue un juicio simple. La víctima, a quien los dos muchachos habían encañonado para sacarle escasos 200 pesos que llevaba en su cartera, los identificó cuando los vio.
También los reconoció un testigo que los había visto escapar corriendo del lugar. El momento de los alegatos no tardó en llegar. El fiscal, sin siquiera mirar a los acusados, pidió cinco años de prisión para uno y seis y medio para el que ya cargaba con otro delito en su historial. El tribunal dispuso un cuarto intermedio de cinco minutos. Nadie se movió de su lugar, esperando el regreso de los jueces.
A la vuelta aplicaron la condena que había solicitado el acusador oficial. Mientras el fiscal juntaba sus papeles los reos fueron vueltos a esposar, y en su camino hacia la salida y rumbo a la celda, pasaron por frente al escritorio del funcionario. “Doctor, ¡¿cómo nos hizo eso?!, ¡si fuimos compañeros de equipo!”, se le quejó el más desenvuelto del dúo.
El fiscal respiró hondo, lo miró fijamente por primera vez y con la voz estrangulada por la bronca, le contestó: “¡Si hubiera recordado el desempeño futbolístico de ustedes dos les hubiera pedido cadena perpetua!”, y se fue sin mirar atrás.
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