Yo un profesor graduado, que me consideraba culto y estudiado, me sentía inquieto en aquel lugar. La “clínica” era una vieja casa habitación en donde se había acondicionado una especie de oficina de recepción. Un feo escritorio servia de mesa de admisión, sobre el una maquina de escribir era el único equipo de oficina, algunas hojas se distribuían a lo largo del escritorio, no había teléfono, ni fax, ni computadora.
Una adolescente de no mas de 17 años era la secretaria en aquel lugar, bostezaba detrás del feo escritorio y limpiaba sus uñas con fastidio. Un intenso olor a incienso pegaba en la nariz. En las paredes se veían pinturas con motivos religiosos. Llamaba la atención la imagen de cristo parado sobre el mundo y sobre la cabeza un triangulo con un ojo. “El ojo que todo lo ve...” pensé.
De pronto de una de las puertas salió una abuela con bastón, parecía que había llorado y con paso lento se dirigió a la salida. La chica recepcionista la miro de reojo y sin decirle nada continuo con su rutina de limpieza en las uñas.
Momentos después salió un señor joven por aquella puerta, nerviosamente se dirigió a la secretaria, en susurro casi con misterio le dijo algunas palabras, la chica con la misma desidia que antes lo escucho, de la parte de abajo del escritorio saco una cajita de metal, de esas que tienen llave y se usan para guardar dinero. El joven le extendió dos billetes de 500 pesos, en un movimiento rápido la chica abrió la caja y con agilidad arrojó los billetes dentro y de la misma manera saco uno de 200, que entrego al joven a manera de cambio. Este no dijo nada, tomo el billete y salió del lugar.
Ya puedes pasar... –Me dijo la muchacha sin siquiera mirarme, se dedicaba a guardar la cajita debajo del escritorio. Su tono atrevido me irrito. Después de todo tendría yo como 30 años mas que ella.
Note que su acento era muy raro, como si fuera de alguna país centro americano o de Sudamérica, Colombia, Cuba o algo así... la verdad era muy malo para identificar acentos.
Buenas... –dije con voz tímida.
Buenas, paséele... pásele –contesto el hombre.
Aquel hombre era moreno, bajo de estatura, regordete y canoso. Vestía de blanco, y además llevaba muchos collares y pulseras, algunos de oro y otros con piedras de colores. Aquel consultorio por un momento me dio risa, el mobiliario parecía demasiado usado, había una especie de sofá, como esos que usan los siquiatras, una mesa con un mantel muy blanco me recordaba los altares de los templos, sobre el una pirámide humeante esparcía niebla de incienso por la habitación, en las paredes había dos santuarios con imágenes de yeso de algunos santos que mi poca formación religiosa me dijo que eran San Martín Caballero y San Judas Tadeo, por lo menos eso creo.
Atrás una vieja cómoda de madera, como esas que usaban antes las abuelitas en la cocina, mantenía docenas de frascos de cristal con agua de colores, algunos azules, verdes, rojos y hasta agua negra.
Bien querido hermano, en que puedo servirle... –me dijo seriamente el “maestro Jordán”, note al igual que con la recepcionista un extraño tono al hablar, definitivamente no era mexicano, me pregunte si la chica recepcionista seria su hija o su amante.
Sabe usted –le dije- hace un par de años me detectaron VIH...
Al notar que no me comprendía agregue:
SIDA

Deascubre el final de la historia en: