La tigresa.
La tigresa se pegó al suelo, haciéndose invisible. Los músculos de su cuerpo, extremadamente delgado, se tensaron marcándose bajo la preciosa piel rayada. El movimiento le causó un insoportable dolor, pero más le dolía el hambre. Llevaba días sin comer.
En su territorio, antes rico en ciervos, no quedaba ninguna presa. Hacía días que no se cruzaba con un rastro de sus presas naturales. Y entonces, en los límites de su territorio, captó el penetrante olor del ganado. Ganado doméstico; hombres.
El miedo ancestral al animal humano siempre la había mantenido lejos de allí, pero el hambre es capaz de vencer cualquier voluntad.
Convertida en sombra, la tigresa avanzó sin un ruido. El dolor la atormentaba.
Sabía que aquellos seres que pastoreaban el ganado podían hacerle daño a distancia: un disparo en uno de sus flancos posteriores la había dejado coja hacía tres semanas. Desde entonces, apenas había conseguido atrapar algún pequeño roedor.
La herida, infectada, empeoraba la situación, convirtiéndola en uno de los animales más peligrosos de la Tierra: una tigresa enfurecida.
Estaba a punto de saltar sobre un joven ternero cuando el olor de su enemigo la frenó de golpe. Un chico, armado con una vara flexible, controlaba las vacas. La tigresa lo vio aparecer a tres metros escasos de su escondite. Una vez más le quitaban un alimento que necesitaba.
Y lo hacía el único animal que no temía a los suyos, que los perseguía, que los mataba.
En un acto de furia y desesperación, la tigresa saltó sobre el chico, que murió desnucado con el primer zarpazo. Luego, la tigresa olió la sangre y sació su hambre de días. Se había convertido en devoradora de hombres.
Cuando seis días después la mataron de un disparo, todos comentaron la maldad de la tigresa. Los mismos que habían disparado, matado a todas sus presas, arrasado con su mundo y cortado, quemado y plantado en su territorio natural la demonizaban.
Esta es la historia de los tigres; de las cinco subespecies que aún, y a duras penas, consiguen sobrevivir y compartir el mundo con los humanos.Hace cien años se estimaba que en Asia quedaban unos cien mil tigres. Los expertos no creen que hoy lleguen a cuatro mil. La competencia con nuestra especie los está dejando sin un lugar en el que refugiarse y cazar.
Para colmo de males, el mercado de la medicina tradicional asiática especialmente, la china promueve la caza furtiva de tigres. De ellos se aprovechan todos sus órganos, su piel, sus huesos, su pene, sus testículos... Todo por la absurda creencia de que las propiedades del más bello y poderoso depredador de la Tierra pasarán a aquella persona que coma sus partes. Así de ridícula es la realidad que se esconde tras su desaparición.
Un tigre es un animal asombroso; una joya evolutiva diseñada para sobrevivir en la selva, para ser el vértice de la pirámide alimentaria. Son capaces de correr a 55 kilómetros por hora, saltar hasta 4 metros de altura, matar a un búfalo de un único zarpazo y nadar largas distancias. Cuentan con garras de 10 centímetros y colmillos de 8; los mayores entre todos los felinos actuales.
Además, tienen una prodigiosa visión nocturna y su rugido puede oírse a 2 kilómetros de distancia. Sin embargo, no están preparados para la imparable expansión de nuestra especie. Las selvas en las que antaño señoreaba se queman para obtener terreno donde cultivar unas pocas cosechas. Las presas naturales de los grandes felinos se cazan para alimentar a las mismas poblaciones que hacen desaparecer las selvas. Y el número de furtivos se ha incrementado de forma alarmante, poniendo en peligro a los pocos tigres que quedan.
¿Quién puede poner remedio a una extinción que parece inevitable? Cada año, las ONG se gastan entre 3,5 y 4,5 millones de euros en la protección y conservación de los tigres. Pero nada de esto sirve sin una coordinación gubernamental en y entre los países que albergan estos felinos salvajes.
Y a los gobernantes de los países donde vive el tigre no parece que el problema les quite el sueño. Ningún gobierno quiere plantear medidas impopulares ni sanciones que puedan restarle votos en las elecciones. George B. Schaller, probablemente el científico que más ha hecho por la conservación de los felinos salvajes, lo explicaba así: «En definitiva, la conservación es política, y la política o la falta de voluntad política está matando a los grandes felinos».
http://www.finanzas.com/xl-semanal/conocer/20130113/triste-vida-tigre-4523.html
