Mi Debut:
Mi papá sabía que ya andaba con ganas, calculó que la edad era la adecuada y a pesar de los reclamos de mi vieja se encargó de hacerme debutar.
Me parecía raro que no hubiera algún tío a cargo de la organización, pero entendí que sería incómodo por demás porque eran grandes y no tan experimentados.
Faltaba poco para mi cumpleaños y solo escuchaba a mis viejos calculando cuánta guita estaba bien gastar y cuánta no, pero a mí no me decían nada.
Cuando quería tantear más o menos que me iban a regalar me decían que me quedara tranquilo porque seguro me iba a gustar.
Mi viejo no perdía oportunidad de guiñarme el ojo cada vez.
Mis compañeros del colegio ya habían pasado casi todos por ese momento único y me aconsejaban que me relajara, que me deje guiar y que con el tiempo iba a poder disfrutarlo. ¡Yo me salía de la vaina!
Un día que mi viejo volvió temprano del laburo, me avisó que íbamos a salir así que me tenía que abrigar y apurarme. Me sentía un perrito de esos a los que le agitan las llaves y salen corriendo a buscarse el collar para echarse una meadita por el barrio.
Mientras me ponía la campera y me peinaba, lo vi agarrar un poco de plata (Es sabido que en estas cuevas es todo cash).
Durante el camino hablamos poco, casi nada. Me acuerdo que tampoco estaba la radio, supuse que iba a ser un viaje corto aunque a mí se me hizo eterno.
Tal vez porque me estaba meando zarpado. ¡Qué vergüenza! Yendo a debutar y haciéndome encima….
Ni bien bajamos, empecé a transpirar. Como típico adolescente en plena ebullición de las hormonas, transpiraba con un olor a lavandina rancia que era insoportable.
La cosa no dejaba de empeorar.
Entramos y hubo que esperar un poco, porque había muchos tipos antes que nosotros. Adiviné a algunos habitués y me encontré en montones de debutantes con los que intercambiamos miradas nerviosas. Llegó nuestro turno y mientras mi papá negociaba, yo solamente rezaba para que no me tocara una muy vieja.
Estrecharon la mano, bromearon sobre la inexistente factura y se dieron vuelta para mirarme mientras se decían que el nene (por mí) “la va a disfrutar…“.
Cuando la ví, no lo podía creer.
Era mucho más linda de lo que esperaba.
No era la mejor de todas, pero era lo mejor que la guita de mi viejo podía conseguir.
Estaba feliz con que sea virgen, como yo. Me ilusioné con pensar que casi nadie la había tocado antes.
Me la dieron y ya me transpiraban las manos antes de tocarla. Sentía alrededor miles de miradas de aliento pero de evaluación. Todos esperaban para ver qué hacía.
No sorprendí, pero tampoco desilusioné: como todo un caballero la abracé con firmeza, la alcé y la llevé a esconderse de las miradas envidiosas.
Volví a casa nervioso, orgulloso y con ganas de reptir una y mil veces la experiencia para no olvidar esa sensación.
Ese olor.
Ese vestido.
Las luces, los colores, los sonidos.
Me parece recordar que mi vieja nos gritó desde la cocina “¿¡CÓMO TE PODÉS GASTAR MIL DÓLARES EN ESA MIERDA?!”
A mí no me importó.
Quién me podía sacar la felicidad de haber abierto mi primera compu: Una 486 DX 2, con 8MB de RAM, 100 MB de disco y ¡DOS DISQUETERAS!
Si se animan comenten con quien debutaron ustedes:
Mi papá sabía que ya andaba con ganas, calculó que la edad era la adecuada y a pesar de los reclamos de mi vieja se encargó de hacerme debutar.
Me parecía raro que no hubiera algún tío a cargo de la organización, pero entendí que sería incómodo por demás porque eran grandes y no tan experimentados.
Faltaba poco para mi cumpleaños y solo escuchaba a mis viejos calculando cuánta guita estaba bien gastar y cuánta no, pero a mí no me decían nada.
Cuando quería tantear más o menos que me iban a regalar me decían que me quedara tranquilo porque seguro me iba a gustar.
Mi viejo no perdía oportunidad de guiñarme el ojo cada vez.
Mis compañeros del colegio ya habían pasado casi todos por ese momento único y me aconsejaban que me relajara, que me deje guiar y que con el tiempo iba a poder disfrutarlo. ¡Yo me salía de la vaina!
Un día que mi viejo volvió temprano del laburo, me avisó que íbamos a salir así que me tenía que abrigar y apurarme. Me sentía un perrito de esos a los que le agitan las llaves y salen corriendo a buscarse el collar para echarse una meadita por el barrio.
Mientras me ponía la campera y me peinaba, lo vi agarrar un poco de plata (Es sabido que en estas cuevas es todo cash).
Durante el camino hablamos poco, casi nada. Me acuerdo que tampoco estaba la radio, supuse que iba a ser un viaje corto aunque a mí se me hizo eterno.
Tal vez porque me estaba meando zarpado. ¡Qué vergüenza! Yendo a debutar y haciéndome encima….
Ni bien bajamos, empecé a transpirar. Como típico adolescente en plena ebullición de las hormonas, transpiraba con un olor a lavandina rancia que era insoportable.
La cosa no dejaba de empeorar.
Entramos y hubo que esperar un poco, porque había muchos tipos antes que nosotros. Adiviné a algunos habitués y me encontré en montones de debutantes con los que intercambiamos miradas nerviosas. Llegó nuestro turno y mientras mi papá negociaba, yo solamente rezaba para que no me tocara una muy vieja.
Estrecharon la mano, bromearon sobre la inexistente factura y se dieron vuelta para mirarme mientras se decían que el nene (por mí) “la va a disfrutar…“.
Cuando la ví, no lo podía creer.
Era mucho más linda de lo que esperaba.
No era la mejor de todas, pero era lo mejor que la guita de mi viejo podía conseguir.
Estaba feliz con que sea virgen, como yo. Me ilusioné con pensar que casi nadie la había tocado antes.
Me la dieron y ya me transpiraban las manos antes de tocarla. Sentía alrededor miles de miradas de aliento pero de evaluación. Todos esperaban para ver qué hacía.
No sorprendí, pero tampoco desilusioné: como todo un caballero la abracé con firmeza, la alcé y la llevé a esconderse de las miradas envidiosas.
Volví a casa nervioso, orgulloso y con ganas de reptir una y mil veces la experiencia para no olvidar esa sensación.
Ese olor.
Ese vestido.
Las luces, los colores, los sonidos.
Me parece recordar que mi vieja nos gritó desde la cocina “¿¡CÓMO TE PODÉS GASTAR MIL DÓLARES EN ESA MIERDA?!”
A mí no me importó.
Quién me podía sacar la felicidad de haber abierto mi primera compu: Una 486 DX 2, con 8MB de RAM, 100 MB de disco y ¡DOS DISQUETERAS!
Si se animan comenten con quien debutaron ustedes: