Mil años en el futuro, muchas de las anticipaciones tecnológicas de la ciencia-ficción clásica de los '50 se cumplen, pero su proyección carece del tono optimista y de «progreso benefactor» que les era habitual.
Póster promocional, con los tres protagonistas principales.
La gente del futuro imaginado por Groening tiene su propio vehículo aéreo, pero para ir a trabajar debe utilizar una suerte de tubo neumático que literalmente los arroja contra las paredes de la oficina; los robots diseñados para aligerar las tareas devienen en una suerte de pequeños rateros aficionados al alcohol y la vagancia, tienen tendencias suicidas e incluso abrigan secretas intenciones de exterminar a la humanidad; los extraterrestres, llenos de tentáculos y ojos en la mejor tradición BEM —bug-eyes monsters— todavía quieren conquistar la Tierra, aunque su prosaico objetivo es la imposición de su gaseosa adictiva Slurm, y han destruido Nueva York, sobre la que se ha erigido una nueva ciudad, que conserva los últimos pisos del Empire State Building; los gobiernos han sido reemplazados por el Orden Democrático de Planetas —cuya sigla en inglés, DOPE, puede traducirse como “droga”— y sus funcionarios son tan corruptos y codiciosos como los actuales; el programa televisivo con más rating es La hora de la hipnosis masiva, pese a que Los Simpsons siguen en el aire con capítulos estreno; y el verdadero poder lo detenta una viejecita llamada Mom (mamá), cabeza de una megacorporación dedicada a la fabricación de “Aceite para robots al viejo estilo”.
Fry, Bender y Leela, protagonistas de Futurama.
El viaje al futuro —que de alguna forma homenajea a La máquina del tiempo, de George Pal— lo realizaremos de la mano de Fry, un oscuro repartidor de pizzas que accidentalmente es congelado en un laboratorio de criogenización, en el Año Nuevo de 1999, y que despetará de su prolongado sueño en las vísperas del año 3000. Su vida no cambiará demasiado, pese a las maravillas de ese futuro tan lejano y, gracias al único pariente vivo que le queda, conseguirá un nuevo trabajo como delivery boy espacial, planteando una de las preocupaciones principales de la nueva tira: “Si sos un perdedor, ¿podés reinventarte a vos mismo mil años después?”, según declaraciones de Groening a la revista especializada en el cutting-edge informático Wired.
Con la Manaos y las pitusas
Los problemas de Fry pasan por conseguir una nueva identidad y de esa manera conocerá a los otros dos personajes principales de Futurama. Leela, la heroína, es una mutante con un solo ojo —hecho que parece preocuparla— y Bender es un robot adorablemente corrupto, posicionado en las antípodas de las Tres Leyes de la Robótica que enunciara Isaac Asimov hace más de 40 años. Juntos descubrirán que no desean lo que el sistema les tiene reservado y nos mostrarán ese porvenir distópico, pletórico de sarcasmo y originalidad.
Planet Express es una particular empresa de mensajería galáctica.
Con la estética de la ciencia-ficción clásica en mente, y recurriendo a los ingredientes más fascinantes de Los Simpsons, el show nos muestra la verdadera medida de lo humano, sin apelar a la denuncia altisonante, conservando la capacidad de reírse de las propias taras. “En general la ciencia-ficción opera según el modelo militar, pero en versión new age: si seguimos las órdenes de nuestro buen capitán, podemos derrotar al mal exterior y todo va a salir maravillosamente. Yo trato de hacer algo diferente a Star Trek o Star Wars. Imaginé un mundo comercial y confuso, donde los militares son tan tontos como hoy en día. La idea es utilizar las convenciones de la ciencia-ficción para subrayar lo absurdo de la vida real, y de la propia ciencia-ficción. Pretendemos crear un relato épico que funcione a la vez como homenaje y como sátira de la ciencia-ficción clásica”, declaró Groening en el reportaje antes citado.
Como robot, Bender puede a llegar a tener problemas un tanto peculiares...
Como en Los Simpsons la participación de famosos, tecnología mediante, está asegurada en Futurama: las cabezas de los personajes, conservadas en frascos, se verán en la serie. El primero de una larga lista será Leonard Nimoy, al que Fry le pedirá que haga el saludo vulcano típico del Sr. Spock. Nimoy le responderá, de muy mal talante, “que él ya no hace eso”, ironía referida tanto a la falta de manos de una cabeza conservada en un frasco como a la esquizofrénica relación que el actor ha mantenido siempre respecto de su personaje más famoso —ha escrito dos libros contradictorios desde el título: I’m not Spock y I ‘m Spock—.
Los orígenes
La historia oficial de Groening lo ubica como un disconforme muy parecido a los que describe en sus historias. Nacido en Portland, Oregon, apenas graduado se trasladó a Los Angeles, con la intención de comenzar una carrera como guionista de Hollywood, pero la dura realidad del medio lo obligó a desempeñar otras tareas para poder sobrevivir: trabajó en una planta de tratamiento de aguas servidas, fue chofer de un retirado director de cine y hasta ofició de ghost writer de las memorias del mismo personaje
Entre otras cosas, Bender disfruta de la compañía prohibida de las fembots .
En 1977 comenzó a dibujar Life in Hell, una extraña historieta que desde el comienzo reveló el ácido humor que caracteriza a su autor y que, en 1980, ya aparecía en 200 revistas de Estados Unidos (en la actualidad se mantiene en unas 250). En este trabajo suele aparecer una familia de conejos un tanto apáticos, angustiados y con problemas para relacionarse; el propio autor, que usa orejas de conejo para dibujar la tira mientras escucha los comentarios de sus hijos; y una pareja de asiáticos llamados Jeff y Akbar que bien pueden ser “hermanos o amantes, o ambas cosas”, según asegura el propio Groening.
Al ritmo de los tiempos, Playboy también evoluciona...
La historia de Los Simpsons comenzó a mediados de los ‘80, pero el planteo fue considerado demasiado atrevido, por lo que sólo se realizaron una serie de cortos para el Show de Tracy Ullman. Recién a comienzos de los ‘90, Groening obtuvo su media hora semanal exclusiva, lo que le ha abierto las puertas a un fructífero negocio: la serie lleva recaudados más de 500 millones de dólares sólo en merchandising. “No puedo imaginar la realización de una serie animada sin pensar en el merchandising, porque me gustan los juguetes, disfruto diseñándolos y creo que son una parte importante de la experiencia en su conjunto. Todos los artículos que rodean una serie son tan divertidos como la serie en sí misma”, afirmó Groening en 1998.
Como cualquier otro, Bender también necesita bañarse...
La génesis Futurama fue mucho más sencilla y comenzó hace exactamente un año, con un primer bosquejo de la trama. El éxito de Los Simpsons —que lleva doce exitosas temporadas en el aire y se distribuye a más de 70 países de todo el mundo— aseguró la llegada de Groening a los niveles adecuados muy rápidamente. Haciendo uso del sarcasmo que es su sello habitual, el autor planteó que el nuevo proyecto sería idéntico al de su serie estrella, lo que dejó muy entusiasmados a los ejecutivos de la Fox. La sorpresa fue grande cuando vieron las primeras pruebas de la nueva historia, totalmente distinta a lo acostumbrado. Groening respondió “Futurama es idéntica a Los Simpsons: es nueva y es original”. Sólo las frías ecuaciones del rating podrán confirmar o no tal aseveración, pero aquel show calificado como demasiado osado en algún momento, hoy se ha transformado en un super producción que emplea, por episodio, a unos 50 músicos, 60 actores y asistentes, 100 animadores en los Estados Unidos y otros 300 más en Corea, además de un par de docenas de guionistas que realizan los libretos para el visto bueno de Groening. Esos números y la medición de rating del capítulo incial de la tira, estrenado el 28 de marzo pasado —11,2 puntos que Fox afirma representan 19 millones de personas—, parecen darle la razón.
El futuro del futuro
El sueño más caro de Matt Groening es que un nuevo éxito le permita construir un parque al estilo Disneylandia, con el mundo de Fry y sus amigos, concretando su homenaje a Walt Disney.
Si uno recuerda el especial de Los Simpsons con la brillante parodia de To Serve Man (“Para servir al hombre”, cuento de Damon Knight que fuera adaptado luego como episodio de La dimensión desconocida) o simplemente revisa los títulos de los primeros episodios de la nueva serie (Space Pilot 3000, que recuerda a 2001, odisea del espacio; o I, Roommate, obvia alusión a Yo, robot, de Isaac Asimov), las posibilidades son realmente atractivas, sobre todo para aquellos ya “iniciados” en los clichés de la CF del período clásico. Pero también son una apuesta fuerte para poder llegar a un público que no tiene ni esa formación ni esos intereseses, y posiblemente el humor y las situaciones tengan, como en trabajos anteriores, más de un nivel de lectura.
Es cierto que sólo la realidad de los números asegurará la continuidad o no de Futurama —Fox únicamente contrató los primeros 13 episodios—, pero pese a la incredulidad de este joven de 45 años su serie ya tiene un mensaje para dar: “Los personajes principales son marginales que quieren rebelarse a la programación que tienen desde la infancia, aunque la ciencia les advierta que si se apartan del camino no les va a ir bien. Es absurdo, pero creo que ése es el secreto: hacer lo que uno quiere y no lo que le dicen”.
Póster promocional, con los tres protagonistas principales.
La gente del futuro imaginado por Groening tiene su propio vehículo aéreo, pero para ir a trabajar debe utilizar una suerte de tubo neumático que literalmente los arroja contra las paredes de la oficina; los robots diseñados para aligerar las tareas devienen en una suerte de pequeños rateros aficionados al alcohol y la vagancia, tienen tendencias suicidas e incluso abrigan secretas intenciones de exterminar a la humanidad; los extraterrestres, llenos de tentáculos y ojos en la mejor tradición BEM —bug-eyes monsters— todavía quieren conquistar la Tierra, aunque su prosaico objetivo es la imposición de su gaseosa adictiva Slurm, y han destruido Nueva York, sobre la que se ha erigido una nueva ciudad, que conserva los últimos pisos del Empire State Building; los gobiernos han sido reemplazados por el Orden Democrático de Planetas —cuya sigla en inglés, DOPE, puede traducirse como “droga”— y sus funcionarios son tan corruptos y codiciosos como los actuales; el programa televisivo con más rating es La hora de la hipnosis masiva, pese a que Los Simpsons siguen en el aire con capítulos estreno; y el verdadero poder lo detenta una viejecita llamada Mom (mamá), cabeza de una megacorporación dedicada a la fabricación de “Aceite para robots al viejo estilo”.
Fry, Bender y Leela, protagonistas de Futurama.
El viaje al futuro —que de alguna forma homenajea a La máquina del tiempo, de George Pal— lo realizaremos de la mano de Fry, un oscuro repartidor de pizzas que accidentalmente es congelado en un laboratorio de criogenización, en el Año Nuevo de 1999, y que despetará de su prolongado sueño en las vísperas del año 3000. Su vida no cambiará demasiado, pese a las maravillas de ese futuro tan lejano y, gracias al único pariente vivo que le queda, conseguirá un nuevo trabajo como delivery boy espacial, planteando una de las preocupaciones principales de la nueva tira: “Si sos un perdedor, ¿podés reinventarte a vos mismo mil años después?”, según declaraciones de Groening a la revista especializada en el cutting-edge informático Wired.
Con la Manaos y las pitusas
Los problemas de Fry pasan por conseguir una nueva identidad y de esa manera conocerá a los otros dos personajes principales de Futurama. Leela, la heroína, es una mutante con un solo ojo —hecho que parece preocuparla— y Bender es un robot adorablemente corrupto, posicionado en las antípodas de las Tres Leyes de la Robótica que enunciara Isaac Asimov hace más de 40 años. Juntos descubrirán que no desean lo que el sistema les tiene reservado y nos mostrarán ese porvenir distópico, pletórico de sarcasmo y originalidad.
Planet Express es una particular empresa de mensajería galáctica.
Con la estética de la ciencia-ficción clásica en mente, y recurriendo a los ingredientes más fascinantes de Los Simpsons, el show nos muestra la verdadera medida de lo humano, sin apelar a la denuncia altisonante, conservando la capacidad de reírse de las propias taras. “En general la ciencia-ficción opera según el modelo militar, pero en versión new age: si seguimos las órdenes de nuestro buen capitán, podemos derrotar al mal exterior y todo va a salir maravillosamente. Yo trato de hacer algo diferente a Star Trek o Star Wars. Imaginé un mundo comercial y confuso, donde los militares son tan tontos como hoy en día. La idea es utilizar las convenciones de la ciencia-ficción para subrayar lo absurdo de la vida real, y de la propia ciencia-ficción. Pretendemos crear un relato épico que funcione a la vez como homenaje y como sátira de la ciencia-ficción clásica”, declaró Groening en el reportaje antes citado.
Como robot, Bender puede a llegar a tener problemas un tanto peculiares...
Como en Los Simpsons la participación de famosos, tecnología mediante, está asegurada en Futurama: las cabezas de los personajes, conservadas en frascos, se verán en la serie. El primero de una larga lista será Leonard Nimoy, al que Fry le pedirá que haga el saludo vulcano típico del Sr. Spock. Nimoy le responderá, de muy mal talante, “que él ya no hace eso”, ironía referida tanto a la falta de manos de una cabeza conservada en un frasco como a la esquizofrénica relación que el actor ha mantenido siempre respecto de su personaje más famoso —ha escrito dos libros contradictorios desde el título: I’m not Spock y I ‘m Spock—.
Los orígenes
La historia oficial de Groening lo ubica como un disconforme muy parecido a los que describe en sus historias. Nacido en Portland, Oregon, apenas graduado se trasladó a Los Angeles, con la intención de comenzar una carrera como guionista de Hollywood, pero la dura realidad del medio lo obligó a desempeñar otras tareas para poder sobrevivir: trabajó en una planta de tratamiento de aguas servidas, fue chofer de un retirado director de cine y hasta ofició de ghost writer de las memorias del mismo personaje
Entre otras cosas, Bender disfruta de la compañía prohibida de las fembots .
En 1977 comenzó a dibujar Life in Hell, una extraña historieta que desde el comienzo reveló el ácido humor que caracteriza a su autor y que, en 1980, ya aparecía en 200 revistas de Estados Unidos (en la actualidad se mantiene en unas 250). En este trabajo suele aparecer una familia de conejos un tanto apáticos, angustiados y con problemas para relacionarse; el propio autor, que usa orejas de conejo para dibujar la tira mientras escucha los comentarios de sus hijos; y una pareja de asiáticos llamados Jeff y Akbar que bien pueden ser “hermanos o amantes, o ambas cosas”, según asegura el propio Groening.
Al ritmo de los tiempos, Playboy también evoluciona...
La historia de Los Simpsons comenzó a mediados de los ‘80, pero el planteo fue considerado demasiado atrevido, por lo que sólo se realizaron una serie de cortos para el Show de Tracy Ullman. Recién a comienzos de los ‘90, Groening obtuvo su media hora semanal exclusiva, lo que le ha abierto las puertas a un fructífero negocio: la serie lleva recaudados más de 500 millones de dólares sólo en merchandising. “No puedo imaginar la realización de una serie animada sin pensar en el merchandising, porque me gustan los juguetes, disfruto diseñándolos y creo que son una parte importante de la experiencia en su conjunto. Todos los artículos que rodean una serie son tan divertidos como la serie en sí misma”, afirmó Groening en 1998.
Como cualquier otro, Bender también necesita bañarse...
La génesis Futurama fue mucho más sencilla y comenzó hace exactamente un año, con un primer bosquejo de la trama. El éxito de Los Simpsons —que lleva doce exitosas temporadas en el aire y se distribuye a más de 70 países de todo el mundo— aseguró la llegada de Groening a los niveles adecuados muy rápidamente. Haciendo uso del sarcasmo que es su sello habitual, el autor planteó que el nuevo proyecto sería idéntico al de su serie estrella, lo que dejó muy entusiasmados a los ejecutivos de la Fox. La sorpresa fue grande cuando vieron las primeras pruebas de la nueva historia, totalmente distinta a lo acostumbrado. Groening respondió “Futurama es idéntica a Los Simpsons: es nueva y es original”. Sólo las frías ecuaciones del rating podrán confirmar o no tal aseveración, pero aquel show calificado como demasiado osado en algún momento, hoy se ha transformado en un super producción que emplea, por episodio, a unos 50 músicos, 60 actores y asistentes, 100 animadores en los Estados Unidos y otros 300 más en Corea, además de un par de docenas de guionistas que realizan los libretos para el visto bueno de Groening. Esos números y la medición de rating del capítulo incial de la tira, estrenado el 28 de marzo pasado —11,2 puntos que Fox afirma representan 19 millones de personas—, parecen darle la razón.
El futuro del futuro
El sueño más caro de Matt Groening es que un nuevo éxito le permita construir un parque al estilo Disneylandia, con el mundo de Fry y sus amigos, concretando su homenaje a Walt Disney.
Si uno recuerda el especial de Los Simpsons con la brillante parodia de To Serve Man (“Para servir al hombre”, cuento de Damon Knight que fuera adaptado luego como episodio de La dimensión desconocida) o simplemente revisa los títulos de los primeros episodios de la nueva serie (Space Pilot 3000, que recuerda a 2001, odisea del espacio; o I, Roommate, obvia alusión a Yo, robot, de Isaac Asimov), las posibilidades son realmente atractivas, sobre todo para aquellos ya “iniciados” en los clichés de la CF del período clásico. Pero también son una apuesta fuerte para poder llegar a un público que no tiene ni esa formación ni esos intereseses, y posiblemente el humor y las situaciones tengan, como en trabajos anteriores, más de un nivel de lectura.
Es cierto que sólo la realidad de los números asegurará la continuidad o no de Futurama —Fox únicamente contrató los primeros 13 episodios—, pero pese a la incredulidad de este joven de 45 años su serie ya tiene un mensaje para dar: “Los personajes principales son marginales que quieren rebelarse a la programación que tienen desde la infancia, aunque la ciencia les advierta que si se apartan del camino no les va a ir bien. Es absurdo, pero creo que ése es el secreto: hacer lo que uno quiere y no lo que le dicen”.

